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Kobanê mon Amour

Fuentes: Rebelión

Justo en estos días hace dos años visité la ciudad kurda Kobanê en Siria. Llegué el 28 de enero del 2015. La liberación del «Estado Islámico» apenas tenía 48 horas. Fueron días de invierno grises y mojadas junto con noches frías. Había una luna decreciente. En este entonces la frontera turca todavía no era completamente […]

Justo en estos días hace dos años visité la ciudad kurda Kobanê en Siria. Llegué el 28 de enero del 2015. La liberación del «Estado Islámico» apenas tenía 48 horas. Fueron días de invierno grises y mojadas junto con noches frías. Había una luna decreciente. En este entonces la frontera turca todavía no era completamente mortal. Solamente se requería calzado firme, una buena condición física y un poco de valentía. Por supuesto habían campos minados y si en el los alrededores de Kobanê entrabas por el lugar equivocado, podías toparte con unidades del EI. Pero en general era un pasaje relativamente seguro. Pertenecí a los primeros extranjeros occidentales, quienes llegaron a Kobanê después de la liberación.

Fue un viaje por un paisaje lunar. En todas partes de la ciudad había cráteres profundos, tanto a causa de los impactos por los aviadores de combate estadounidense como a causa de los carros que los combatientes del EI enviaban como bombas rodantes. No había ni electricidad, ni agua potable y para la comida fueron repartidos huevos y un poco de pan acompañados con pescado y frijoles enlatados. La gente estaba agobiada, pálida por el frió y los combates, pero eran libres – y eso fue lo que importaba. En el aire yacía una alegría indescriptible. Por todos lados la gente se me acercaba y me hablaba, invitándome a tomar té con ellos; otros querían contarme sus historias, me mostraban sus casas destruidas o iban conmigo al frente, que entonces nada más estaba a un par de kilómetros lejos de Kobanê. Por las noches y alrededor de un contenedor que albergaba un fuego para calentarse, estaba sentado junto con los peshmerga de los iraquí-kurdos KDP y PUK, con guerrilleros del PKK y las unidades sirias locales de los YPG y todos hablaban de un nuevo inicio de la idea kurda. Ahora es irrevocable, así me decían quienes venían de todas las partes de Kurdistan para liberar a Kobanê. Que el viejo sueño kurdo ya no se puede detener. No se referían tanto a un Estado o a una independencia, sino más bien a una identidad y una nueva percepción y sensación de unidad. «Antes, siempre éramos las víctimas de la historia, ahora la escribimos nosotros», me dijo un anciano peshmerga del norte de Irak, que ya había luchado contra Saddam Hussein. Todos odiaban a Assad, todos maldecían a Erdogan y si te encontrabas en el frente inmediato con el EI, los combatientes de los YPG te sonreían cuando de repente un sordo ruido de aviones llenaba el aire. Primero señalaban al cielo, después en dirección de las posiciones del EI y gritaban: «¡Uncle Obama!». Empezaban a aplaudir y esperaban los impactos de las bombas estadounidenses.

Porque eso también es parte de la historia de liberación de Kobanê: Reconocer que sin el apoyo aéreo estadounidense las unidades kurdas no habrían poder vencido al EI – sin olvidar, al mismo tiempo, lo que la política exterior estadounidense ha causado en el Oriente Próximo, como en Irak o a través del apoyo para Arabia Saudita y los países del Golfo. Los combatientes kurdos lo sabían y no se hacían ninguna ilusión sobre el carácter de aquel apoyo aéreo. «A los EEUU les importa el EI y no Rojava», me dijo uno de ellos y agregó: «A Erdogan le importa Rojava, por eso ayuda al EI.» Por ende, no tenían nada en contra si los EEUU les asistiera, además de que – siendo realista – no había otra alternativa. De hecho, en este entonces así lo expresaban todos con quienes platiqué, incluso – con voz baja – militantes de la izquierda radical turca, que habían llegado como internacionalistas a Rojava.

Cuando hoy vuelvo a ojear mis apuntes de entonces, me doy cuenta que en Kobanê se estaba actuando con bastante sentido de Realpolitik. No solamente se trata de la cooperación humanitaria con la frontera turca, dado que desde ahí llegaban a la ciudad todos los alimentos y medicamentos – a pesar de que la misma policía fronteriza turca ayudaba a los combatientes del EI. Así, un alto comandante kurdo de los YPG me respondió ante mi pregunta de cómo iba a ser el futuro sirio: «Mándame mínimo diez mil cascos azules, para que podamos tener un futuro.» Pasmado, le volví a preguntar si lo iba a expresar también en público. «No, todavía falta mucho para eso», opinó. Pero el futuro sólo puede existir en una Siria federal, y si uno toma en cuenta la magnitud de las limpiezas étnicas, que ya habían sido desencadenadas por la violencia del ejército sirio y del Islamismo en progreso de la oposición armada, habría que reflexionar sobre la protección de los diferentes sectores de la población. «Todos han pagado con tanta sangre que efectivamente ya no existe una Siria para todos. Desgraciadamente, hoy en día, tu identidad como Alevita, Kurdo o Sunita decide sobre la pregunta si confiar o desconfiarte. Y junto a eso, nosotros los Kurdos incluso tenemos Turquía a nuestra espalda», dijo pragmáticamente, para después explicarme los beneficios del confederalismo democrático.

En Kobanê he presenciado que el proyecto rebelde de vida en aquel Oriente Próximo que se está reinventando a si mismo es mucho más contradictorio de lo que nos quieren hacer creer todos estos observadores geopolíticos desde el cerro de los estrategas de la izquierda. No solamente se trata del petróleo y del gas, del poder imperial y de las zonas de influencias. Se trata, ante todo, de la libertad, esperanza y dignidad. Más que cualquier Regime-Change-Plan del Occidente fueron los mismos sirios que se atrevieron a hacer lo impensable: desafiar al viejo régimen – y arriesgar todo para voltear a la cabeza la propia vida. Es aquella sensación, pertenecer a algo que es capaz de rehacer el mundo y capaz de librar una fuerza enorme al mismo tiempo. Se vive como si fuera tu propia fuerza. Se vive como la dilución de lo particular en un nuevo todo.

En este sentido, también me encontré con un grupo de maestros, obreros y dueños de negocios. Todos eran sunitas árabes, en su mayoría amigos juveniles desde la zona del noreste de Aleppo. Juntos se incorporaron a una unidad local del Ejército Sirio Libre en el este de Kobanê. Durante nuestros viajes por la tierra de nadie a lo largo de la frontera turca-siria y entre los frentes de los YPG y del EI, a través del tocador de disco en su Toyota, la unidad escuchaba corales salafistas, compuestos por versos de Corán y sin instrumentos. Todos estaban sonriendo, fumaban y bromeaban. ¿Acaso ellos también ya eran yihadistas nacientes? Pregunté a uno de ellos, qué querría hacer después de la liberación. Se río y dijo que quería viajar con su novia a Europa, ver Roma, Florencia y Paris, ver la pintura y la arquitectura. ¿Y estas canciones? Se volvió a reír irónicamente y dijo que éstas canciones les daban valentía. Pero, francamente, también me querían impresionar un poco. ¿Y por qué Europa? Atónito me contestó por quién le creía. Él luchaba contra Assad, para que Siria fuera tan libre como un país en Europa. Aparte de eso él era maestro de historia y su pasión era el arte del renacimiento.

Este enero de 2015 no fue mi primer viaje a aquel Siria de la revolución, tampoco fue el último. En nombre de medico international viajé a Kobanê para entregar medicamentos en la ciudad destruida. Medico sigue activo y presente en Siria y Rojava.

Blog del autor: https://www.facebook.com/martin.glas.182/posts/857813434360887

Traducción por: Timo Dorsch