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Las mentiras de los neoconservadores: De Leo Strauss a Scooter Libby

La filosofía de la mendacidad

Fuentes: Counterpunch

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

Como observara a las mil maravillas I. F. Stone todos los gobiernos mienten, pero hay algunos que mienten más que otros. Y el régimen neoconservador de Bush nos sirve embustes como nuestra comida basura diaria. ¿De dónde viene esa propensión a mentir? Hay muchos motivos, pero no se aprecia suficientemente que los neoconservadores creen en la mentira por principio. Es «noble» que la elite lo haga, porque las masas «vulgares», el «tropel», no serían gobernables sin semejantes mentiras. Es la idea de la «mentira noble» practicada con tanto éxito y descaro por Scooter Libby y sus cómplices en la conspiración y que fuera fraguada por el ‘filósofo’ político Leo Strauss, cuyas enseñanzas forman la base de la visión y la agenda de los neoconservadores, hasta el punto que a veces los llaman «Leoconservadores».

Leo Strauss (1899-1973) fue un emigrante judío-alemán que huyó del régimen nazi y terminó por desembarcar en la Universidad de Chicago, donde desarrolló un grupo de seguidores que se ha destacado en la política estadounidense. Entre sus estudiantes estaban Paul Wolfowitz, que ha reconocido abiertamente que es un seguidor de Strauss, así como el padrino de los neoconservadores, Irving Kristol. Irving Kristol engendró a William Kristol, el director de operaciones de los neoconservadores de Washington, editor del Weekly Standard y «presidente» del Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense [PNAC, por sus siglas en inglés], que trazó los planes para la Guerra de Irak. (El PNAC también opinó en 2000 que un acontecimiento similar a Pearl Harbor sería necesario para conducir al país a la guerra, y un año después, ¡listo!, tuvimos el extraño, y aún misterioso, ataque del 11 de septiembre.) Por su parte, Paul Wolfowitz engendró a Libby, en sentido intelectual, cuando enseñó a Libby en Yale. Otras estrellas en el firmamento neoconservador son Richard Perle, Douglas Feith y figuras menores como Abram Shulsky, director de la Oficina de Planes Especiales del Pentágono, creada por Donald Rumsfeld. Shulsky, otro estudiante de Strauss, fue responsable del amaño de mentiras presentadas como inteligencia que tenían el objetivo de llevar a EE.UU. a la guerra contra Irak. Aunque los neoconservadores son apasionados del partido Likud y del sionismo, también cuentan en sus filas a no pocos católicos pre-Vaticano II y un surtido de chalados como Newt Gingrich y John Bolton y criptofascistas como Jeanne Kirkpatrick. La lista sigue y Justin Raimondo la ha documentado en gran detalle a través de los años en Antiwar.com. Pero baste con señalar que el alter ego de Cheney fue Libby, y que el número dos de Rumsfeld hasta hace poco fue Wolfowitz. Así que, tanto Cheney, el presidente de facto con un cerebro evidentemente mal irrigado, y el vejete que comanda el Pentágono, han sido dirigidos por estraussianos más jóvenes y muy destacados, durante los últimos cinco años.
Una descripción excelente de las ideas de Strauss, sus seguidores y su influencia, se encuentra en «The Political Ideas of Leo Strauss» (identificado a continuación como PI), y en «Leo Strauss and The American Right» (a continuación AR), ambos de Shadia Drury, profesora de política en la Universidad de Calgary. Su versión de las ideas de Strauss y del importante papel que juegan en la política estadounidense actual, te provocarán escalofríos y náuseas, o las dos cosas. Como dice en PI (p. xii), «Strauss es la clave para comprender la visión política que ha inspirado a los hombres más poderosos de EE.UU. bajo George W. Bush. Considero que en ninguna sociedad, ni hablar de una democracia liberal, se puede confiar el poder político a hombres que están bajo la influencia de las ideas estraussianas». Para los que quieran comprender la agenda neoconservadora, los libros de Drury constituyen una lectura esencial. Es clara y acuciosa.
Es pertinente al caso de «Scooter» y al montón de mentiras que estaba ocultando la idea de Strauss de que una «elite filosófica» (es decir los estraussianos) debe gobernar. Además, debe haberlo de modo oculto. Como alguien señalizara antes del viernes pasado: «¿Quién ha oído hablar de I. Lewis Libby?» un individuo que ha evitado ser un centro de atención y que ha operado entre bastidores. El motivo para esa conducción encubierta, o conspirativa, es que el tropel «vulgar» como Strauss gustaba de llamar al resto de la gente, no es capaz de apreciar las «verdades más elevadas», tales como la inevitabilidad y la necesidad de las guerras en las relaciones entre Estados e incluso la utilidad de guerras en el gobierno de un Estado. Así que la elite furtiva debe estar segura de que mitos como la religión o la gloria de la nación no serán debilitados, porque son de los mejores medios para gobernar al tropel ignorante y conducirlo a la guerra. (Nótese que los propios estraussianos no son religiosos. Están «por sobre» la religión, capaces de encarar verdades duras como la mortalidad del ser humano. Pero, desde su punto de vista, la religión es un factor crucial para un gobierno según sus principios. Irving Kristol, siguiendo a Strauss, nos dice que la religión es «políticamente mucho más importante que lo que pensaban los fundadores de la nación estadounidense» y que para rescatar a EE.UU. es necesario «infundir nueva vida a las antiguas ortodoxias religiosas que actualmente se encuentran a menudo en un estado comatoso». (AR, p. 148). Cualquier religión sirve – con la excepción, posible, del Islam, que está más o menos prohibido, considerando la afinidad de todos los neoconservadores dirigentes con Israel. Por lo tanto, los neoconservadores abrazan rápidamente la ideología y el liderazgo del fundamentalismo cristiano que puede mantener bajo control a la multitud y conducirla a la guerra y la muerte. Los neoconservadores se interesan sobre todo por la política extranjera, igual que Strauss, pero a cambio del apoyo de la Derecha religiosa en los asuntos exteriores, los neoconservadores se alinean detrás del programa interior de los fundamentalistas. Es una situación en la que no pueden perder, desde su punto de vista.
Pero las mentiras útiles en gran escala como el mito religioso o el nacionalismo ciego requieren el apoyo de mentiras menores en momentos cruciales. Y así llegamos a las mentiras «más pequeñas» como las «armas de destrucción masiva», el «arma del delito que tiene la forma de una callampa atómica». Y en este caso la elite también tiene su rol. Debe utilizar su «habilidad retórica superior» para hacer que el argumento débil suene más fuerte. En otras palabras, la cábala no sólo debe proteger mitos y fabricar mentiras sino que tiene que trabajar para venderlos. Lo que Strauss llamó «retórica», lo llamamos sesgo.
Todo esto se resume en una palabra: mentir, Pero según Strauss, estas mentiras son necesarias para el buen funcionamiento de la sociedad y el triunfo de la propia nación en la guerra. De ahí que para Strauss, la mentira se hace «noble». La frase de Platón que Strauss pide prestada y deforma que quería decir con «mentira noble» un mito o una parábola que transmitía una verdad subyacente sobre la moralidad o la naturaleza. Pero en manos de Strauss, la «mentira noble» se convierte en una manera de engañar al tropel. Las «mentiras nobles» de Strauss están lejos de ser «nobles». Tienen la intención de «engañar a la multitud y garantizar el poder de una elite especial» (AR, p. 79).
Otra idea de Strauss tiene que ver con la situación de «Scooter» Libby. ¿Cómo va a llegar la elite filosófica estraussiana de las aulas de las universidades a los pasillos del poder? Depende de la buena suerte y de los encuentros «por casualidad» entre los poderosos y los estraussianos. En esto los neoconservadores contemporáneos van más allá que Strauss y no dejan nada a la casualidad. Parecería incluso que buscan a los estúpidos, ingenuos o mentalmente comprometidos. Así, William Kristol llega a ser el jefe del equipo del vicepresidente Quayle y Libby se convierte en la mano derecha del aturullado Cheney, así como de Bush, comparable con Quayle. Y hay muchos más.
Finalmente, Drudy subraya que Strauss y los neoconservadores no son realmente conservadores. Son radicales, en guerra con toda la empresa moderna que los lleva a tornarse hacia los antiguos para buscar inspiración – e incluso allí les es necesario deformar las enseñanzas de Sócrates o Platón para hallar una justificación. Pero la Iluminación nos llega con el adelanto de la ciencia, a la que también es hostil Strauss. Dice que no está contra la ciencia como tal «sino contra la ciencia popularizada o la difusión del conocimiento científico. La Ciencia debe seguir siendo el reducto de una pequeña minoría; debe ser ocultada al hombre común». (PI, p. 154). Pero esto es imposible. La ciencia, por su propia naturaleza, es una vasta empresa social que requiere la diseminación más amplia posible de sus resultados. Toda sociedad que trate de enclaustrarla fracasará, así que, por selección natural, el proyecto estraussiano está condenado al fracaso.
Pero antes de que esto suceda, los estraussianos pueden causar mucho daño. Como dice Drury: «no se les puede confiar el poder político». Pero podemos aprender de ellos la importancia del atrevimiento, no en la busca de la «mentira noble», sino de la verdad. Y debemos estar seguros de nuestro vigor al ubicarlos y expulsarlos del poder. En ese esfuerzo, Shadia Drury nos ha rendido un gran servicio.
Para contactos con John Walsh: [email protected]
John Walsh agradece a Gary Leupp colaborador regular de CounterPunch.com por sugerirle los libros de Shadia Drury

http://www.counterpunch.org/walsh11022005.html

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