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La invención de la violencia política

La jihad made in USA

Fuentes: La Jornada

El islamismo político moderno nace como respuesta al colonialismo y su radicalización se deriva del pensamiento de intelectuales políticos no religiosos. Estados Unidos, durante la etapa del «compromiso constructivo», fue el responsable de convertir esta tendencia ideológica en una organización política como instrumento estratégico en la fase final de la Guerra Fría. El apoyo a […]

El islamismo político moderno nace como respuesta al colonialismo y su radicalización se deriva del pensamiento de intelectuales políticos no religiosos. Estados Unidos, durante la etapa del «compromiso constructivo», fue el responsable de convertir esta tendencia ideológica en una organización política como instrumento estratégico en la fase final de la Guerra Fría. El apoyo a la RENAMO en Mozambique y a la contra en Nicaragua son los primeros pasos en la instrumentalización de la violencia política por parte de Estados Unidos, que alcanzará su plena consolidación durante la guerra de Afganistán contra los soviéticos. Hagamos un breve recorrido histórico.

El 9/11 estaba en Nueva York. Durante las siguientes semanas, los diarios informaron de que el Corán era uno de los libros más vendidos en las librerías estadounidenses. Sorprendentemente, parecía que los estadounidenses creían que quizá el Corán les daría alguna pista acerca de las motivaciones de quienes llevaron a cabo los ataques suicidas del World Trade Center. Recientemente, me he preguntado si a la gente de Fallujah le ha dado por leer la Biblia para entender la motivaciones de los bombardeos estadounidenses. Lo dudo.

¿Por qué habría diferencia? Echémosle un vistazo a la naturaleza del debate público en Estados Unidos, clave en moldear la opinión pública. En Estados Unidos, el debate público posterior al 9/11 estuvo inspirado por dos Ivy League intelectuales -Samuel Huntington en Harvard y Bernard Lewis en Princeton-. Según Huntington, la Guerra Fría fue una guerra civil dentro de Occidente. Dice que la verdadera guerra está por venir. Esta será entre civilizaciones, en esencia, una guerra contra el Islam. Desde este punto de vista, todos los musulmanes son malos.

En contraste, Bernard Lewis hace una aseveración más matizada. Dice que hay musulmanes seculares buenos y musulmanes fundamentalistas malos, y que Occidente necesita distinguir entre los dos. Empata tan estrechamente lo secular con la cultura occidental que, para él, un musulmán secular es necesariamente un musulmán occidentalizado. Lewis, gurú neoconservador, fue una importante inspiración tras la guerra contra Irak.

Dejando a un lado sus diferencias, Lewis y Huntington comparten dos aseveraciones. La primera es que el mundo está dividido en dos, moderno y premoderno. La gente moderna crea su propia cultura; ésta es un acto creativo y cambia históricamente. En contraste, asumen que la gente premoderna tiene una cultura inalterable, ahistórica, una que carga consigo; porta su cultura como una especie de pin, y a veces sufre por ella, como una punzada colectiva. La segunda aseveración es que la política de la gente se puede interpretar a partir de su cultura. A estas dos aseveraciones las llamó el Rollo Cultural (Culture Talk).

A consecuencia de la guerra contra Irak, esta teoría entró en crisis. Cada vez queda más claro que la designación de unos musulmanes como buenos y de otros como malos poco tiene que ver con su orientación al Islam, y todo que ver con su percepción de Estados Unidos. En pocas palabras, se etiqueta como musulmán bueno a aquel que se cree que es pro-estadounidense y un musulmán malo es aquel considerado anti-estadounidense. El Rollo Cultural no sólo es erróneo, también sirve a sus propios intereses. Qué conveniente es interpretar la violencia política como algo que está mal en la cultura de una de las partes, en vez de considerar que algo está mal en la relación de ambas partes.

El islamismo político

El islamismo político moderno, contemporáneo, se desarrolló como respuesta al colonialismo. El colonialismo planteó un doble reto: la dominación extranjera y la necesidad de una reforma interna que se enfocara en las debilidades puestas al descubierto por la agresión exterior.

El islamismo político anterior lidió con estos asuntos en un intento por modernizar y reformar las sociedades islámicas. Luego llegó el pensador pakistaní Abu Ala Mawdudi, quien puso a la violencia política en el centro de la acción política; y el pensador egipcio Sayyed Qutb, quien argumentó que era necesario distinguir entre amigos y enemigos, porque con los amigos usas la razón y la persuasión, pero con los enemigos la fuerza.

La tendencia terrorista en el islamismo político no proviene de la época premoderna, más bien es un desarrollo muy moderno. El islamismo político radical no es producto de los ulamas (eruditos religiosos), ni de los mulás o los imames (líderes espirituales). Principalmente es el resultado de intelectuales políticos no religiosos. Mawdudi era periodista y Qutb un teórico literario. Fue desarrollado a través de una serie de debates, que no se efectuaron de manera lineal dentro del islamismo político. Difundidos dentro y fuera del campo político del Islam, estos debates fueron tanto una crítica al islamismo político reformista como un compromiso con ideologías políticas que compiten con el islamismo político, en particular el marxismo-leninismo.

Recordemos que el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial fue de décadas de romance secular con la violencia política. La lucha armada estaba en boga entre los movimientos de liberación y revolucionarios. Muchos activistas políticos estaban convencidos de que una lucha exhaustiva tenía que ser armada. El desarrollo de tendencias políticas religiosas que glorifican el papel liberador de la violencia es un fenómeno posterior. Más que un producto del fundamentalismo religioso, se puede interpretar mejor como algo tanto religioso como secular, un signo de los tiempos.

La fase final de la Guerra Fría

¿Cómo fue que el terror islámico, una tendencia teórica que preocupaba a unos cuantos intelectuales y que tuvo una reducida importancia política en los setenta, en sólo unas décadas se volvió parte del mainstream político? Para contestar esto necesitamos alejarnos de los debates internos del Islam político y mirar sus relaciones con el Estados Unidos oficial, y regresar del 9/11 a la etapa posterior a la derrota de Estados Unidos en Vietnam, el periodo que llamó «la última etapa de la Guerra Fría». También creo que esta pregunta se contesta mejor si se mira desde África.

La descolonización llegó a un punto crucial en 1975. El año en que los estadounidenses fueron derrotados en Vietnam también fue el año en que el imperio portugués llegó a su fin en África. El resultado fue un desplazamiento del centro de gravedad de la Guerra Fría del Sudeste asiático al sur de África. ¿Quién iba a recoger los pedazos del imperio portugués? ¿Estados Unidos o la Unión Soviética?

La característica determinante de la nueva fase de la Guerra Fría fue el fuerte movimiento en Estados Unidos contra la guerra, opuesto a la intervención militar directa en el extranjero. Henry Kissinger, secretario de Estado estadounidense, diseñó una estrategia en respuesta al cambio de contexto: si Estados Unidos no podía intervenir directamente en el extranjero, lo haría a través de otros. Así comenzó la era de la guerra por terceros, que habría de marcar el periodo desde Vietnam hasta Irak.

Angola fue la primera intervención estadounidense importante por terceros en el periodo post-Vietnam. Kissinger buscó primero mercenarios que contrarrestaran el movimiento de independencia en Angola, y luego consintió el apartheid en Sudáfrica. En cuanto fue de conocimiento público, la intervención sudafricana fue desacreditada a escala mundial y acarreó una poderosa respuesta anti-guerra en el Congreso: la enmienda Clark puso fin a toda la asistencia, abierta y encubierta, a las fuerzas anti-comunistas en Angola.

La administración de Ronald Reagan planteó la guerra por terceros como una respuesta pragmática a una estrategia global, llamada Doctrina Reagan. Desarrollada en respuesta a dos revoluciones de 1979 -los sandinistas en Nicaragua y los islamistas en Irán-, la Doctrina Reagan formuló dos afirmaciones. La primera: Estados Unidos se había estado preparando para librar la guerra equivocada -contra las fuerzas soviéticas en las planicies de Europa-, mientras estaba perdiendo la verdadera guerra, contra el nacionalismo en el Tercer Mundo. Reagan hizo un llamado a Estados Unidos a luchar en la guerra que ya se llevaba a cabo, contra las guerrillas de ayer que ahora estaban en el poder. Bajo el argumento de que no podía haber posiciones neutrales en una guerra, la administración de Reagan pintó a los gobiernos nacionalistas recién llegados al poder en el sur de África y Centroamérica como títeres soviéticos que necesitaban ser extirpados de raíz, antes de que se volvieran auténticos peligros.

La Doctrina Reagan también impulsó una segunda iniciativa, el cambio de una política de «contención» a una de «hacer retroceder/revertir» (rollback); de una pacífica coexistencia a un resuelto, sostenido y agresivo intento por revertir las derrotas en el Tercer Mundo. Para subrayar la legitimidad histórica de este cambio, introdujo el lenguaje de la religión a la política. Hablando ante la Asociación Nacional de Evangelistas en 1983, Reagan llamó a que Estados Unidos derrocara «el imperio del mal».

El mal es una noción teológica. No tiene ni historia ni motivación. El uso político del mal es doble. En primer lugar, uno no puede coexistir con el mal, tampoco puede convertirlo. El mal debe ser eliminado. La guerra contra el mal es permanente, sin tregua. En segundo lugar, la maniquea batalla contra el mal justifica cualquier alianza. La primera de estas alianzas, denominada «compromiso constructivo» (constructive engagement), fue entre el Estados Unidos oficial y la Sudáfrica del apartheid.

«Compromiso constructivo»

A través del «compromiso constructivo» el Estados Unidos oficial brindó una justificación política a la Sudáfrica del apartheid, mientras ponía en marcha una estrategia de guerra de terceros en las ex colonias portuguesas de Mozambique y Angola. Conforme la administración Reagan se desplazaba de «una coexistencia pacífica» a un rollback, el gobierno del apartheid redefinía su estrategia regional de «detente» a un «ataque frontal».

El fruto amargo del «compromiso constructivo» fue el primer movimiento genuino terrorista africano, Renamo. Fue creado por el ejército de Rhodes a principios de los setenta y nutrido por el ejército del apartheid después de 1980. Los civiles en Mozambique constantemente fueron el blanco de Renamo, con el fin de convencerlos de que un gobierno africano independiente no podría asegurarles ley y orden. A la vez, cuando el terror desatado por Renamo se volvió tema de discusión pública, el régimen del apartheid lo explicó en términos culturales, como «violencia de negros contra negros», como una expresión de un viejo conflicto tribal, de la inhabilidad de los negros para coexistir sin un mediador externo.

La responsabilidad de Estados Unidos ante Renamo era meramente política. Pero sin una justificación política estadounidense hubiera sido imposible que la Sudáfrica del apartheid organizara, armara y financiara un movimiento terrorista en el África independiente durante más de una década -y hacerlo con impunidad.

El «compromiso constructivo» fue un periodo de tutela del Estados Unidos oficial. Este creó y manejó a los contras en Nicaragua, así como la Sudáfrica del apartheid hizo con Renamo en África sudcentral. Bajo el tutelaje de la CIA, los contras volaron puentes y centros de salud, y mataron a personal de éstos, jueces y cabezas de sociedades cooperativas. El objetivo del terror no era obtener apoyo civil, sino mostrar la inhabilidad gubernamental de asegurar ley y orden. Era para convencer a la población de que la única manera de ponerle fin al terror era entregando el poder a los terroristas. Esta lección acerca de los usos electorales del terror lo aprendieron otros, como Charles Taylor, en Liberia, y el Frente Unido Revolucionario, en Sierra Leona.

Vale la pena sacar algunas lecciones de la historia del terror después de Vietnam. El terror fue una estrategia que Estados Unidos adoptó cuando ya casi había perdido la Guerra Fría en 1975. Mozambique y Nicaragua fueron los momentos fundadores de esa historia. Tanto Renamo como los contras, movimientos terroristas pioneros, fueron títeres de Sudáfrica y Estados Unidos. Ambos tenían una orientación secular. La creación de un títere religioso -el terror que utiliza una justificación religiosa- fue característica de la fase final de la Guerra Fría en Afganistán.

Afganistán: rollback a escala global

La guerra afgana fue el principal ejemplo de rollback. En la historia del terror, durante la última fase de la Guerra Fría, la guerra afgana fue importante por dos razones. Primero, la administración de Reagan la ideologizó para mostrarla como una guerra religiosa contra el imperio del mal, en vez de idearla como una guerra por la liberación nacional, tal como aseguró que los contras luchaban en Nicaragua. Mientras, la CIA marginó todo grupo islámico que tenía una orientación nacionalista, ya que temía que podrían estar tentados a negociar con la Unión Soviética, y puso en el centro del escenario a los islamistas más extremistas, en una alianza que haría que «la Unión Soviética sangrara hasta quedar blanca».

En segundo lugar, la administración de Reagan privatizó la guerra: reclutó, entrenó y organizó una red global de luchadores islámicos contra la URSS. El reclutamiento se hizo a través de organizaciones caritativas islámicas y el entrenamiento a través de madrasas militarizados. A diferencia del madrasa histórico, que enseñaba un abanico de temas, seculares y religiosos, desde teología y jurisprudencia hasta historia y medicina, el madrasa afgano enseñaba un reducido currículum dedicado a una estrecha teología (Islam jihádico) y daba entrenamiento militar complementario.

La estrecha teología replanteó al Islam en torno a una sola institución, la jihad; redefinió la jihad como exclusivamente militar y aseguró que la jihad militar era una guerra ofensiva a la cual ingresaban individuos devotos renacidos, en contraposición a una defensa llevada a cabo por una comunidad islámica en peligro. Los madrasas jihadis en Pakistán entrenaban tanto a niños refugiados afganos -más tarde reclutados por los Talibán- como a los árabes afganos, que luego fueron conectados con una organización llamada Al-Qaeda (La Base). Si las guerras de liberación nacional crearon aparatos proto-estatales, la jihad internacional creó una red privada de especialistas en violencia.

Estados Unidos no creó el islamismo de derecha, una tendencia que nació a través de debates intelectuales, que se llevaban a cabo tanto dentro del islamismo político como con ideologías seculares que competían con él, como el marxismo-leninismo. Estados Unidos fue responsable de convertir esta tendencia ideológica en una organización política, como consecuencia de haberla incorporado a su estrategia en la fase final de la Guerra Fría.

Antes de la jihad afgana, el Islam político de derecha era una tendencia ideológica con poca organización y músculo en el terreno. La jihad afgana le dio números, organización, destrezas, alcance, confianza y un objetivo coherente. Estados Unidos creó una infraestructura de terror pero la anunció como una de liberación.


Mahmood Mamdani es profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de Columbia y autor de Good Muslim, Bad Muslim: America, the Cold War and the Origin of Terror (Ed. Pantheon, Nueva York, 2004).