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La miasma de Irak y los demócratas

Fuentes: Progreso Semanal

Los líderes del Partido Demócrata debieron haberse alegrado cuando el Presidente, en su conferencia de prensa del 11 de septiembre, actuó como un niño rico malcriado y petulante. La evidente irritación de Bush por no haber podido salirse con la suya de que el Senado aceptara su ley de la tortura le produjo una postura […]

Los líderes del Partido Demócrata debieron haberse alegrado cuando el Presidente, en su conferencia de prensa del 11 de septiembre, actuó como un niño rico malcriado y petulante. La evidente irritación de Bush por no haber podido salirse con la suya de que el Senado aceptara su ley de la tortura le produjo una postura desagradable y de suficiencia. Sin embargo, el problema al que se enfrentan los demócratas estriba en la ausencia de su parte de claras alternativas al desorden de «seguridad» y «terrorista» de Bush. Es más, la invasión y ocupación de Irak por Bush han hecho al Medio Oriente mucho más inestable y peligroso.
A pesar de la impotencia de sus oponentes, Bush pudiera también sentir un creciente sentimiento de molestia a consecuencia del fracaso de sus máximos ayudantes (Cheney, Rumsfeld y su respectivo personal) en lograr lo que llamó en mayo de 2003 su «misión cumplida». Al jugar a los disfraces en uniforme de vuelo después de aterrizar en la cubierta de un portaaviones, Bush destellaba éxito, y se presentó como el petulante y auto-satisfecho líder del mundo.
Ahora el engañado -por sus asesores principales, por supuesto– Bush confronta todos los días titulares de carnicería en Irak, tasas de aprobación menos que satisfactorias en encuestas de opinión pública y una reputación mundial de abusador y de metidas de pata. Parte de su actual irritación puede haber derivado de su comprensión de que no existen opciones viables para escapar del problema -bastante serio– en que él ha metido a la nación y al mundo.
Durante toda su vida, la familia Bush utilizó sus conexiones y su dinero para rescatar a W de sus travesuras: no presentarse para cumplir con sus deberes en la Guardia Nacional, manejar borracho, fracasos en los negocios. Pero Papi y Mami y todos los proverbiales hombres del Rey no lo pueden rescatar de las arenas movedizas en las que él mismo se ha metido –y ha metido a la nación y al mundo– en Irak.
Como descubrió el Presidente Kennedy (quien compartió con Bush algunas de las características de «chiquillo malcriado») durante la Crisis de los Misiles en octubre de 1962, llega un momento en que el hombre que preside desde la Oficina Oval debe enfrentarse a las imprevistas consecuencias de sus actos.
Desafortunadamente Bush no ha madurado hasta el nivel que Kennedy tenía cuando surgió la Crisis de los Misiles de 1962. JFK comprendió que su decisión podía causar o evitar una guerra nuclear.
Sin embargo, las decisiones diarias de Bush se reducen a cuánta sangre norteamericana se vierte en Irak. Bush sabe que las principales fuentes de inteligencia han llegado a la conclusión de que sigue siendo improbable la victoria militar sin una gran escalada en el envío de tropas.
En vez de enfrentarse al hecho de que cometió un desastroso error estratégico al ordenan la invasión de Irak en 2003, Bush continúa desviando la atención hacia su palabra favorita. «Independientemente de los errores que se hayan cometido en Irak», dijo Bush en su conferencia de prensa del 11 de septiembre, «el mayor error sería pensar que si nos retiráramos los terroristas nos dejarían tranquilos».
Fíjense que él dijo «independientemente de los errores», en vez de «el error que cometí». Bush insistió (mintió) repetidamente que las armas de destrucción masiva de Saddam y sus vínculos con el terrorismo constituían una amenaza inmediata para la seguridad de EEUU. Hasta septiembre de 2006, una variedad de inspectores norteamericanos y de la ONU no ha encontrado ninguna de esas armas; ni los supuestos vínculos de Saddam con los terroristas. Bush se niega a admitir que él llevó a la nación a una guerra de su selección personal (¿o fue de Dios?) -no por necesidad. También niega implícitamente que Cheney, Rumsfeld y el personal de ambos orquestaron la propaganda para la guerra por medio de la manipulación de los medios y de las agencias de inteligencia, utilizando información que apoyaba a los guerreristas y desechando evidencia abrumadora en contrario.
En su lugar, él reitera las incongruencias que confunden en vez de iluminar. «No nos quieren dejar tranquilos. La seguridad de Estados Unidos depende del resultado de la batalla en las calles de Bagdad.»
«Ellos», sin embargo, no representan a Saddam Hussein. Ninguno de los secuestradores de los aviones del 11 de septiembre provenían de Irak; ni tampoco Saddam alentó ni se asoció con los malvados que se complotaron para cometer los horribles hechos que provocaron la muerte masiva en Nueva York y Washington. Saddam era un enemigo de Osama bin Laden y de los fanáticos religiosos.
Al hacer declaraciones tan altaneras, Bush trata de engatusar al público, desviar su atención de los temas que surgieron como resultado de su colosal error. Los terroristas prosperan ahora en Irak como no lo hacían antes de la invasión de EEUU. Él no ofrece soluciones para deshacerse de ellos y, por omisión, echa sobre otros el trabajo de «solucionar» su aprieto iraquí. Su mantra «si no luchamos con ellos allá, tendremos que luchar con ellos aquí» no se basa en los hechos ni en la lógica.
No obstante, los «realistas» en ambos partidos se niegan a pedir una rápida retirada de las tropas norteamericanas. Atrapado en axiomas imperiales que no identifica cuando explica políticas, el Senador demócrata Joe Biden, por ejemplo, ha utilizado su imaginación para crear desfiles de horrores que sucederían si EEUU retirara sus fuerzas. Pat Buchanan recontó algunas de las probables consecuencias: Irak dividido en secciones kurda, sunní y chií, con la propagación de una guerra civil aún más sangrienta entre sunníes y chiíes. Los kurdos pelearon con ambos y también con Turquía. El conflicto se extendería a todo el Medio Oriente y todos los que hayan colaborado con la ocupación norteamericana sufrirían horribles consecuencias. (San Francisco Chronicle, 11 de septiembre.)
Adicionalmente, pesimistas imperiales como los miembros del tanque pensante de Chatham House en Inglaterra predicen que Irán ganará aún más prestigio: «No cabe duda de que Irán ha sido el principal beneficiario de la guerra contra el terror en el Medio Oriente», escribieron. «Estados Unidos, con el apoyo de la coalición, ha eliminado dos de los gobiernos rivales de Irán -el Talibán en Afganistán en noviembre de 2001, y el régimen de Saddam Hussein en Irak en abril de 2003– pero no ha reemplazado a ninguno de los dos con estructuras políticas coherentes y estables». (Guardian, 23 de agosto)
Hipotéticamente las tropas norteamericanas pueden permanecer en Irak dos o más años, con una pérdida semanal de una docena o más de muertos y heridos. Él número de iraquíes muertos continuará creciendo. Las tropas norteamericanas pueden prevalecer en una zona y perder terreno en otra. La reconstrucción de Irak prometida por Bush, ya casi olvidadas junto con las ideas de privatizar el petróleo iraquí y otras importantes industrias estatales, permanecerá en un limbo permanente. Mientras tanto la Tesorería de EEUU se agota.
La invasión de Irak para derrocar a Saddam Hussein simbolizó la mayor estrategia de la administración Bush para proyectar el poderío e influencia de EEUU en el mundo posterior a la Guerra Fría. Pero los consejeros neoconservadores le aseguraron que la victoria llegaría con un número mínimo de soldados. No fue así en Irak y Afganistán.
¿Qué puede hacer Bush? ¿Enviar más tropas a Irak? Eso significa retirarlas de otras áreas o reintroducir el servicio militar, ambas decisiones poco apetecibles. Mantener el rumbo significa adherirse a una estrategia fracasada. Saque las tropas, «declare la victoria y regrese a casa», le dijo el Senador republicano por Vermont George Aiken a los presidentes Johnson y Nixon a fines de la década de 1960.
Los demócratas pudieran argumentar que la seguridad de EEUU aumentaría si nos retiramos de Irak y simultáneamente negociamos con Irán, un camino que Bush no ha probado, ni es probable que piense. Los demócratas pudieran declarar: «La guerra ha fracasado, así que las conversaciones pudieran tener éxito». Es más, el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad hasta pudiera ayudar a estabilizar a su volátil vecino a cambio de mejores relaciones con Washington.
Los demócratas también pudieran declarar en alta voz y de forma clara que el Presidente ha deshonrado repetidamente a la nación. El público sabe cómo leía «Mi cabrito» a alumnos de segundo grado en la Florida siete minutos después de saber que un avión había chocado contra una de las Torres Gemelas. Todos le oyeron alardear de la victoria en Irak mucho antes de que una persona madura -o modesta– hubiera pensado si quieren hacer tal declaración. Los ahogados y los sin casa pudieran preguntarse que le sucedió al gobierno de EEUU. Su líder seguía de vacaciones en su rancho mientras el huracán Katrina destrozaba a Nueva Orleáns y otras ciudades del Golfo. El público le ha visto bravuconear y pavonearse, pero cuando las circunstancias han exigido la acción, repetidamente Bush se muestra como un hombre que carece de valor. Como presidente, el valor significa admitir errores y tomar medidas para cambiar una política, en vez de insistir que el fracaso, si no el éxito, es el único camino posible. Los demócratas pueden poner la pelota del otro lado de la cancha diciendo: «Fuera de Irak y a las Negociaciones», antes de que sea demasiado tarde.
El nuevo libro de Landau, Un mundo de Bush y de Botox, será publicado por Counterpunch Press.