Recomiendo:
0

La simbiosis Estados Unidos-Israel

Fuentes: Rebelión

Para comprender el porqué del manto protector con el cual Estados Unidos arropa a Israel en estos momentos, es fundamental hacer un poco de historia Hace algunas décadas Dean Rusk, Secretario de Estado de Kennedy y Johnson, pronunció las siguientes palabras: «Israel ha demostrado una y otra vez que no es un satélite de Estados […]

Para comprender el porqué del manto protector con el cual Estados Unidos arropa a Israel en estos momentos, es fundamental hacer un poco de historia Hace algunas décadas Dean Rusk, Secretario de Estado de Kennedy y Johnson, pronunció las siguientes palabras: «Israel ha demostrado una y otra vez que no es un satélite de Estados Unidos. Es igualmente importante demostrar que Estados Unidos no es un satélite de Israel».i

Más contundente aún resultaba la frase dicha en 1973 por uno de los patriarcas del Senado, William Fulbright: «La gran mayoría del Senado de Estados Unidos, alrededor de un ochenta por ciento del mismo, se encuentra a completa disposición de Israel».ii

A pesar de la inconmensurable influencia del gobierno israelí en la definición de las políticas norteamericanas hacia el Medio Oriente, puestas de manifiesto en las frases anteriores, el ámbito de esa influencia se localizaba esencialmente en el Congreso. Tal como señalaba Steven Emerson: «Reconociendo la falta de respaldo popular a la causa árabe, las sucesivas administraciones presidenciales norteamericanas…adoptaron una política dual: cedieron al Congreso el ámbito de las relaciones Estados Unidos-Israel, pero asumieron para sí la responsabilidad de proteger los intereses de las naciones árabes moderadas».iii

La fuerte influencia de Israel sobre el Congreso norteamericano se ejercía por intermedio del «lobby» judío en ese país. De acuerdo a Robert Trice: «El gobierno de Israel, habiéndose encontrado en conflicto abierto con las administraciones de Johnson, Nixon, Ford y Carter, ha recurrido tradicionalmente a los esfuerzos a su favor de las organizaciones judío-americanas».iv

Por su parte Paul Findley refería: «En la práctica el lobby israelí actúa como una extensión informal del gobierno de Israel».v El Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelí, mejor conocido por sus siglas en inglés AIPAC, constituía el epicentro de ese «lobby». Bajo su coordinación se encontraban centenares de periodistas judíos, estratégicamente situados en los principales medios de comunicación, y decenas de comités de acción política, es decir, aquella curiosa figura de la política norteamericana encargada de financiar campañas electorales.

Operando bajo el sencillo mecanismo de la zanahoria y el garrote, AIPAC ofrecía lo primero a los legisladores que apoyaran a Israel y administraba implacablemente lo segundo para quienes no lo hacían. Senadores de primera línea como William Fulbright, Adlai Stevenson III, Charles Percy, William Hathaway o Robert Jepson, vieron perder sus curules gracias a la acción de ese poderoso «lobby».

La relación simbiótica entre el Estado de Israel, AIPAC y el Congreso norteamericano, no ha variado con el paso de los años. Prensa y dinero siguen apoyando a los legisladores amigos y destruyendo a los enemigos. Lo que sí cambio, y de manera radical, fue la correlación Casa Blanca-Congreso con respecto a Israel. A partir del segundo Bush, el Poder Ejecutivo se puso también en manos de Israel. Las causas de ello las encontramos al interior del partido Republicano.

La Derecha Cristiana, el sector de mayor poder al interior de ese partido, forjó una alianza estratégica con los sectores conservadores de Israel. De manera paralela los neoconservadores, la fuerza más influyente en política exterior durante el primer período Bush, respaldan incondicionalmente a Israel (quizás por que la mayoría de ellos son judíos, según el decir de muchos analistas). Todo ello ha incrementado sustancialmente el poder de AIPAC.

Al nivel de la Derecha Cristiana fue tomando cuerpo una sólida alianza con sectores conservadores judíos bajo la influencia de intelectuales como Don Feder, Dennis Prager y Michael Medved.vi A la vez, Paul Weyrich, uno de los padres de la «Mayoría Moral», precursora de la actual Derecha Cristiana, es un judío de tendencia fuertemente conservadora. Pero más allá de las individualidades está el hecho de que una porción muy significativa de los fundamentalistas cristianos, visualiza el regreso de Israel a sus territorios bíblicos como precondición para el «Armagedon» y la «segunda llegada de Cristo». Ello los ha transformado en propagandistas activos de la causa de Israel.

Los neoconservadores, por su lado, han sido factores incondicionales de apoyo a Israel. Steve Bradshaw, una de las voces más importantes de la televisión británica señalaba lo siguiente: «Hemos encontrado un tema recurrente en los círculos políticos de Washington. Este es, que los neoconservadores son fuertemente sionistas y desean echar abajo a diversos regímenes del Medio Oriente con la intención de ayudar a Israel…».vii

De la misma manera, Elizabeth Drew, una de las periodistas más respetadas de Estados Unidos señalaba: «Debido a que varios de los neoconservadores son judíos y virtualmente todos son fuertes defensores del partido Likud, ha circulado la acusación de que su deseo de ‘democratizar’ a la región está guiado por su aspiración de rodear a Israel de vecinos más amistosos».viii

Este vuelco total a Israel por parte de la Casa Blanca, ha dado pie a que relevantes personalidades norteamericanas expresen sus críticas. Zbigniew Brzezinski, Asesor de Seguridad Nacional del Presidente Carter y uno de los mayores expertos en política exterior de ese país, señaló lo siguiente con relación a los bombardeos israelíes al Líbano: «Bush debería decir, o dirijo yo la política hacia el Medio Oriente o la dirige AIPAC».ix Su antiguo jefe ha sido aún más radical. En su último libro Jimmy Carter señalaba que tanto la Casa Blanca como el Congreso han resultado «sumisos» frente al expansionismo israelí en Palestina.x

Por su parte John J. Mearsheimer y Stephen M. Walt, reconocidos profesores de las universidades de Chicago y Harvard, señalaban lo siguiente: «Pudimos evaluar el impacto del lobby (judío) en recientes políticas estadounidenses, incluyendo allí la invasión a Irak en marzo del 2003. Los neoconservadores al interior y al exterior de la Administración Bush, al igual que el liderazgo de prominentes organizaciones pro-israelíes, jugaron un papel decisivo justificando la necesidad de ir a la guerra. Creemos que Estados Unidos no hubiese atacado a Irak sin estos esfuerzos…Con Saddam Hussein fuera del poder, el lobby israelí se concentra ahora en Irán, cuyo gobierno parece determinado a acceder a las armas nucleares. A pesar de su propio arsenal nuclear y de su poderío militar convencional, Israel no quiere a un Irán en posesión de armas nucleares…AIPAC y muchos de los mismos neoconservadores que propiciaron el ataque a Irak, se encuentran en este momento proponiendo el uso de la fuerza militar contra Irán (…) Estados Unidos ha aprendido a vivir con países en posesión de armamento nuclear como China, India, Pakistán, Rusia e incluso Corea del Norte. Irán es tratado de manera diferente a los demás no porque resulte una amenaza para Estados Unidos, sino porque, como el propio Presidente Bush lo ha dicho, constituye una amenaza para Israel…Irán ha buscado una y otra vez mejores relaciones con Washington, e incluso ayudó en la persecución a Al Qaeda después del 11 de septiembre. Sin embargo, estas aproximaciones iraníes han sido rechazadas en buena medida porque AIPAC y los neoconservadores se oponen a cualquier apertura hacia Irán».xi

¿Cambiará esta situación con la Administración Obama? Ojalá así sea. El hecho mismo de que Israel haya decidido aprovechar los últimos días del gobierno Bush para hacer sentir su furia sobre Gaza, es expresión de su sus dudas acerca de la renovación de la «carta blanca» por parte del Ejecutivo norteamericano, de la que hoy disfruta. Si el gobierno Obama aspira a adentrarse por las sendas del «poder suave», inevitablemente deberá disociarse de la prepotencia y del cínico desconocimiento de los derechos humanos y de la opinión pública internacional que caracterizan al Estado de Israel.

i Citado por Findley, Paul, They Dare to Speak Out , Wesport, Conn., Lawrence Hill and Company Publishers, 1985, p. 330.

ii Citado por Findley, Idem, p. 95.

iii The American House of Saud , New York, Franklin Watts, 1985, p. 4.

iv Aziz, Abdul Said, Editor, «Domestic Interest Groups and Behavioral Analysis», Ethnicity and US Foreign Policy , New York, Praeger, 1981, pp. 122 y 123.

v Idem, p. 26.

vi Ver Miner, Brad, The Conservative Encyclopedia , New York, Free Press Paperbacks, 1996.

vii Citado por Stelzer, Irwing, Editor, Neoconservatism, London, Atlantic Books,2004, p. 6.

viii Citado por Stelzer, Idem, p. 6.

ix Financial Times, 24 de octubre, 2006.

x Palestine: Peace not Apartheid , New York, Simon & Schuster, 2006.

xi «The War over Israel’s Influence», Foreign Policy , Washington, D.C., julio/agosto, 2006, p.p. 58 y 66.

*Diplomático y académico venezolano. Embajador de su país en Madrid y antiguo Embajador en Washington, Londres, Dublín, Brasilia y Santiago de Chile. Autor de diesiseis libros en relaciones internacionales.