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Las nuevas guerras de Estados Unidos

Fuentes: Rebelión

En cualquier lugar del mundo, toda época histórica ha tenido su imperio dominante. El siglo XX no fue la excepción, siendo los Estados Unidos quienes jugaron ese papel. La entrada del nuevo siglo, sin embargo, plantea el interrogante respecto a si ese país seguirá haciendo las veces de potencia hegemónica, cómo y de qué manera. […]

En cualquier lugar del mundo, toda época histórica ha tenido su imperio dominante. El siglo XX no fue la excepción, siendo los Estados Unidos quienes jugaron ese papel. La entrada del nuevo siglo, sin embargo, plantea el interrogante respecto a si ese país seguirá haciendo las veces de potencia hegemónica, cómo y de qué manera.

Una primera aproximación a su reciente rendimiento económico indica que el gi-gante no está en expansión, no está en crecimiento sostenido como lo estuvo durante déca-das desde mediados del siglo XIX. Ello no significa que esté en franca caída, pero sí mues-tra una tendencia: muy probablemente ha pasado su apogeo. El mismo coincide con la cús-pide de su producción petrolera, para mediados de la década de los 70 del pasado siglo.

Ahora bien: en las oficinas de planificación estratégica tanto de sus grandes corpo-raciones (el gobierno de hecho) como gubernamentales (el de derecho), esto ya se sabe. La aparición de nuevos actores cargados de bríos -la Unión Europea, China- son los factores que amenazan con destronar a Washington de su sitial de locomotora de la humanidad. Las respuestas, por cierto, no se han hecho esperar.

Apenas terminada la Guerra Fría, los sectores más conservadores de la clase diri-gente estadounidense se dieron a la tarea de aprovechar esa coyuntura: habiendo salido ga-nadores de aquella contienda con el rival socialista, el paso inmediato fue aprovechar ese nuevo escenario para consolidar el liderazgo amenazado. Nace así el proyecto de domina-ción militar del mundo, a la que el partido republicano le es perfectamente funcional.

Con dos administraciones republicanas del presidente Bush seguidas -la segunda avalada por el voto popular incluso y no producto del fraude como en las anteriores elec-ciones del 2000- ese proyecto se consolidó, no encontrando de momento rival alguno en el campo bélico, siendo además muy difícil que en términos concretos lo pueda encontrar.
Hoy por hoy, la fuerza de los Estados Unidos se basa en las guerras. En todo senti-do: su economía doméstica está alimentada en un alto porcentaje por la industria de guerra, y su hegemonía planetaria (apropiación de materias primas e imposición de reglas de juego económicas y políticas a escala global) también depende de ellas. Hoy día Washington ne-cesita de las guerras, el país entero necesita de ellas para continuar viviendo. Sin las gue-rras, la potencia no sería potencia. Es más: sin las guerras no podría siquiera mantenerse.

La militarización va ganando paulatinamente todos los ámbitos; el económico, el primero. Y de ello se siguen otras esferas: la política, la social, la cultural. La imagen del guerrero americano -por cierto, siempre victorioso, varón y bien peinado- ha pasado a ser ícono de la sociedad estadounidense. La necesidad de las guerras se ha tornado imperiosa en el nuevo diseño geoestratégico de la gran potencia, tal como ha pasado sistemáticamente con todos los grandes imperios de la historia -preámbulo, por otro lado, de sus próximas decadencias.

Estados Unidos no está derrotado, en absoluto. Pero ha iniciado un ciclo de regre-sión, de no expansión como proyecto de unidad nacional, con indicadores macroeconómi-cos que muestran insostenibilidad en el largo plazo: su déficit fiscal es impagable, su nivel de consumo es irreal (se gasta más de lo que se produce), su grandeza depende de la guerra.
Y esto último es un elemento definitorio: no hay economía sana que esté en dependencia de la guerra. Eso, tarde o temprano, cae.

La estrategia en curso con el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano con el que las grandes corporaciones dominan la política de la Casa Blanca -y por tanto el mundo- consiste en desplegar fuerzas ofensivas infinitamente superiores a todos sus contrincantes (de hecho, en la actualidad, las fueras armadas estadounidenses tienen un poder de fuego similar a la suma de todo el resto del mundo) y guerras preventivas como parte definitoria de la iniciativa. A través de ellas (con la excusa que sea, por supuesto) Washington se ase-gura cuatro cosas: 1) recursos vitales (energéticos, agua, materiales innovadores), 2) posi-cionamiento militar cada vez más amplio en todo el orbe, 3) movimiento en su economía interna con una formidable industria bélica que no se detiene, y 4) negocios.

La guerra es negocio, así de simple. Negocio para las grandes corporaciones fabri-cantes de armamentos, desde ya. Negocio también para las empresas que dependen de los recursos saqueables (petroleras, las que manejan los recursos hídricos -futuro gran negocio del siglo XXI-, las de comunicaciones de avanzada, las que rapiñan biodiversidad, etc.), y negocio para toda la lógica que ha ido construyendo el imperialismo en esta última década consistente en destruir militarmente para luego reconstruir.

Irak es el ejemplo más ilustrativo, y seguramente el punto de partida del modelo de nuevas guerras por venir. Petróleo, agua, bases estratégicas, y muchos, muchísimos nego-cios. Destruido un país hay que volver a ponerlo en pie, y ahí están los multimillonarios contratos que ofrece la administración republicana a sus empresas (y en muy menor medida a sus socios) para hacer (rehacer) de todo: servicios públicos, infraestructura básica, seguri-dad. Incluso alimentación: los invadidos -eufemísticamente llamados «liberados»- iraquíes son forzados a consumir alimentos transgénicos producidos por compañías de Estados Uni-dos sin permitírseles a los agricultores locales ni siquiera acopiar semilla. En otros térmi-nos: estamos ahora ante guerras que ya no son sólo de conquista de territorio para el saqueo sino que transforman el país invadido en un rehén absoluto para ir a hacer negocio permi-tiéndosele a la población derrotada, cuanto más, ser mano de obra barata.

En base a ese modelo (destruir para reconstruir), y en base a las ganancias que para algunos grupos hegemónicos resulta la producción interminable de material bélico, la clase dominante norteamericana intenta forjar hoy su escenario de dominación mundial. Es des-esperanzador, sin dudas; sabiamente dijeron los latinos que «si se quiere la paz hay que prepararse para la guerra». Lo que para los pueblos del mundo se ve en el corto y mediano plazo no es muy prometedor precisamente; puede asustar incluso. La guerra no va a dejar de ser una constante, guerras preventivas, localizadas, con armamentos cada vez más sofis-ticados (biológicos, químicos) no descartándose incluso la aplicación del arma atómica re-ducida. El nuevo fantasma del «terrorismo» ya preparó el camino, más que la amenaza co-munista, más que el narcotráfico, y no hay rincón del planeta que no sea invadible.

Pero David pudo vencer a Goliat, no olvidemos.