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Lo que se podría perder si el PP y VOX gobernaran en coalición

Fuentes: Nueva Tribuna

Tengamos de entrada bien claro que las democracias de nuestro entorno no corren el riesgo de morir entre estruendos de tanques en las calles ni tampoco bajo el eco de discursos solemnes y amenazantes pronunciado desde un balcón.

El deterioro de nuestras democracias es propicio a ser más discreto y cuando se produce comienza muy poco a poco, pasito a pasito con pequeñas renuncias, con concesiones que se presentan como inevitables, y con una frase aparentemente inocente que adormece las alarmas de la ciudadanía:

 «No será para tanto si el partido ‘tal’ entra en coalición con otro más ‘tal’ todavía».

Hace apenas unos años, imaginar a Santiago Abascal instalado en La Moncloa habría parecido un ejercicio de ficción política destinado a provocar titulares exagerados. Sin embargo, hoy ya es una realidad, y el hecho de que el líder de VOX sea un serio candidato a la vicepresidencia del Gobierno de España forma parte de los cálculos electorales, de las encuestas, de las tertulias y de las habituales conversaciones de café. 

Mientras el Partido Popular insistía hasta ahora en que haría lo necesario para gobernar en solitario, VOX ha esperado pacientemente su oportunidad, con el sereno temple de quien sabe que cada vez resulta menos incómodo para una parte de la sociedad que esta coalición sea una realidad.

Y quizá sea ese el mayor triunfo de la extrema derecha: que sin haber llegado todavía al poder absoluto, hayan conseguido que muchos ciudadanos contemplen esa posibilidad con resignada normalidad, así como también asumir que su entrada en coalición con el PP sea contemplada como un mal menor si se compara con la improbable contingencia de que Abascal acceda a la Presidencia de Gobierno.

“No será para tanto” ha sido la consigna de resignación que más se ha escuchado hasta que poco a poco se ha ido cuestionando que exista una violencia específica contra las mujeres por el hecho de ser mujeres; o que se ridiculicen las políticas de igualdad; o se identifique. a los inmigrantes como una amenaza; o se convierta el cambio climático en una exageración de científicos alarmistas; o se relativice y se añoré una dictadura que durante cuarenta años persiguió la disidencia, censuró la libertad y negó derechos fundamentales.

Y así, poco a poco, se han ido normalizando lo que nunca debería haberse normalizado.

Y es que la democracia española no deberíamos considerarla como un regalo caído del cielo, sino como el resultado de décadas de lucha, renuncias y acuerdos. 

Costó mucho llegar hasta aquí. 

Costó dejar atrás el miedo, la censura y el silencio. Costó construir una sanidad pública que atendiera a todos, una educación accesible, unas pensiones dignas, unas leyes que protegieran a las víctimas de violencia machista, unos derechos para el colectivo LGTBI+, unas ayudas a la dependencia y una conciencia cada vez más amplia de que la igualdad no es una extravagancia ideológica, sino una condición indispensable para la justicia.

Y, sin embargo, a veces, nuestra sociedad se comporta como si esos derechos fueran eternos. Como si formaran parte del paisaje y como si nadie pudiera tocarlos ni aun menos hacerlos desaparecer.

Pero los derechos no son monumentos de piedra sino sólo conquistas frágiles.

¿Qué podría perderse si el PP gobernara de la mano de Vox y Santiago Abascal se convirtiera en el hombre fuerte del Ejecutivo?

Probablemente —y por suerte— no amaneceríamos al día siguiente con los tanques desfilando por el Paseo de la Castellana y los retrocesos democráticos del siglo XXI fueran mucho más sofisticados y, de entrada, llegaran envueltos en palabras tranquilizadoras y se llamara libertad educativa a la censura de determinados contenidos incómodos.

Del mismo modo, se invocaría la igualdad para desmantelar políticas específicas contra la violencia machista.

O se utilizaría la palabra seguridad para justificar una mirada despiadada hacia quienes emigran huyendo de la pobreza o la guerra.

Se apelaría constantemente a la unidad de España para convertir la diversidad lingüística y territorial en sospecha.

Se presentaría como sentido común el desprecio hacia las políticas medioambientales.

Y así un largo etcétera, todo ello adornado con una permanente apelación a la patria, como si el amor a un país consistiera en reducirlo a una única forma de pensar, sentir y vivir.

Porque el nacionalismo excluyente necesita inventar un pasado perfecto para vender después la promesa de un regreso imposible.

Pero, sería un error atribuir este fenómeno únicamente a la maldad o a la ignorancia de quienes apoyan estas opciones políticas, ya que la extrema derecha también crece alimentándose de frustraciones reales, del precio imposible de la vivienda, de salarios insuficientes, de jóvenes que no pueden emanciparse, del deterioro percibido de algunos servicios públicos, del cansancio provocado por una política convertida demasiadas veces en espectáculo y tacticismo…

Y también de los errores del propio espacio progresista. De una izquierda que, en ocasiones, ha parecido más preocupada por las disputas internas que por escuchar el malestar ciudadano. 

Más pendiente de las redes sociales que de las salas de espera de los centros de salud. 

Más interesada en demostrar superioridad moral que en ofrecer seguridad y esperanza a quienes sienten miedo ante el futuro.

Y es por todo esto que no bastará con pedir el voto del miedo ni de repetir que viene el lobo.

La izquierda necesita recuperar la capacidad de ilusionar. 

Debe recordar que fue capaz de ampliar derechos, fortalecer lo público y mejorar la vida cotidiana de millones de personas. 

Debe reconocer errores, combatir la corrupción con la misma firmeza venga de donde venga y volver a hablar el lenguaje de la mayoría social: empleo digno, vivienda asequible, servicios públicos fuertes y protección para quienes más lo necesitan.

Todavía estamos a tiempo… pero el reloj avanza.

Y es aquí donde conviene hacerse una pregunta incómoda:

Cuando dentro de unos años nuestros hijos y nuestros nietos nos pregunten qué hicimos mientras se abría la puerta a un retroceso democrático, ¿qué les responderemos?

¿Les diremos que nos quedamos en casa y no fuimos a votar porque estábamos decepcionados?

¿Les diremos que decidimos que todos eran iguales?

¿Les diremos que el cansancio nos pareció una razón suficiente para la indiferencia?

¿Les diremos que pensamos que otros votarían por nosotros?

Si nos fijamos bien veremos cómo la democracia no desaparece de golpe. 

Primero deja de emocionarnos. 

Después deja de preocuparnos. 

Finalmente, dejamos de defenderla porque creemos que otros lo harán en nuestro lugar.

Y es entonces cuando descubrimos, demasiado tarde, que aquello que considerábamos garantizado dependía, en realidad, de gestos sencillos y profundamente humanos, gestos tan simples como informarse, implicarse, discutir con respeto, participar y, obviamente, votar.

Porque votar no es únicamente introducir una papeleta en una urna.

Es decidir qué país queremos ser.

Uno donde las mujeres no tengan que volver a justificar sus derechos.

Donde nadie tenga que esconder a quién ama.

Donde el origen no determine la dignidad de las personas.

Donde la sanidad y la educación públicas sigan siendo refugios de igualdad y no privilegios reservados a quienes puedan pagarlos.

Donde el adversario político no sea un enemigo al que destruir.

Puede que todavía estemos a tiempo para impedir que el desencanto escriba el futuro con tinta reaccionaria.

Pero la historia tiene una costumbre inquietante, y es que nunca absuelve a quienes miraron hacia otro lado mientras todo ocurría ante sus ojos.

El día que las libertades retrocedan, nadie podrá decir con honestidad que no recibió un aviso previo.

Y cuando llegue el momento de decidir, cada cual tendrá que elegir entre la comodidad de la resignación o la incómoda responsabilidad de defender una democracia imperfecta, sí, pero infinitamente más decente que cualquier nostalgia autoritaria disfrazada de salvación nacional.

Porque después de depositar la papeleta en la urna ya no sirve de nada preguntarse qué habría ocurrido si hubiéramos actuado a tiempo. 

La respuesta no habrá que imaginarla. 

La estaremos viviendo.

Fuente: https://www.nuevatribuna.es/articulo/actualidad/extrema-derecha-podria-perder-pp-vox-gobernaran-coalicion/20260624165521251696.html