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Memoria para el olvido

Fuentes: Al Ahram Weekly

Traducido del árabe al inglés por Ibrahim Muhawi (University of California Press, 1996), y del inglés al español para Rebelión (del extracto publicado esta semana en Al Ahram Weekly) por Sinfo Fernández.

Mahmoud Darwish nació en 1941, en el pueblo de Birwa, en la Alta Galilea. Birwa fue destruida en 1948, después de obligar a sus habitantes a escapar. El extracto siguiente está sacado de unas memorias que Darwish escribió en 1982, durante la invasión israelí del Líbano. A lo largo de esas líneas, rememora su primer encuentro con Beirut, en 1948, antes de que su familia regresara a lo que se había convertido en Israel, donde Darwish permaneció hasta 1972.

El cielo de Beirut es como una cúpula inmensa construida de oscuras láminas de metal. El mediodía lo anega todo, introduciendo su laxitud hasta los huesos. El horizonte semeja una pizarra gris claro, sin color alguno que lo salve de los juguetones aviones. Un cielo Hiroshima. Puedo, si quiero, tomar una tiza y escribir lo que se me ocurra en esa pizarra. Un capricho se apodera de mi voluntad. ¿Qué es lo que escribiría si lograra situarme sobre el tejado de un alto edificio? «¿No pasarán?» Eso está ya dicho. «¿Quizá tengamos que enfrentar la muerte, pero larga vida a la patria? Eso también se ha escrito antes. «¿Hiroshima?» Igualmente. Las letras se me escurren de la memoria y de entre los dedos. He olvidado el alfabeto. Todo lo que recuerdo son estas seis letras: B-E-I-R-U-T.

Hace 34 años que llegué a Beirut. Tenía entonces seis años. Me colocaron una gorra en la cabeza y me llevaron a la Plaza Al-Burj. Había allí un tranvía, y a él me subí. Corría sobre dos líneas paralelas hechas de hierro. De repente, aquel tranvía empezó a trepar hacia no se sabía dónde. Avanzando. Y yo no podía explicarme qué era lo que hacía que aquel juguete grande y ruidoso se moviera hacia adelante: si las líneas de hierro extendiéndose por el suelo o las ruedas rodando. Miré por la ventana. Vi muchos edificios y muchas ventanas, que enmarcaban muchas miradas. Vi muchos árboles. El tranvía se movía, los edificios se movían, los árboles se movían. Todo se ponía en movimiento alrededor del tranvía cuando éste se movía. El tranvía regresó al lugar donde me habían puesto la gorra en la cabeza. Mi abuelo me sacó ansiosamente de allí. Me metió en un coche y nos fuimos a Damur. Damur era más pequeño y más bello que Beirut porque el mar se ofrecía allí grandioso. Pero no había tranvía. ¡Llevadme al tranvía! Y me cogieron y me llevaron al tranvía. No recuerdo ya nada de Damur excepto el mar y las plantaciones de plátanos. ¡Qué grandes eran las hojas de los plataneros! ¡Qué inmensas eran! Y de las flores rojas que trepaban por los muros de las casas. Cuando volví a Beirut hace diez años, lo primero que hice fue parar un taxi y decirle al conductor: «Lléveme a Damur». Acababa de llegar de El Cairo y buscaba las pequeñas huellas de un niño que había dado pasos más grandes que él mismo, pasos que no estaban en consonancia con su edad, mucho mayores que el tamaño de su zancada. ¿Qué era lo que buscaba? ¿Las huellas, o al niño? ¿O a la gente que había atravesado todo un desierto rocoso sólo para llegar a lo que nunca hallaban, al igual que Cavafy jamás encontró su Ítaca? El mar seguía estando en su sitio, empujándose contra Damur para hacerse más grande. Y yo había crecido. Me había convertido en un poeta que buscaba al niño que solía habitar en él y al que había dejado en algún lugar olvidado. El poeta se había hecho mayor y no permitía que el niño olvidado creciera. Allí había cosechado mis primeras impresiones y ahí había aprendido mis primeras lecciones. Allí se encontraba la dama del huerto que me había besado. Y allí robé las primeras rosas. Y allí fue donde mi abuelo había esperado que la posibilidad de regresar apareciera publicada en los periódicos, sin llegar nunca a aprehender esa esperanza.

Veníamos de los pueblos de Galilea. Y tuvimos que dormir una noche junto al inmundo estanque de Rmesh, al lado de cerdos y vacas. A la mañana siguiente, nos trasladamos al norte, y yo me entretuve cogiendo moras en Tiro. Nuestro viaje finalizó en Jizzine. Nunca antes había visto la nieve. Jizzine era como una granja llena de nieve y tenía una cascada. Nunca antes había visto cascadas. Tampoco sabía que las manzanas colgaban de las ramas; solía pensar que crecían en las cajas. Cogimos pequeñas cestas de bambú y colocamos en ellas las manzanas de los árboles. Yo quiero ésta. Y yo quiero aquélla. Las lavaba en los arroyos que fluían por la falda de la montaña para discurrir luego por las acequias, entre las casitas coronadas de tejas rojas. Cuando el invierno llegó, no pudimos resistir el frío cortante del viento, por eso nos trasladamos a Damur. La puesta de sol robaba tiempo al tiempo mismo. El mar se contorsionaba como los cuerpos de las mujeres enamoradas que dejan oír sus gritos en la noche, durante toda la noche.

El niño volvió allí a su familia, en la distancia, en una distancia que no lograba hallar allí la distancia. Mi abuelo murió contando atardeceres, estaciones y latidos del corazón en los dedos de sus manos marchitas. Cayó como la fruta prohibida que apoya sus años en una rama. Le destrozaron el corazón. Se cansó de esperar aquí, en Damur. Se despidió de los amigos, de su pipa de agua y de los niños y me cogió y regresó para encontrar lo que ya no podía hallar allí. Aquí no paraba de aumentar el número de extranjeros y los campos de refugiados se hacían cada vez más grandes. Pasaba una guerra, dos, tres, cuatro. La patria se iba cada vez más y más lejos, y los niños se iban cada vez más y más lejos de la leche de las madres una vez saboreada la leche de la UNRWA [*]. Por eso fueron y compraron armas para acercarse a una patria que se escapaba de su alcance. Volvieron a crear su identidad, re-crearon la patria y siguieron su camino, sólo para encontrarlo bloqueado por los guardianes de las guerras civiles. Defendieron sus pasos, pero se encontraron que de un camino partía otro y que el huérfano vive en la piel del huérfano y de un campo a otro de refugiados.

N. de la T.:

[*] UNRWA: Siglas en inglés de Agencia de las Naciones Unidas para la Ayuda a los Refugiados Palestinos en Oriente Medio.

Enlace con texto original en inglés:

http://weekly.ahram.org.eg/2008/897/sc5.htm