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Necropolitización

Fuentes: Rebelión - Imagen: protesta de Black Lives Matter, Nueva York, July 10, 2016. Benedict Evans/Redux

La gentrificación lleva en su código de exclusión, con o sin disimulo, la necropolitización, en las ciudades americanas, de quienes están en el mapa objetivo de la centralidad.

Then you know how I feel walk

 a mile in my shoes. Before you judge this man

 If you walk in my shoes you might understand.

Walk A Mile In My Shoes.

-Joe South[1].

Hace falta el axê

            Al atardecer de nuestras vidas empezamos a ser nuestras memorias de triunfos y derrotas, de resistencias y renunciamientos, de cimarronismos y acciones esquivas. Nos alcanzan por fin las consejas maternales y los regaños paternales, nos sorprende esa revenida paciencia infinita y queda el regusto de algún desafío cumplido al momento de la desconfianza familiar. Una palabra de abuelas, más de ellas sin dudas, que heredaron a nuestras madres: “¡dame un respiro!” Tres palabras que tienen extensión histórica desde el mismo punto de salida, justo ahí, cuando comenzó esta desventura humana, hace siglos, a este ahora pleno y con tantas georeferencias. Este axê de súplicas desesperadas, de simple pedido de tregua a una cotidianidad bravísima y difícil o de exigencia al límite de la rebeldía contra esa suma tenaz de injusticias. También podría ser un reclamo de paz o un breve instante para desaprender (y reaprender); quizás debió ser el punto insurgente para no renunciar a unas sobrecargas aceptables bajo la pesada responsabilidad de la tradición familiar (“ser mejores que los padres”); o por qué no la apenas domesticada impaciencia para  emanciparse de esa bifurcación de opresiones. ¿Qué oprimido, mujer u hombre, no ha gritado su rabia por un respiro puntual y necesario? No es solo aire físico, más bien son los componentes metafóricos de la verdad que tienen sus asfixiantes momentos aunque, en esos minutos, no haya una rodilla en la nuca. No la hay, pero el racismo es el peso ideológico de las opresiones.

La justicia y sus distancias primermundistas

            Del lunes 25 de mayo del 2020 a este martes 20 de abril del 2021, allá se dictó un veredicto de culpabilidad para el asesino de George Floyd. Allá, en Minneapolis, estado de Minnesota. Demasiado lejos para los jóvenes negros de las ciudades brasileñas, colombianas y ecuatorianas. El vídeo de su sacrificio fue para la indignación universal, pero la duda en forma pregunta no entusiasma ganas triunfalistas: “¿Cuántos otros crímenes (contra personas negras) no fueron grabados?” Allá y acá. O si fueron grabados, como el asesinato de Andrés Padilla, en Mascarilla, provincia de Imbabura, Ecuador, pero el policía recibió respaldo ministerial para la impunidad; sin hablar del llamado espíritu de cuerpo policial. O sea complicidad criminal institucional, para ir directo al tema. Las policías americanas del norte, centro y sur, son eso, el brazo duro del racismo. Exacto y sin remilgos. ¿Hay excepciones o solo son matices de perversidad? Una pregunta meridiana de norte a sur. Y es plaga uniformada que no deja en paz a los jóvenes negros. No hay datos estadísticos en el Ecuador, pero ¿cuántos jóvenes han sido asesinados? ¿Cuántos están postrados para siempre por disparos policiales? ¿Cuántos son encarcelados porque se los declara abusivamente sospechosos? No, no hay respiro. No dan una caridad de aire. Todavía están pendientes rebeldías públicas.

            No solo es el lenguaje de periódico burgués, pero también es esa sociología reaccionaria y que funciona como sentencia inapelable para quienes están en aquella territorialidad urbana. Nuestras barriadas soportan esa sociología del biopoder. Achille Mbembe la pinta perfecta: “En la formulación de Foucault[2], el biopoder parece funcionar segregando a las personas que deben morir de aquellas que deben vivir”[3]. Es la biología política del ninguneo extremo productor de esa narrativa que comienza por la clasificación definitiva: son lugares de marginales. O más amplio para precisar el desprecio: la marginalidad urbana. Ahí con esa palabra se configura cierta apretada definición política y el significado cultural para establecer fronteras físicas y sociales dentro de las ciudades. Es la marginalidad que se aproxima al delito, porque está allá o viene de allá. Solo porque está allá un lugar que descifra describiendo vidas diferenciadas por la georeferenciación social, y es la matriz “peligrosa” para estas vidas necesarias de la centralidad. De esas sociologías del riesgo social a los manuales de operaciones policiales. Y lo que viene es el retrato pérfido de la raza de jóvenes de la marginalidad.

La piel es la insignia del descrédito

            En las ciudades de las Américas, las personas negras no traemos escrito el ‘santo y seña’ de la marginalidad, salvo la piel como insignia, mas es suficiente para conformar la mentalidad policial de los grupos sociales de la centralidad. Más frecuente o más disimulado, pero muchos afroamericanos hemos soportado la vigilancia descarada o disimulada de los guardias de los supermercados sin importar que están las cámaras de televisión. La vigilancia sobre el peligro racializado es el programa hostil anterior al ejercicio de la necropolítica.

            La marginalidad se acarrea con la perpetuación del racismo en los países americanos y la creación de fronteras que no deberían cruzar ‘esa otra’ ciudadanía, porque hasta ahí tienen los marginales ‘su’ derecho y de ahí hasta no se sabe dónde está el derecho de la “buena gente”, aunque es un arcaísmo está en el habla usual del distanciamiento social pre-pandemia. La acción-frontera la lleva consigo el habitante de la centralidad y es asumida por los organismos de los Estados como defensa de la ley. Lean bien, por favor, la ley es el muro invisible para la jerarquía separativa entre los que pueden recibir un balazo policial por nada y quienes hasta se mofan impunemente de los policías. Así es, ese Estado, esa cosa es más difusa más allá de frontera de la marginalidad. “Pero la principal función que cumplen las fronteras urbanas en el Tercer Mundo es la de vertederos humanos[4]. En algunos casos, la basura urbana y los emigrantes no deseados acaban juntos en infames vertederos…”[5] Esos límites diseñados por el biopoder asfixian, por malos olores, imagen deprimente y brutal control estatal.

Bad news is coming

            Si había que personificar un villano racista policial se lo encontró en Derek Chauvin, porque es de allá del imperio, que se presume moralmente ejemplar, porque es  potencia comunicacional, por la prolongada brutalidad de ese acto policial, por su atrevida osadía que despreció súplicas e ignoró la evidencia testimonial de las cámaras de los teléfonos. Pero fue más la inicial valentía de Darnella Frazier[6]. Y porque en todas las ciudades del planeta el Black Lives Matter fue mucho más que la combativa etiqueta de nuestras hermanas Alicia, Patrisse y Opal, la gente de barrio adentro recordó, con la nitidez de quienes perdieron las escamas alienantes, que eran la raza de la marginalidad. La negritud sin fronteras o rompiéndolas ahí donde fueron colocadas. Y comprende, sin abundantes aguajes teóricos, que el racismo es la razón ejecutora de acciones de los Estados (ya paleo-clásicos en su mono-culturalidad y uninacionalidad), por ejemplo, desde el impulso de la gentrificación hasta la supresión del aire de las personas negras. O ennegrecidas. Racializadas, por favor. Bad news is coming dice el blues de Luther Allison, pero no son solo de estos meses. ¡Qué nadie se confunda!

            Michel Foucault se preguntaba: “pero, ¿qué es propiamente el racismo?”[7] Y él se respondía así: “En breve: el racismo es un modo de establecer una censura en un ámbito que se presenta como un ámbito biológico”. Un sinónimo de ‘censura’ es examen. Examinar la importancia de las vidas desde la jerarquía racial. ¿Quiénes asumen el derecho de ‘dejar vivir’ o ‘no dejar vivir’ a las personas de la marginalidad? ¿Quiénes asumen la legalidad absoluta de calificar a unas vidas ‘marginales’ proclives a la represión mortal? Las respuestas como malas noticias no es que recién estén llegando, porque ya están aquí, en las ciudades americanas del norte y del sur. En Brasil, Colombia o Ecuador. ¿Nombres? Wellington Copido Benfati, Emily Victoria, Rebeca Beatriz Rodrigues, Marielle Franco (Brasil). Anderson Arboleda, Juan Pablo Marín Pérez, Nicolás Suárez Valencia, Sara María Rodríguez García (Colombia). Andrés Padilla, Maribel Pinto (Ecuador). Unos pocos nombres, pero son miles. Nuestros jóvenes jamás tienen buena prensa (lo que sea que en entienda por aquello), no siempre hay heroínas con celular para filmar asesinatos, pero sí los Estados a necropolitizar[8] “aquellas vidas que siempre nos harán falta”, parafraseando al Poeta Antonio Preciado.

¿Véndele a la mente y jamás a la gente?

            La gentrificación lleva en su código de exclusión, con o sin disimulo, la necropolitización, en las ciudades americanas, de quienes están en el mapa objetivo de la centralidad. La marginalidad es discurso deleznable de la clase política convencional, llámese izquierda o derecha, a veces tienen sus coincidencias en la territorialidad slum. Y hasta copian el lenguaje militarista de esas bocas de oficinas de seguridad. Objetivo militar de esta guerra que se inventó para “acabar con indeseables” y de al mismo tiempo maldecir a los “derechos humanos”. La gentrificación contamina con su código de exclusividad social y hasta quienes deberían preocuparse repiten esas necropolitizaciones con el idioma cobarde de las justificaciones. En estas circunstancias es certeza trágica aquel título: “véndele a la mente y no a la gente”[9]. La gentrificación es confrontación social, abierta o disimulada, y tiene como alma persistente el racismo, no siempre para sustituir el conflicto de clases sociales sino para otorgarle facultad de razonar sus acciones y color ideológico a la piel de la marginalidad. Quizás todavía sea ese racismo del linaje o de la sangre, las dudas están al menudeo, pero es racismo objetivado para la acumulación de privilegios a favor de cierto color de piel sacralizado. 

            Ocurrió en Guayaquil el año pasado con la Covid-19, por marzo y abril y antes fue en las acciones populares de octubre de 2019. No son solo confusos actos policiales directos y fatales, más bien está en la pregunta de A. Mbembe: “¿en qué condiciones concretas se ejerce ese poder de matar, de dejar vivir o de exponer a la muerte?”[10] Es un concepto ontológico pervertido por los Estados americanos, desde las perspectivas de los grupos de la blanquitud dominante. Veamos: estos grupos nos racializan para necropolitizar nuestras humanidades y volver imperecedero su biopoder. Gentrificación no solo es el cambio físico urbano para la plusvalía material y la depreciación de humanidades, ese es el impacto más visible y es motivo de conversación aséptica, es, mejor dicho, la racionalidad perspicaz sobre la raza en relación con la “economía del biopoder… para regular la distribución de la muerte y en hacer posibles las funciones mortíferas del Estado”[11].

            A Derek Chauvin lo alcanzó el veredicto de ‘culpable’. ¿Es el comienzo de algo allá en las ciudades estadounidenses? Aunque todavía quedan dudas pudriéndose por muchas y continuas decepciones. ¿Y por acá qué? El derecho inalienable de los jóvenes negros a respirar sin restricción policial abusiva, en las calles de nuestras ciudades, todavía está por aplicarse. Es solo un deseo. El axê de nuestros Ancestros vuelve a nuestras agendas de cimarronismo político.

Notas:


[1] Camina una milla en mis zapatos, autor de la letra Joe South, para este epígrafe se utilizó la versión cantada por Adam Wilson Blount, mejor conocido como Big Daddy Wilson.

[2] Paul Michel Foucault (1926-1984). Biopoder concepto del filósofo francés, que hace referencia a las políticas de los Estados actuales que consideran técnicas de subyugación de  los cuerpos y control a cierta parte de la población cuyas vidas son desvalorizadas hasta la muerte.

[3] Necropolítica, Achille Mbembe, España, Editorial Melusina, S, L, 2011, p. 21.

[4] Las cursivas son de JME.

[5] Planetas de ciudades miseria, Mike Davis, Madrid-España, Ediciones Akal, S. A., 2007, 2014, pp. 65-66.

[6][6] Adolescente afroamericana, de 17 años, que filmó el criminal abuso policial, aquel 25 de mayo de 2020. El 25 de mayo de 2020, Darnella llegó a la tienda de conveniencia Cup Foods con su prima de 9 años. Habían ido a comprar unos snacks y se encontraron con una escena estremecedora. Ella no dudó en sacar su celular y divulgar el abuso policial. El video captado por Frazier (quien tenía 17 en ese momento) muestra a Chauvin aplicando presión con su rodilla en el cuello de Floyd, un hombre afroamericano de 46 años. La imagen se viralizó y generó conmoción en Estados Unidos y en el mundo, lo que desató multitudinarias protestas contra el racismo y la brutalidad policial (tomado de Infobae, del 21 de abril de 2021).

[7] Genealogía del racismo, Michel Foucault, La Plata-Argentina, Editorial Altamira, p. 206.

[8] Referencia a necropolítica de Achille Mbembe.

[9] Título de un libro de Jürgen Klaric, según la solapa: “enfocado a las ventas, uno a uno, de productos y servicios”.

[10] A. Mbembe, Óp. Cit., p. 20.

[11] A. Mbembe, Óp. Cit., p. 23.