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No puedo respirar

Fuentes: Revista de la Universidad de México

Al principio pensé que lo que tenía de peculiar esta pandemia era, precisamente, que atacaba a todos por igual. Aunque los primeros en morir eran los viejos, el Covid infectaba a todo el mundo. No era como la pandemia en la que me crié —la del sida— que por décadas insistió en azotar poblaciones específicas. […]

Al principio pensé que lo que tenía de peculiar esta pandemia era, precisamente, que atacaba a todos por igual. Aunque los primeros en morir eran los viejos, el Covid infectaba a todo el mundo. No era como la pandemia en la que me crié —la del sida— que por décadas insistió en azotar poblaciones específicas. Al principio se le conoció como “el cáncer de los homosexuales”. Luego diezmó generaciones completas en países africanos y, acá en el Caribe, se ensañó de manera particularmente devastadora contra usuarios de drogas y, en su desarrollo temprano, contra receptores de transfusiones de sangre. Sexo, la pandemia del sida atacaba por el sexo, su medio de propagación era penetrar membranas sexualizadas, membranas sangrantes que ardían en placer y en dolor por la punzada de las hambres que no se podían nombrar. Me recordé veinteañera enterrando amigos infectados de VIH, hermosos amigos gays que se suicidaban cuando recibían el diagnóstico; hermosas amigas enamoradas de hombres con problemas de adicción. La sentencia de muerte segura (en aquellos distantes años ochenta) más el estigma de maricón sidoso, o de puta amoral, usuaria de drogas, era demasiado qué afrontar. Después, en los años noventa, el rostro del sida cambió a ser el de niños, mujeres y hombres negros. Pero ya sabemos que cuando africanos o negros mueren a nadie le importa. No son vidas que cuentan, vidas valiosas. La pandemia del sida ha cobrado 35 millones de vidas desde que apareció. Yo crecí y me hice mujer en medio de ella. Mi relación con mi cuerpo, con los cuerpos/cuerpas “otrxs”, con mi afrodescendencia y con mi deseo estuvo y está matizada por esa pandemia en específico.
Nunca me imaginé que viviría esta otra.
De Wuhan a Italia y de ahí al mundo entero, el Covid-19 desplegó la naturaleza de una muerte por contagio particular y avasalladora. La membrana “penetrable” eran los pulmones, los pulmones de mujeres, de hombres; blancos, negros, indígenas, chinos, vietnamitas o turcos. “Esta es una pandemia que sigue al capital”, pensé, “se mueve como se mueve el dinero, en aviones para llegar a reuniones de agencias multinacionales o como partícipes del lujo del turismo. Todos somos globales. Esta es una pandemia global y primermundista.” Los números altísimos de muertes en China, esa cifra de 83 mil cadáveres que se empeñaba en no bajar, fueron desplazándose hacia Europa y Estados Unidos. En países “pobres”, “extraperiféricos”, fuera de las rutas del capital y del turismo más tenaz, los casos de contagio y muerte permanecían bajitos. Luego, ese perfil pandémico fue cambiando. El 13 de marzo de 2020 el gobierno de mi país impuso cuarentena estricta. Cerraron universidades y escuelas, oficinas de gobierno, oficinas de empresa privada, tiendas, plazas comerciales, restaurantes, parques y playas. La policía patrullaba las calles citando por autoparlantes las reglas a seguir. Arresto seguro si dejabas tu casa por cualquier otra razón que no fuera ir por provisiones o a la sala de emergencias. La isla se volvió un espectro sudoroso. Hacía un calor de los mil demonios. Sin embargo, el infierno estaba deshabitado. No se oían las sirenas de ambulancias, ni un solo bocinazo. De vez en cuando alguien paseaba un perro por la cuadra. O caminaba de regreso a su casa con dos bolsas de comida. O bajaba a botar la basura. De 40 casos, el número de infectados subió a 62, a 130, a quinientos casos. Las noticias de todo lo que se tenía que hacer para evitar morir asfixiado eran constantes y me tenían nerviosa. Demasiada regla contradictoria a seguir. El país permanecía cerrado, el mundo estaba cerrado, pero los casos seguían subiendo. Cuando la cifra llegó a los 130 mil muertos en el mundo, decidí desconectarme de las noticias y ponerme a estudiar. Leí acerca de la gripe española, el cólera y la peste bubónica. Revisé la novela de Camus de 1947. Sí, ahí estaba: el perfil de la peste. Como ya andábamos encerrados, comencé un grupo de estudios y reflexión por internet. Era, en inicio, para mis alumnos. Pero entonces mucha gente me fue encontrando, antiguos estudiantes, talleristas, colegas escritores, gente del mundo. Queríamos “entender” la peste, la pandemia, encontrarle “algo” además de su terror incierto. Así, virtualmente, nos fuimos acompañando. Supuestamente también fuimos entendiendo que todas las pestes anteriores, pre modernas, las había resuelto la misma Modernidad (así, en mayúscula) con vacunas, protocolos de salubridad, agua potable, control de ratas, perros rabiosos y mangostas, y cotejos médicos. La civilización había imperado contra la peste. Sólo en los “bolsillos” de pobreza y/o de desviación “humana” causados por la pobreza o la vejez brotaban las epidemias. Ésta que ahora nos diezmaba también menguaría, sería derrotada por la ciencia y la civilización. Era cuestión de tiempo.
Y el tiempo pasó…
mientras cuidaba a mi hija y a mi hijo mientras repartía enlaces virtuales para clases a distancia mientras iba con guantes y mascarilla a los mercados limpiaba las superficies con alcohol daba clases virtuales participaba en decenas de conferencias virtuales coordinaba largas teleconferencias con familiares cancelaba planes de viajes
el tiempo pasó
mientras intentaba encontrar foco para escribir olía el mar, el mar, a dos cuadras de distancia de mi casa; me levantaba de madrugada para burlar la vigilancia policial y darme un chapuzón en el mar, sacaba a mi hija y a mi hijo a caminar a sus orillas para limitar su uso de internet, que fueran personas de nuevo; me escapaba con mi marido al mar, a tirar polvos en la arena. En la casa todo olía a desinfectante.
El tiempo pasó mientras vigilaba los números montantes en Francia, España, Italia; mientras escribía emails y mensajes para averiguar quién de los míos estaba enfermo. Los míos están regados por todas partes. Soy negra, puertorriqueña, de un país colonizado por Estados Unidos, una isla “extraperiférica”, pero, no sé cómo, había conseguido convertirme en ciudadana “global”. Mis amigos todos éramos globales como la pandemia; primermundistas no, pero extrañamente globales. No importa si residíamos en Bogotá, en Lisboa, en Madrid o en Nueva York. Me enteré de la muerte de Luis Sepúlveda, el escritor chileno que vivía en España. Luego supe de la muerte de René Rodríguez Soriano, el poeta dominicano emigrado a Houston. A todos nos podía infectar el Covid-19. El virus ataca membranas que todos y todas tenemos y nos ataca por igual. A los más viejos, antes. Los más jóvenes tenían más probabilidades de recuperarse. Ésa era la información disponible, entendible. Se acababa el mundo pero para todos y todas por igual. O eso pensé yo en un principio. Pero Trump decidió no cerrar Estados Unidos, no cerrar el aeropuerto JFK, no cerrar Miami. No cerrar a tiempo. Y empezó a pasar otra cosa; esta cosa psicótica que comencé a observar con un terror aún mayor que el que me provocaba el Covid-19.
8 MINUTOS 46 SEGUNDOS
El video me llegó por Messenger. Ahmaud Arbery tenía 25 años. Fue asesinado mientras joggeaba en su vecindario de Brunswick, Georgia. Tres hombres blancos fueron arrestados 74 días después del asesinato de Ahmaud y sólo luego de que el video se hiciera viral.
Ahmaud Marquez Arbery.
Con este crimen de odio la pandemia adquiría un nuevo perfil mientras cruzaba el Atlántico y atacaba a los Estados Unidos. En Puerto Rico los infectados confirmados no subían de 1 mil 500 personas. Los muertos, hoy por hoy, son 152. Pero esas cifras sólo dan fe de la población que aún reside en la isla. Hay otro Puerto Rico, un Puerto Rico global como es global México o Guatemala u Honduras o Chile; ese Caribe y esa Latinoamérica que habitan en los Estados Unidos. La mitad de la familia, la mitad de los amigos —¿o son más de la mitad?— viven en otro lugar. Algunos se fueron a estudiar y se quedaron otros se fueron para escapar de la violencia transpolítica y se quedaron otros más para huir de la homofobia la violencia de género la incertidumbre política la precariedad.
Pero de eso mismo andaba huyendo la gente que pobló las Américas, ¿no es cierto? Las que se arrebataron a los nativoamericanos. Los irlandeses escaparon de la hambruna, los puritanos de la persecución religiosa, los españoles de la Inquisición, la pobreza más abyecta y de las cárceles.
Nosotros los negros y negras llegamos esclavizados.
Sin embargo, cuando el coronavirus cruzó el Atlántico, otra sombra acompañó al contagio en su trabajo de exterminación. Allá arriba en el Norte, afros y latinos morían el doble de rápido que la población blanca. El virus volvía a escoger a su presa, esta vez no por la naturaleza de su contagio sino por la historia sostenida de disparidad social, económica y racial. Uno de cada tres hombres negros infectados moría de Covid. Uno de cada tres latinos. No tenían que tener más de 60 años. Morían de 36, de 45, de 17, de 25 años. A los que no morían de Covid, los mataban los supremacistas blancos.
Otro video me llegó por Messenger. Duraba 8 minutos con 46 segundos.
En el video, el oficial de la policía Derek Chauvin mantuvo su rodilla contra el cuello de George Floyd, ex guardia de seguridad negro de Minneapolis. Mientras George pedía auxilio y explicaba que no podía respirar, otros tres oficiales montaban guardia y no permitieron que una multitud de gente interviniera, ni socorriera, ni evitara la muerte de este hombre. “No puedo respirar”. George Floyd murió exactamente como si estuviera infectado de Covid-19, pero peor, mucho peor. El espectáculo virtual de su muerte desmintió la falacia de que el virus atacaba a todos por igual. De que atacaba más a los viejos y precisamente porque eran viejos, porque ya estaban, como quien dice, a las puertas del otro lao, porque ya les tocaba morirse de algo. No era cierto. El Covid-19 reveló que existen poblaciones cuyo color de piel atrae y compacta marginaciones de tal forma que el aire que llega a sus pulmones revela su conteo. Siempre fue aire finito, con menos oxígeno y más toxinas que el de los demás. Acá en Las Américas, el virus reveló la fisionomía exacta de los devaluados de estas costas; o, como postula el filósofo africano Achille Mbembe en su desgarrador ensayo “Necropolítica”, quienes éramos los constituyentes de poblaciones desechables, los cuerpos sin valor sobre los cuales el Estado ejerce su sempiterno derecho a matar, o a dejar morir, o a dejar linchar.
Miré el video. Mentira. Intenté ver el video. Al segundo minuto comencé a temblar. Apagué el celular. Apagué la computadora, apagué las luces del cuarto, de la sala. Por primera vez desde el decreto de cuarentena y el imparable azote del Covid-19, no quise contestar correos, ni hacer “lives”, ni recorridos virtuales. No miré Pinterest, ni busqué recetas de cocina en Google, ni cotejé cifras de mortandad. Seguí temblando. La muerte por asfixia tenía un rostro al fin; uno donde se encontraba la fatalidad con la histeria, con el desgarramiento de un tejido de realidad. El Covid atacaba el cuerpo social y también lo asfixiaba. Allí escogía su presa más suculenta. Una rodilla contra el cuello, un rostro contra el asfalto gasping for air: “No puedo respirar”. Era un rostro negro, de una piel tan negra como la mía. De la garganta de Floyd salían palabras tan inaudibles, apagadas, tan desgarradoras que hacían preguntarme si alguna vez alguien oirá de verdad las palabras que algún negro o negra diga, pidiendo aire.
“No puedo respirar” —repetí en las penumbras de mi sala—.
Por primera vez desde la pandemia, lloré.
Hoy
Hoy es incierto. En Puerto Rico se discute cómo comenzar la Fase 2 de reapertura. Han levantado el toque de queda. Abrieron las playas y los parques. Algunos restaurantes comenzaron a operar con distanciamiento social, mascarillas, cascos transparentes que parecen de oficiales de fuerza de choque y toma de temperatura a la entrada de cada establecimiento. San Juan recibe seis mil turistas al día. Se pide que todos usen mascarilla y lleguen con prueba de Covid-19 hecha. Pero las autoridades no pueden violar los derechos de los turistas que vienen del Norte a reactivar la economía.
Hoy fui a la farmacia.
Pude reponer mi receta de hipotiroidismo. Compré vitaminas, más alcohol para desinfectar. Me di permiso de además llevarme un lápiz de labios y un pintauñas color violeta. Me miré al espejo mientras hacía fila para pagar, parada a 6 pies de distancia de otro cliente. Me vi unas cuantas canas. Desde marzo no me tiño el pelo, no tiene sentido, como tampoco lo tienen ya tantas cosas. Decidí que no perdería mi turno en la fila para comprar tinte de cabello. Fui caminando a la Plaza del Mercado para comprar frutas y carnes frescas. Durante la pandemia me dio por hacer jugos de frutas naturales y por comprarle a don Carlos, el carnicero de la plaza; pollo, cerdo, chivo, conejo. Al principio de la pandemia lo hice para evitar las larguísimas filas del contagio. Fue en los supermercados, además de en hospitales, donde más se contagió la gente. Sobre todo se contagiaba el personal de servicio. Ya no quise ir al supermercado de la esquina, empecé a caminar unas cuantas cuadras más hasta la olvidada Plaza del Mercado, que operaba al aire libre. La Plaza donde compraban los pobres, los dominicanos inmigrantes, los viejos que se habían quedado en otra era del consumo —los que ya no entrarían en la globalización—. Después de 120 días no creo que volveré a pisar un supermercado. No me hace falta. Ya mi paladar se ha desacostumbrado a los preservativos. No puedo tomar jugos concentrados. No me interesa. Hay muchas cosas que ya no me interesan. Sólo me interesa respirar. Hoy respiro. Eso es importante. Es extraño. No le tengo miedo a la pandemia ya. Es la nueva normalidad. Ahora a lo que le tengo miedo, más miedo que nunca, es a los supremacistas blancos. Le tengo miedo al racismo institucionalizado, a lo poco que vale la vida de los míos, a los que se ven igual que yo. Ya no estoy tan segura de que los méritos de una educación, libros publicados, premios ganados, me salven, de ese odio que arrasa parejo, y de la selectiva orquestación de variables que hace que epidemias ataquen con más severidad a unos que a otros. A los de mi color de piel, por ejemplo.
Acá por estos lares del contagio sólo el dinero compra la salud, pero sólo si eres del color correcto. O al menos así se siente. O quizás ande deprimida. No lo sé. Nunca antes me había deprimido.

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Imagen de portada: Black Lives Matter. Fotografía de Lorie Shaull, 2020. CC

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