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Sobre los incendios del centro peninsular

No se podía hacer nada

Fuentes: Rebelión

Que las cosas sigan así; ahí radica la catástrofe.
Walter Benjamin

No se podía hacer nada. Todo el mundo te decía lo mismo: “no se puede hacer nada”. No se podían quitar las arizónicas porque era mucho dinero (quizá porque la piscina nos dejó sin presupuesto; lean, por cierto, La España de las piscinas, de Jorge Dioni). Porque lucían bien esos muros de arizónica que arden como antorchas, porque hacían invisible lo que ocurría dentro de nuestros pequeños palacios. No se podían limpiar los perímetros porque era costoso o eran propiedad privada, y a saber quién o quiénes eran los propietarios. Uf, propiedad privada… Imposible.

No se podía hacer nada porque no había presupuesto municipal o porque el presupuesto en prevención era ridículo. Porque los ecolojetas impedían que una paisana limpiara de rastrojos su parcela o que honradas empresas, que tenían todos los permisos, hicieran tareas de desbroce. Porque, en efecto, se presentan dos ecologistas y un forestal y paran el mundo; porque todos sabemos que el poder lo tienen los ecologistas y las feministas. No se podía hacer nada por la Agenda 2030 y porque no dejan limpiar el monte, a pesar de la ley 43/2003, que obliga a propietarios públicos y privados a prevenir de forma activa los incendios forestales.

No se podía hacer nada porque ni municipios ni urbanizaciones contaban (la mayoría no cuenta) con planes de autoprotección (que, en sí mismos, si no se ejecutan, son inútiles). Porque las autonomías no fiscalizaban su existencia ni cumplimiento. No se podía hacer nada porque durante años, porque aún hoy, a pesar de la evidencia, se ha ignorado a científicas y ecologistas que han puesto palabra a la voz no humana de la naturaleza. Se han obviado, por ejemplo, los informes sobre grandes incendios forestales de WWF “Fuego a las puertas” o “Paisajes cortafuegos”. En el primero se afirmaba, en 2017: “Los grandes incendios no se apagan con agua, sino con gestión forestal y planificación territorial. Solo reduciendo la vulnerabilidad del paisaje a la propagación de las llamas evitaremos que los GIF devoren comarcas enteras.” Los ecologistas se desgañitaban señalando que los ingredientes de la catástrofe estaban listos: abandono rural, cambio climático, urbanización difusa, falta de inversión en prevención (es la extinción la que “mueve la economía”) y ausencia de planificación territorial y planes de autoprotección. Quién iba a escucharlos. Nada. Como Casandra. Da miedo cómo se ha intentado hacer de este colectivo un chivo expiatorio, de qué forma tan demoniaca se pretende crucificar, en redes sociales y algunos medios, a quienes, por decirlo así, han sido el canario en la galería, en la mina. Se dijo desde hace mucho y en muchos lugares. Estábamos avisados.

No se podía hacer nada porque extraer la arizónica, hacer fajas en torno a las urbanizaciones incluidas en Zonas de Alto Riesgo de incendios, hacer claras, escamondas, etc.; promover la ganadería extensiva y reforestar con especies frondosas de quema lenta frente a las vastas áreas de monocultivo de resinero; porque invertir en paisajes cortafuegos tipo mosaico es una cosa carísima y, bueno, no parece muy rentable en términos mercantiles. No había dinero para eso. Algunos ayuntamientos no tenían siquiera dinero para retirar el combustible que dejó la borrasca Filomena por todas partes, o restos de talas dispuestos como piras funerarias (¿se plantearon alguna vez qué hacer con esos restos? ¿No imaginaron siquiera el peligro que suponían?). Ahora hay que afrontar las pérdidas sociales y ecológicas. Aunque siempre habrá quien se beneficie. Todo está previsto. Es lo que Naomi Klein llamó “el auge del capitalismo del desastre”. Mientras unos se preguntan por qué ha sucedido esto, cuáles son sus causas últimas, qué hacer para que no pase otra vez, otros se preguntan: “¿quién puede beneficiarse de esta catástrofe?”

Lo urgente y lo necesario parece imposible; lo inútil, superfluo y aun grotesco, imprescindible. Pongamos algunos ejemplos. Según la IA (que no es el intelecto agente aristotélico, pero sirve para algunas cosas), que recoge información de La Vanguardia, entre otros medios, el Gran Premio de Fórmula 1 Madring ha costado, a día de hoy, 200 millones de euros. No sabemos cómo se distribuirá, pero el retorno, dicen, será fabuloso. Aunque el panorama turístico esté jodido –perdón por el vulgarismo– en los pueblos del Alto Tiétar, Valle del Alberche, Tierra de Pinares y Sierra Oeste de Madrid, es una extraordinaria idea gastar, de momento, en algo llamado Stellarium Ávila Center y en un mirador en el Puerto del Pico (Ávila), 6,6 millones de euros. Como del delirio se sigue todo, el grupo municipal de Vox en Burgos propuso la construcción de una gigantesca figura de toro de lidia. Si tenemos en cuenta que el ismo de mayor éxito en España es el “pormishuevismo” (lean, también, el libro de este título de Erik Harley), no descartemos que esta locura se realice (“¿que no hay huevos a hacerla de 300 metros de altura y tapar la catedral?”). A lo mejor estoy haciendo populismo. ¿Lo urgente y necesario? ¡Irrealizable! No se podía hacer nada porque la Asociación de Ganaderos de Burgohondo, a pesar de que la Junta decretó la prohibición de usar maquinaria en el monte por riesgo máximo de incendios, tenía que hacer en ese momento –con temperaturas de hasta 36 grados, fuertes rachas de viento y una humedad extremadamente baja– un camino ganadero. Por sus cojones tenían que hacerla ese día.

No se podía hacer nada porque los municipios asolados cuentan con numerosas urbanizaciones y existe una miríada de edificaciones de todo tipo dispersas por doquier, desde estructuras chabolistas hasta casoplones. Los bomberos y bomberas forestales tienen que jugarse la vida en extensas zonas de contacto urbano-forestal y, de reojo, ver cómo arden macizos enteros, paisajes de una belleza que no puedo expresar e innumerables animales y árboles colosales. En este lugar habita el temible “hombre de las urbanizaciones”, el animal más peligroso y, seguramente, el más despreciable (como decía alguien, aquel que es incapaz de despreciarse a sí mismo). Las espesas arizónicas vuelven completamente invisibles esos Imperios del Yo. (Lo tengo que contar: cuando imaginaba escribir este texto se me ocurrió hacerme el gracioso con la imagen, cómica por lo inverosímil, por lo absurdo, de que alguien hiciera una barbacoa de celebración cuando volviésemos de nuestra breve experiencia de desplazados climáticos. Con el fondo de un Cerro de Guisando devastado, casi un dios para mí, en efecto, unos vecinos estaban haciendo una barbacoa [ojo, aún estábamos en riesgo extremo de incendio por ola de calor]. Ni siquiera celebraban el retorno. Parecían indiferentes a lo que había pasado. Así de profundo puede llegar a ser el nihilismo de esta tipología. Los conozco bien. Sin llegar a ese extremo, soy uno de ellos. Consciente o inconscientemente, hemos huido de la conflictividad social urbana y nos hemos refugiado en espacios relativamente homogéneos cultural y económicamente; las promotoras clavaron estas cuñas de hormigón en el corazón del monte. Podríamos decir, tal vez, que la naturaleza reprimida, como todo lo reprimido, retorna en forma de fuego, inmolándose.)

No se podía hacer nada porque movimientos políticos y traficantes de odio cebaban en la gente una indignación acéfala, movida más bien por el goce de participar en una especie de catarsis colectiva que, muchas veces, hacía presa en víctimas propiciatorias (ecologistas, agentes forestales, bomberos forestales, miembros de la UME…). Las pasiones tristes anegaban las redes sociales; disponían miles de cuerpos a una especie de atracción gravitatoria por los discursos más simplistas, histriónicos, manipuladores y cerriles, bajo la órbita de partidos políticos y movimientos sociales dispuestos a añadir más caos al desorden. Buena parte de esta tribu está compuesta por oportunistas, impostores, chiflados y pícaros; nihilistas aceleracionistas, todos ellos. Hicieron arder estos días también los vínculos que unen a los ciudadanos con las instituciones estatales y todo lo público. “Solo el pueblo salva al pueblo”, por supuesto; por eso las mayorías sociales, que necesitan de la protección de la ley frente a la arbitrariedad de los poderes salvajes (entre desiguales, sí, la libertad oprime y la ley libera), promueven y protegen los bienes y servicios públicos. Desde la experiencia personal se pueden entender ciertas críticas a la dirección de la extinción, en sus distintas fases, y seguramente se deba hacer un análisis de ello. Lo que es un suicidio colectivo es colaborar con negacionistas y anarco-capitalistas que buscan la destrucción del Estado (otra cosa es que los gobiernos, muchas veces, a nivel nacional y autonómico, parezcan comportarse, efectivamente, como “una junta que administra los negocios comunes de la clase burguesa”).

No se podía hacer nada porque lo que anunciaban como “la sociedad de la información y del conocimiento” se está convirtiendo gracias a internet y las redes sociales, como dice el título del libro de Michel Desmurguet, en una fábrica de cretinos digitales. Yo no soy muy listo, la verdad, y caigo con frecuencia en mis sesgos de confirmación; pero dejaba enormemente perplejo cómo teorías delirantes de la conspiración y engrudos totalmente opacos hechos de experiencia personal, testimonios vehementes y opiniones, parecían dominar (casi) por todas partes el debate. Al punto me vienen a la mente algunos fragmentos del libro de Gérald Bronner, Apocalipsis cognitivo. En concreto, me resultaron interesantes las nociones de asimetría entre la mentira y la verdad, y la de demagogia cognitiva. La primera señala la dificultad que tiene la racionalidad para sobreponerse al prejuicio y la estupidez. Cita a un programador italiano apellidado Brandolini quien expresó esta ley, en 2013, de este modo: “La cantidad de energía necesaria para refutar las idioteces es superior a la que se necesita para producirlas”. Respecto a la segunda noción, el francés afirma que “la demagogia cognitiva es el proceso intelectual ideal para conducir a un individuo de la frustración al populismo. Alimenta mediante argumentos intuitivos, pero dudosos, el sentimiento confuso de una desposesión. Se trataría entonces de devolver la voz a un pueblo imaginario mediante argumentos capciosos.” Esta demagogia se nutre hoy del arsenal que ponen a su disposición la tecnología contemporánea y el afán de desintermediación entre el poder político y el pueblo, puenteando a instituciones como sindicatos, partidos o medios tradicionales. Pensar, seguir el hilo de los razonamientos con calma, poner atención, cuidar el lenguaje para que pueda hacerse cargo de la complejidad, distinguir y jerarquizar lo relevante entre el flujo de información, debatir con los demás sin que el ego nos pise todo el tiempo la manguera… todo eso parecen ser capacidades cada vez más extraordinarias, sobrehumanas. Nunca ha sido más necesario, frente al anti-intelectualismo rampante y el negacionismo homicida, el gesto platónico de concebir el conocimiento como un ingrediente indispensable del acierto político.

No se podía hacer nada porque la inversión en armas es supernecesaria. Según parece, el Estado gastará en defensa 35.500 millones de euros (un dos por ciento del PIB) en 2026. Disponemos, para nuestra seguridad, de “un arsenal moderno y altamente tecnológico”. Las fragatas Clase F-100 “tienen capacidad para detectar y neutralizar cientos de objetivos aéreos simultáneamente (aviones o misiles antibuque) a más de 300 km de distancia mediante sus misiles SM-2 y ESSM”. Los submarinos Clase S-80 Plus pueden “permanecer semanas sumergidos sin ser detectados, siendo extremadamente silenciosos. Están armados con torpedos pesados DM2A4 y tienen capacidad táctica para lanzar misiles de ataque a tierra.” El buque más grande de la Armada es el LHD Juan Carlos I, capaz de “proyectar fuerzas de Infantería de Marina en cualquier parte del globo, sirviendo de base flotante para cazas de despegue vertical y helicópteros”. Podríamos seguir en este tono con el caza Eurofighter Typhoon y el McDonnell Douglas F/A-18; con el carro de combate Leopardo 2E y el vehículo de combate sobre ruedas 8×8 Dragón. El Centro Nacional de Inteligencia cuenta con más de 3.000 profesionales, aunque no se sabe bien porque allí casi todo es secreto. Está claro por dónde voy. Seguro que también aquí estoy haciendo populismo. Pero, realmente, un estado como el nuestro, la octava o décimo segunda potencia económica del mundo mundial, los sucesivos gobiernos desde hace, digamos, 30 años, ¿no han sido capaces de prever las gigantescas emergencias nacionales que supondría la conjunción del abandono rural, el cambio climático y la dispersión urbana? ¿No puede un estado moderno proteger a millones de habitantes del mundo rural de un coche que sale ardiendo y dos chispazos? ¿Qué habría hecho un mechero? ¿Qué entendemos por “seguridad nacional”? ¿No podía anticiparse esta amenaza? No puede ser. No puede ser no digo ya que no se hayan puesto en marcha medidas verdaderamente eficaces (increíble que no se haya obligado a retirar la arizónica o se haya subvencionado su sustitución, increíble que un estado, en todos sus niveles, no tenga fuerza para eso); no puede ser que ni siquiera, me temo, se haya pensado en medidas realmente eficaces, a un nivel realmente eficaz.

No se podía hacer nada porque vivimos bajo una gramática económica llamada capitalismo, lubricada por leyes liberalizadoras y desregularizadoras del suelo, la construcción de grandes vías para los automóviles y la expansión de la demanda inmobiliaria. Algunas características fundamentales del modelo de Esperanza Aguirre fueron la aceleración de la transformación de suelo rústico a urbano y la posibilidad de edificar grandes viviendas unifamiliares en parcelas rústicas de cierto tamaño. Las reformas introducidas por Díaz Ayuso van en la misma línea liberalizadora. Estas políticas se sumaron al ciclo de construcción de macro-urbanizaciones y segundas residencias para veraneantes en los años 60 y 70; después vino el “boom” inmobiliario (1997 – 2007), las familias jóvenes que huían de los precios y las tensiones de Madrid, más chalets, nuevos bloques de pisos… Solo la crisis financiera de 2008 detuvo esta inercia que amenazaba con añadir más dispersión al tapiz ilegible de zonas forestales y urbanas que desborda Madrid y se expande por buena parte de Ávila y Toledo. En ese momento se estudiaban nuevos planes de ordenación urbana que especulaban con crecimientos poblacionales delirantes. Según parece, tras la experiencia del confinamiento del Covid-19, ha habido un repunte en el éxodo urbano residencial hacia estos espacios, azuzado por los precios de Madrid. Con el beneplácito de los municipios rurales –atrapados entre la insuficiente financiación municipal y el dinero fácil de las recalificaciones urbanísticas–, el campo ha sido colonizado por esquirlas urbanas diseminadas de una forma caprichosa y peligrosa, con la misma lógica de dispersión que la de los restos de un avión que se estrella. La civilización capitalista urbano-industrial se ha extendido sin control por el tejido natural, simplificándolo y vaciándolo de sus actividades agrícolas y ganaderas en extensivo (ya lo dijo un ministro franquista: más campo, menos campesinos; es decir, industrialización del agro y éxodo rural a las ciudades; así de camperas eran las autoridades franquistas). El crecimiento de la población y su proyección espacial, bajo el capitalismo, con todas las prevenciones que puedan hacerse respecto al trazado de analogías, guarda potentes similitudes con los procesos cancerígenos, cuyas principales características son un rápido e incontrolado crecimiento, la invasión y destrucción de tejidos adyacentes sanos, la desdiferenciación y la metástasis.

En conclusión, como no se podía hacer nada, tuvieron que arder entre 75.000 y 80.000 hectáreas de un altísimo valor ecológico. Han sido destruidas la Reserva Natural del Valle de Iruelas y amplísimas zonas de especial conservación de las cuencas de los ríos Alberche y Cofio. Se estima un número, entre evacuadas y confinadas, de 88.000 personas afectadas. Han desaparecido miles de rincones únicos que formaban parte de la identidad y la memoria de miles de personas, innumerables comunidades vegetales y animales. He escuchado al científico Fernando Valladares decir que el año que viene el cambio climático va a “dar un arreón tremendo” por los eventos asociados al fenómeno climático de El Niño. “El 2027 va a ser un año muy, muy, muy cálido; va a batir los récords.” A este ritmo no va a quedar ni un árbol. No va a quedar ni una columna para sujetar el cielo sobre nuestras cabezas. Aunque solo sea por eso, tenemos que hacer algo. Hay muchas iniciativas en curso. Hay mucho conocimiento y amor por el territorio como para no poder revertir esta catástrofe normalizada.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.