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Palestina vive sobre escombros

Fuentes: Rebelión

   Israel sigue cometiendo crímenes de guerra contra el pueblo palestino. La última ofensiva sobre Gaza, decidida por Netanyahu, difícilmente se habría realizado sin el acuerdo tácito de Estados Unidos, a sabiendas de que causaría una matanza. El intento de desalojo de familias palestinas del barrio jerosolimitano de Sheij Yarrah para entregarlas a colonos israelíes, fue el disparo de salida de una provocación urdida por Netanyahu para abrir una crisis política, enviar al ejército a la explanada de las mezquitas de Jerusalén e iniciar una nueva operación militar contra los palestinos, que bloquease su posible salida del gobierno. Indiferente al peligro de la Covid-19 sobre la población de Gaza, el ejército israelí bombardeó en la franja hospitales, destruyó edificios, arrasó infraestructuras. Como era previsible, las protestas palestinas en Cisjordania fueron aplastadas después con dureza, y las posteriores manifestaciones dispersadas a balazos por el ejército, causando más de veinte muertos. Los bombardeos israelíes han destruido miles de viviendas, asesinado a doscientas cincuenta personas, entre ellas sesenta y siete niños, y miles de palestinos han resultado heridos. Los hospitales están en una situación límite, faltan medicamentos y todo tipo de productos para la reconstrucción, porque Netanyahu impide su llegada, y el agua potable escasea. Esta nueva operación criminal se ha detenido, por el momento, con el alto el fuego alcanzado por mediación egipcia.

   Gaza, poblada por dos millones de personas, es un gigantesco y pobre enjambre de refugiados, una cárcel al aire libre, un enorme campo de concentración donde Israel protagoniza periódicas matanzas, y se ha convertido en un mar de escombros donde los palestinos intentan sobrevivir. Nada sustancial ha cambiado desde los acuerdos de Oslo, que solo sirvieron para fortalecer el ansia expansionista de Israel, aunque se retirasen de la franja los colonos. Los millones de palestinos que malviven en los territorios ocupados de Cisjordania padeciendo un verdadero apartheid, han visto cómo los casi dos millones de palestinos que tienen ciudadanía israelí, pero siguen marginados, iniciaban las protestas y la revuelta con una huelga general contra el Estado racista israelí.

   Ahora, Netanyahu, que lanzó la operación militar de castigo a Gaza para consolidar su posición y mantener el gobierno, y para obtener nuevos sufragios si se celebrasen las quintas elecciones en dos años, puede perder la conducción del país. Acosado por los juicios de corrupción pendientes, afronta la posibilidad de que Yair Lapid consiga formar gobierno, evitando nuevas elecciones, aunque la función del ultranacionalista Naftali Bennett, que defiende la ampliación de las colonias ilegales, en el nuevo gabinete puede crear nuevas dificultades. Al mismo tiempo, el aplazamiento de las elecciones palestinas es una mala señal, que impide la renovación de los organismos palestinos, algo que, junto a la corrupción de la Autoridad Nacional palestina y su incapacidad para oponerse a los dictados de Tel-Aviv, ha fortalecido a Hamás.

   Pese a la gravedad de la situación, la mayor parte de los israelíes prefiere cerrar los ojos al sufrimiento palestino, hasta el punto de que ni la feroz ocupación militar ni el futuro de un Estado palestino se ha debatido en las campañas electorales. Las escenas de fanáticos israelíes bailando junto al muro de los lamentos de Jerusalén, gritando “muerte a los árabes”, y jaleando el humo que se elevaba al lado de la mezquita Al Aqsa indican no ya la indiferencia de buena parte de los israelíes ante el sufrimiento palestino sino el regocijo ante la ocupación y el apartheid, la satisfacción ante los bombardeos, la frialdad ante el asesinato, la complacencia ante los crímenes de guerra. Ni siquiera la visión de los niños palestinos destripados por las bombas que apareció en un diario israelí ha movido la conciencia del país. Ello no impidió tampoco al ejército israelí publicar mensajes con dibujos de centenares de misiles, como si la lluvia de bombas fuera padecida por los israelíes. Israel se ha convertido en un Estado terrorista que bombardea a la población civil mientras sus gobiernos ignoran la condena del mundo porque tienen siempre el amparo de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU.

   De nuevo, la actitud de la Unión Europea y de Estados Unidos ha seguido la vergonzosa conducta de las últimas décadas. Bruselas, al igual que Washington, reafirmó el “derecho de Israel a defenderse”, como si el conflicto no fuera el de un poderoso Estado dotado de armamento nuclear que impone una criminal ocupación que dura ya más de setenta años, desde la Nakba. Pese al apoyo y la comprensión estadounidense, la vieja Palestina histórica no sufre una guerra, porque no hay dos ejércitos en liza: es un enfrentamiento entre el ejército más poderoso de Oriente Medio y unas milicias dotadas de cohetes artesanales.

   Hace demasiado tiempo que urge acabar con el sufrimiento palestino, pero Biden no ha cambiado las decisiones de Trump: no ha devuelto su embajada a Tel-Aviv, ni se ha opuesto a los llamados acuerdos de Abraham (presentados como el “acuerdo del siglo”, son una infame imposición a los palestinos que no ganan nada con ellos), ni se opone al muro israelí que cuartea los hogares y la tierra palestina, ni ha mostrado el menor gesto para forzar a Israel a detener la colonización y el robo de tierra ajena, que no se han detenido.

   El reconocimiento internacional de un Estado palestino en las fronteras de 1967 es cada día más difícil, como definir el futuro de Jerusalén, la libertad para los miles de palestinos encerrados en cárceles israelíes, y el retorno de los cinco millones de refugiados palestinos dispersos en Siria, Líbano, Jordania y las monarquías del golfo pérsico. La solución de dos Estados parece ya inviable, ante la realidad de las colonias israelíes en una Cisjordania troceada por la voracidad israelí que ni siquiera renuncia a apoderarse del valle del Jordán, pero Israel no puede expulsar de nuevo a millones de palestinos, ni puede exterminarlos. La realización de una conferencia internacional, propuesta por Moscú, para abordar el futuro de Palestina y el conflicto con Israel, podría ser el inicio de un tiempo nuevo, y tal vez debería centrarse en la definición de un solo Estado, habitado por palestinos e israelíes, basado en criterios laicos y democráticos. El pueblo palestino no va a rendirse, aunque viva sobre escombros, porque la resistencia cobra nuevo vigor, pero el mundo no puede seguir soportando la ignominia, los crímenes y la ocupación militar de Israel.