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Se avecinan riesgos ocultos para el presidente Obama

Fuentes: La Jornada

Obama ha basado su campaña, y se ha vuelto atractivo para los votantes estadunidenses, en gran parte por su posición acerca de la guerra en Irak. Se opuso públicamente a ella desde 2002. Le ha llamado guerra «estúpida». Votó en contra de la llamada «oleada». Ha hecho llamados a que se retiren las tropas de […]

Obama ha basado su campaña, y se ha vuelto atractivo para los votantes estadunidenses, en gran parte por su posición acerca de la guerra en Irak. Se opuso públicamente a ella desde 2002. Le ha llamado guerra «estúpida». Votó en contra de la llamada «oleada». Ha hecho llamados a que se retiren las tropas de combate en el lapso de 16 meses. Se ha negado a conceder que estuvo mal que se opusiera a la «oleada».

Al hacer todo esto, siempre argumenta que Estados Unidos debería hacer más en Afganistán. Esto incluye explícitamente el envío de 10 mil tropas más, tan pronto como sea posible. No parece pensar que la guerra ahí sea algo estúpido. Parece pensar que Estados Unidos puede «ganar» esa guerra, con más tropas y más asistencia de la OTAN. Una vez en la presidencia, debe prepararse para una ruda sorpresa.

A Obama le haría bien reflexionar sobre la reciente entrevista que otorgó Gérard Chaliand a Le Monde. Chaliand es uno de los geoestrategas más importantes, especializado en lo que se conoce como guerras irregulares. Conoce Afganistán excesivamente bien, habiendo ido y venido durante los últimos 30 años. Pasó mucho tiempo con los mujaidines durante su lucha contra las tropas soviéticas en los años 80. Actualmente pasa varios meses al año en Kabul en Centro de Estudios de Conflicto y Paz, del cual es uno de los fundadores. Tiene muy clara la situación militar. «La victoria es imposible en Afganistán… hoy, uno debe intentar negociar. No hay otra solución». ¿Por qué? Debido al control talibán de los poderes locales por todo el oriente y sur del país, donde prevalecen las poblaciones pashtún. Duplicar el número de tropas occidentales, duplicar el tamaño proyectado del ejército gubernamental, y gastar mucho más del actual 10 por ciento de asistencia externa para el desarrollo económico podría cambiar la situación. Pero Chaliand duda, y yo también, que esto sea algo políticamente probable para Estados Unidos y los países de la OTAN. El ministro de Relaciones Exteriores alemán ya advirtió a Obama que no presione a Alemania en busca de más tropas con las cuales combatir a los talibanes. Tampoco es que los talibanes puedan ganar, dice Chaliand. Más bien se trata de un «impasse militar». Los talibanes, que son geopolíticamente muy astutos, esperan pacientes a que Occidente «se canse de una guerra que se alarga».

Para entender cómo fue que Estados Unidos se metió en este cul-de-sac, en este punto muerto, tenemos que regresarnos un poco en la historia. Desde el siglo XIX, Afganistán ha sido el punto focal del «gran juego» entre Rusia y Gran Bretaña (a la que ahora le ha sucedido Estados Unidos). Nadie nunca ha logrado un control de largo plazo sobre esta crucial zona de tránsito.

Afganistán tiene hoy frontera con un Estado llamado Pakistán, que cuenta, precisamente en la frontera, con gran población pashtún. El primordial interés geopolítico de Pakistán es tener de vecino a un Afganistán amigable -y que no venga India, pero tampoco Rusia, Estados Unidos y/o Irán a dominarlo. Paquistán ha estado apoyando, de un modo u otro, a la mayoría pashtún, que hoy significa talibanes. Pakistán no tiene intención de dejar de hacerlo.

Con el presidente Carter, Estados Unidos decidió intentar sacar a un gobierno al que tildaban de comunista y de ser muy cercano a Rusia. Sabemos ahora, por la liberación de archivos del gobierno de Carter, y vía la famosa entrevista que concediera hace 10 años Zbigniew Brzezinski, entonces asesor de seguridad nacional de Carter, que el respaldo estadunidense a los mujaidines antecedió por lo menos seis meses a la intrusión de las tropas soviéticas. De hecho, uno de los objetivos era, precisamente, atraer a la Unión Soviética para que interviniera militarmente bajo la suposición correcta de que esto, a fin de cuentas, sería una equivocación grave y dañaría el régimen soviético en casa. ¡Bravo! Lo lograron. Pero también, al mismo tiempo, la política estadunidense generó a Al Qaeda y a los talibanes, un clásico ejemplo de efecto contraproducente para Estados Unidos. En cualquier caso, es el mismo Brzezinski quien ahora advierte a Obama que no cometa el error soviético.

Así, Obama promete ahora algo que no está en posición de cumplir. Está muy bien para él que reciba la adhesión implícita del gobierno iraquí por sus propuestas en torno a Irak. Le está yendo muy bien por eso, y recibirá el crédito, de Estados Unidos y del mundo, por su gesto. Pero puede echar ese crédito abajo si no es capaz de cumplir una imposible promesa respecto de Afganistán. Su banda de 300 asesores no le sirven adecuadamente en este asunto. Obama sabe ser prudente cuando es necesario. No está siendo muy prudente respecto a Afganistán.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein