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Se elige presidente en EEUU, so what?

Fuentes: Rebelión

So what es una expresión coloquial corriente en el habla cotidiano de Estados Unidos cuyo significado oscila entre un benigno y curioso interrogante y una descortés, incluso ruda e insolente, refutación de algo que se hubiera dicho o escrito anteriormente. Una traducción literal de este segundo significado sería algo así como «¡y eso que diablos […]

So what es una expresión coloquial corriente en el habla cotidiano de Estados Unidos cuyo significado oscila entre un benigno y curioso interrogante y una descortés, incluso ruda e insolente, refutación de algo que se hubiera dicho o escrito anteriormente. Una traducción literal de este segundo significado sería algo así como «¡y eso que diablos importa!», y es exactamente eso lo que queremos expresar en esta nota en relación a las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos.

La irritación contenida en esa frase es hija del hastío y la fatiga que produce la rutinaria repetición, cada cuatro años, de que esta vez sí la elección del emperador con sede en Washington puede realizar el tan anhelado cambio que se promete, se espera y nunca se produce. Esta insoportable reiteración tiene como compañera una actitud autodenigratoria que se duele ante el hecho de que ninguno de los dos candidatos más importantes (porque hay otros cuatro que los medios ocultan sistemáticamente, sobre todo el del Partido Libertario, del ex gobernador de New Mexico Gary Johnson y la del Partido Verde, Jill Stein) haya mencionado a país alguno de América Latina en sus numerosísimas declaraciones e intervenciones públicas durante la campaña. Esta lamentación prueba una vez más la penetración del proceso de colonización imperialista en las elites políticas, intelectuales y económicas de nuestros países que internalizaron el discurso imperial uno de cuyos axiomas, obviamente, es la negación de la importancia del otro, sobre todo cuando éste es un país o una región que la Casa Blanca considera como propia o, en el mejor de los casos, como su «patio trasero.» Colonialidad del saber, o colonización cultural, como lo establecieran hace tiempo el sociólogo peruano Aníbal Quijano y el escritor cubano Roberto Fernández Retamar en virtud del cual nuestras clases dominantes y sus representantes políticos y culturales asumen sin beneficio de inventario el discurso del César imperial. Obviamente que hay algunos que son conscientes de su condición de representantes vicarios de aquél y saben que el ninguneo en la campaña no se corresponde con la importancia que los jerarcas del imperio le asignan a América Latina y el Caribe. Pero la mayoría no entra en esta categoría y son gentes que creen a pie juntillas en la absurda tesis de la «irrelevancia» de la región, misma que es desmentida por la permanente intervención de los Estados Unidos en los asuntos internos de nuestros países, como lo prueba la historia de las relaciones inter-americanas; desmentida también por la existencia de 76 bases militares de Estados Unidos en esta parte del mundo (¿instaladas, tal vez, como un «premio consuelo» ante nuestra supuesta «irrelevancia»?); desmentida otra vez por ser esta parte del mundo la destinataria de la primera doctrina de política exterior de Estados Unidos, la doctrina Monroe, que antecedió en casi un siglo a la concebida para otra área del globo, Europa, recién en 1918 (Doctrina Wilson). Son estas algunas de las múltiples razones que llevaron en repetidas ocasiones a Fidel y al Che a afirmar que «América Latina es la retaguardia estratégica del imperio», tema éste examinado cuidadosamente en la extensa producción de un brillante académico y diplomático brasileño, Luiz Alberto Moniz Bandeira y, sin el mismo brillo, en nuestro América Latina en la geopolítica del imperialismo , un libro de próxima aparición dedicado precisamente a desmontar el pernicioso mito de la «irrelevancia» de América Latina.

Si los intelectuales y los políticos latinoamericanos se equivocan y hacen suyas las tesis imperiales, quienes no caen en ese error son los grandes estrategas, los jefes militares y los operadores políticos estadounidenses, para los cuales nuestra región es supremamente importante. Quien expresó esto de una manera brutalmente didáctica fue Zbigniew Brzezinski: consultado por qué casi no hablaba de Latinoamérica en uno de sus más importantes libros, El Gran Tablero Mundial , se encogió de hombros y dijo que tampoco hablaba de lo que ocurría en Texas o Alabama. En ocasional coincidencia con el pensamiento crítico latinoamericano Brzezinski dijo que los países al Sur del Río Bravo mal podían analizarse en el marco de la política exterior de Estados Unidos. La extensa frontera mexicano-estadounidense, los millones de inmigrantes procedentes de toda América Latina y el Caribe, la creciente presencia económica, política y cultural de los «latinos» dentro de Estados Unidos amén de la importancia excepcional de la región por sus recursos naturales y sus mercados para la producción norteamericana desaconsejan adoptar un enfoque como el tradicionalmente empleado por los internacionalistas académicos y que estúpidamente suponen que las relaciones de Estados Unidos con esta parte del mundo pueden ser examinadas con el mismo baremo aplicado al estudio de las relaciones de la Roma americana (subrayar por favor eso de «americana») con países situados en distantes latitudes africanas, asiáticas e inclusive europeas. Una premisa inconmovible de la política internacional es la geografía, y Estados Unidos limita al Sur con México y el Caribe, no con Burundi, Birmania o Lituania. Si cualquiera de estos tres países tuviese la osadía de elegir a un gobierno de izquierda sería harto improbable, por no decir imposible, que la Casa Blanca dispusiera el envío de una expedición punitiva de marines en un número equivalente al 10 por ciento de la población invadida, como lo hiciera Ronald Reagan en 1983 con la «irrelevante» isla de Granada (60.000 habitantes en ese año) para desalojar y luego asesinar al Primer Ministro Maurice Bishop y varios de sus colaboradores. Nuestra América es diferente, tiene con Estados Unidos una «relación especial» y todo lo que ocurre en nuestros países es muy trascendente para la Casa Blanca. Por supuesto, la clase dirigente norteamericana bien se cuida de reconocer públicamente este dato fundamental de su política exterior.

Dados estos antecedentes creer que la personalidad del inquilino de la Casa Blanca puede alterar significativamente la política de Estados Unidos en relación a Latinoamérica y el Caribe es un craso error. Podría objetarse, con razón, que no es igual Ronald Reagan que James Carter y sus políticas de derechos humanos, pero mismo éstas tuvieron límites muy precisos porque mientras Carter creaba la Secretaría de Estado Adjunta para los Derechos Humanos y nombraba como responsable de esa agencia a una activista radical como Patricia M. Derian, el resto del engranaje político de su administración -en donde sobresalían nombres tales como el del ya mencionado Brzezinski, el de Richard Holbrooke, Secretario de Estado Adjunto para Asuntos del Extremo Oriente, y el del embajador en la Argentina, Terence Todman, de indisimulada simpatía con la dictadura genocida de la segunda mitad de los años setentas- saboteaba sistemáticamente esas iniciativas y colaboraba activamente con las dictaduras de la región. Carter tuvo que enfrentar tiempos muy difíciles: los legados de la traumática derrota en Vietnam, producida un año y medio antes de que asumiera su cargo en la Casa Blanca; la inédita «estanflación» que azotó al mundo desarrollado en esos años; la crisis de la energía desatada en 1979 por el triunfo de la revolución y el derrocamiento del Sha de Irán, con el nuevo aumento en el precio del petróleo; la crisis de los rehenes norteamericanos en Irán (donde algunos ven la mano de la CIA, interesada en evitar la re-elección de Carter para liberarse de las restricciones que a su accionar imponía la política de derechos humanos) y, sobre todo, el pecado principal: la firma del Tratado Carter-Torrijos por el cual se devolvía el Canal de Panamá a este país, decisión ésta fuertemente resistida y luego repudiada por los halcones del Pentágono y la derecha estadounidense. 1

De lo anterior se desprende que, tal como lo señalan algunos analistas no convencionales de la política norteamericana, conviven en Estados Unidos dos gobiernos: uno transitorio, surgido del proceso electoral, y otro, mucho más importante, permanente, de facto , elegido por nadie y responsable ante nadie que es quien toma las decisiones fundamentales y establece el rumbo de la política que deben adoptar e implementar el Ejecutivo y el Congreso. Abona esta interpretación el famoso Discurso de Despedida del Presidente Dwight Eisenhower alertando a sus conciudadanos del inmenso poder adquirido por el complejo militar-industrial. Eisenhower señaló que el influjo de esa coalición empresarial y militar era tan grande que no había rama o nivel de la administración pública que escapara a su influencia y que tal cosa entrañaba el peligro del «desastroso surgimiento de un poderío que ya existe y que persistirá a lo largo del tiempo.» Mientras el gobierno permanente fue agigantándose, los circunstanciales gobiernos instalados por el voto popular no hicieron sino debilitarse frente a las fuerzas del mercado, de los mega conglomerados empresariales y a su articulación en torno al complejo militar-industrial y los sectores económicos y financieros que giran a su alrededor. La historia además enseña los riesgos que conlleva cualquier tentativa de oponerse a los designios de las clases dominantes, tanto ayer como hoy. Cuatro presidentes fueron asesinados en los Estados Unidos, tres de los cuales (Lincoln, Garfield y Kennedy) habían tenido la imprudencia de expresar opiniones inadmisibles para los poderes establecidos. Abraham Lincoln, por ejemplo, dijo poco antes de ser ultimado que «tengo dos grandes enemigos: el Ejército del Sur frente a mí y los banqueros a mis espaldas. De los dos, los de atrás son los peores.» Tiempo después, James Garfield declaró que: «Quienquiera que controle el volumen de dinero en cualquier país es el amo absoluto de la industria y el comercio.» (Garfield fue asesinado en 1881, a escasos cuatro meses de haber asumido la presidencia). Kennedy, por último, había mostrado su grave preocupación ante el hecho que «(L)a oficina del Presidente ha sido usada para fomentar un complot para destruir la libertad de los americanos y antes que deje la Presidencia debo informar a los ciudadanos de este estado de cosas». (JFK fue asesinado en Noviembre de 1963). 2

Para resumir: el silencio de los candidatos en materia de política exterior (apenas alguna referencia aislada a Medio Oriente y, especialmente Israel, fogoneada por Romney como respuesta a la intensa presión del lobby judío) revela lo obvio: ese no es un tema que deba discutirse en público y ante la ciudadanía. Las opciones ya fueron tomadas por el gobierno permanente, que no tiene el menor interés en que asuntos de importancia nacional sean ventilados en debates electorales. La decisión de rodear América Latina y el Caribe con bases militares no va a ser ni remotamente sometida a un escrutinio democrático. Lo mismo cabe decir de la política de incondicional apoyo al régimen fascistoide israelí; o el apoyo financiero y logístico para derrocar a Khadafi y ahora al régimen sirio; o la exorbitante escalada del gasto militar estadounidense; o la decisión de asesinar selectivamente opositores en terceros países utilizando drones, aún en los casos en que esos países no estén en guerra con Estados Unidos, como es el caso de Yemen, Pakistán o Palestina. Estos son «asuntos serios» en los cuales, como lo recuerda Noam Chomsky, la «chusma» no tiene razón alguna para ser informada y, mucho menos, decidir. Y en asuntos domésticos la situación es igual: ¿cómo se le va a preguntar a la ciudadanía en un referendo si prefiere salvar a los estafadores seriales de Wall Street y sus compinches o a quienes quedaron en la calle al no poder pagar sus hipotecas? Es obvio que un asunto tan delicado como este no puede quedar librado a los volátiles humores de una plebe fácilmente manipulable por un demagogo irresponsable. Y como éste tantos otros temas, que sería tedioso enumerar. Recordemos apenas la cuestión del fenomenal negociado que la industria farmacéutica y los prestadores médicos hacen a costa de la salud de la población; o la persistencia de una reaccionaria política que obstaculiza la sindicalización de los trabajadores; o los alambicados vetos que impidieron llevar adelante una reforma del sistema bancario; o la necesidad de implementar una auténtica reforma tributaria que ponga fin a los innumerables mecanismos de elusión legal, subsidios y exenciones de todo tipo que favorecen a las grandes fortunas mientras los asalariados se convierten en una masa de contribuyentes cautivos. Estos, y tantos otros, son temas demasiado importantes para ser discutidos públicamente, en el ámbito de una genuina democracia, y sólo el gobierno permanente decide sobre los mismos.

De lo anterior se desprende la intrascendencia de las elecciones norteamericanas, lo que contrasta con la importancia que tiene la estructura del poder real corporizada en el gobierno permanente de Estados Unidos. La frustración de la Administración Obama, tan pletórica en promesas (recordar el «yes, we can» ) incumplidas, como el cierre de la infame cárcel y centro de torturas de Guantánamo; la «nueva relación» con América Latina y el Caribe; la reforma migratoria; el fiasco de las fallidas reformas del sistema de salud y del sector financiero; la criminal acentuación de las políticas belicosas establecidas por su predecesor y la escalada infernal de los drones ; el infame linchamiento de Khadafi y la mafiosa ejecución de Osama bin Laden frente a su familia y las mentiras acerca del supuesto ritual fúnebre de su cadáver y posterior desaparición en el mar (que ahora sabemos se encuentra en una base de la Fuerza Aérea en territorio de Estados Unidos); el ilegal espionaje masivo sobre los correos electrónicos, mensajes de texto y telefonemas denunciado por la American Civil Liberties Union ; la sistemática censura de prensa promovida tanto fuera y dentro de Estados Unidos, sobre todo en relación a las «zonas calientes» del sistema internacional; la represión a las manifestaciones del movimiento Occupy Wall Street (¡que llevó a encarcelar a la candidata del Partido Verde en plena campaña!) son pruebas más que suficientes acerca de la escasa gravitación que el insólito Premio Nobel de la Paz que despacha en la Oficina Oval de la Casa Blanca tiene en la estructura de poder del imperio.

Con todo, si existiera alguna posibilidad de un leve desvío en relación a los dictados del gobierno permanente tal cosa sólo podría ocurrir en el segundo mandato de un presidente, no en el primero. El complot en contra de Carter y el asesinato de Kennedy son muestras muy persuasivas de los riesgos que corre quien quiera promover políticas contrarias a las que impulsa la coalición que realmente manda en Estados Unidos. Cualquier presidente de este país sabe que todo lo que haga en el primer turno de su mandato deberá estar subordinado al imperativo de su re-elección. Si tiene éxito en este empeño, en el segundo puede hacer algo distinto. Salvo, claro está, en casos excepcionales como el de Franklin D. Roosevelt, pero la distancia entre la alianza social que respalda a Obama (ni hablar de Romney) y FDR es sencillamente inconmensurable. Bajo esta perspectiva, y sabiendo que tanto Obama como Romney no tienen nada bueno que ofrecer para los estadounidenses y para los pueblos del resto del mundo, hay una mínima chance de que el primero -tal vez y si tiene las reservas morales y las agallas que hasta ahora no ha podido demostrar- pueda torcer en algo el rumbo catastrófico por el que Estados Unidos está arrastrando al resto del mundo. Podría intentar, por ejemplo, ordenar el cierre de la cárcel de Guantánamo y poner fin a un baldón que cubre de infamia a los Estados Unidos ante la comunidad internacional; o disponer el indulto para «Los cinco» luchadores antiterroristas cubanos presos en las cárceles del imperio precisamente por luchar contra el terrorismo organizado por la mafia anticubana y los servicios de inteligencia de Estados Unidos con base en Miami; o suspender las criminales incursiones de los drones; o poner fin al bloqueo contra Cuba; o las actividades desestabilizadoras y las campañas de terrorismo mediático en contra de los gobiernos de izquierda en la región, financiadas con fondos de los contribuyentes de Estados Unidos según declaraciones de altos funcionarios de la USAID y la NED. Las chances de que esto ocurra son ínfimas en el caso de Obama, y completamente inexistentes si su contendor llegara a triunfar. Por eso no se entiende la infantil excitación de algunos observadores y comentaristas latinoamericanos acerca de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Son un penoso síntoma, eso sí, del triunfo ideológico del imperio, una prueba más de que éste se sostiene no sólo por la opresión económica y las fuerzas de las armas sino también, y tal vez principalmente, por la eficacia de sus dispositivos de dominación cultural. Pero las cosas están cambiando. Aún cuando sus estrategas y grandes intelectuales orgánicos alertan sobre su decadencia los intelectuales y los políticos y gobernantes colonizados siguen creyendo que el coloso es invencible y será eterno. No pasará mucho tiempo antes de que los hechos les propinen una dura réplica y, como lo dijera Salvador Allende en su postrero discurso bajo la metralla de los traidores, se abran las grandes alamedas por donde los hombres y mujeres libres de Nuestra América marcharán para comenzar a escribir su verdadera historia.

Notas:

1 La crisis de los rehenes ocurrió cuando estudiantes islamistas radicales de Irán tomaron la Embajada de Estados Unidos en Teherán y mantuvieron como rehenes a 52 ciudadanos estadounidenses durante 444 días. La crisis se resolvió apenas minutos después de que Ronald Reagan asumiera como nuevo presidente. Antes había fracasado lastimosamente una operación de rescate, concebida y ejecutada de manera llamativamente torpe por un comando de elite de las fuerzas armadas norteamericanas y que dejó un saldo de ocho estadounidenses y un iraní muertos en la operación. Tan milagrosa resolución de la crisis alimentó las sospechas de la intervención de la CIA en todo este incidente.

2 Hay un fuerte debate en torno a esta cita. Algunos afirman que es apócrifa, mientras otros aseguran que es verdadera. Lo cierto es que se encuentra perfectamente alineada con la tesis sostenida por Eisenhower en su célebre discurso.

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