Este 7 de agosto se cumplen 30 años de la crecida relámpago que arrasó el camping de Biescas, en la que 87 personas murieron sepultadas. Los expertos coincidieron en que allí nunca debió instalarse un camping, pero aún hoy siguen tolerándose infraestructuras críticas en zonas vulnerables.

La historia comienza con un espino amarillo al que el biólogo del CSIC Pedro Montserrat Recoder definió así: «Es mata de mal agüero, de ambiente torrencial, de rambla indómita que algún día volverá por sus fueros; quisiera ser mal profeta». La frase está escrita en la Enciclopedia Temática Aragonesa ocho años antes de la tragedia del camping de Biescas, de la que hoy, 7 de agosto, se cumplen 30 años.
El botánico se refería con espanto al lugar donde se emplazaría este camping y que entonces se preparaba para acoger una urbanización. Aquel sitio estaba lleno de la planta funesta. «Vale la pena fijarse en ella, porque le debemos la defensa de los suelos inestables, unos pedregales inhóspitos, y ha servido para recolonizar el cono de deyección en el barranco de Arás, bajo el Sobremonte, fijando lo inestable, algo que cualquier día puede volver a bajar enterrando la urbanización proyectada. Hay lugares peligrosos y nuestra planta cicatriza las heridas del paisaje, pero su presencia debe alertarnos».
Montserrat Recoder fue lo que no quiso ser: el peor de los profetas. Una tormenta quedó parada dos días sobre las cumbres que dan vida al río Gállego y provocó una riada que desbordó las 42 presas de contención, llevándose por delante 27 de ellas y arrastrando los sedimentos que habían acumulado durante décadas.
El torrente compuesto por el barro bloqueado de las presas, troncos, rocas y toda aquella agua marrón embravecida volteó coches y furgonetas, arrasó con las tiendas y las caravanas, enterró el camping en el lodo, y sepultó familias enteras. Segó 87 vidas e hirió a otros 187 supervivientes.

La veloz llegada de un equipo de Televisión Española consiguió que las imágenes de cadáveres cubiertos de fango que sacaban a pulso los vecinos, bomberos, guardias civiles y el Ejército –sin censura alguna– se incrustaran en el subconsciente de varias generaciones. De ahí no hay quien las arranque.
«Cuando llegamos, no vimos cómo sacaban cadáveres de entre los coches y la tierra», confiesa Joxe Lacalle, el fotógrafo de ‘Egin’ que, junto a los redactores Alazne Basañez y Fernando Alonso, viajó a la localidad oscense. Pero Lacalle lo tiene claro: «Tampoco los habría fotografiado». Más que cuerpos, la mención a Biescas evoca al veterano fotógrafo navarro «caos» y el «jaleo» que se dio en las cercanías del ayuntamiento, fruto del llanto de decenas de familiares que manifestaban a gritos su desesperación porque no tenían noticias de los suyos.
Luis Estaún era el alcalde entonces por el Partido Aragonés. Era joven: 28 años. Llevaba solo 15 meses en el cargo. «Cada vez que un periodista me llama por esto, tengo que responder, siento que es un deber que tendré siempre», asegura.
Estaún viaja a 1996 y aprovecha que este es un medio vasco para agradecer a los bomberos y miembros de Emergencias que llegaron desde Euskal Herria a echarles una mano durante la tragedia.
El exalcalde que, tras ostentar un cargo en Turismo entre 1999 y 2003, retomó la vara de mando durante otros 20 años, ve anecdótica la profecía del espino amarillo. Lo que pasó fue, en su opinión, imprevisible.

«Nos sorprendió a todos. Nadie imaginó una tormenta de tal magnitud y virulencia. Hemos aprendido. Lo que pasó nos recuerda lo vulnerables que son instalaciones tan frágiles como las de un camping ante un fenómeno adverso, ante la fuerza de la naturaleza. Una caravana o una tienda de campaña nos ofrecen en la noche una sensación de seguridad, pero esa es una imagen completamente falsa».
Las instalaciones de ese camping edificadas en cemento y ladrillo aguantaron el paso de las aguas y las toneladas de sedimento. Los baños comunes fueron demolidos años después, pero el edificio principal del camping Las Nieves continúa en pie. Forma parte de un conjunto ruinoso que simplemente se valló.
A la pregunta de por qué siguen allí esas infraestructuras fantasmales, Estaún confiesa que, a lo largo de los años, Biescas ha barajado distintos proyectos para darles uso. Pero que ninguno prosperó.
La ciencia y la sordera
Hasta aquellas vallas viaja todos los años con sus alumnos el catedrático de Geografía Física de la Universidad de Zaragoza Alfredo Ollero. «Imparto la asignatura de Riesgos Naturales. Cada vez los alumnos son más jóvenes, pero la tragedia sigue presente en Aragón. La muerte de 87 personas es algo realmente dramático. En Aguilón, en 1921, murieron 17 personas en otra crecida relámpago. Hasta 1996, esa había sido la mayor tragedia», precisa.
Ollero asegura que, tras lo sucedido, se aprendió mucho sobre venidas de agua repentinas en el Pirineo. Numerosos científicos estudiaron el caso. Se determinó que una crecida así en el barranco de Arás, donde estaba el camping Las Nieves, sucede dos veces cada eón, que la posibilidad de que se produzca otra es de una entre 500.
Es como si los vecinos de Biescas tuvieran una bolsa con 499 bolas blancas y otra negra que desata el torrente. Cada año meten la mano, sacan una de esas bolas y luego la devuelven.
El camping se inauguró en 1988: la bola negra salió en la octava oportunidad.

«La ciencia responde cada vez que hay una tragedia, siempre da la talla. Ahora mismo muchos compañeros se han activado a causa de la dana de Valencia. Pero otra cosa es que luego se nos haga caso a nivel sociopolítico», dice Ollero.
El catedrático sostiene que lo sucedido en la dana y en Biescas es en esencia lo mismo, más allá de que en un lugar se trate de un camping en zona de espinos amarillos y, en el otro, urbanizaciones erigidas en barrancos tallados por torrentes y polígonos industriales ocupando lechos dormidos de ríos que un día despertarán.
«Tenemos que quitar de la cabeza a la gente esa idea de que ciertos terrenos son aprovechables, porque la naturaleza nos ha enseñado que no lo son», insiste.
Ollero denuncia, en este sentido, que el primer impulso de las instituciones es reconstruirlo todo como para que se acallen las conciencias, repitiendo de nuevo el error y, además, con toda la rapidez posible. Insiste en que puede volver a pasar, porque cada año hay las mismas bolas en la bolsa y siempre hay que sacar una.
En Biescas hubo un impulso parecido. Los ingenieros de montes reconstruyeron todas aquellas 42 presas monte arriba y las reforzaron. Estimaron la cantidad de litros que corrieron barranco abajo el 7 de agosto de 1996 y horadaron canales para desviar el agua en caso de que se repita una riada exactamente igual.
De ahí que a Estaún y a los vecinos del pueblo les temblara la mano antes de derribar el edificio principal del camping. ¿Acaso no podrían aprovecharlo ahora, que todo está aparentemente resuelto?
El catedrático de la Universidad de Zaragoza considera que, aun con todas esas obras, el riesgo perdura. Afirma que los estudios científicos posteriores a la tragedia demostraron que esas presas, lejos de proteger, añadieron potencial destructivo al torrente, pues le sumaron sedimentos y rocas.

El barranco de Arás, a ojos de Ollero, tiene esa forma precisa porque el Pirineo necesita aliviar por él los excesos de agua en las cumbres. Es así porque tiene que ser así. Por eso las presas (hay miles similares por toda la cordillera) seguirán acumulando sedimentos, irán debilitándose y reventarán cuando la naturaleza reúna la fuerza suficiente.
Pero renunciar a terrenos apelando a la naturaleza y a riesgos etéreos va en contra de la lógica capitalista. «Seguimos teniendo pueblos asentados sobre ramblas y cauces, porque son apetecibles a ojos humanos y eso les da un valor económico. Sabemos por ello que la siguiente tragedia llegará. Solo nos resta por conocer el dónde y el cuándo», sentencia Ollero.
El informe 4-8-86
La Justicia respaldó la tesis de este catedrático. Las familias de los muertos y los supervivientes iniciaron una batalla legal para reclamar justicia. Primero acudieron a la vía penal y, en 1999, el juzgado de Jaca sobreseyó el caso: aquella tragedia era imprevisible. No llegaron siquiera a juicio. Ni el dueño del camping ni los responsables de conceder los permisos recibieron condena alguna.
A continuación, se inició un segundo contencioso por vía administrativa y, de forma sorpresiva, apareció el conocido como Informe 4-8-86, donde el ingeniero de montes Pedro Pérez de Bujarrabal Amón daba su opinión desfavorable a la autorización de un camping en una zona con riesgo «altísimo» de sufrir una crecida repentina.
Esta segunda sentencia se conoció en 2005. La Confederación Hidrográfica del Ebro y la Diputación General de Aragón tuvieron que compensar a los afectados con 12 millones de euros. En virtud de esta resolución, es falso que no se pudiera prever, como sigue sosteniendo Estaún.
Lorena Cajal (PSOE) llegó a la Alcaldía de Biescas en 2024 gracias a una moción de censura. «No puedo hablar como alcaldesa de esto, sino como niña. Tenía 11 años. Mi familia, como todas, se implicó en los rescates y acogió a familias. Fueron días de shock permanente. El pueblo se hizo pedazos», rememora.

Cajal señala que, en este trigésimo aniversario, no habrá homenaje ni acto protocolario. «Lo que sí hemos aprobado en junio es un plan de inundaciones con protocolos, con alertas tempranas. Lo entendemos también como un homenaje a las víctimas y los supervivientes».
Hoy Biescas se enfrenta al fantasma de la despoblación al igual que el resto del Pirineo, que se suma al de esos 87 que le persiguen desde 1996. «Los jóvenes no encuentran vivienda, aunque tengan trabajo. Las casas han subido otro 10%, pero el 80% de ellas se usan solo en temporada», denuncia, para confesar que «Biescas también necesita mirar hacia adelante».


