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Un año después del 24M

Fuentes: Diagonal

Transcurrido un año desde el cambio en algunos ayuntamientos, la hipótesis más interesante por verificar sigue siendo la misma: la mutación institucional

Se cumple un año del 24M, la noche electoral en la que algunos municipios cayeron en el asalto democrático a las instituciones. Las personas que tuvimos la suerte de poder vivir aquellos momentos -y seguimos dándolo todo por la hipótesis de la interferencia en el régimen para frenar el neoliberalismo- estamos obligadas a detenernos y realizar una evaluación de lo sucedido.

Sin embargo, tanto o más importante que esto es que determinemos primero qué puede ser y qué no objeto de crítica. A menudo sucede en los debates que tenemos que se pretende evaluar las políticas públicas del régimen como si las personas que se han puesto al frente de las responsabilidades estuviesen trabajando con su propio ‘hardware institucional’ y no con el que -todavía- impone el régimen. Esto se ve claramente en el Ayuntamiento de Barcelona, donde 11 concejales de 41 hacen frente a un día a día de gestión poco menos que heroico.

Por desgracia, la incultura política en nuestro país está mucho más expandida que la futbolística o la televisiva. Y podemos asistir así cada día a la imputación de responsabilidades inmerecidas como, por ejemplo, desalojos que nada tienen que ver con el ámbito competencial del ayuntamiento.

De igual modo, hay responsabilidades en el ejercicio de cargos que siguen escapando a un control riguroso por falta de la articulación de contrapoderes a los excesos de mando que se dan -bien que de otro tipo y escala comparado con el despropósito de régimen en que vivimos-.

Así las cosas, más allá del merecido relato épico con el que estos días podremos festejar los grandes logros de este año, no deberíamos dejar de tener presentes los errores cometidos y las limitaciones descubiertas. Nadie podía tener un plan y mucho es lo que se ha tenido que aprender. Tenemos, como es propio en democracia, el menos malo de los gobiernos. Pero sin duda algo menos malo ya es y podemos lograr uno menos malo todavía.

A mi modo de ver, un año más tarde, la hipótesis más interesante por verificar sigue siendo la misma que cuando todo esto empezó y que sigue poco trabajada, a saber: la mutación institucional. Fue Barthes quien dijo: «¿Acaso la mejor subversión no es alterar los códigos en lugar de destruirlos?».

Pues bien, las instituciones son complejas codificaciones sobre las que se puede intervenir de suerte tal que, al final, se altere su institucionalidad. Todavía es temprano para evaluar los efectos del 24M sobre el régimen y, por tanto, la capacidad efectiva de las formaciones ciudadanas. En general se puede ser optimista respecto a la mejora que ha comportado el 24M para la apertura institucional. El cambio de talante en la gestión es agradecido por la gente tanto como por quienes trabajan en las instituciones.

No obstante, en el terreno del antagonismo se están desvelando ya algunas dificultades sobre las que habría que abrir el debate: en Bar­celona -por hablar de lo que uno conoce- la problemática de los manteros, la huelga de TMB [el ‘metro’ de Barcelo­na], el descontento en el mundo de la cultura y un etcétera ya largo, muestran que las subjetividades antagonistas -por más que puedan percibir los actuales gobiernos como aliados- siguen sin encontrar la manera de ejercer como auténticos contrapoderes ante los marcos comunicativos que imponen los medios.

En sentido opuesto, las reacciones pueden caer en la autocomplacencia, el narcisismo de grupo y la crítica más o menos velada al disenso por ser tal. Ese terreno abona el cinismo de quienes están en las instituciones al tiempo que hace crecer el ideologicismo de quienes están fuera. Hora es, pues, de tomarse en serio el cambio de institucionalidad sin buscar la excusa de la prioridad del ajetreado día a día. Por algo sí, se puede.

Raimundo Viejo Viñas, Politólogo, autor y editor en Artefakte

Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/la-plaza/30477-ano-despues-del-24m.html