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Israel

Una iniciativa histórica en punto muerto

Fuentes: CounterPunch

Traducido para Rebelión por S. Seguí

A finales de 1949 trabajé en una embarcación que transportaba judíos desde Marsella al puerto israelí de Haifa. Los judíos provenientes de los países árabes se encontraban en la parte delantera del barco, los europeos en la parte trasera. Muchos de los europeos me miraban como a una especie de bicho raro porque tenía pasaporte estadounidense, lo que significaba que podía quedarme a vivir en la tierra de leche y miel. Un hombre quería que me casara con su hija… lo que también a él le permitiría vivir en la tierra de leche y miel. Mi hebreo evolucionó hasta un nivel respetable, pero la experiencia resultó radicalizadora, o mejor dicho, me afirmó en mi radicalismo, hasta hoy.

Más tarde supe por alguien que dirigía un campamento de personas desplazadas en Alemania que la gran mayoría de los judíos quería ir a cualquier parte excepto Palestina. Se vieron empujados al Estado creado en Palestina, bajo la amenaza de no recibir más ayuda. Comprendí muy pronto que había algo terriblemente equivocado en las incontables aldeas y hogares árabes que vi destruidos, y que todo el proyecto sionista -independientemente de la naturaleza a menudo venal de la oposición árabe- era una farsa peligrosa.

El resultado de la creación de un estado llamado Israel era espeluznante. Los judíos de Polonia no tienen nada en común con los alemanes, y ambos no tienen nada que ver con los judíos del mundo árabe. Lo que más cuenta es la nacionalidad, no la religión. En Israel, los judíos, especialmente los alemanes, se encerraban por propia voluntad en un gueto marcado por el lugar de origen de la primera generación; más tarde, una cultura militarizada produjo una nueva generación mestiza, los denominados sabras, un grupo esencialmente anti intelectual muy diferente del que los primeros sionistas, socialistas en su mayor parte que predicaban la nobleza del trabajo, esperaban que surgiera. La gran mayoría de los israelíes no son en absoluto judíos en el sentido cultural, son escasamente socialista en ningún sentido, y la vida cotidiana y la manera de vivir no es diferente en Israel de la de Chicago o Amsterdam. Simplemente, no hay ninguna explicación racional que justifique la creación del Estado.

El resultado es un pequeño Estado dotado de una ética militar que impregna todos los aspectos de la cultura de Israel, su política y, sobre todo, su respuesta a la existencia de los árabes en su seno y en sus fronteras. Desde sus inicios, la ideología de los primeros sionistas -del sionismo laborista, así como del revisionismo de derechas de Vladimir Jabotinsky- personificaba el compromiso con la violencia, erróneamente llamado defensa propia, y una histeria virtual. Como idea trascendente, el sionismo no tiene validez porque las diferencias nacionales entre los judíos son abrumadoras.

Lo que confirmó el sionismo, por si fuera necesario, es que los accidentes son más importantes en la configuración de la historia de lo que a menudo aceptamos. Aquí había la atmósfera intelectual que existía en las principales ciudades -Viena a comienzos del siglo XX o el Lower East Side de Nueva York antes de la Primera Guerra Mundial- con personas inmensamente creativa y llenas de ideas, a la espera de una próxima edad de oro. Las ideas -buenas, malas y regulares- florecían. En esta atmósfera embriagadora, nació el sionismo.

Pero el sionismo ha parido una Esparta que ha traumatizado una región ya de por sí artificialmente dividida después de que la desaparición del Imperio Otomano, durante la Primera Guerra Mundial, condujera al Tratado de Versalles y a la creación del moderno Oriente Próximo. El Estado de Israel siempre ha confiado en las soluciones militares para los problemas políticos y sociológicos con los árabes, lo que ha dado por resultado la movilización constante.

Aún más problemático para la paz y la estabilidad en el gran Oriente Próximo, es el hecho de que el sionismo siempre ha establecido una relación simbiótica con alguna gran potencia para la seguridad de su proyecto nacional, realizado en un estado llamado Israel. Antes de 1939 fueron los británicos, durante la década de 1950 fue Francia. Desde la década de 1960, Israel sobrevive gracias a la afluencia de armas y dinero de EE UU, y esto le ha permitido alentar sus temores de aniquilación, un destino que su posesión de armas nucleares hace enormemente improbable. Sin embargo, Israel también tiene una importancia que va mucho más allá de las fantasías de unos pocos estudiosos confundidos. Hoy en día su importancia para la política exterior de Estados Unidos es mucho mayor porque la Unión Soviética ya no existe y el Oriente Próximo provoca un temor esencial para la movilización del Congreso y la opinión pública de EE UU. «Las mayores esperanzas y los peores temores del planeta adornan este trozo relativamente pequeño de tierra», palabras que George Tenet, ex director de la CIA, escribió en sus memorias, razón por la cual la comprensión de cómo y por qué este «trozo pequeño de tierra» surgió, y de los graves límites del curso militarista que está siguiendo tiene un valor muy grande, incluso trascendental.

En julio de 2003, el ministro de Asuntos Exteriores, Silvan Shalom, predijo que Irán tendría la bomba nuclear en 2006. No fue así: en esta fecha Irán no tenía armas nucleares, aunque en realidad un ataque exitoso con misiles convencionales sobre Dimona, la instalación nuclear de Israel, enviaría radiación atómica sobre una buena parte de Israel, y tanto Irán como Siria tienen estos misiles. El ministro de Defensa, Ehud Barak, durante la visita del vicepresidente estadounidense Dick Cheney a finales de marzo de 2008, declaró que «el programa de armas de Irán no sólo amenaza la estabilidad de la región, sino de todo el mundo», y no descartó una guerra contra este país. En la primavera de 2008, Israel estaba también muy preocupado por la creciente ascendencia de Hezbolá en el Líbano y su creciente potencia de fuego, principalmente en forma de cohetes capaces de alcanzar la mayor parte de Israel. Israel considera a Hezbolá como un instrumento de Irán, y la focalización sobre Irán tiene que ver con su control sobre Hezbolá, además de su capacidad para desafiar el monopolio nuclear de Israel. Pero no puede haber ninguna duda de que la fuerza de Hezbolá no ha hecho sino crecer desde que Israel atacó Líbano en el verano de 2006. Israel tiene ahora un enemigo que puede infligirle un daño inmenso, lo que puede dar como resultado que judíos altamente cualificados emigren mucho más rápido de lo que ya lo están haciendo en la actualidad. Ahora mismo, hay más judíos que abandonan Israel que judíos inmigrantes.

La existencia de Israel no es la única razón de que la política estadounidense en la región sea tan mala como es. Después de todo, no fue por el sionismo que Washington se dedicó a eliminar la influencia británica en la región, y hoy día nadie puede decir cuánto tiempo más seguirán EE UU empantanados en los asuntos del Oriente Medio. Pero Israel es ahora un factor vital. Si bien el alcance de su papel es opinable, sin Israel la política de todo el Oriente Próximo sería diferente; problemática, pero muy diferente.

Al menos igualmente nefasta a largo plazo, la existencia de Israel ha radicalizado -en un sentido negativo- el mundo árabe, distrayéndolo de las diferencias de clase naturales que con frecuencia superan los vínculos religiosos y tribales: ha avivado terriblemente el nacionalismo árabe y le ha dado una identidad negativa trascendente.

Yo soy muy realista -y pesimista- acerca de una eventual solución negociada a la crisis que engloba a Palestina e Israel. Dada la magnitud de los cambios necesarios, la situación actual justifica las conclusiones más desesperanzadas. Después de todo, el número de árabes que vive bajo control israelí pronto superará a la población judía, dando por resultado un estado judío de facto en el que los judíos serán una minoría. Este hecho perturba profundamente dentro la política israelí de hoy, y hace que los antiguos expansionistas den un giro a su posición, y que el debate interno aumente. No habrá nunca un gobierno en Washington dispuesto a realizar por vía diplomática lo que nadie se ha atrevido a hacer desde 1947, es decir, obligar a Israel a llegar a una paz justa con los árabes.

Tampoco se llegará a una solución de dos estados, ni de uno. Sin embargo, la población judía es muy probable que disminuya, y si cae lo suficiente entonces la demografía puede llegar a ser un factor crucial. La proporción entre judíos y árabes sería entonces muy importante. Los judíos en Israel son altamente calificados, y muchos han salido del país, emigrando al extranjero. El ejército israelí es el más poderoso de la región porque ha sido inundado con equipo estadounidense, y el país proveedor ha aprendido con el servicio. Pero las fuerzas de EE UU necesitan personal de mantenimiento para el servicio del armamento, hoy más que nunca, porque el reclutamiento en el ejército estadounidense es ahora más bajo que ha en ningún otro momento en un cuarto de siglo (por no mencionar la astronómica tasa de suicidios), así que los bien formados israelíes pueden obtener unos empleos de alta cualificación en las fuerzas armadas de Estados Unidos que están claramente calificados para desarrollar. Por otra parte, Irán y los estados árabes eventualmente desarrollarán o adquirirán armas nucleares, haciendo de Israel un lugar muy inseguro para una población judía de alta movilidad agotada por el servicio ordinario en las obligatorias unidades de reserva. Y, como ya se ha sugerido, la destrucción de Dimona, con misiles o morteros convencionales sería una forma barata de sumir en la radioactividad una buena parte de Israel. O peor aún, un Osama bin Laden, o alguien como él, puede adquirir un dispositivo nuclear; y una bomba nuclear detonada en Israel, o en las cercanías, efectivamente destruiría lo que no es sino una pequeña superficie de terreno. Quien destruya a Israel será proclamado héroe en el mundo árabe. Así que, para aquellos israelíes bien formados, la respuesta es clara: salir. Y, efectivamente, están saliendo.

También hay judíos ortodoxos en Israel, pero la cultura de masas israelí es prácticamente indistinguible del consumismo de cualquier otro lugar; en muchos aspectos cruciales, hay más judaísmo en ciertas zonas de Brooklyn o Toronto que en la mayor parte de Israel. Los ortodoxos también podrían estar listos para dejar atrás la inseguridad y los problemas que enfrentan los que viven en una nación que, después de todo, forma parte de una región muy inestable.

Existen israelíes serenos y altamente racionales, por supuesto, y los cito con bastante frecuencia, pero la política norteamericana estará determinada por factores que no tienen nada que ver con ellos. Es lamentable que los israelíes racionales formen una minoría tan ridículamente pequeña.

Gabriel Kolko es un destacado historiador de la guerra moderna. Es autor del clásico «Century of War: Politics, Conflicts and Society Since 1914» y de «Another Century of War?». También es autor de la más destacada historia de la Guerra de Vietnam: «Anatomy of a War: Vietnam, the US and the Modern Historical Experience». Su última obra es «World in Crisis», de la que se ha extraído este ensayo.

S. Seguí es miembro de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.

 

http://www.counterpunch.com/kolko08252009.html