Recomiendo:
1

250 años de una gran ficción

Fuentes: Rebelión

La independencia y creación de Estados Unidos no fue otra cosa que la libertad de los colonos para despojar a los pueblos indígenas.

El 16 de diciembre de 1773, un grupo de colonos arrojó la carga de té de un barco británico a la bahía de Boston. Este momento fue la fundación del Tea Party y del mito fundador de la Revolución estadounidense que estudiarán niños y jóvenes en las escuelas y secundarias y repetirán los viejos en los medios de comunicación. Por si fuese poco, este ataque en Boston fue realizado por colonos vestidos de mohawks, el pueblo originario de más al Este de la Liga de las Seis Naciones iroquesa. Este travestismo era una práctica común de las milicias y de las bandas de colonos generaciones antes, quienes se vestían como sus adversarios europeos y ondeaban la bandera del enemigo.

Otro mito fundador que, además, cubría la verdadera motivación de la rebelión de los hombres blancos (sobre todo los ricos, los esclavistas) contra Gran Bretaña y contra sus propios gobiernos locales: el derecho a ignorar el Tratado de 1763 entre nativos y británicos y el derecho a despojar a los nativos de sus tierras para ocuparlas o venderlas a los nuevos inmigrantes blancos.

Al mismo tiempo que el conflicto se basaba en el reclamo del colono blanco por despojar a los nativos de sus tierras, el Imperio británico se convertía en el enemigo, por lo cual había que diferenciarse de Europa con una máscara local, nativa. De la misma forma, el gentilicio americano, usado por los colonos blancos para referirse a los nativos, pasó a ser el gentilicio de la “patota de dementes armados” (al decir de Benjamin Franklyn) que luchaban por la libertad de expropiar a los nativos. De la misma forma, los esclavistas lucharon más tarde por su libertad de esclavizar a otros y de expropiarle la mitad del territorio a México como si fuese otro “país vacante”. De la misma forma que los cowboys un siglo después serán la apropiación cultural del vaquero mexicano, al mismo tiempo que expropiaban sus tierras. La creación de esta nueva máscara, como la máscara del Zorro y de los superhéroes subsiguientes, serviría para invertir el despojo de los mexicanos y criminalizarlos en el cine. Mientras, el continente del Sur, que se llamó América por siglos, pasará a llamarse América Latina.

En 1760, los franceses fueron vencidos y desplazados hacia el norte. Algunas confederaciones indígenas también fueron derrotadas, pero no conquistadas―si es que se puede usar este adjetivo cuando hablamos de colonización, despojo, deshumanización y apartheid. Como a lo largo del siglo anterior, los imperios apostaron a poner a los nativos en contra de sus enemigos, atrayéndolos con falsas promesas de independencia y tratados que nunca cumplieron. Durante la Revolución Americana, los cheroquis fueron divididos sobre el dilema de apoyar a los británicos o a los colonos. Luego de dos exitosos siglos de resistencia, lo mismo ocurrió con la Confederación democrática iroquesa más al norte. Los mohawks abandonaron sus tierras y huyeron a Canadá. Fue el fin de la antigua Gran Liga de la Paz.

Luego de varias victorias militares de los ottawas liderados por Pontiac a principios de los años 1760, el general Jeffery Amherst ordenó el envío de un pañuelo y dos frazadas contaminadas con el virus de la viruela como forma de reconocimiento a su valentía. La enfermedad se extendió del otro lado de los Apalaches con su dolorosa muerte que cubría los cuerpos de llagas, fiebre y vómitos. Fue la primera vez que registra la historia de un ataque planificado en América con armas biológicas. Aunque los académicos continúan escépticos sobre la efectividad del contagio, los reportes de la época mencionan un foco de viruela “más efectivo que las armas de fuego” entre los nativos alrededor del año 1764. Más allá del número de muertos, el general Amherst no tenía tantas dudas. Escribió: “debemos usar todos los recursos a nuestro alcance. Todos los prisioneros deben ser ejecutados… Extirparlos será la única forma de proteger nuestra seguridad”. ¿Suena conocido?

El 7 de octubre de 1763, Gran Bretaña firmó con las naciones indígenas el tratado Royal Proclamation, el que sería la gran razón para desatar la Revolución contra este derecho de los pueblos indígenas a no ser acosados, robados y masacrados del otro lado de los Apalaches. El Royal Proclamation no era una promesa de independencia por parte de los británicos, sino un acuerdo de regulación que le permitiría a los nativos cierta autonomía como colonias, junto con la promesa de no agresión. A cambio de este acuerdo, los pueblos del interior le iban a proporcionar a la autoridad europea estabilidad política y más impuestos, algo que el Imperio necesitaba luego de la Guerra de los Siete Años con Francia. Gran Bretaña no quería más problemas en sus colonias pobres de Norteamérica; estaba dedicada de cuerpo y alma a controlar y explotar Asia, en particular India.

Pero los colonos anglosajones de la costa atlántica no tenían nada que ganar de una India lejana, sino de los territorios indios del otro lado de los Apalaches. Según el historiador Ned Blackhawk, “tal como lo definió Benjamín Franklin en 1764, ‘una patota armada de dementes’ definieron las políticas de la región”. De la región y de los siglos por venir, habría que agregar. La Pennsylvania Declaration of Rights and Constitution, escrita y firmada entre julio y setiembre de 1776 por comités de ciudadanos llamados a sí mismos Sons of Liberty (“Hijos de la Libertad”), establecerá su propia Carta de Derechos y será la base de la constitución del país, proclamando “que todos los hombres nacen igualmente libres e independientes, y tienen derechos naturales, inherentes e inalienables, entre los que están el gozar y defender la vida y la libertad, adquirir, poseer y proteger la propiedad…; que el gobierno es, o debe ser, instituido para el beneficio común y no para el enriquecimiento o la ventaja particular de ningún hombre, familia o grupo de hombres…; que el pueblo tiene derecho a portar armas para su propia defensa y la del Estado, y como los ejércitos permanentes en tiempos de paz son peligrosos para la libertad, no deben mantenerse”.

En junio de 1765, un mes después del ataque contra los cheroquis, Fauquier escribió a la junta: “los Paxton Boys de Pensilvania han enviado un mensaje a nuestra gente: nadie tiene por qué sufrir por el asesinato de un salvaje”. El grado de impunidad del fanatismo de los colonos se parecía mucho al del siglo XXI. En 1766, el gobernador de Virginia Francis Fauquier, en una carta al gobernador de Pennsylvania, John Penn, le contestó sobre la violenta milicia de colonos, los Augusta Boys: “por experiencia, le puedo decir que es imposible llevar a alguien ante la justicia por el asesinato de un indígena… [Para los asesinos] es una acción meritoria, y saben que están protegidos”. ¿Suena conocido?

Por todas partes quedaba claro (y se sobreentendía en los hechos) que la libertad y la democracia solo aplican a “hombres libres”, es decir, blancos y propietarios con derecho exclusivo a la libertad para promover“su propia felicidad”, un claro y radical contraste con el mundo nativoamericano, lo que demuestra que la democracia real existió en un sistema libre de estas premisas sociales y económicas―como la propiedad privada. La democracia liberal europea, materializada en Estados Unidos en 1776 (debió llamarse la Revolución de Bienes Raíces) fue otra expropiación, ya no solo material, sino moral e ideológica.

Uno de los revolucionarios de la independencia del Imperio británico fue el predicador mulato Lamuel Haynes, quien, en 1776, reaccionó a la “Declaración de independencia” con un largo ensayo titulado “Liberty Further Extended”. Haynes, esclavo liberado y erudito, entendía que la libertad era un derecho natural de cualquier raza. Seguramente, fue el primero en señalar la hipocresía de la célebre frase “Todos los hombres son creados iguales” en una supuestamente nueva sociedad que confirmaba la legalidad de la esclavitud.

De hecho, la Revolución Americana de 1776 no sólo fue motivada por el negocio de bienes raíces procedente de la privatización (robo) de tierras y territorios indígenas, sino que confirmó el orden de privilegios coloniales dentro de un maquillaje republicano y hasta democrático. La sola invención de un senado que le aseguraba seis años a cada miembro electo confirma el miedo al poder del resto del pueblo: los senadores representaban estados, tierras, no personas. Ese sistema existe aún hoy. Dos senadores por cada estado, sin importar que algunos, como California, tengan decenas de millones de habitantes y otros, como Alaska, no lleguen siquiera a un millón.

Para 1773, en violación del Royal Proclamation de diez años atrás, el 40 por ciento de los colonos blancos vivían en “zona de guerra” contra los pueblos nativos. Violaban las leyes de sus propios Estados cuando iban ganando y solicitaban asistencia militar de sus gobernadores cuando iban perdiendo. Todo esto, tres años antes de la Proclamación de la Independencia y de su fundación mítica. Francia, la derrotada en la Guerra de los Siete años, pasó a ser aliada, no sólo proveyendo las ideas de la Ilustración que había tomado de los pueblos indígenas americanos, sino también armas y dinero para derrotar a su viejo rival europeo y de ultramar, Gran Bretaña.

Es imposible considerar el desarrollo de las ideas y de las narrativas fundadoras sin considerar este contexto económico, racista y clasista. Incluso Benjamín Franklin, quien trabajó por décadas con los delegados indígenas y conocía muy bien su sistema de democracia directa, se cuidó de no darles ningún crédito en la concepción ideológica de la nueva nación anglosajona. Para Jefferson, los británicos no solo firmaron un tratado de no agresión, sino que “ayudaron a los salvajes sin compasión” para que atacasen a los blancos de la frontera. “Esta gente sólo conoce el lenguaje de las armas y están dispuestos a exterminar a los colonos”. ¿Suena conocido?

La independencia y creación de Estados Unidos no fue otra cosa que la libertad de los colonos para despojar a los pueblos indígenas aún más allá de los Apalaches. La misma Declaratoria de la Independencia de 1776, aparte de una victimización por las prácticas de los mismos colonos sobre los nativos, se encarga de confesar su motivación, criminalizando a los legítimos dueños de los territorios largamente deseados: el Rey George III “ha provocado insurrecciones internas entre nosotros y ha intentado atraer contra los habitantes de nuestras fronteras, los despiadados indios salvajes, cuya conocida regla de guerra es la destrucción indiscriminada de todas las edades, sexos y condiciones”.

Los territorios indígenas eran una oferta ilimitada para la expansión del capitalismo. Lo sabían los especuladores inmobiliarios. El primer millonario de la nueva república americana creada en 1776 por esclavistas que luchaban por la libertad será el alemán John Jacob Astor. Su fortuna provendrá del monopolio de pieles con los indígenas, de la exportación de opio a China y, finalmente, del negocio de bienes raíces, el que derivará en el siglo XIX en la prosperidad de Manhattan y en su actual perfil de rascacielos. Poco antes, en 1839, el senador Nathaniel Tallmadge dirá que uno de cada cien dólares en circulación en todo el país era propiedad de John Jacob Astor. La metáfora será increíblemente precisa; cálculos modernos estimarán que su fortuna ascendía al uno por ciento del PIB de Estados Unidos. Hoy quedan en su memoria el Waldorf Astoria Hotel y un legado que consolidó el espíritu de la nación imperial del norte: La libertad del despojo según la Ley del revólver.

Jorge Majfud. Resumen de un capítulo del libro Tawiscara. El secuestro de la democracia (2026).

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.