La doctrina América Primero, el enfoque transaccional y la apetencia por el control geopolítico global marcaron el decursar de la política exterior de EE. UU. hacia el continente africano en el segundo mandato del presidente Donald Trump.
La política exterior de la actual administración de Estados Unidos hacia África evidenció una ruptura con enfoques precedentes.
Con el segundo mandato presidencial de Donald Trump, Washington dejó atrás décadas de un compromiso basado, al menos en su retórica, en la ayuda al desarrollo y la promoción de valores democráticos en el continente negro para iniciar una etapa centrada en tres ejes principales: la doctrina America First (América Primero), el enfoque transaccional y la prioridad de la competencia por el control geopolítico global.
De acuerdo con expertos, desde esa perspectiva Estados Unidos redefinió las prioridades, la asignación de recursos y el nivel de compromiso en la región.
El presente análisis expondrá los pilares de la estrategia estadounidense, signada por el pragmatismo comercial, la diplomacia coercitiva, la consolidación de ejes de impunidad y el uso de políticas de presión sobre los diferentes actores del área, y también su efecto bumerán.
Giro transaccional en la política estadounidense
El cambio en las bases de la relación de EE. UU. con África no fue meramente administrativo, sino un reajuste calculado con profundas implicaciones para el equilibrio de poder y la dinámica política.
Los principios de la doctrina América Primero, articulados por altos funcionarios del Departamento de Estado, convirtieron la diplomacia comercial en prioridad institucional.
Según el directivo de la Oficina de Asuntos Africanos en la Casa Blanca, Troy Fitrell, los enviados estadounidenses serán evaluados por la cantidad y calidad de los acuerdos alcanzados y no por la ayuda gestionada.
La esencia de ese enfoque: Establecer relaciones basadas en una estricta reciprocidad.
Aranceles y presiones económicas
El pilar económico fue el eje central de la nueva estrategia. La imposición de aranceles por parte de la administración Trump generó un impacto económico significativo y desestabilizador en varias naciones africanas.
Lesoto fue el país más castigado, enfrentó un arancel del 50% sobre sus exportaciones. La medida puso en riesgo directo la industria textil, con 11 fábricas abastecedoras del mercado estadounidenses, las cuales emplean a más de 12.000 personas, el 42% del total del sector.
A Sudáfrica impuso el 30% y afectó de manera sensible áreas como la agroindustrial y la exportación de vehículos, de los cuales aproximadamente el 10% es destinado a EE. UU.
Naciones como Kenia, Ghana, Etiopía, Tanzania, Uganda, Senegal y Liberia soportaron un arancel base del 10%, lo cual anuló de facto el trato preferencial otorgado por la Ley de Crecimiento y Oportunidad en África.
Trump también amenazó con imponer medidas impositivas adicionales a países miembros del BRICS como Egipto y Etiopía para desalentar así la cooperación sur-sur.
Vulnerabilidad ante la ayuda condicionada
La dependencia de la ayuda exterior, particularmente en sectores críticos como la salud, expuso a los países africanos a una significativa vulnerabilidad.
Estados Unidos ilustró ese riesgo de manera contundente con recortes implacables a la financiación de programas sanitarios, los cuales demostraron cómo la asistencia puede ser utilizada como una herramienta de presión o «chantaje» político y económico.
La caótica decisión hizo a los sistemas sanitarios africanos altamente susceptibles a los cambios en las prioridades políticas de los países donantes.
El cierre de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y la retirada de contribuciones clave a instituciones como el Banco Africano de Desarrollo, tuvo consecuencias nefastas al impactar de manera negativa en el producto interno bruto, el consumo, la inversión y la recaudación fiscal de varias naciones de la región.
Organizaciones como el Programa Mundial de Alimentos (PMA) vieron reducir su presupuesto de manera drástica, y ello amenaza con la suspensión de ayuda alimentaria a millones de personas en países como Somalia, República Democrática del Congo (RDC), Nigeria, Sudán del Sur, entre otros.
Presión militar y cooperación condicionada
La estrategia militar y de seguridad de Estados Unidos en África reflejó el mismo enfoque pragmático de su política comercial.
Washington combinó intervenciones militares directas en teatros de operaciones clave con la reevaluación de sus convenios y una reducción del apoyo financiero a fuerzas aliadas. Ese doble enfoque reveló una política condicionada a sus intereses inmediatos.
El cálculo estratégico, recortar el apoyo a socios establecidos como las fuerzas especiales «Danab» de Somalia y buscar términos más favorables con naciones como Malí, reflejó la lógica transaccional antes mencionada, en la cual los acuerdos de larga data fueron suplantados por presiones bilaterales.
Un claro ejemplo de intervención directa fue la intensificación de la campaña aérea en Somalia contra el grupo terrorista Al Shabaad. El Comando África de Estados Unidos (AFRICOM) ejecutó 43 ataques aéreos en el país este año.
De forma significativa, desde abril, AFRICOM cesó de informar sobre víctimas o daños civiles en sus comunicados y limitó así la transparencia de sus operaciones.
Mientras Somalía accedió a las presiones y perdió cerca de mil 500 millones de dólares en asistencias, la segunda parte del plan encontró una barrera, el gobierno maliense condicionó cualquier cooperación a tres principios fundamentales: El respeto de la plena soberanía, de sus opciones estratégicas y dar prioridad a los intereses del pueblo.
Política migratoria: herramienta de gestión geopolítica
La política migratoria quedó establecida como el tercer pilar de su diplomacia coercitiva.
Por medio de la imposición de un abanico de incentivos y amenazas, Estados Unidos logró la deportación de ciudadanos africanos y incluso reubicó en el continente negro a migrantes de terceros países
Esuatini, nación ubicada al sur del continente, recibió a cinco migrantes, originarios de Cuba, Jamaica, Laos, Vietnam y Yemen.
Sudán del Sur, a pesar de una orden judicial en contra, fue presionada a recepcionar a ocho hombres, de los cuales solo uno era ciudadano sursudanés.
Washington confirmó, además, conversaciones exitosas sobre un posible pacto migratorio con Ruanda y Uganda.
No obstante, el uso de la migración como palanca de poder también exacerbó fricciones y denuncias diplomáticas.
El Foro Multisectorial de Esuatini denunció el empleo de los Estados más pequeños y económicamente más débiles como vertederos de migrantes no deseados, y el ministro de Asuntos Exteriores de Nigeria, Yusuf Tuggar, declaró la resistencia de su país a aceptar la presión estadounidense.
Uno de los golpes más contundentes a la estrategia de Washington en materia migratoria más allá de sus fronteras fue protagonizado por varias naciones africanas al rechazar el plan de Trump de convertir a Gaza en la Riviera del Medio Oriente mediante el desplazamiento de la población palestina hacia sus territorios como parte del proyecto de limpieza étnica orquestado por la entidad sionista.
La acción más sobresaliente estuvo a cargo de Sudáfrica al cancelar la exención de visado de 90 días para titulares de pasaportes palestinos, tras develar un complot ideado por actores externos, incluida una firma con sede en Dubái, vinculados a esfuerzos para facilitar la migración forzada de palestinos fuera del enclave por medio de vuelos charter hacia Pretoria.
En el descubrimiento de esa trama jugaron un papel fundamental las autoridades de Kenia, quienes junto a las homólogas sudafricanas manifestaron su disposición a no ser cómplices de ningún complot destinado a explotar o remover a los palestinos de sus lugares de origen.
Focos de tensión y maniobras diplomáticas
El enfoque transaccional de la política exterior de Estados Unidos hacia continente africano fue evidente en los casos de Sudáfrica y Sudán.
Mientras confrontó de manera directa a una potencia regional establecida, miembro de los BRICS y divergente a sus intereses hegemónicos, como Sudáfrica, optó por la mediación política en Sudán, país lastrado por una brutal guerra civil por más de dos años y sumido en una de las crisis humanitarias más profundas del presente histórico.
EE. UU. desplegó una estrategia multifacética de presión diplomática y económica hacia Pretoria: Expulsó al embajador sudafricano Ebrahim Rasool, justificó la suspensión de ayuda por discrepancias con la ley de expropiación de tierras y la demanda de Sudáfrica contra “Israel” en la Corte Internacional de Justicia y decidió no participar en la cumbre del G-20.
Contrario a ese enfrentamiento, Washington participó de manera directa en las negociaciones para intentar disipar el conflicto sudanés, en el cual su intervención estuvo encaminada a preservar el activismo político de aliados tradicionales y al mismo tiempo contrarrestar la influencia de rivales regionales.
A petición de la Casa Blanca fue organizada una reunión de alto nivel en Suiza, con la mediación de Qatar, entre el presidente del Consejo Soberano de Sudán, Abdel Fattah al-Burhan, y el asesor presidencial estadounidense para asuntos africanos, Mossad Boulos.
En ese encuentro, EE. UU. transmitió dos mensajes clave: Primero, iniciar negociaciones directas entre Sudán y Emiratos Árabes Unidos (el último acusado por las autoridades de Khartum de suministrar armas a su adversario político y militar, las Fuerzas de Apoyo Rápido) y segundo, detener la confrontación interna, cuestión a la cual prestó atención menor.
La dinámica evidenció el propósito de Washington para jugar roles duales: El de “mediador”, pero alejado realmente de las preocupaciones centrales del conflicto y sus dramáticas consecuencias, y el de potencia hegemónica capaz de proteger los intereses de los aliados más cercanos en la región.
El “eje de la impunidad”: Sinergia entre expoliación de recursos y proyección de poder militar
El análisis de las intervenciones de Emiratos Árabes Unidos (EAU) e “Israel” en África, con la complicidad de Estados Unidos, revela una sinergia estratégica imposible de ignorar.
Abu Dabi y “Tel Aviv”, lejos de ser actores aislados, operan en un eje donde la extracción de recursos naturales en zonas de conflicto financia de manera directa sus capacidades militares e influencias geopolíticas.
El modelo, sustentando en la desestabilización regional, convierte la riqueza del continente en un motor para sus propias agendas de poder.
Graves acusaciones señalan a “Israel” de saquear los recursos de la República Democrática del Congo (RDC) para financiar su maquinaria militar. Un dato clave corrobora esta afirmación: En 2022, “Israel” fue el mayor exportador mundial de diamantes, a pesar de no poseer ni una sola mina en sus territorios ocupados.
En esa operación depredadora estuvo vinculado el empresario multimillonario israelí Dan Gertler, quien fue sancionado por el Departamento del Tesoro por su participación en contratos mineros fraudulentos los cuales le costaron a la RDC más de mil 360 millones de dólares en ingresos perdidos.
La explotación de estos recursos está ligada a la violencia local. Grupos criminales como el M23, responsables de masacres en el Congo, operan con armamento de fabricación israelí.
A su vez, el desempeño de Emiratos Árabes Unidos en este esquema es igualmente desestabilizador.
Dubái pasó a ser el principal centro global para el «blanqueo» de los diamantes congoleños. Las gemas extraídas en zonas de conflicto son importadas, reetiquetadas y exportadas sin una supervisión efectiva para beneficiar a empresas vinculadas al régimen de ocupación israelí.
La combinación de esas actividades fue denominada por especialistas como “eje de impunidad», conformado por Estados Unidos, “Israel” y EAU, al convertir el saqueo de recursos naturales en un arma de guerra.
Ese complot evidenció cómo las acciones diplomáticas de Washington, como la mediación entre Sudán y EAU o el levantamiento de sanciones a Gertler, habilitan de manera directa las estrategias de sus aliados.
Doctrina América Primero y el efecto bumerán
La doctrina América Primero reveló un impacto profundo y, en muchos sentidos, contraproducente para los intereses de EE. UU. a largo plazo.
Centrada en la reciprocidad forzada y la cooperación condicionada, el diseño político para la región en cuestión tendió a erosionar la propia influencia de Washington y actuar como catalizador para la consolidación de un orden geopolítico africano más multipolar.
El efecto de la presión económica aceleró la búsqueda de alianzas alternativas por parte de los países africanos, manifiesto en una creciente gravitación hacia el ecosistema del bloque BRICS y en el fortalecimiento de lazos con China y Rusia, socios alternativos y promotores de un modelo de cooperación basado en el principio de «no injerencia«.
La necesidad de soluciones autónomas africanas en materia de seguridad dio lugar a nuevas arquitecturas regionales. La formación de la Alianza de Estados del Sahel por parte de Burkina Faso, Malí y Níger, es un ejemplo emblemático de la tendencia a garantizar la soberanía y estabilidad de forma independiente.
El boicot de la administración Trump a la cumbre del G20 en Sudáfrica puso de manifiesto su desprecio por los foros de cooperación. En contraposición, la Unión Africana y la Unión Europea, sin la sombra del hegemón, reafirmaron el compromiso conjunto a defender el multilateralismo fundamentado en el derecho internacional.
Asimismo, la reciente inclusión de la Unión Africana como miembro permanente del G20 representó una oportunidad histórica. Ese hito no solo fortalece la arquitectura multilateral, sino ofrece al continente una plataforma sin precedentes para amplificar su voz, defender sus intereses y participar de manera directa en la gobernanza económica global.
En última instancia, la estrategia transaccional de EE. UU. hacia África, recogió pocos frutos y muchas tempestades, al precipitar de manera paradójica resultados que a todas luces intentó evitar: El empoderamiento de un bloque geopolítico africano más autónomo, con alianzas diversas, menos dependiente de la influencia occidental y más alineada a un sur global emergente y asertivo.
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