Este jueves 21 de mayo de 2026, en la asamblea nacional, el ministro de Minas del Congo, Louis Watum Kabamba, tras una sesión de preguntas habló de las restricciones impuestas por el Gobierno congoleño ante la exportación de cobalto.
El Instituto Cobalto comisionó a la agencia inglesa de informes de precios Benchmark Mineral Intelligence para preparar el informe del Mercado de Cobalto del 2025, dicho reporte reflejó un aumento del 13% de la demanda mundial del cobalto; desde febrero del 2025, el Gobierno congoleño estableció un tope anual de 96.600 toneladas exportadas con el objetivo de estabilizar su mercado interno y recuperar precios de producción tras años de pérdidas pronunciadas. En un inicio, dicha medida era temporal, pero ahora es un sistema de cuotas monitoreado por la ARECOMS (Autoridad para la Regulación y Control de los Mercados Estratégicos de Sustancias Minerales).
Durante la asamblea, el ministro aprovechó para proyectar la llegada de una formalización y regulación del trabajo minero en el país; pese a ello, sus palabras contrastan con la realidad: en las minas artesanales, donde se maniobra sin estructuras seguras, sin ventilación ni equipo de protección, los túneles, cavados a mano, colapsan en momentos inciertos.
Por ejemplo, el 3 de marzo de 2026, se presentó un derrumbe en una mina de la provincia de Kivu del Norte. No fue un accidente aislado ni una tragedia repentina. Es, en realidad, la confirmación de una constante que la sociedad busca invisibilizar. Esta tragedia habla por sí sola; alrededor de 200 mineros, entre ellos 70 niños, perdieron la vida, según la cobertura local del periódico digital Scoop RDC y el comunicado del coordinador de la sociedad civil de Masisi, Telesphore Nitendike.
Es común que estas fatalidades sean parte de la cotidianeidad congoleña. El 28 de enero, a causa de las lluvias en la región de Rubaya, otra mina colapsó causando la muerte de 460 mineros y habitantes; Radio Okapi abordó el siniestro y difundió las cifras en tiempo real, el comunicado del coordinador Nitendike, transmitido el 1 de febrero en canales nacionales, reafirmó la cifra de fallecidos.
“Descendemos cada día sin protección, sin cascos, sin ingenieros que comprueben la solidez del terreno. Sabemos que es peligroso, pero no tenemos otra forma de sobrevivir. […] Lloramos y luego volvemos. El hambre es más fuerte que el miedo”, dijo un minero que pidió permanecer anónimo, al ser entrevistado por el medio de prensa local Actualite.CD tras la tragedia.
En años recientes, algunos medios internacionales como France 24, Global 3000, Amnistia International y The Carter Center han realizado investigaciones y trabajos de campo dando visibilidad a la vida dentro de las minas del Congo. Sin embargo, la atención brindada al fenómeno minero del país es el resultado de la labor de medios congoleños que han dado a conocer su realidad.
El portal Mines.cd, principal sitio web de noticias congoleño dedicado exclusivamente a la minería y el medio de comunicación digital Kivu Morning Post, que trata las repercusiones de la geopolítica en la vida cotidiana han evidenciado que la extracción minera depende de contratos inexistentes, ausencia de seguros, sin protocolos de protección, y trabajo infantil.
Gracias a estos medios se ha retratado al sistema de extracción minera como un mecanismo cuya riqueza no se refleja en la población o en sus trabajadores, sino en beneficio de empresas extranjeras. Es ese el caso de las compañías chinas Zijing Mining y CMOC Group, consolidadas como gigantes de la industria al dominar la minería congoleña mediante inversiones. No obstante, dichas inversiones no maquillan el inquietante panorama de comunidades desplazadas o suelos contaminados.
Mientras la industria crece, la población congoleña busca alzar la voz, como lo hace Célestin Banza Lubaba Nkulu, profesor y toxicólogo de la universidad de Lubumbashi, quien lleva 15 años estudiando las consecuencias de la extracción minera en el Congo. “Comenzamos con la evaluación de los niveles de contaminación de los ecosistemas de las poblaciones […] Estudiamos la contaminación humana por el consumo de pescado a partir de la inhalación del polvo y la polución del ambiente en el que vivimos”, declaró en el programa Radio Televisión Manika, una estación de la región de Kolwezi.
La situación que se vive desde hace años en el Congo no se reduce a una narrativa de culpabilidad. Es, en esencia, una estructura donde coinciden intereses empresariales, debilidad institucional y la demanda global. Asimismo, dicha estructura contiene aspectos innegables: niños que lo único que conocen son las minas, trabajadores desprotegidos, comunidades que no perciben la riqueza extraída de su territorio y familias desplazadas que son obligadas a vivir en campamentos sin acceso a agua limpia.
La política descansa sobre un discurso de progreso y desarrollo a futuro para todos, pero no todos están contemplados en ese futuro. Ante un mercado internacional hambriento de recursos, el Gobierno congoleño busca estabilizar la exportación de sus minerales ¿Y qué hay de la estabilidad de sus suelos, así como la de sus habitantes? ¿Cuántas vidas se sofocarán bajo tierra hasta que se busquen alternativas al libre mercado?
Rodrigo Yared González Díaz, alumno de Historia en la facultad de filosofía y letras de la UNAM.
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