«Ninguna autoridad tendrías sobre mí, si no te fuera dada de arriba» (Juan 19:11).
«Hoy nuestros principales adversarios son los racionalistas» (León XIII: Providentissimus Deus, 1893)
En plena resaca de la visita del papa tropiezo con la web de RTVE. Escribe en ella Antonio Montero, director de Pueblo de Dios, el programa propagandístico católico de la televisión pública: «Sueño cumplido». ¿De quienes? De los católicos imagino. Pero ¿y los que no lo somos? «Final de una exitosa visita apostólica que, de seguro, ha calado en católicos y escépticos, con mensajes válidos para todos». Yo soy uno de esos «escépticos», pero los mensajes del señor Prevost no han calado en mí. ¿Cómo iban a hacerlo? ¿Cómo me podía parecer válido el mensaje en contra de derechos legalmente reconocidos en nuestro país mediante procedimientos democráticos? ¿Cómo puede alguien que tenga en la racionalidad, en la democracia y en los derechos humanos sus referentes éticos conceder validez a los mensajes de quien habla a partir de un sistema de creencias que nada tienen que ver con aquellos? ¿Cómo considerar que pueden ser «válidos para todos» –es decir, tener la categoría de universalidad– los que dicta el jefe de una asociación de creyentes en un catálogo de supuestas verdades de muy dudosa base histórica y factual, susceptibles de interpretaciones de toda índole y que lo mismo permite justificar una guerra etiquetándola de “cruzada” –como se hizo con nuestra guerra– que condenarla, como parece que es ahora la moda vaticana? Los papas van y vienen, más o menos progres, más o menos fachas,más o menos simpáticos; pero la institución queda, inamovible, como ancestral estructura de poder.
«La esperada visita del Papa ha sido un abrazo cariñoso y necesario para toda España», sigo leyendo en la mencionada web. Yo no esperaba la visita del Papa, y no he sentido el «abrazo cariñoso» por ningún lado, ni lo considero «necesario», y mi pasaporte certifica que soy ciudadano del Reino de España, así que ¿«toda España»? Tenemos a un propagandista del Vaticano instalado en nuestra radiotelevisión pública, que sufragamos todos –creyentes, agnósticos y ateos– con nuestros impuestos; la radiotelevisión de un Estado supuestamente aconfesional según establece su Constitución. ¡«Y la sociedad española le ha devuelto este abrazo con creces!», asegura el tipo. Yo, y muchos más como yo, no le hemos devuelto nada. En todo caso él, como máximo representante de una institución que no ha dejado de ser parte de las élites del poder de nuestro país desde tiempo inmemorial, debería devolvernos a la sociedad española todo lo que nos arrebató a lo largo de casi cuatro décadas de nacionalcatolicismo, incluidos todos los bienes y propiedades mendazmente inmatriculados en virtud de la Ley Hipotecaria franquista de 1946 y la reforma de 1998 auspiciada por José María Aznar.
En ese inventario de lo que nos debe la Iglesia Católica a la sociedad española habría que incluir la paz de espíritu que se les arrebató de la forma más abyecta a la multitud de víctimas de su pederastia sistémica. Es lo que dictan sus evangelios y, sobre todo –y lo que verdaderamente importa– lo que exige un Estado democrático de Derecho como se supone que lo es España. Esa reunión amañada del obispo de Roma en la Nunciatura Apostólica con una reducida y selectísima muestra de fieles que padecieron abusos no ha satisfecho las demandas de las agrupaciones de supervivientes. En la mejor tradición institucional católica hizo uso de esa palabrería eufemística («llaga todavía abierta») para que parezca que reconoce lo que no nombra. Es el paso siguiente que admite dar la casta clerical cuando falla el silencio, su opción preferida ante lo que no quiere que se sepa. Pero nada concede de lo que importa: reconocimiento de la responsabilidad institucional y medidas de reparación integrales.
Qué bien ilustrado queda en la película que recién se acaba de estrenar en los cines. La luz se titula. Debería ser de obligado visionado para el clero católico y su rebaño. En ella, a través de la historia de un cura que cometió abusos en el pasado, admirablemente interpretado por Alberto Sanjuán, se nos ofrece la oportunidad de ser testigos de cuál es el proceder institucionalizado de la Iglesia, que es verdaderamente la raíz de que tantos de sus ministros, en tantos lugares de todo el mundo, hayan podido cometer impunemente tamaña cantidad de abominables crímenes. No pecados, delitos, como muy bien subraya el abogado al que acude el protagonista de la película cuando se tiene que enfrentar a la justicia, que tiene que ser laica para ser verdaderamente justicia. Paradójicamente La luz es la historia de un criminal que acaba comportándose como un mártir. Su honestidad personal contrasta descarnadamente con la hipocresía de la institución eclesiástica, que se revela como marca de la casa, una constante a lo largo de su historia. De esa hipocresía ha sido cómplice nuestro país estos días. Es esa hipocresía tan católica la que obra el asombroso milagro de que en la conciencia de cualquier creyente sea posible comulgar en misa al tiempo que se odia al diferente o se persigue el enriquecimiento personal no importa el daño que ello comporte para los demás.
Hay una podredumbre ética intrínseca a la Iglesia Católica que es crónica porque lo permite su granítica estructura institucional, y porque lejos de haberla llevado a la desaparición le ha permitido sobrevivir durante milenios. Constituye la raíz de su artera manera de relacionarse con el poder sirviéndose del oscurantismo cuando no de la mentira. Su pecado original proviene de su alianza con El Imperio Romano cuando el cristianismo se convirtió en su religión oficial 380 años después de que supuestamente naciera Jesús. Fue por decreto del emperador Teodosio. A partir de aquí la bandera de la civilización que detentaba Roma la tomará en sus manos la Iglesia, y la impondrá por la fuerza, como solía hacer aquella. Una vez que probó el poder se volvió adicta a él. Siglo y medio después un edicto del emperador Justiniano obligó al cierre de la Academia que fundara Platón casi mil años antes. El cristianismo se declaraba incompatible con el pensamiento crítico, con la filosofía y con la ciencia, y por supuesto con la libertad de conciencia. Aquel hito histórico supuso la culminación del proyecto de Pablo de Tarso que había llevado a la creación de una organización fuertemente jerarquizada que tenía en el papa el vértice de su pirámide de poder.
¡A cuántos herejes y heterodoxos hubo que someter a sangre y fuego, y engañando y manipulando todo lo que hiciera falta ad maiorem Ecclesiae gloriam! Fueron los padres fundadores de la Iglesia los que inventaron el método de los hechos alternativos, no Trump. Lo recogió el periodista Pepe Rodríguez en su libro de 2011 elocuentemente titulado Mentiras fundamentales de la Iglesia católica. Ahí señala al mismísimo Pablo de Tarso. Cuando fue acusado de recurrir al engaño para imponer su visión del cristianismo el santo se justificó así en una de sus leídas y releídas cartas: «Pero si la veracidad de Dios resalta más por mi mendacidad, para gloria suya, ¿por qué voy a ser yo juzgado pecador?». El uso de la mentira por los propagandistas católicos fue teológicamente justificada nada menos que por Orígenes, el insigne Padre de la Iglesia, justificándolo en su utilidad como recurso para el plan divino de la salvación: la necesidad de la mentira como condimento y medicamento (condimentum atque medicamen).
Todos sabemos cómo ha ejercido el poder quienes basan su autoridad en el evangelio: implacablemente, todas las veces que lo han considerado oportuno para sus intereses, y siempre que se les ha consentido. Fue el papa Gregorio VII quien en 1073 se proclamó señor supremo del mundo, con el argumento de que los reyes debían quedar subordinados dado que, como el resto de los mortales, también eran “seres humanos y pecadores”. El monarca más poderoso de Europa en aquel tiempo, Enrique IV –una década después el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico–, intentó oponerse, pero Roma movilizó contra él todo el peso de su autoridad religiosa. Cuando decidió buscar la reconciliación, el emperador se vio obligado a atravesar los Alpes en pleno invierno, acompañado por su esposa y su hijo de dos años, para humillarse ante el Papa en el castillo de Canosa, situado en las estribaciones de los Apeninos. Gregorio VII tardó tres días en recibirlo, periodo durante el cual Enrique permaneció descalzo sobre la nieve y vestido únicamente con una sencilla capa. Finalmente, el pontífice le otorgó el perdón y le impartió su bendición. Desde entonces, toda muestra de sometimiento de un gobernante ante el Vaticano es recordada como la Humillación de Canosa. Quien tenga oídos para oír, que oiga.
Un poder que en 1302 el papa Bonifacio VIII reclamaba para sí en su bula Unam Sanctam como suprema potestas con «dos espadas: la espiritual y la temporal», dejando bien claro que la autoridad temporal –la política o civil, con su fuerza coercitiva– debe someterse siempre a la espiritual del papa, ejerciendo de monarca absoluto de toda la cristiandad, que por entonces era sinónimo de civilización. Han sido los avatares históricos tales como el exilio de Aviñón, el cisma de Occidente, el renacimiento humanista con la traumática sedición reformadora y, como remate definitivo, la Ilustración con su decisivo ingrediente de laicismo, los que han arrebatado ese poder supremo a la curia de Roma. En ese arduo recorrido liberador hubo héroes en memoria de los cuales debemos mantener activo nuestro pensamiento crítico, ejerciendo el sano escepticismo que ha permitido a la humanidad liberarse de las creencias en las que se basa ese poder.
Entre esos héroes se encuentra quien se atrevió a criticar públicamente al Sumo Pontífice por primera vez: Guillermo de Ockham, el filósofo y teólogo franciscano. Hacia 1339-1340 tuvo el valor de publicar su opúsculo De potestate papae, es decir: Sobre el poder del papa. Lo concibió entre los papados de Juan XXII y Benedicto XII. Juan XXII fue el papa que condenó la doctrina de la pobreza absoluta de Cristo (era imperativo darle cobertura teológica a la enorme riqueza que ya acumulaba por entonces la Iglesia de Roma); en cuanto a Benedicto XII fue el que le enmendó la plana a su predecesor, que habría incurrido en herejía por tratar de ser teológicamente coherente al negarle a las almas de los santos la inmediata visión beatífica de Dios obligándoles a esperar –qué intolerable descortesía– hasta que tuviese lugar la resurrección de los cuerpos. La honestidad de Ockham se enfrenta al temible poder papal en el prólogo de su ensayo donde declara abiertamente que hablará de «las iniquidades e injusticias que se cometen en todo el mundo contra vosotros por aquel que se jacta de sentarse en la cátedra de Pedro y las inferidas también por algunos otros que le precedieron en su tiránico mandato y maldad». El franciscano es tajante en su juicio. Entre otras cosas pone en cuestión la autenticidad de la donación del poder imperial por parte de Constantino al Sumo Pontífice; otra de las mentiras fundacionales de la institución del papado. En el siglo XV será el filólogo Lorenzo Valla el que demuestre que la famosa Donatio Constantini es una falsificación eclesiástica, como lo fueron tantos otros documentos legitimadores del catolicismo. En Ockham tenemos a un precursor fundamental del laicismo moderno al sentar las bases filosóficas para separar la Iglesia del Estado y colocar así uno de los pilares imprescindibles para la construcción de la democracia tal como la conocemos en la actualidad. Por ello se vio obligado a huir y a vivir en el exilio la mayor parte de su vida.
Se ha paseado León XIV por todas partes investido del aura del líder moral que confiere a sus discursos una especie de autoridad universal. Pero yo me pregunto en qué se fundamenta dicha autoridad: ¿en la fe, en un sistema de creencias que remite a una entidad que trasciende la vida humana vinculando su valor y sentido a una instancia superior que es ajena a ella misma? Este es el sentido oculto del lema «alzad la mirada»: la alienación de la persona, como ya señalara el filósofo alemán Ludwig Feuerbach hacia mediados del siglo XIX. En lugar de reconocerse a sí mismo como un ser valioso en su inmanencia, el humano se degrada, se vuelve sumiso y depende de un ser que lo trasciende, pero que en realidad es producto de su propia mente.
Tampoco vale recurrir a la teoría de los dos magisterios no superpuestos de Stephen Jay Gould según la cual ciencia y religión son dos ámbitos de conocimiento que no se superponen al abordar facetas diferentes de la existencia humana. Craso error confundir el ámbito del conocimiento con el de las creencias. Eso de que la autoridad de la religión sea la competente en las cuestiones relacionadas con el significado moral, el propósito último de la existencia, los valores éticos y el sentido de la vida humana es un disparate mayúsculo a la luz de todo lo expuesto. Pero lamentablemente se encuentra en el trasfondo ideológico del poder con el que actualmente se reviste todavía al papa, como ha hecho evidente la valoración mayoritaria de esta visita.
Aquí nos tropezamos con la hipocresía de quienes han estado estos días cantando hosanna ante cualquier intervención del romano pontífice. ¿Cuántos de ellos lo han hecho honestamente? ¿Cuántos realmente verán su comportamiento influido por su mensaje? ¿Esos políticos europeos –por supuesto los españoles incluidos–, muchos de ellos adscritos a la democracia cristiana, darán marcha atrás en sus proyectos relativos a la inmigración contrarios a los derechos humanos, y correrán a la velocidad del rayo a implementar medidas realmente efectivas contra Israel para detener su locura genocida? Para responder, nada mejor que recurrir a una secuencia de la tercera parte de esa magnífica tesis doctoral cinematográfica sobre el poder que es la trilogía de El Padrino. En ella Michael Corleone conversa con el futuro papa –a todas luces el personaje es un trasunto del efímero Juan Pablo I–. En un momento dado el todavía cardenal toma una piedra que se encuentra sumergida en el agua de una fuente y se dirige al mafioso al estilo del Nazareno, compartiendo una parábola: «mira esta piedra, sumergida en el agua durante muchísimo tiempo; pero el agua no ha penetrado en ella. Lo mismo les ha pasado a los hombres en Europa: durante siglos han estado rodeados de cristianismo, peroCristo no ha penetrado en ellos, no vive dentro de ellos». Apostilla: tampoco vive en el corazón institucional de la Iglesia católica.
Ahora bien, si no hay razones para reconocer la autoridad (moral) del papa, es un hecho incontestable que hoy por hoy sigue siendo una figura con poder. El caso de Juan Pablo II es de una relevancia histórica ampliamente reconocida. Junto con Margaret Thatcher y Ronald Reagan conformó el tridente político internacional que asestó el mandoble definitivo a la Unión Soviética y al comunismo en Europa orientando decisivamente la dirección de los vientos ideológicos que habrían de inspirar desde sus albores el proceso de la globalización. Deshizo en gran medida lo que aportó el Concilio Vaticano II y fue el martillo inmisericorde de la Teología de la Liberación, corriente promovida por un sector de prelados de inspiración socialista. Como apuntó el obispo español Pedro Casaldáliga cuando fue amonestado por la Santa Sede durante el pontificado del polaco debido a su fuerte compromiso con los campesinos e indígenas, y su vinculación con la Teología de la Liberación: «el Espíritu Santo tiene dos alas y a la Iglesia le gusta más recortarle la izquierda». Juan Pablo II fue declarado oficialmente santo por la Iglesia Católica el 27 de abril de 2014.
En fin, el discurso oficial de la recientemente concluida “visita apostólica” es la prueba perturbadora de que las democracias como la nuestra están en horas bajas. Lo demuestra la tendencia que no parece decrecer de quienes consideran que tampoco están tan mal los regímenes autoritarios de gobierno. A ella habrá que sumar la de quienes necesitan que venga el jefe de una institución antidemocrática y éticamente perversa a dar legitimidad divina a ciertos principios que son verdades evidentes a la luz de la razón humanista y laica.
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