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Zapatero y la Ética de buen gobierno

Fuentes: Rebelión

La cuestión de fondo no es solo si un gesto concreto fue legal o no, sino qué efecto produce sobre la credibilidad de un discurso de ética pública, porque la credibilidad política no se mide solo por las leyes que se aprueban, sino por la coherencia entre lo que se predica y lo que se hace. En el caso de José Luis Rodríguez Zapatero, el debate sobre las joyas o los obsequios recibidos en un contexto institucional no gira únicamente en torno al detalle material, sino a algo más profundo: qué ocurre cuando quien impulsa un código de buen gobierno aparece asociado a una conducta que parece contradecir su espíritu.

La cuestión no es menor. En 2005, el Gobierno de Zapatero aprobó un Código de Buen Gobierno con principios de transparencia, objetividad e integridad, además de límites explícitos frente a regalos y favores que pudieran condicionar el ejercicio del cargo. Ese tipo de normas no son un adorno jurídico. Son una declaración pública de estándares éticos que pretenden separar el interés general de la economía del favor, la deferencia o la recompensa simbólica.

La credibilidad ética de la izquierda depende de una promesa que suele ser más exigente que la de otros campos: la idea de que su poder no solo gestionará mejor, sino que lo hará con mayor sensibilidad pública, con menor tolerancia a la “economía del favor”. Cuando ese estándar se percibe incumplido, el golpe reputacional suele ser especialmente fuerte: no porque la izquierda sea “más hipócrita” por naturaleza, sino porque el listón simbólico que ella misma levanta es más alto y, por tanto, el contraste escandaliza más.

La credibilidad ética no se rompe solo por un acto aislado. Se rompe por la combinación de cuatro señales:1) Contradicción narrativa: “Se aprueba ética” y luego aparece un hecho que sugiere excepción o interpretación flexible. 2) Zona gris de justificación: explicaciones que dependen de “no era personal”, “era institucional”, “era protocolo”. 3) Asimetría de consecuencias: el coste reputacional/curricular no parece comparable cuando la conducta la cometen los de un bando u otro. 4) Opacidad o lentitud: la respuesta llega tarde, no reduce dudas y no aporta trazabilidad verificable.

Cuando esas señales se alinean, la ciudadanía cambia la pregunta de “qué pasó” a “¿cómo funciona realmente el estándar?”.

Por eso, cuando surge un caso que puede interpretarse como incompatible con ese marco, el problema supera al individuo. Lo que se erosiona es la confianza en la norma misma. Si el poder establece reglas para todos, pero luego admite para sí mismo una zona de excepción, el mensaje que recibe la ciudadanía es devastador: la ética sirve para ordenar a los demás, no para limitar a quienes mandan.

En las democracias europeas, la ética política suele caer por los mismos “motores”: -Regalos, hospitalidades y viajes que suelen defenderse como cortesía institucional, pero operativamente pueden funcionar como recompensa y como forma de crear deuda social.

-Puertas giratorias y conflictos de interés, donde el problema no es solo el enriquecimiento, sino el “orden de incentivos” (decisiones durante el cargo que maximizan valor futuro fuera del sector público)

-Contratación pública opaca como cuando la adjudicación parece negociada o blindada por criterios difíciles de escrutar, la ética se percibe como pantalla.

En esos casos, tanto la izquierda como la derecha se enfrentan a un mismo riesgo: que el discurso moral conviva con prácticas que se entienden como habituales en la cúpula.

Pero la corrupción política no empieza siempre con un delito nítido. A menudo se instala antes como una forma de pensar el cargo. El puesto deja de concebirse como una responsabilidad temporal al servicio del interés general y pasa a verse como una posición desde la que obtener ventajas, acceso, prestigio o beneficios. Esa es la lógica del botín: el poder como distribución de rentas, influencias y privilegios.

Esa mentalidad no pertenece en exclusiva a una ideología. Puede aparecer en la izquierda y en la derecha porque no depende tanto del programa como de los incentivos. Cuando una organización tolera excepciones, interpreta con flexibilidad sus propias reglas o minimiza la gravedad de los símbolos, la cultura institucional acaba contaminándose. Y cuando eso ocurre, la diferencia entre bandos se diluye ante los ojos de la ciudadanía.

El resultado es una erosión más amplia que el caso concreto. La gente no concluye solo que “ha habido un error”, sino que el sistema funciona con doble vara. Esa percepción alimenta el cinismo político, el todos son iguales y la sospecha permanente de que la moral pública es solo un recurso retórico.

En la izquierda, el impacto suele ser más intenso. No porque sea intrínsecamente más corrupta, sino porque su legitimidad pública se sostiene con frecuencia sobre una exigencia moral superior: más ejemplaridad, más austeridad, más sensibilidad frente a los abusos del poder. Esa promesa eleva el listón y, precisamente por eso, también multiplica el daño cuando se percibe una incoherencia.

El daño reputacional del caso atribuido a Zapatero (joyas recibidas en un contexto de representación del Estado, según la tesis que lo plantea) encaja en una contradicción clara: quien promueve una ética de gobierno no puede parecer ajeno a ella en el momento de ejercer el cargo. Si ocurre, la ciudadanía no distingue tanto entre legalidad formal y legitimidad moral; percibe, sobre todo, una fractura en la ejemplaridad.

La razón por la que funciona como “bisturí” contra la credibilidad ética es que la ética, en el relato de izquierdas, no es solo una norma jurídica; es un marco de coherencia: Si un gobierno impulsa una “ética gubernamental” (o un código con reglas sobre regalos y conflictos), entonces la ciudadanía interpreta que el estándar se diseñó para evitar precisamente los símbolos de recompensa o favor. Si, además, el hecho se explica como “institucional” (y no personal), el debate se desplaza a la interpretación: “¿Dónde empieza realmente lo aceptable? ¿quién decide? ¿con qué trazabilidad?”

Incluso si el acto concreto no fuera delictivo, el impacto político puede ser el mismo: la ética deja de ser un límite y pasa a ser una etiqueta elástica.

Y esa fractura es especialmente corrosiva para la izquierda porque su credibilidad suele apoyarse en tres pilares: moral “menos privilegios, más ejemplaridad”; social “representamos al ciudadano común contra la plutocracia”, y procedimental “nuestro gobierno no solo cumple, también es transparente”.

Cuando el caso “Las joyas de Zapatero” se suma a la percepción de reglas elásticas, la ciudadanía concluye que la izquierda puede hablar como árbitro ético, pero no siempre actúa como árbitro; o bien la norma no estaba pensada para proteger el estándar real, o bien la organización permite excepciones de facto.

La corrupción tradicionalmente se entiende por dinero o delitos. La crisis ética, en cambio, es más amplia, ya que no solo afecta a cómo se negocia el límite, sino a la confianza en el sistema de garantías, y a la idea de que las reglas incluyen a los que gobiernan.

Por eso “las joyas” (símbolo de riqueza) golpean a un discurso de izquierda, ya que no es solo el objeto, es lo que simboliza en relación con el estándar.

La respuesta no puede ser puramente defensiva. No basta con alegar matices, protocolos o interpretaciones favorables. Si la izquierda quiere preservar su autoridad moral, tiene que convertir la ética en un sistema de garantías concretas, visibles y exigibles.

Eso implica varias cosas. En primer lugar, reglas estrictas y claras sobre regalos, atenciones y obsequios, con umbrales bajos y destino automático verificable. En segundo lugar, registro público y trazable de cualquier obsequio o beneficio recibido en el ejercicio del cargo. En tercer lugar, transparencia real sobre agendas, reuniones e intereses vinculados al poder. Y, por último, sanciones internas efectivas, porque una norma sin consecuencias acaba siendo solo una declaración.

También es imprescindible ampliar el perímetro de control. No basta con vigilar al titular del cargo si el entorno cercano queda en una zona gris. La ética pública moderna debe incluir conflictos de interés, puertas giratorias, asesores, vínculos posteriores y cualquier situación que pueda generar una apariencia razonable de recompensa o intercambio.

El gran problema no es la existencia de una norma ética, sino su conversión en decorado. Cuando un gobierno aprueba un código de buen gobierno y luego tolera excepciones simbólicas o materiales, la norma deja de ser un cortafuegos y pasa a ser una coartada. En ese punto, la ética ya no ordena la conducta: la justifica a posteriori.

Por eso el caso Zapatero, más allá de la polémica concreta, funciona como una advertencia política. La integridad no se demuestra con discursos, sino con mecanismos. Y la credibilidad no se conserva con explicaciones, sino con reglas que no permitan dudas razonables.

Si la izquierda quiere volver a ser reconocida como un espacio de ejemplaridad, debe asumir una idea incómoda pero necesaria: la ética no sirve para parecer mejores, sino para obligarse a serlo. Y cuando esa obligación falla, el daño no recae solo sobre quien incumple, sino sobre la confianza democrática de todos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.