Puede que dentro de dos años miremos estas primarias como el principio de algo. El momento en que el Partido Demócrata dejó de ser el partido de los Clinton y empezó a ser el de Mamdani y compañía. O puede que sea simplemente el ruido lógico de un partido sin liderazgo claro
Toda acción trae una reacción. Donald Trump no puede escapar a la ley del karma. La abogada socialista Melat Kiros es, en cierto modo, su creación, como él la nuestra. Así como la victoria de Trump fue el producto de un sistema político fallido, la mujer que previsiblemente se sentará en el Congreso a partir de enero, siguiendo la estela de Zohran Mamdani, vendrá a equilibrar las leyes del Universo.
En los Estados (des)Unidos de América, hablar de la crueldad israelí hacia los palestinos lo mismo puede costarte el trabajo que granjearte una victoria electoral. A sus 29 años, Kiros ha vivido ambas consecuencias. En noviembre de 2023 perdió su trabajo en una firma de abogados de Nueva York por expresar lo obvio, que confundir la defensa de los palestinos con antisemitismo es “una de las mayores tergiversaciones de este conflicto”. Comenzaba, como mandan los cánones, condenando la persecución judía a lo largo de la historia y los ataques de Hamás del 7 de octubre, pero en tiempos de fanatismo no fue suficiente para blindarla. Hubo que esperar a que pasaran casi tres años de atrocidades para que los votantes de Denver (Colorado) hicieran justicia el martes pasado, al grito de “¡Palestina Libre!”. Al final, el karma se impone.
Ya decían algunos nihilistas de izquierda que la única forma de abrir paso a algo nuevo era permitir que Donald Trump llegase al poder. De seguro arrasaría con todo. Cuándo, si no, íbamos a ver a tanto socialista de Bernie Sanders pasándole factura a los demócratas que juran lealtad a Israel y se venden al gran dinero. Porque Kiros no está sola. Le arrebató el escaño a una congresista demócrata considerada “muy progresista”, Diana DeGette, que ya estaba en el Congreso cuando ella ni había nacido (en Etiopía, por cierto, sus padres la trajeron en brazos a EEUU).
El ejemplo de Mamdani ya no es solo cosa de Nueva York, sino una especie de manual de instrucciones que la izquierda demócrata está fotocopiando por todo el país, distrito a distrito, con la eficacia –y la ansiedad– de quien ha encontrado por fin una fórmula que funciona y no sabe muy bien hasta cuándo.
En el laboratorio neoyorquino, Brad Lander –judío, exmilitante de los Socialistas Demócratas de América (DSA) y hasta hace nada rival del propio Mamdani en la carrera por la alcaldía– aplastó la semana pasada –con el respaldo de Mamdani– al congresista Dan Goldman por 65,8% a 34%. Gaza fue el argumento decisivo. Lander pasó la prueba de fuego al calificar de genocidio la masacre israelí, y le sacó los colores a Goldman por cobrar del AIPAC (Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos). Dos judíos disputándose quién estaba más incómodo con Israel, y ganó el más incómodo.
Ese mismo martes 23 de junio, el alcalde de Nueva York dejó compungido a Trump en las redes sociales, cuando otra de sus apadrinados ganó las primarias demócratas: Claire Valdez, legisladora estatal y militante confesa de DSA, le ganó al presidente del distrito de Brooklyn, el hispano Antonio Reynoso, por un abrumador 58,1% a 32,5%. Y en el distrito 13, la victoria que de verdad dolió: Darializa Ávila Chevalier, hija de inmigrantes dominicanos, sin cargo público previo, trabajadora de una oficina de defensa legal para víctimas de brutalidad policial, tumbó a Adriano Espaillat, presidente del Caucus Hispano del Congreso, con cinco mandatos y setenta y un años a sus espaldas.
Cuando Mamdani subió al escenario en Brooklyn, la multitud coreaba “DSA” y “Palestina libre”. Él remató con la frase que ya es titular fijo: “Este es un nuevo capítulo en la historia de nuestro partido”. Y también, más funcional, más de estratega que de profeta: se trataba de elegir “mejores demócratas” que “vuelvan a poner a la gente trabajadora en el centro de la política”.
Frente a cuantos pensábamos que el Partido Demócrata estaba acabado, los progresistas de EEUU han decidido utilizar su carcasa para hacer la revolución desde dentro, que a fin de cuentas es lo más práctico en un sistema bipartidista que desde 1948 no ha dejado a ninguna otra formación conquistar un solo escaño.
Mamdani y Sanders no son los únicos padrinos que reparten bendiciones electorales: está también Chris Rabb, que en Filadelfia ganó por casi 15 puntos con el aval de Ocasio-Cortez. Se le suma Aber Kawas, organizadora comunitaria palestina que ganó su primaria como parte del “barrido” de DSA en Queens. Y la propia AOC, que revalidó su escaño con el 87% de los votos, un porcentaje que confirma que en el Bronx ya no hace falta ni hacer campaña. Qué decir de Rashida Tlaib, la única congresista palestino-estadounidense. Y Nithya Raman, concejala de Los Ángeles, que remontó del tercer al segundo puesto cuando llegó el voto por correo de los barrios trabajados a conciencia por el aparato DSA, financiado, ironías de la vida, con dinero del magnate demócrata Tom Steyer, que aspiró a la presidencia en 2020.
Trump respondió desde su ego herido, con una publicación en Truth Social que se ajusta a su habitual mezcla de burla y despecho victimista. Llamó a los tres candidatos “sólidos comunistas” y se quejó de que la prensa aplaudiera a Mamdani mientras ignora su propio historial: alardeó de haber logrado 259 victorias en primarias en los últimos dos años, “casi ninguna derrota”, rematando que esa noche el marcador quedaba a su favor, porque había ayudado a elegir “maravillosos patriotas americanos”, sin que los medios dijeran “ni una palabra”.
Preguntado en el Despacho Oval, subió la apuesta hasta un lugar que visita con naturalidad: dijo que el avance de estos socialistas es “la amenaza más grande que ha enfrentado nuestra nación desde que fue fundada”. Para que no quedara duda de la escala, la puso al nivel de la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, el 11 de septiembre y Pearl Harbor. “Es básicamente la introducción del comunismo en Estados Unidos”, sentenció. “Nunca había habido algo tan peligroso”.
Ahora es cuando toca ser aguafiestas, porque “el asalto socialista” que denuncian los medios tradicionales –“comunista” en Fox– tiene sus líneas rojas cuidadosamente trazadas, y se llaman Hakeem Jeffries y Kathy Hochul. Mamdani y la DSA neoyorquina se cuidaron muy mucho de no presentar a nadie contra el líder demócrata en la Cámara ni contra la gobernadora del estado, que ganaron sus primarias sin oposición, faltaría más.
A este relato de rodillo imparable le falta un dato que conviene no perder de vista: la propia DSA reconoce que ha respaldado a 145 candidatos este ciclo electoral. De esos 145, han ganado 16. Dieciséis no es una ola, es una marea que sube despacio. El Partido Demócrata no se ha vuelto DSA de la noche a la mañana. Solo lo ha hecho en los distritos más progresistas, donde los socialistas de EEUU ya tenían ganada la batalla cultural, que no es lo mismo que ganarla en Ohio.
No se sabe todavía dónde va a acabar este río revuelto. Puede que dentro de dos años miremos estas primarias como el principio de algo. El momento en que el Partido Demócrata dejó de ser el partido de los Clinton y empezó a ser el de Mamdani y compañía. O puede que sea simplemente el ruido lógico de un partido sin liderazgo claro y con una militancia joven que ya no está dispuesta a esperar su turno en la cola. 16 victorias sobre 145 candidaturas no son una revolución. Son, eso sí, 16 avisos muy bien colocados, en los sitios donde más duele, porque las ciudades más importantes del país –Nueva York, Washington y Los Ángeles– podrían quedar en manos de estos “comunistas” desaprensivos que congelan los alquileres y facilitan guarderías gratuitas.
Ya lo decía el escritor chileno Benjamín Labatut cuando Trump ganó las elecciones: “En tiempos de crisis, no hay peor instinto que la estabilidad”.


