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Rodar ‘La Odisea’ en territorio ocupado

Blanqueamiento y ocupación

Fuentes: CTXT [Imagen promocional de La Odisea (Nolan, 2026) ]

Resulta, como argumentó Pierre Bayard, más fácil hablar de los libros que no has leído que de las películas que no has visto. Quizás porque el visionado de un film, a diferencia de la lectura, conlleva un supuesto engrosamiento de la “experiencia”: en la sala de cine uno es consciente de la duración del evento (compartida con otros cuerpos) del empaque narrativo. No hay interrupciones severas.

Es un ejercicio adolescente el de acumular lecturas ficticias, como esos personajes de Bonsái de Alejandro Zambra que, en la primera cita, se dicen verdaderos fanáticos de Proust sin haber devorado una sola página. Si lo que se discute es la experiencia de la lectura se genera un marco incomparable, cualquier juicio, por arbitrario que sea, puede resultar verosímil en una conversación. 

¿Qué razones hay, pues, para hablar de películas que no se han visto? ¿O incluso para osar criticarlas? La misma que levantó el anuncio de la publicación de El Odio, de Luisgé Martín, hace ahora ya un año. Una razón quizás caprichosa, incluso soberbia, pero nunca inocente, y desde luego adecuada: una razón moral. 

Hace once meses, el festival FiSahara –que, desde hace más de veinte años, tiene lugar en los campamentos de refugiados saharauis de Tindouf, Argelia– lanzó un manifiesto en el que alertaba de la presencia de Christopher Nolan y su equipo de rodaje en Dajla, enclave costero del Sáhara Occidental ocupado por Marruecos: “Nolan y su equipo, tal vez sin saberlo y sin quererlo, están contribuyendo a la represión del pueblo saharaui por parte de Marruecos, y a los esfuerzos del régimen marroquí para normalizar su ocupación del Sáhara Occidental”. 

El rodaje de La Odisea en territorio ocupado crea un precedente, pero a poca gente sorprende. ¿Cuántas superproducciones de corte histórico se rodaron, en parte, en la España franquista, con el pretexto de blanquear un régimen dictatorial asesino? ¿A quién le importó?  

Marruecos quiere convertir la duna blanca de Dajla en el enclave turístico principal de lo que oficialmente llaman “el sur” –sí, ese mismo sur que hace avanzar la trama de Sirat– y para ello no ha dudado en recurrir a estrategias de visibilidad que van más allá de la promoción turística en revistas o medios especializados –que siempre son, al fin y al cabo, espacios para el anuncio publicitario–. En 2025 se produjo el primer “Viaje de familiarización” o “Fam Trip” de influencers españoles a la antigua Villa Cisneros. El objetivo: promocionar los nuevos vuelos de Ryanair a territorio ocupado. Limpiar el pasado colonial. Celebrar la “diversidad” y el “paisaje paradisíaco”, las “playas vírgenes”, las líneas de hoteles en construcción. 

¿Qué papel ocupa la duna blanca de Dajla en La Odisea de Nolan? No lo sé. Tampoco llegaré a saberlo, porque no veré la película

Está claro que el influencer viajero es un tipo de mercenario moderno. Distribuidores de apoliticidad, de indiferencia. Todo Estado expansionista necesita de este tipo de armas culturales bufonescas. Marruecos las tiene, y habría que añadir la presencia de Christopher Nolan y su reunión con Mohamed Mehdi Bensaid, Ministro de Cultura, Juventud y Deporte del gobierno de Marruecos, y uno de los encargados de “normalizar” la presencia de líderes internacionales –como Rachida Dati– en los territorios ocupados, como una muestra más de ello. 

¿Qué papel ocupa la duna blanca de Dajla en La Odisea de Nolan? No lo sé. Tampoco llegaré a saberlo, porque no veré la película. Y sé que mi decisión no provocará ni la más mínima fricción política, que la potencia del boicot que demandan algunos colectivos prosaharauis es, dado los pocos altavoces que tiene su lucha, mínima. Por desgracia, no todas las ocupaciones importan por igual. Hace 51 años, miles de saharauis cruzaron la frontera huyendo de la ocupación civil y militar de su territorio, perplejos ante el abandono de las tropas españolas que, hasta entonces, habían ejercido el poder colonial. La mayoría de ellos jamás ha vuelto. El recuerdo del mar está presente en las generaciones de refugiados más longevas, los que llevan cinco décadas en el exilio. A mí me resulta grotesco, violento y cruel pensar que ahora puedan ver ese mar en pantalla grande, espectacularizado en la enésima adaptación yanqui de un clásico de la literatura universal. 

Como menciona Laura Casielles en su fabuloso ensayo Arena en los ojos. Memoria y silencio de la colonización española de Marruecos y el Sáhara Occidental, hemos perdido la conciencia de la ocupación colonial al imaginar a los saharauis como habitantes del desierto cuando el recuerdo de muchos de ellos tiene que ver con el mar. Puede que las autoridades marroquíes sean conscientes de ello, y promocionen el turismo a Dajla como una forma de borrar esa memoria. Si algo han demostrado los regímenes de Hassan II y Mohamed VI es que, en términos de crueldad colonial, son capaces de cualquier cosa. El poder homogeneizador del turismo y el cine les fascina, como a cualquier tirano. 

Me pregunto, no obstante, si acaso es inútil retirar la mirada. Si en el hecho de “no ver”, de dar la espalda a una producción millonaria de masas no hay un gesto excesivamente elitista, basado en la internalización de la virtud moral. No señalaré a quien asista a los pases veraniegos de la que se presenta como película del verano. Tampoco preguntaré demasiado qué hace Nolan con esa duna, si convierte a la playa de Dajla en campo de batalla o en escenario onírico. No compartiré ni censuraré el entusiasmo. Y si escribo en clave confesional no es para demandar perdón ni por supeditar mi acto a una supuesta coherencia moral, sino porque la complejidad de la autocensura (de un supuesto disfrute, en este caso) no puede escapar al matiz religioso. Hay algo que, en este caso, está “por encima” de mí, y es el compromiso con la liberación del Sáhara Occidental. La película de Nolan es solamente otra pequeña más en ese camino, que cada día que pasa se antoja más lejano. Nolan y su equipo son partícipes, pero quizás no del todo culpables de la violencia estructural. ¿Lo son, acaso, sus espectadores?

Las llamadas al boicot son siempre moralmente complejas, y parecen señalar a quien no lo cumple, extender la culpa hacia los otros desde la rabia anticolonial. En este caso se trata de señalar un peligroso camino: el lavado de cara de regímenes autoritarios y expansionistas del que el cine de Hollywood, una vez más, participa. Mientras escribo esto, se juega un Mundial de fútbol en una potencia imperialista semidictatorial como Estados Unidos. ¿Qué sentido tiene apelar al boicot de La Odisea si no apago la televisión cuando retransmiten la semifinal entre España y Francia? ¿Y qué sentido tendría apagarlo todo? Los boicots son necesarios, porque, más allá de señalar dinámicas opacas, agujerean nuestra integridad moral y nos recuerdan nuestra agencia como espectadores. Hasta qué punto podemos participar del espectáculo. Hasta dónde extendemos nuestro compromiso moral. Yo, al menos en este caso, lo tengo claro: hacia el sur, cerca de Mauritania.

Pablo Caldera (Madrid, 1997) es graduado en filosofía e investigador en epistemología y cine en la Universidad Autónoma de Madrid. ‘El fracaso de lo bello’ (La Caja Books, 2021) es su primer libro.

Fuente: https://ctxt.es/es/20260701/Culturas/54363/nolan-la-odisea-blanqueamiento-sahara-territorio-ocupado-boicot-pablo-caldera.htm