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África, las ONG y la vulneración de la ética

Fuentes: Revista Pueblos

Se ha presentado estos días un estudio realizado por el Centro de Estudios Africanos de Barcelona, y redactado por Gustau Nerín, donde se analiza la imagen que se da del continente africano desde las ONG con sede en Barcelona e inscritas en la Federación Catalana de ONG para el Desarrollo. En estas cincuenta páginas, el […]

Se ha presentado estos días un estudio realizado por el Centro de Estudios Africanos de Barcelona, y redactado por Gustau Nerín, donde se analiza la imagen que se da del continente africano desde las ONG con sede en Barcelona e inscritas en la Federación Catalana de ONG para el Desarrollo. En estas cincuenta páginas, el autor examina los materiales publicitarios que estas organizaciones destinan a la captación de recursos y socios, y los contrapone con el Código Ético y de Conducta de la FCONGD: el resultado no podía ser más devastador. Los mismos subtítulos de cada apartado hablan por sí mismos: «Excesiva tendencia a la simplificación», «Análisis poco sólidos», «Falso triunfalismo», «África infantilizada permanece pasiva y Europa actúa», «La voz del Sur mediatizada», «La denuncia, una actividad excepcional», etc.

Efectivamente, África es para muchos occidentales el pozo donde verter todas las frustraciones y todas las utopías, el sueño paradójico de que todo está por hacerse porque nada se ha hecho bien. La erótica de la solidaridad, y el fuerte aumento de su consumo año tras año, provoca también una vulgarización de qué significa ayudar, y lo que es más grave, se asocia únicamente solidaridad con ONG. Sus discursos humanitarios no sólo no consiguen desprenderse de toda la retórica del colonialismo (que muchos querrían enterrado y olvidado) sino que, además, son una parte implicada de la perversión neocolonial, ya sea indirectamente (con el adoctrinamiento, la subyugación y la manipulación de las realidades complejas del continente) o de forma directa (con la colaboración con empresas o con el gobierno español, por ejemplo). El límite entre las teorías progres y las prácticas de la ultra-derecha nunca ha sido tan estrecho.

Es cierto, y eso queda reflejado en el informe, que no todas las ONG actúan de la misma manera ni contaminan igual la información, pero no debemos olvidar que existe una hegemonía no sólo en lanzar el mensaje sino en cómo los recibimos. Sin ir más lejos, los medios de comunicación a menudo (cuando les conviene) dan por buenas las fuentes objetivas de las ONG, vistas como productoras de confianza, fiabilidad y, claro está, buena voluntad. Además, «los medios de comunicación se muestran reticentes a ofrecer informaciones que no resulten elogiosas para las ONG», favoreciendo un déficit de transparencia, de humildad y de autocrítica: «Casi ninguna ONG reconoce problemas en sus proyectos. De hecho, en sus memorias no se suelen encontrar referencias a proyectos fracasados, aunque evidentemente existen muchos, especialmente en África».

La tendencia, justificada por la poca información plural que nos llega del continente africano, es la de confiar en nuestro transmisor: desde el explorador, el misionero y el orientalista de los primeros tiempos, al periodista, el cooperante y el turista de la posmodernidad, sus relatos automáticamente los daremos por válidos, certificados por la gran prueba del viaje. Las ONG recogen y fomentan esta inercia con las fotografías y entrevistas a sus cooperantes y voluntarios, unas fórmulas que no dejan espacio (o muy poco) para las entrevistas e imágenes de los autóctonos. Haciéndolo de esta manera, además, consiguen que el donante se identifique con el cooperante, y que en definitiva sea él quien haga posible el milagro: «Las poblaciones africanas son presentadas como masas ignorantes, sin ningún tipo de estrategias de salud […] y no otorgan ningún relieve a la existencia de mecanismos y estrategias locales».

Aunque a la baja, y condenado por el Código Ético y de Conducta, también se continúan utilizando como reclamo publicitario las imágenes de niños solos y al margen del resto de la sociedad, «como si tuvieran una existencia por separado». De esta manera, se perpetúa la infantilización del continente y «refuerza el sentimiento de superioridad de los europeos hacia los africanos», constituyendo una «apropiación simbólica de la infancia africana por parte de los africanos […]. El mensaje que transmite es que las sociedades del Sur han fracasado, que sus adultos son unos inconscientes y que los donantes deben suplantarlos». Como continúa Nerín, «este tipo de mensajes dan la falsa imagen de que el protagonista principal del desarrollo es el donante, y no las comunidades implicadas. De esta forma, a los ojos del lector de la propaganda de las ONG, los africanos se convierten en simples receptores pasivos de las ayudas occidentales. Sin los occidentales, no hubieran sido capaces de hacer nada: ni de ir al colegio, ni de lavarse, ni de curarse, ni de defenderse…»

El estudio critica también la colaboración de empresas dudosas (como Telefónica o La Caixa) con grandes ONG, un ejemplo más del poco interés que en general se tiene desde el mundo humanitario para que realmente cambien las cosas: «Muchas campañas no dejan entrever que el Sur es explotado por el Norte. De hecho, en la muestra estudiada son excepcionales los textos o imágenes que pongan de manifiesto la situación neocolonial de África. Al contrario, se recopilan numerosas imágenes de cooperantes presentados como héroes y protectores, de tal forma que pueden inducir al público poco atento a creer que los europeos son los verdaderos defensores de las sociedades africanas».

Gustau Nerín afirma contundentemente que «uno de los hechos más preocupantes detectados en este informe es que algunas ONG tienden a erigirse como portavoces de un Sur al que no se da ningún espacio de participación». Y si bien tiene toda la razón del mundo, hay un punto oscuro, aunque breve, en este excelente estudio, cuando escribe: «Hay poblaciones del Sur, como las africanas, que no se sienten en absoluto representadas por el discurso antiglobalizador». Parece que a Nerín el subconsciente le juega una mala pasada, erigiéndose por unos momentos en portavoz del África incomprendida… Es un punto oscuro porque con esta argumentada ráfaga de crítica hacia los discursos hipócritas implica un tema complejo y plural para reducirlo a su propia visión del mundo (¿alguien sabe qué es el discurso (en singular) antiglobalizador?) y, lo que es más grave, lo pone en boca de otros.

Para el autor, la antiglobalización, como ideología, ha sido importada e impuesta en África, donde no sólo no se consolida sino que no tiene ningún impacto social. Pero hablar de este tema se merece hacerlo de forma menos tosca y simplificadora, o como mínimo con mucha más sensibilidad si tan sólo se quiere comentar brevemente (entendemos que este estudio no es el lugar para abrir el debate). No caeremos en la trampa de afirmar lo contrario, convirtiéndonos también en contra-portavoces, sino que nos remitiremos a recomendar un paseo por las webs de los diversos foros sociales africanos para poder ver cifras de participación y su incidencia social tanto a nivel de comunidades como del continente. Sin hacer apología (difícil por otra parte, pues no es más que un conjunto de estrategias dispares en creación y renovación permanentes), recordaremos que ha sido «la izquierda antiglobalizadora europea», y no al revés como afirma Nerín, la que se ha sumado al carro (muchas veces de forma oportunista y etnocéntrica, es verdad) de la amalgama de iniciativas mundiales que no responden a un único marco ideológico pero sí tienen (tenemos) unos enemigos comunes y, ahora sí, globales y globalizadores.

Pero no queremos que este lapso (con mala leche o no) oscurezca el gran trabajo del informe, ni mucho menos que lo desacredite en sus conclusiones. El riesgo, pero eso no puede evitarse, es que criticando las ONG se enrarezca todavía más el concepto de solidaridad, aunque es una de las mejores formas de que éstas no se lo apropien, lo tergiversen y lo vendan.