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África no es un tablero: cuando la soberanía se defiende con el cuerpo y no con comunicados

Fuentes: Rebelión [Imagen: Ibrahim Traoré. Foto: africaho.bj]

Cada vez que un país periférico intenta recuperar el control de su destino, el golpe de Estado aparece como el idioma predilecto del poder global.

Lo ocurrido en Burkina Faso no es un episodio aislado ni una anomalía africana. Es una escena conocida en la historia del Sur global: cuando un liderazgo político-militar decide correrse del guion impuesto, la desestabilización se activa como un reflejo automático. El complot contra Ibrahim Traoré no buscaba solo eliminar a un jefe de Estado, pretendía enviar un mensaje disciplinador a toda la región del Sahel. El mensaje es simple y brutal: la soberanía tiene costo y suele pagarse en sangre.

Burkina Faso, Malí y Níger avanzan en una experiencia que incomoda a las viejas metrópolis y a sus socios regionales: integración sin tutelaje externo. No es solo una alianza militar o económica, es una herejía geopolítica. En un mundo que predica libre mercado pero practica control colonial, la Asociación de Estados del Sahel funciona como un espejo molesto. Demuestra que la dependencia no es destino, sino decisión inducida.

El intento de magnicidio frustrado revela un patrón clásico. Financiamiento externo, actores locales funcionales y un objetivo estratégico: provocar el caos suficiente para “justificar” una intervención internacional. Es el mismo manual que conoció América Latina en el siglo XX. Cambian los nombres, no la lógica. Donde hay recursos estratégicos y voluntad política, aparece el sabotaje como forma de gobierno indirecto.

Pero hay un dato que descoloca al análisis cínico: la reacción popular. En Uagadugú, la gente salió a la calle no para derrocar, sino para proteger. No fue una defensa abstracta del Estado, sino una defensa concreta de un proyecto. Cuando el pueblo se convierte en escudo, el golpe deja de ser solo militar y pasa a ser cultural. Eso es lo verdaderamente peligroso para el orden imperial: la legitimidad social.

La integración del Sahel es, en términos simbólicos, un elefante que aprendió a caminar en fila. Durante décadas, África fue tratada como un cuerpo inmenso pero fragmentado, fuerte pero desorganizado. Hoy ensaya otra coreografía: banco propio, pasaporte común, medios de comunicación regionales, defensa compartida. No es romanticismo panafricanista, es realismo político.

Desde una mirada peronista, el paralelismo es inevitable. Soberanía política, independencia económica e integración regional no son consignas de museo: son herramientas de supervivencia. Ningún país se desarrolla solo. Ningún pueblo se libera pidiendo permiso.

El futuro del Sahel no se juega únicamente en los cuarteles, sino en la batalla por el sentido. Si África logra sostener esta experiencia, estará diciendo algo más profundo que cualquier discurso diplomático: que el mundo multipolar no se anuncia, se construye. Y que, a veces, defender la democracia no es votar cada cuatro años, sino impedir que te la roben una noche, con dinero extranjero y balas prestadas.

La pregunta no es si estos procesos serán atacados. Ya lo son. La pregunta es si otros pueblos del Sur aprenderán a leer las señales antes de que el tablero vuelva a teñirse de rojo. Porque cuando la soberanía avanza, el imperio no debate: conspira. Y frente a eso, la única respuesta posible es organización, integración y coraje político.

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Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.