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Brutalidad imperialista en tiempo de declive hegemónico de Estados Unidos

Fuentes: Revista Izquierda (Bogotá) - Rebelión

 «Nos dieron a Diosdado (Cabello), a Jorge (Rodríguez) y a mí 15 minutos para responder o nos matarían. Las tropas estadounidenses nos dijeron que (Maduro y su esposa, Cilia Flores) habían sido asesinados, no secuestrados”, y (respondimos) que estábamos “dispuestos a compartir la misma suerte”. -Audio de Delcy Rodríguez revelado en The Guardian.

«Supervisaremos de cerca el desempeño de las autoridades interinas a medida que cooperen con nuestro plan por etapas para restablecer la estabilidad en Venezuela. Que no haya duda: como ha declarado el presidente, estamos preparados para usar la fuerza a fin de garantizar la máxima cooperación si otros métodos fracasan». Marco Rubio, Declaraciones en el Senado de Estados Unidos, enero 29 de 2026.

A finales de 2025 el gobierno de Donald Trump dio a conocer La Estrategia de Seguridad Nacional, en la cual se habla del Corolario Trump y se “actualiza” la Doctrina Monroe, al punto que no han dudado en llamarla Doctrina Donroe. Y en enero de 2026 publicó La Estrategia de Defensa. En esas Estrategias se anuncia un plan de dominación imperialista sin tapujos ni cortesías diplomáticas, se reafirma que el Hemisferio Occidental les pertenece y Nuestra América es su “patio trasero”.

Este anunció se está materializando en la práctica, siendo su prueba más fehaciente la brutal agresión contra Venezuela del 3 de enero de 2026. En este ensayo analizamos esta “nueva doctrina” en una perspectiva histórica. Para ello examinamos tres aspectos: un breve recorrido histórico; las características de la actual política imperialista, mostrando sus continuidades (que son muchas) y los elementos que la diferencias de otros momentos en la historia del imperialismo estadounidense, sobre todo en lo que respecta a Nuestra América; y, por último, cuestionamos algunos lugares comunes que tienen fuerza en el ámbito mediático sobre el imperialismo sin máscara que personifica Donald Trump.

FORMULACION ORIGINAL: DOCTRINA MONROE 1 (1823)

[…] “Sustentar, como un principio en el cual se involucran los derechos e intereses de los Estados Unidos, el hecho de que los continentes americanos por las condiciones de libertad e independencia que han asumido y mantenido no deben ser considerados, de hoy en adelante, como entidades sometidas a una colonización futura por parte de cualquier potencia europea”.

     James Monroe, “Discurso presidencial del 2 de noviembre de 1823”, en Angela Moyano y Jesús Velazco (Editores), EUA. Documentos de su historia política 1, Instituto Mora, México, 1988, p. 392.

En el discurso de diciembre de 1823, James Monroe, presidente de Estados Unidos, sostuvo que su país se oponía al colonialismo europeo y consideraba hostil cualquier intervención de las potencias del otro lado del Atlántico en el continente americano y, de manera implícita, aseguró que este hemisferio les correspondía a ellos.

Recordemos que en ese momento la mayor parte de las colonias españolas ya se habían independizado de la metrópoli y las que faltaban en América del Sur la lograrían al poco tiempo. En ese nuevo orden geopolítico, Estados Unidos proclamaba que a Europa le correspondía el viejo mundo y a Estados Unidos el hemisferio occidental. En cada uno de esos hemisferios, en el futuro inmediato deberían existir influencias separadas, sin que ninguno interfiriera en el dominio del otro. En ese orden de ideas, se consideraban inadmisible cualquier acción de las potencias europeas por recuperar sus antiguos territorios.

En el momento de la formulación, la Doctrina Monroe no tuvo recepción significativa en las potencias europeas, en la medida en que Estados Unidos era un país en formación, su territorio comprendía las 13 colonias originarias de la época del dominio inglés y territorios al sur que habían sido arrebatados a España o Lusiana que había sido comprada a los franceses en 1804. Estados Unidos no tenía una armada naval ni un poderoso ejercito de tierra, lo cual hacía que la declaración fuera en ese momento más bien retórica, en lo que respecta a las potencias europeas.

Un elemento de la Doctrina que, pese a no aparecer dicho de esa manera en el discurso de Monroe, redactado por John Quinci Adams su secretario de Estado, se popularizó tiempo después con el lema “América para los americanos (estadounidenses)”. Este es el meollo de la tan proclamada Doctrina: Estados Unidos ya reclamaba para sí el control del resto del continente, aunque no gozara del poder efectivo, material y militar, para hacerlo. Esto suponía que lo que hiciera Estados Unidos en adelante estaba justificado, de manera implícita por la Doctrina Monroe, así eso no se hiciera explicito. Y eso era así porque, adicionalmente, dicha Doctrina no puede separarse de la idea del “Destino Manifiesto”, cuya idea subyacía en el imaginario de las clases dominantes de Estados Unidos desde comienzos del siglo XIX.

Desde cuando en la década de 1830 Estados Unidos inicia su expansión hacia el sur, para apoderarse de territorios de México, un país al cual le arrebatara en forma sucesiva Texas, California, Arizona, Nuevo México, Nevada, Utah, y partes que corresponden actualmente a Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma, en la práctica se está aplicando la Doctrina Monroe, la cual tiene de manera inherente un carácter rapaz y agresivo, que justifica e impulsa el robo territorial.

Al mismo tiempo, la expansión hacia el oeste consuma la integración al territorio de Estados Unidos de zonas habitadas por milenarias comunidades indígenas, que fueron exterminadas a sangre y fuego a nombre del progreso y la civilización cristiana.

Cuando potencias europeas agredieron a algún país del continente, Estados Unidos no intervino para defender ese país e incluso ni siquiera le suministraron armas ni apoyo logístico, siendo el caso más evidente el de la agresión francesa a México en la década de 1860, cuando México combatió, en solitario, y venció a los agresores franceses, que habían impuesto al archiduque austriaco de Maximiliano I.

En síntesis, la Doctrina Monroe se formuló en el momento de expansión territorial de Estados Unidos, cuando este país no contaba con poder militar ni material para disputar el dominio planetario, pero sí tenía los medios para arrebatarles territorio a las comunidades indígenas y a México. Luego de ese despojo prolongado, que dura todo el siglo XIX, Estados Unidos accede a un territorio vasto y lleno de riquezas que le proporcionara los materiales y la energía para consolidar su unidad interna y emerger, a finales del siglo XIX, como una potencia capitalista de índole imperialista para participar en el reparto y control del mundo, junto con potencias europeas en declive, la primera de ellas Inglaterra.

La Doctrina Monroe sirvió como sustento ideológico, no siempre explicito, de esa expansión, a partir de la proclamación de una especie de derecho natural y divino de dominar todo el continente por un pretendido Destino Manifiesto. Y tras la Doctrina se encontraba un profundo racismo, desprecio de los pueblos de Sudamérica y Centroamérica, una brutalidad sin límites, un culto irrefrenable a la violencia. En suma, la Doctrina Monroe está tras el mito del Lejano Oeste, como proceso de expansión y despojo territorial, cuya lógica podría resumirse en el lema: Queremos la tierra, pero no a los indios, e incluso se negaba la existencia de habitantes originales porque en la lógica colonialista europea, que Estados Unidos heredó, los territorios estaban vacíos y los blancos puros eran los encargados de civilizarlos.

Valga señalar que el 2 de febrero de 2026 Donald Trump celebró un nuevo aniversario del despojo de México, diciendo que “Hoy se conmemora el 178 aniversario del triunfo de nuestra nación en la Guerra México-Estadounidense, una legendaria victoria que consolidó el suroeste de Estados Unidos, reafirmó la soberanía estadounidense y expandió la promesa de la independencia a lo largo de nuestro majestuoso continente”, […] y esto fue “guiado por la fe constante de que nuestra nación estaba destinada por la providencia divina a ampliarse a las costas doradas del océano Pacífico… Y surgir como un superpoder continental que el mundo moderno jamás había visto antes”. Agrega que el Destino Manifiesto late “en cada corazón estadunidense” y eso permitió “defender la seguridad de la nación, nuestra dignidad y nuestras fronteras soberanas”. Y asegura que él con su Corolario Trump es el continuador de la bicentenaria Doctrina Monroe[1].

Por supuesto, no menciona que eso fue un brutal despojo territorial producto de una invasión y que la guerra contra México tuvo como objetivo fundamental defender la esclavitud. Lo que sí evidencian esas palabras de odio, aparte de la ignorancia histórica de Trump y el grueso de los estadounidenses, es que en el imaginario de la población de Estados Unidos el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe son dos llaves maestras de la expansión territorial y del sometimiento del continente americano, y esa concepción guía la política del imperialismo estadounidense en nuestros días.

En el trasfondo de la Doctrina Monroe, con su militarismo, racismo y brutalidad, subyace desde hace más de dos siglos la lógica asesina de Las Guerras Indias, llevando a cabo un espantoso genocidio que exterminó a civilizaciones nativas con el fin de apoderarse de sus tierras, todo lo cual culminó a finales del Siglo XIX. Eso generó una “cultura de conquista”, que se proyecta hasta el día de hoy, que se caracteriza por la violencia brutal, la apropiación de tierras y bienes naturales, la destrucción sin límite de seres humanos y animales y la deshumanización de todos a los que se considera “enemigos” de los estadounidenses[2].

Corolario Roosevelt (1904): Doctrina Monroe II

“El mal proceder crónico, o una impotencia que desemboca en un aflojamiento general de los lazos de una sociedad civilizada, pueden en América, como en cualquier otra parte del mundo, exigir la intervención de algún país civilizado, y en el hemisferio occidental el apego de los Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede obligar a los Estados Unidos, con gran renuencia de su parte, en casos flagrantes de tan mal proceder o de impotencia, a ejercer un poder de policía internacional”.

         Theodore Roosevelt, Discurso presidencial del 6 de diciembre de 1904, citado en Madre América. Un siglo de violencia y dolor (1898-1998), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2023, p. 42.

A finales de la década de 1890, Estados Unidos era un país en acelerado crecimiento económico e industrial y una de las primeras potencias capitalistas del mundo. En ese momento cerró, en gran medida, su ciclo de expansión territorial con la adquisición de lugares que están afuera de su ámbito geográfico, al incorporar a Alaska, comprada a Rusia en 1867, y anexionarse a Hawái en 1898. Este año es clave en el nacimiento del imperialismo estadounidense por varias razones: por la guerra con España, que lleva a que Estados Unidos se apropie de los antiguos dominios coloniales de Cuba y Puerto Rico, en el Mar Caribe, y de Filipinas en Asia; esa guerra es un paseo, porque en solo dos meses, es derrotado lo que quedaba del desvencijado imperio español; Estados Unidos se presenta ante el mundo como un poder emergente y lo hace a través de una guerra de conquista y agresión, y mostrando que cuenta con poder naval de índole bélica para enfrentarse a las potencias europeas; Estados Unidos entra a participar en el reparto imperialista del mundo, siendo el hecho más contundente la “independencia” de Panamá, lo cual se realizó mediante una artera maniobra en que Teodoro Roosevelt organizó un gobierno de opereta, formado por los “patriotas de arrabal” en el Istmo para imponer unas condiciones leoninas en un tratado que los favoreció plenamente durante todo el siglo XX.

Estados Unidos entra en el escenario internacional pisando fuerte y mostrando con hechos sus verdaderos intereses como naciente país imperialista. Allí aseguró el control del hemisferio occidental, mediante el monopolio en la construcción y funcionamiento del Canal de Panamá, el dominio del Pacífico mediante la adquisición de Hawái y la ocupación de Cuba y Puerto Rico en el Caribe.

Luego de mostrar sus garras, Estados Unidos promulgó el Corolario Roosevelt, que se resume en el lema Habla suavemente y lleva un gran garrote, lo cual significa que Estados Unidos lograra sus objetivos por las buenas o por las malas y, lo que es más importante, se proclamó el policía del continente, porque sostiene que si algún país de América Latina comete una falta grave o no cumple con los intereses de Washington este lo puede invadir cuando lo considere conveniente.

Ese corolario fue formulado en diciembre de 1904 en el discurso presidencial sobre el Estado de la Unión y se planteó tras las amenazas de varias potencias europeas (Alemania, Inglaterra e Italia) de bloquear navalmente a Venezuela para cobrar una deuda. La presión logró que las partes se sometieran a un arbitraje en el que participó el mismo Roosevelt.

En realidad, el Corolario Roosevelt había sido puesto en práctica antes de su formulación, con el robo de Panamá, cuando Theodore Roosevelt sostuvo que no estaba dispuesto a negociar con “despreciables criaturillas de Bogotá” y se tomó por la fuerza el Istmo, violando elementales normas del derecho internacional de ese entonces y cometiendo un crimen de agresión, que, como siempre, quedó en la impunidad.

Luego, Estados Unidos intervino en sucesivas ocasiones en nuestro continente, que empezaron en tiempos de Theodore Roosevelt con la apropiación de las Aduana de República Dominicana en 1905 para pagarle a los acreedores de esa nación. Después vendrían sucesivas agresiones y ocupaciones, bajo el gobierno de Roosevelt y de sus sucesores, en Cuba, Panama, Haití, República Dominicana, México y Nicaragua. Aunque se usaran otros nombres, como la Diplomacia del Dólar, la lógica subyacente al Corolario Roosevelt se preservó, en un primer momento, hasta 1934, cuando Franklin Delano Roosevelt proclamó la Buena Vecindad y se retiraron las tropas de ocupación de Haití y de Nicaragua.

A lo largo del siglo XX, en el período posterior al fin de la Segunda Guerra Mundial, aunque no se mencionara ni la Doctrina Monroe ni el Corolario Roosevelt su espíritu imperialista se mantuvo, en la medida en que Estados Unidos se proclamó como el campeón del “mundo libre” y en su combate contra el “comunismo internacional” invadió, agredió y bombardeó en forma directa a países remisos y desobedientes (Guatemala, Brasil, Chile, Cuba, Nicaragua…) e impuso dictaduras obedientes desde mediados de la década de 1940 en América Central y El Caribe y desde 1964 las dictaduras de seguridad nacional, con toda su brutalidad anticomunista de terror y de muerte.

El Corolario Roosevelt se anunció en el momento mismo de la aparición del imperialismo estadounidense y lo acompañó en su fase de esplendor y expansión que cubre el siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI. En ese contexto histórico ampliado, Estados Unidos, pese a la amenaza soviética ‒su principal adversario en toda su historia‒ reafirmó su poderío con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS y se consolidó como la única superpotencia, con una supremacía evidente en el plano político, militar, cultural y tecnológico. Como parte de esa hegemonía, América Latina siguió siendo su patio trasero, porque no se lograron construir otro tipo de sociedades (con la excepción de Cuba) y luego se impuso el Consenso de Washington y el neoliberalismo, el globalismo y la lógica de la democracia liberal, aunque eso fuera contestado en forma tímida en países con los gobiernos progresistas de la región, siendo el caso más radical el de Venezuela.

En los tiempos del Corolario Roosevelt, todo el siglo XX, se combinó el imperialismo duro con el imperialismo blando, mediante el uso de procedimientos de tipo indirecto para imponer los intereses de Estados Unidos en nuestra América, con la imposición del inglés como lengua franca, la “americanización de las elites continentales”, el mito del desarrollo, los intercambios culturales y académicos con los Estados Unidos, la “cooperación internacional”, la USAID y las ONG…

Corolario Trump (2025), Doctrina Monroe III

“Queremos asegurarnos de que el hemisferio occidental siga siendo lo suficientemente estable y bien gobernado como para prevenir y desalentar las migraciones masivas hacia Estados Unidos; queremos un hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un hemisferio que siga estando a salvo de incursiones extranjeras hostiles o del control de activos clave, y que respalde las cadenas de suministro esenciales; y queremos garantizar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, afirmaremos y aplicaremos un ‘corolario Trump’ a la doctrina Monroe”.

           Estrategia de Seguridad Nacional Estadounidense, 7 de diciembre de 2025. Disponible en Estrategia de seguridad nacional estadounidense: el plan de la Casa Blanca contra Europa (texto íntegro) – El Grand Continent

A comienzos de diciembre de 2025 se dio a conocer La Estrategia de Seguridad de Estados Unidos, en donde se anuncia un cambio sustancial de la política de esa potencia con respecto a resto del mundo y con particular énfasis en nuestra América. Esto lo ratifica La Estrategia de Defensa Nacional, emitida por el Departamento de Guerra de Estados Unidos el 24 de enero[3].

En estos dos documentos se indican las lineamientos fundamentales que guían la acción de Estados Unidos de ahora en adelante. Para empezar, el sustrato “filosófico” es MAGA (Make American Great Again) o “Estados Unidos primero”. En forma explícita dichos documentos señalan que el interés prioritario de Estados Unidos es controlar todo el continente americano (desde Alaska hasta tierra del Fuego), un hemisferio que reclaman de su propiedad “natural” y de su exclusiva incumbencia. Se sostiene que dicho poder se debe demostrar mediante el uso de la fuerza, lo cual supone el sometimiento de aquellos gobiernos que no cumplan las ordenes de Washington.  Se señala, sin eufemismos, que el hemisferio occidental debe ser controlado para apoderarse de sus recursos y evitar que estos caigan en manos de otros poderes imperiales. Es muy revelador que en la órbita de influencia de Estados Unidos no sólo se incluye a su tradicional “patio trasero”, nuestra América, sino también a Groenlandia y Canada.

Según el Corolario Trump, el Hemisferio Occidental le pertenece a Estados Unidos y allí imperan sus “normas” (ninguna o solo una: la ley del más fuerte), no rige la política de instituciones globalistas (la ONU y similares) y no se tolera la presencia de potencias hostiles. Se enuncia una “soberanía hemisférica”, entendida como la capacidad de los Estados Unidos, como nación privilegiada ungida por el Destino Manifiesto, de imponer sus interés no solamente sobre su territorio sino sobre el de todo el continente. Y esto, por supuesto, redundara en beneficio del Hemisferio Occidental. Dicho de forma simple: ¡lo que beneficia a Estados Unidos, incluyendo el robo de nuestros bienes naturales y energéticos, también nos beneficia a todos los países de América!

En ese orden de ideas, Estados Unidos debe controlar el Canal de Panamá y las rutas marítimas estratégicas (Tierra del Fuego y Groenlandia), debe mantener la guerra contra las drogas, el narcoterrorismo y la migración, y debe reconfigurar el flujo comercial a partir de la lógica de MAGA. Un elemento gráfico, publicado en La Estrategia de Defensa, refuerza visualmente la idea de que todo el continente les pertenece a Estados Unidos. Nos referimos a un Mapa de la época colonial que se publica al principio del documento, y en el que aparece todo el hemisferio occidental, aislado y separado del resto del mundo. Esa es una forma de “marcar territorio” y de afirmar, agresivamente por parte de Estados Unidos, “esto es solo nuestro y de nadie más”.

Mapa

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Estas Estrategias indican un giro radical de la política exterior de los Estados Unidos, de aquella que predominó después de 1945 hasta hace pocos meses. Se pretende restaurar la fortaleza de Estados Unidos, tanto dentro del país como en el exterior. Dice priorizar la protección del territorio, la población, la economía, el modo de vida americano y la soberanía, para rechazar agendas globales. Señala la necesidad de una reindustrialización y el dominio energético, control de las migraciones y reducción de dependencias críticas con respecto a otras potencias, en lo referido a las líneas de suministro.

Operativamente, las Estrategias se apoyan en el supuesto de instaurar la paz mediante la fuerza (con superioridad militar y tecnológica como disuasivo central), dicen optar por la no intervención directa, y asumen la primacía de estados nacionales frente a las agendas globales y sus instituciones. Privilegian los golpes militares de tipo quirúrgico (como el del 3 de enero) y afirman no estar interesado en guerras largas de desgaste, que supongan el desembarco de gran cantidad de tropas y la ocupación por largo tiempo de los territorios agredidos. En este ámbito, la doctrina es bastante optimista porque supone que siempre las acciones van a ser exitosas, como a primera vista lo fue la de Venezuela, y nunca se le va a responder militarmente a Estados Unidos, sino que todos los agredidos, en cualquier lugar del mundo, aceptaran en forma sumisa su destino de ser bombardeados quirúrgicamente.

RASGOS CENTRALES DE LA NUEVA DOCTRINA IMPERIALISTA

A continuación, examinamos algunos de los rasgos más destacados de lo que ya, en forma poco modesta, sus ideólogos denominan La Doctrina Donroe.

Sinceridad cínica

Si nos fijamos no solamente en las Estrategias, sino en declaraciones de Trump y la camarilla de truhanes que lo rodea, hemos entrado a la época del Imperialismo sin máscaras. Este es el cambio más notable, porque por primera vez en los 250 años de historia de los Estados Unidos se dicen en público cuáles son sus verdaderas intenciones con un nivel de sinceridad, combinada con una gran dosis de cinismo, como el que evidencian Trump y compañía en los últimos meses. Los dichos son contundentes al respecto: “El hemisferio occidental es nuestro”, “Groenlandia debe ser anexionada por la seguridad nacional de Estados Unidos”, “el petróleo de Venezuela es de Estados Unidos y fue robado por nacionalistas inescrupulosos”, “la fuerza bruta se va a utilizar contra los adversarios sin importar las consecuencias”, el único límite a la expansión imperialista es la “moral” de Donald Trump, se bombardean “narcolanchas” y se masacra a sus ocupantes, porque son enemigos de Estados Unidos que envenenan a sus habitantes. Todo ello podría resumirse lacónicamente diciendo que Estados Unidos manda porque tiene capacidad de matar y lo hace sin titubeos, como se hacía en el Lejano Oeste durante el período clásico de las Guerras Indias en el siglo XIX.

El asesor de gabinete de Donald Trump, Stephen Miller, un individuo que exalta la fuerza bruta, ha dicho sin eufemismos: “Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero […] el mundo real […] se rige por la fuerza, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”[4].

El interés primordial de la camarilla de Trump radica en apropiarse del petróleo, de las tierras raras, consolidar negocios en los lugares que invaden y ocupen, y esos negocios deben generar grandes ganancias, sin importar que eso suponga el genocidio de miles de personas, como acontece en Gaza en estos mismos momentos. Esa misma sinceridad se exhibe a nivel interno, cuando se califica a los migrantes como basura, escoria, y epítetos por el estilo y se acusa a los que protestan de no ser verdaderamente americanos, porque dice Miller: “En este país no puede haber americanismo al 50 por ciento. Aquí solo hay sitio para el americanismo al 100 por ciento, solo para quien es americano y nada más”. 

Si es necesario regresar a la época colonial se va a hacer, y para ello disponen del arma tecnológica, como se ha planteado para Venezuela, en donde Trump se proclama Presidente, en realidad el Rey, secundado por tres virreyes. Sin eufemismos, sobre Democracia, Elecciones Libres y otras consignas retóricas y en desuso del “Imperialismo blando” se habla, en forma por lo demás optimista, de convertir a la patria de Bolívar en una colonia petrolera de Estados Unidos.

Sobre Groenlandia se asegura, sin ninguna diplomacia ni sutileza en el lenguaje, que debe “formar parte de Estados Unidos”, y eso se va a conseguir por las buenas (comprándolo) o por las malas (mediante ocupación militar y anexión). La sinceridad alcanza otras cotas, impensables hasta hace no mucho tiempo, cuando se hablaba del “mundo basado en reglas”, con la incontinencia digital de Donald Trump, quien, en su Red Social, a todo hora vomita estupideces, muchas de ellas con una gran dosis de sinceridad, y las ilustra con Inteligencia Artificial. Basten algunos ejemplos. En uno, se ven a dos trineos que recorren el hielo ártico, uno de ellos se dirige hacia la luz, Estados Unidos, y el otro se dirige hacia las “tinieblas” (China y Rusia).

En otra imagen aparece gran parte del continente con las barras y estrellas de Estados Unidos, lo que evoca aquello que se decía en el siglo XIX que le pertenecía a Estados Unidos desde Alaska hasta Tierra del Fuego.

En otra ilustración se ve a Trump y a Marco Rubio desembarcando en Groenlandia y tomándola, como hizo Cristobal Colón en 1492 en Las Bahamas, con lo que se pone de relieve que ellos se presentan como pioneros de la nueva conquista de tierras vírgenes y aparentemente despobladas y que van a ser “civilizadas”, esto es, destruidas, por los nuevos conquistadores.

Y en otra ilustración se ve a Trump acompañado de un pingüino, al que lleva de la mano, recorriendo el suelo helado de la isla, como símbolo de la conquista de un territorio habitado por animales, porque por ningún lado aparecen seres humanos, los pobladores locales.

De paso, debe subrayarse la gran sabiduría geográfica y biológica de Trump, porque en Groenlandia no hay pingüinos. Eso sí, la imagen revela el trasfondo de apropiación imperialista de un territorio y de sus recursos naturales. Eso se dice sin tapujos y se ilustra con imágenes vulgares y ordinarias, de una sinceridad pasmosa, en los que no existe la menor pizca de diplomacia.

Ante las burlas que generó el nivel educativo de Trump al pasear con pingüinos en un lugar donde no existen, poco después el Secretario de Marina publicó otra imagen en la cual aparece Trump, llevando de la mano a un pingüino que porta en su mano una bandera de Estados Unidos y con un submarino al fondo. Un mensaje acompaña la foto: «El pingüino lo sabe. Cascos de acero. Voluntad de hierro. Flota de oro». Como quien dice, poco importa la ignorancia de Trump y que en Groenlandia no haya pingüinos, porque estos, sin interesar donde vivan, están informados sobre el objetivo principal de Estados Unidos y, adicionalmente, al pingüino le tiene sin cuidado la opinión de los demás.

Un elemento para resaltar estriba en que la sinceridad cínica viene acompañada a menudo de una crasa ignorancia, que refleja claramente la mentalidad y el nivel cultural y educativo de quienes mandan en el imperialismo, lo cual se manifiesta en expresiones que en otros momentos deberían tomarse como bromas de mal gusto, como las antes señaladas, a la cual habría que agregar aquella de afirmar que Venezuela le robó el petróleo a los Estados Unidos, según lo afirmó el propio Donald Trump.

Brutalidad

Estos son los tiempos de la necro-política imperialista, que combina dos factores: el uso de la fuerza bruta y el control de energía y materiales. Lo primero nos retrotrae a lo que sucedía en el viejo y lejano Oeste, cuando los matones de cantina liquidaban a su gusto y placer a los pueblos indios. Eran los tiempos en que no había normas ni leyes, sino solo la ley del más fuerte, en una especie de darwinismo social aplicado, en el que solo sobrevivían los más violentos, aquellos que más rápido blandieran las pistolas para liquidar a sus enemigos, los indios y sus búfalos, ambos exterminados brutalmente.

Ahora, el imperialismo sin máscaras no oculta lo que piensa hacer ni lo que hace a diario, no utiliza formas retóricas para disimularlo, con el agravante de que transmite en vivo y en directo sus tropelías y crímenes. Eso es lo que hace, por ejemplo, al grabar el bombardeo sádico de las “narcolanchas” según califican los matones que gobiernan en Estados Unidos a las pequeñas embarcaciones que surcan el Mar Caribe o el Océano Pacífico.

Esa misma brutalidad la exhibió Estados Unidos el 3 de enero en Venezuela, cuando fueron asesinados con todo tipo de armas, incluyendo artefactos desconocidas, más de un centenar de venezolanos y cubanos. Esas escenas de pavor y de muerte fueron vistas en vivo y en directo en la casa de descanso de Trump y este luego se ufanó por la labor asesina de las tropas de Estados Unidos, sin importar, porque eso no cuenta, los costos humanos (muertos y heridos) y la destrucción causada de manera premeditada en infraestructura crítica de Venezuela.

La brutalidad ya no se oculta ni camufla y se le exalta como algo perfectamente normal y valido para preservar el poderío de Estados Unidos y sus socios, empezando por Israel. La brutalidad ha sido legitimada por el genocidio de Gaza y luego de ser normalizada en la “opinión pública” se ha convertido en norma de funcionamiento del capitalismo realmente existente. Después de Palestina, quién quiera y lo pueda hacer procede a masacrar, bombardear, torturar, destruir a seres humanos y arrasar con sus condiciones vitales de existencia… Todo eso en lugar de conmover aumenta la popularidad de quienes presumen de ser brutales, de ser rudos y matones como los cowboys. De los indios no hay de que preocuparse, porque en la lógica del salvaje oeste, estos no valen nada y se les puede perseguir y matar sin ninguna dosis de vergüenza o arrepentimiento. De ahí que los genocidas de Israel digan que los palestinos son animales a los que puede exterminarse o que en Estados Unidos Donald Trump califique a los somalíes de “basura que no queremos” que vienen de un “país que apesta” y a los colombianos nos catalogue de “asesinos, capos de la droga, miembros de pandillas’”.

Crueldad

La brutalidad, que se expresa en el lenguaje, en los símbolos y en los hechos, viene acompañada de una crueldad sin límites ante los desvalidos, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. La diferencia entre brutalidad y crueldad estriba en que la primera es el uso de la violencia extrema, sin límites ni necesidad, para aterrorizar y generar miedo, mientras que la crueldad es el disfrute sádico que se obtiene por la violencia ejercida.

La crueldad evidencia el racismo, el clasismo, el complejo de superioridad de los blancos y machos que exaltan sus valores de “buenos cristianos”, seguidores del sionismo, y cuya religión debe dar muestras de la mayor ferocidad posible para congraciarse con un Dios genocida y asesino que se regocija con el dolor y la sangre que se cause a los semejantes. De ahí el trato dado a todos aquellos que son considerados enemigos, sin considerar ni siquiera su potestad como presidentes, como ha acontecido con Nicolás Maduro y su esposa, que son sometidos a un trato degradante y vejatorio, sin ningún escrúpulo ni reparo.

De esa crueldad hacen gala los trumpistas como cuando se regocijan de haberle cortado el suministro de petróleo a Cuba después del 3 de enero, tras el secuestro de Nicolás Maduro y de presionar a México para que lo deje de enviar. Esto supone dolor, muerte y sufrimiento para los habitantes del país caribeño, lo cual agrava el impacto de una interminable bloqueo de más de 60 años. Esos buitres de la Casa Blanca se relamen con el sufrimiento de los pueblos, y en eso simplemente reproducen la crueldad que siempre los ha caracterizado, pero que ahora es exhibida sin pudor como si fuera un gran valor humano, lo que indica cual es la moralidad de Trump, que según él mismo es el único límite que existe a su sed de sangre y muerte.

Negación de todos los derechos

En los documento de marras no hay referencias al derecho en ningún sentido. Se reconoce el fin del derecho internacional que los mismos Estados Unidos habían impulsado después de la Segunda Guerra Mundial, de acuerdo con sus intereses y cuando le convenía, y operaba como fachada de “legitimidad democrática” en el orden mundial. Tampoco se reconoce la autodeterminación de los pueblos y el derecho a dotarse de su propio tipo de gobierno. No existen derechos sociales, económicos ni colectivos a los que haya que sujetarse y que Estados Unidos debiera cumplir o respetar. No existen derechos humanos sino solo los “derechos” que Dios les ha concedido a los habitantes de Estados Unidos (“los derechos naturales de sus ciudadanos, dones de Dios”. La otra mención que se hace ratifica la anterior al sostener que “todos los seres humanos poseen derechos naturales iguales otorgados por Dios”).

En esa lógica antiderechos, salvo el derecho del matón de barrio de asesinar y masacrar, se señala de perversas a las instituciones que dicen defender tales derechos porque “vinculaban la política estadounidense a una red de instituciones internacionales, algunas de las cuales están animadas por un antiamericanismo puro y simple y muchas por un transnacionalismo que busca explícitamente disolver la soberanía de los Estados”

Se tira por la borda cualquier consideración sobre el caos climático en curso, el cual se niega por ser un invento ideológico de sectores de la izquierda mundial que buscan debilitar y destruir a los Estados Unidos. En ese contexto, no hay derechos ambientales porque prima el derecho a contaminar a vasta escala con la intensificación en la quema de combustibles fósiles.

Y el otro plano de supresión de derechos y de conquistas sociales está referido a la eliminación de las políticas DEI (Diversidad, Equidad, Inclusión), afirmando que debe volverse a establecer “una cultura de competencia, erradicando las prácticas denominadas ‘DEI’ y otras prácticas discriminatorias y anticompetitivas que degradan nuestras instituciones”. Con orgullo se afirma: “Hemos eliminado la ideología radical de género y la locura del wokismo de nuestras fuerzas armadas y hemos comenzado a fortalecer nuestro ejército con una inversión de un billón de dólares”. (Introducción firmada por Donald Trump en la Estrategia de Seguridad).

En el asunto de la migración es más explícito y claro el rechazo a cualquier derecho, a partir de esta premisa: “La era de las migraciones masivas ha terminado: quién admite un país en su territorio, en qué número y de dónde, definirá inevitablemente su futuro”.  Con este objetivo: “Queremos un control total sobre nuestras fronteras, sobre nuestro sistema de inmigración y sobre las redes de transporte por las que las personas entran en nuestro país, tanto legal como ilegalmente. Queremos un mundo en el que la migración no sea simplemente «ordenada», sino un mundo en el que los países soberanos colaboren para detener, en lugar de facilitar, los flujos migratorios desestabilizadores, y ejerzan un control total sobre las personas que admiten o no”.

Esto se desarrolla en la práctica con la cacería a los migrantes, con la criminalización pública de los “extranjeros indeseables”, el racismo, la persecución, el encarcelamiento, expulsión e incluso el asesinato de migrantes y de ciudadanos blancos de los Estados Unidos, que participan en defensa de derechos básicos de la población. Y todo esto se justifica, a veces de manera explícita a veces entre líneas, con la teoría conspirativa del “gran reemplazo”, una visión racista que sostiene que los blancos están siendo sustituidos por otras razas de origen extranjero y eso hay que detenerlo, porque la grandeza del país está en sus machos blancos, que deben luchar contra sus enemigos (otros grupos raciales) que los quieren destruir y expulsar del territorio a los migrantes que afean el país y viven de la “caridad” de Estados Unidos.

En síntesis, no hablamos solo de una retórica anti-derechos (que también lo es), sino de una dura realidad, como se demuestra con dos elementos prácticos. De un lado, el retiro de Estados Unidos de 66 organizaciones internacionales, 31 de las Naciones Unidas, con el argumento de que son “inútiles” o “contrarias a los intereses de Estados Unidos”. Entre ellas se encuentran las encargadas del estudio del Cambio Climático, o las referidas a Derechos de la Mujer, planificación familiar y violencia sexual, entre otras. De otro lado, la represión abierta que se da en los Estados Unidos contra lo que Trump considera sus enemigos, un amplio abanico donde están los migrantes, los críticos del sionismo, los que apoyan a los palestinos, las universidades que se niegan a aceptar la censura y el control del pensamiento en los claustros educativos…

En resumen, lo nuevo con Trump es el abandono de la retórica sobre el respeto del derecho y el cumplimiento de los tratados internacionales en materia de derechos humanos. En su lugar, emerge el nuevo orden de la brutalidad imperialista, dentro y fuera de Estados Unidos, y del terrorismo de Estado, sin límites normativos ni legales. La única ley establecida es que no hay ley, solo la fuerza del más fuerte, del que más exhibe brutalidad y sadismo y ante el cual no hay ninguna instancia que pueda oponerse, porque han sido demolidas o no se les reconoce ninguna legitimidad. Regresamos a los tiempos del matonsisimo Kid, en un lejano oeste de índole colonial, donde lo que importan son las tierras y los bienes naturales y a los salvajes (los migrantes, los latinoamericanos) se les educa a las malas para que sean sumisos y obedientes y si no sirven se les mata.

Lo peor del caso radica, y ahí reside una mentira que pone en cuestión la sinceridad imperialista, en que la violencia, la fuerza y la guerra son presentadas como el medio para alcanzar la paz, es decir, la paz de los sepulcros, la paz genocida de Israel o de la Alemania Nazi o simplemente la Pax Americana que se impuso en Vietnam, Filipinas, Irán, Afganistán, y ahora se vende como el producto más codiciado Made in USA. Esa es una falsa ilusión, porque ese nuevo orden del lejano oeste en lugar de generar paz lo que origina es más militarización, guerra, resistencia y rebelión en diversos lugares del mundo.

En conclusión, la Nueva Doctrina de Seguridad Nacional y de Defensa rompe con la hipocresía del “imperialismo humanitario” que se esbozó desde los tiempos de Bill Clinton en la década de 1990. Ya no hay ninguna consideración sobre Derechos, dicho barniz ha desaparecido para ser reemplazado con la brutalidad y la exhibición sin vergüenza de la crueldad contra los más débiles.

Las Estrategias no son dos documento más de la Casa Blanca que evidenciarían algún cambio coyuntural. Expresan, por el contrario, un vuelco radical porque sin tapujos se asume la lógica de dominación imperialista, en la cual se exalta el uso de la fuerza como instrumento privilegiado para imponer los intereses de Estados Unidos, el rechazo de cualquier derecho internacional, la repulsa de las instituciones multilaterales y de derechos humanos de índole universal. Ahora emerge, y se nota en Las Estrategias, la manifestación dura y directa de un capitalismo depredador, violento, brutal, reaccionario, autoritario, racista, clasista que es la impronta que distingue al régimen genocida de Israel.

Ya no hay hipocresía, ni máscaras, ni lenguaje diplomático, se impone la ley del más fuerte, el poder de la fuerza bruta. La visión del mundo trumpista está basada en los derechos naturales que otorga Dios, soberanía y dominio de los Estados fuertes y la apología de la coacción militar contra los débiles y subordinados.

Se exaltan como atributos el dominio militar, la depredación económica, el extractivismo fósil, la negación del cambio climático. Todo esto no es producto de la demencia de un individuo, sino resultado de una estrategia calculada y fría de los intereses materiales que están detrás del proyecto trumpista, esto es, los del complejo militar-industrial, de las nuevas tecnologías de Silicon Valley, del sector petrolero y gasífero y del sector financiero de Wall Street.

CRITICA A ALGUNOS LUGARES COMUNES SOBRE EL IMPERIALISMO DE CORTE TRUMPISTA

Para terminar este ensayo vamos a referirnos a tres aspectos que en nuestro entender deben considerarse con cuidado a la hora de analizar este nuevo viejo imperialismo: no es producto de la locura de un individuo que ocupa la Casa Blanca, tampoco es una excepcionalidad histórica en el caso de los Estados Unidos y debe mirarse con cuidado el asunto de sí lo que se está consolidando en ese país es un régimen fascista.

Demencia imperial y no de un individuo

 “El hecho de que algunos elementos puedan parecer potencialmente ‘fuera de control’ puede ser beneficioso para crear y reforzar los temores y dudas en las mentes de los que adoptan las decisiones en las filas del adversario. Ese sentimiento esencial del temor es la fuerza de trabajo para la disuasión. Que los Estados Unidos puedan volverse irracionales y vengativos si sus intereses vitales son atacados, debe ser parte de la personalidad nacional que proyectamos hacia todos los adversarios.”

           Comando Estratégico de los Estados Unidos, Elementos esenciales de la disuasión en la Posguerra Fría, 1998, citado en William Blum, Estado villano, Ediciones Abril, 2005, p. 47.

Una “explicación” convencional, que circula como una especie de sentido común mediático, afirma que Donald Trump es un demente que ha llegado a las altas esferas de la Casa Blanca y eso está alterando la “democracia americana”. Para tratar de fundamentar este aserto, sin muchas bases analíticas se sostiene que el mencionado personaje es errático, impetuoso, ególatra, vanidoso, en una palabra, un lunático sin horizonte claro.

Si bien algunos de los calificativos que se hacen de Donald Trump son ciertos, los mismos no explican la nueva cara del imperialismo, por la sencilla razón de que hacen recaer sobre un personaje concreto y de forma coyuntural unas responsabilidades de fondo, que ocultan las razones estructurales y de larga duración que explican la crisis de hegemonía de Estados Unidos.

En efecto, diversos investigadores han subrayado que Estados Unidos soporta una crisis estructural desde la década de 1960, siendo dos de sus hechos capitales la derrota en Vietnam (1975) y el fin del Sistema de Bretton Woods (1971), para resaltar dos aspectos interrelacionados de índole político-militar y económica.

Esos estudios enfatizan que esa crisis de hegemonía de Estados Unidos se ocultó temporalmente por la disolución de la Unión Soviética en 1991, suceso con el cual un poder en crisis se revitalizó en forma aparente, pero nunca superó los problemas de fondo que lo aquejaban. En esas condiciones, después de 1991 se dio paso a la hegemonía unipolar de Estados Unidos, la cual vino acompañada con un triunfalismo desbordado, cuya expresión ideológica fue el llamado Fin de la Historia. Esta “teoría” sostiene que lo de 1989-1991 no fue un cambio efímero sino una transformación tan sustancial que había puesto fin a la historia humana, entendida en el sentido de que ya nada podría reemplazar a la economía de mercado (capitalismo) ni a la democracia liberal (al estilo de la de Estados Unidos). Los ideólogos de Estados Unidos se tomaron muy a pecho y como válida esa afirmación y, con arrogancia, pretendieron que el siglo XXI iba a ser de dominio total e incuestionable de Estados Unidos.

Sin embargo, la pausa de la década de 1990 dio paso a sucesivas crisis (del punto com, de la burbuja inmobiliaria, de la Covid 19) y en ese mismo lapso emergió China como competidor económico de Estados Unidos, Rusia como competidor militar y otros países (India, Sudáfrica) empezaron a poner en cuestión la hegemonía de Estados Unidos en diversos sectores.

En poco tiempo, salió a relucir una doble crisis, que evidencia la situación real de Estados Unidos: a nivel interno y en el plano internacional. Internamente, Estados Unidos es un país que hace agua por todos los costados: con 40 millones de pobres absolutos, con ciudades devastadas y con su infraestructura destruida, con despoblamiento y migración interna en algunos de sus antiguos polos urbanos e industriales, con violencia endémica y matanzas cotidianas, con un predominio de la ignorancia y del fanatismo religioso en millones de sus habitantes ‒que son una de los soportes electorales de Donald Trump‒, con gran parte de la población sin seguridad social ni asistencia médica, con más de dos millones de personas en las cárceles y 3.7 millones en libertad condicional, con un racismo endémico hacia la población afro y hacia migrantes de diversos lugares, con una caída del salario real promedio a niveles de la década de 1970 mientras que, al mismo tiempo, se encuentran los supermillonarios más ostentosos de todos los tiempos que además cuentan con uno de los sistemas impositivos más injustos del planeta, con una colosal e insostenible deuda interna que alcanza cifras astronómicas y rebasan el PIB…[5]

A esto debe agregarse que el Archivo Epstein está revelando la podredumbre estructural del capitalismo, con la participación de presidentes, altos dignatarios, multimillonarios, gurús tecnológicos en tráfico sexual, violaciones de mujeres jóvenes y pobres, lavado de activos, evasión de impuestos, interconexión entre agencias secretas (MOSAD, CIA, M-16), y los más espantosos crímenes (asesinatos, torturas, desapariciones, prácticas satánicas y de canibalismo…). Este Archivo, con todo lo censurado que está, indica el grado de descomposición moral del capitalismo estadounidense, del cual Donald Trump es solamente una muestra, que por su condición de presidente emerge como el Calígula de nuestro tiempo.

Si recordamos que los imperios empiezan a caer por los problemas que tienen en casa, lo que está sucediendo en Estados Unidos es simplemente una confirmación de lo que ha sucedido desde los tiempos de la decadencia del imperio romano. Y eso es lo que el “loco” de Trump intenta revertir con falsas soluciones, que se sustentan en el racismo (beneficio de los blancos), de una supuesta reindustrialización, la persecución a los migrantes y extranjeros indeseables, la imposición de aranceles con la pretensión de hacer más competitiva la economía de Estados Unidos y con la militarización del país. Los hechos indican que nada de eso va a revertir la crisis estructural, antes, por el contrario, la está agudizando.

Y en el plano internacional lo que se observa es otro intento desesperado ‒que de lunático no tiene mucho‒ de mantener la hegemonía del dólar a sangre y fuego, mediante agresiones y guerras en diversos frentes. Y en este ámbito ya se ven las contradicciones. Así, Trump y su banda de forajidos prometen que no van a librar guerras de larga duración y los marines no van a desembarcar en ningún país. Pero es una cuestión de tiempo y de errores de cálculo, que los llevan a sobreestimar sus propias fuerzas y subestimar la de sus potenciales enemigos (Irán es el mejor ejemplo), para que Estados Unidos resulte involucrado en una guerra de desgaste que lo acabe de arruinar.

Adicionalmente, el dólar está de capa caída y tampoco, en el mediano plazo, podrá mantenerse como patrón monetario dominante, porque ahora mismo en muchas transacciones en el seno de los BRICS ya no es la moneda de referencia. El dólar con Trump está perdiendo uno de los elementos fundamentales que lo encumbraban, esto es la confianza, lo que lleva a que muchos de los inversores estén pensando en deshacerse de sus reservas en dólares, ya no compren bonos del tesoro y se resguardan en el oro y la plata.

En conclusión, la locura no es de Trump sino de un sistema imperialista cuyas principales fuerzas (Silicon Valley, el complejo militar-industrial, el sector petrolero y gasístico, el sector financiero…) se niegan a reconocer que su dominio está siendo rebasado por nuevas fuerzas, la principal de ellas la República Popular China. Y en su locura demencial pueden incluso recurrir al uso de la bomba atómica, porque piensan que sí Estados Unidos deja de ser el país “modelo” no vale la pena que la humanidad siga existiendo. Y eso es lo que proclaman los evangelistas sionistas en Estados Unidos y los sionistas de Israel al otro lado del mundo.

No es excepción, es la norma histórica en el comportamiento de Estados Unidos

“Afirmar que las “excentricidades” de Trump −su autoritarismo, su ignorancia, sus mentiras, su conspiracionismo, sus transgresiones de la ley, su racismo, su misoginia, su predilección al halago, al kitsch y a ponerle su nombre a todo− son de alguna manera, en esencia, “latinoamericanas” (como si, sólo respecto a lo último, la Torre Trump hubiera sido diseñada en Managua en los años 70), es sólo la enésima expresión del “excepcionalísimo estadunidense”, ya que ninguno de esos tratos es ajeno a las élites de Estados Unidos, ex presidentes incluidos. […] Hay muchos personajes represivos, egocéntricos y matones en la historia de Estados Unidos que allanaron el camino para Trump”, escribía bien Grandin, y “no hay necesidad de utilizar y abusar de la historia latinoamericana de forma tan burda”. “Trump tiene más en común con Clinton que con Somoza”. 

Maciek Wisniewski, En La Jornada – Influencias interamericanas, noviembre 22 de 2025.

Otra razón que aducen, sobre todo los liberales y todos aquellos que han vivido de las migajas del imperialismo blando (USAID, ONG, “Cooperación Internacional”), es que Donald Trump es una excepción con respecto a la supuesta tradición democrática de Estados Unidos, por su cinismo, ignorancia, brutalidad, apología de la crueldad y por no respetar las “normas” …  Esta es una falacia que se basa en la disonancia cognitiva frente a todas las atrocidades del imperialismo estadounidense o que desconoce esa historia de agresión, saqueo y violencia, tanto dentro de los Estados Unidos como en el resto del mundo.

Donald Trump no es ninguna rareza, es la más franca expresión de lo que han representado los máximos exponentes del poderío estadounidense, empezando por sus presidentes y altos dignatarios (Secretarios, senadores, empresarios, altos mandos militares…) quienes se han distinguido por su brutalidad. Solo basta recordar lo hecho por algunos de ellos. William McKinley y su responsabilidad en la masacre de un millón de filipinos en pocos años, al final del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Harry Truman y su orden de usar por dos veces, hasta ahora las únicas, la bomba atómica contra dos ciudades del Japón, causando miles de muertos, heridos y lisiados. Lindon Johnson, Richard Nixón, Henry Kissinger y su responsabilidad en el asesinato de varios millones de vietnamitas y la destrucción de sus campos y ciudades, bombardeados en forma inmisericorde con Agente Naranja y otras sustancias biológicas y químicas. Ronald Reagan y su apoyo a los grupos de matones en América Central que regó con sangre y dolor a países como Nicaragua, Salvador, Guatemala y produjo miles de muertos. George W. Bush II, Colin Powell y los halcones neoconservadores responsables de la muerte de un millón de iraquíes desde la década de 1990… Estos son solo algunos ejemplos de una criminalidad permanente que caracteriza a la política exterior de los Estados Unidos y, como ya lo hemos dicho, se aprendió en la escuela interna de las guerras indias.

De tal forma, no hay ninguna excepcionalidad de un supuesto “imperialismo benévolo” (liberal) de Barak Obama o Josep Biden o del “imperialismo humanitario” de Bill Clinton que habría sido distinto, no violento e interesado en implementar la defensa de los derechos humanos y de pueblos agredidos (los kosovares, los kurdos…). La única diferencia es que el comportamiento del imperialismo antes de Donald Trump se basó en la mentira, el engaño, la hipocresía y disponer de una vasta red de lacayos y siervos asalariados, muchos de ellos con amplia formación académica, que trabajaban para la USAID y las entidades del imperialismo blando, supuestamente interesados en irradiar democracia, libertad, justicia a los pueblos subdesarrollados.

Lo que ha hecho Trump, y ahí radica su excepcionalidad, es quitarse la careta y mandar al trasto de la basura a la USAID, a la ONU, a la Cooperación Internacional y a todo aquello que según su recortada mentalidad impida que los Estados Unidos sigan siendo el poder dominante en el mundo. Y dicen claramente, para mantener su hegemonía mundial, que Estados Unidos no necesita de buenos modales y diplomacia, porque lo que se requiere en el mundo de hoy, que ya no domina ni controla como antes, es exhibir brutalidad y crueldad, como siempre lo han hecho, pero que antes ocultaban con mentiras piadosas (llevar democracia, libertad, justicia, derechos humanos…)

¿El régimen de Donald Trump es fascista?

“Si algo ha demostrado hasta ahora el secuestro de Maduro, es que Trump siempre se entendía mejor en términos de la “continuidad”, no la “ruptura” con los viejos patrones estadunidenses. Una de las principales debilidades de la “tesis del ‘fascismo’” −en su versión mainstream− es que es un esfuerzo de “abnormalizarlo” y tratarlo como un “cuerpo extraño”, mientras lo que representa él es, en realidad, la quintaesencia de los impulsos imperialistas de EU, dentro de sus propios linajes y de acuerdo con sus doctrinas principales”.

         Maciek Wisniewski,La Jornada – Donald Trump: doctrinas y linajes, enero 10 de 2026.

Un último aspecto que vale la pena escudriñar, así sea en forma rápida, esta referido al pretendido carácter fascista del régimen de Donald Trump. Desde su primera presidencia, los demócratas lo empezaron a acusar de “fascista” y el término se amplificó a raíz de lo sucedido el 6 de enero de 2021 con el asalto al Capitolio por una horda de fanáticos trumpistas. En el segundo mandato presidencial de Trump ha aumentado el rumor de que nos encontramos ante un régimen fascista en toda la regla.

Debe diferenciarse entre el uso amplio y genérico del término fascista con una intención de denuncia política o de señalamiento de un adversario, en este caso el propio Donald Trump, del manejo riguroso conceptualmente hablando de la categoría socio histórica de fascismo. Algunos de los que catalogan a Trump y a su régimen como fascista sostienen que emergen ciertos rasgos propios del fascismo histórico en Europa, pero en muchos casos exagerando la comparación o confundiendo hechos que no son exclusivos del fascismo.  Mencionan al respecto diversas cuestiones: La apelación al nacionalismo estrecho, el odio a los migrantes, el ansia de expansión territorial (al anunciar su interés en apropiarse de Groenlandia, Canada y eventualmente México), el machismo acendrado y el culto al “hombre blanco”, el fetichismo de la tecnología, la megalomanía de Trump de considerarse un líder cuasi divino. Últimamente, a todo ello se ha agregado el uso de la violencia contra diversos sectores de la población, resaltando los asesinatos en Minesota. También se incluyen otros rasgos, tales como el culto a un pasado mítico, la obsesión con el trauma de la nación y con el peligro en la seguridad nacional (la patria está en peligro y la raza blanca sufre un gran reemplazo), el desprecio por los débiles, el militarismo, el elogio de la crueldad…

Quienes usan el calificativo para referirse a estos hechos muestran su indignación ante algo aparentemente anormal en la “democracia estadounidense”, como la represión del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), pero se olvidan de que eso siempre se ha puesto en práctica en Estados Unidos contra indígenas, afrodescendientes, migrantes y contra blancos pobres. Es como si de repente descubrieran el nivel de represión interno por el asesinato, repudiable desde luego, de dos ciudadanos blancos. Pero ni este hecho en sí mismo ni todos los elementos mencionados antes proporciona elementos suficientes de juicio para concluir que el régimen de Trump puede catalogarse de fascista.

El uso del apelativo de fascista se inscribe en la misma lógica de la pretendida excepcionalidad democrática de Estados Unidos que habría sido rota por primera y única vez por Donald Trump. Este es algo muy estrecho de miras, por la sencilla razón de que no es necesario ir a buscar en otro continente las raíces de la violencia, el racismo y la crueldad que siempre ha caracterizado a Estados Unidos. Peor aún, muchas de las más aberrantes prácticas de exterminio y genocidio de los nazis las aprendieron de los Estados Unidos, porque recordemos que Hitler consideraba que el exterminio de los indígenas de Norteamérica fue una de las mayores contribuciones que se hicieron fuera de Europa al proyecto de pureza racial que llevaba a cabo en Alemania. En efecto, la historia de Estados Unidos es una escuela práctica de aprendizaje del genocidio y la brutalidad, desde el mismo instante de la colonización inglesa, cuyos rasgos violentos se prolongan hasta la actualidad. O si no que lo digan la cacería de negros esclavizados, las razias genocidas contra los pueblos indígenas, las invasiones, ocupaciones, bombardeos, que han causado millones de muertos en todo el planeta.

Dicho esto, deben mencionarse algunas de las diferencias sustanciales, de contexto y de grado, del fascismo con el trumpismo. Entre las más notables pueden señalarse las siguientes:

De entrada, los regímenes fascistas clásicos, en el orden internacional, eran potencias de segundo orden que querían participar en el reparto del mundo con la pretensión de alcanzar al principal poder colonial del momento, al Reino Unido, mientras que hoy Estados Unidos es una superpotencia en declive que se niega a desaparecer y por eso actualiza su viejas prácticas imperialistas de manera descarnada y sin máscaras.  

En segundo lugar, en contravía de lo que asegura la doxa liberal, el fascismo no surgió en condiciones de una “anomia” social, sino en plena ebullición de la sociedad civil. Por ello, el fascismo lo que hizo fue apropiarse de las organizaciones que existían en la sociedad en el momento de su ascenso y lo que hizo fue canalizarlas y destruir a aquellas que eran opuestas a su programa. En esa dirección, en Estados Unidos existe todo menos una robusta sociedad civil, lo que hay es una raquítica y fragmentada sociedad civil.

En tercer lugar, Trump no es una agitador de masas que convoque multitudes a las calles y plazas públicas como muestra de su poder de base, porque lo que propone es bastante elemental: que sus seguidores se organicen en línea virtual y a través de las redes (anti)sociales.

Por eso, nada parecido a las multitudinarias manifestaciones nazis y fascistas de Alemania e Italia en la década de 1930, algo impensable además en el ámbito de la pasividad política que reina en Estados Unidos.

En cuarto lugar, el fascismo planteó en sustitución de la democracia liberal un nuevo modelo de representación, mientras que Donald Trump no tiene interés en edificar uno nuevo y distinto, que construya instituciones diferentes al parlamento o los partidos tradicionales, en los que Trump se sigue apoyando.

En quinto lugar, a pesar de que el fascismo clásico se refería a un pasado glorioso, su énfasis estaba en el futuro con un fuerte sentido utópico, en el caso de Alemania la construcción del Reino de los Mil años dominado por una comunidad de índole racial y étnica y en el caso de Italia con un fuerte componente moderno y tecnofuturista, al punto que los futuristas eran una de sus principales expresiones estéticas. Por su parte, Trump y su pandilla carecen de cualquier faceta utópica y transformadora porque MAGA es un movimiento retrogrado y nostálgico de los tiempos en que Estados Unidos era grande y siempre el primero, algo a lo que en vano se intenta volver, con el regreso a las soberanías nacionales, al proteccionismo, a los aranceles, a la política del “gran garrote”. En ese sentido, “Trump y el trumpismo más que fruto de un afán de afianzarse como una potencia imperial como lo fue el caso de los regímenes fascistas, se entiende mejor como una expresión de la negativa de las élites estadounidenses a aceptar la realidad de su declive imperial y de su incapacidad de construir su futuro en un mundo cambiante más allá de culparlo todo a China y a “otros países que nos están estafando”[6].

El gobierno de Donald Trump es el resultado de una sociedad dominada por el dinero, el espectáculo, el consumo y cuyo objetivo es aumentar la riqueza familiar, construyendo un tipo de régimen patrimonial, manejado como un asunto privado, en donde no hay distinción entre los intereses personales y los de la esfera pública del Estado. Este aparece como una prolongación de la propiedad privada y por eso la política se piensa en términos de negocios y de ganancias (Gaza y su “Junta de Paz” en la que los interesados deben pagar 1000 millones de dólares como cuota de entrada, o Venezuela, vista como una gasolinera que deberían manejar las grandes empresas petroleras de los Estados Unidos). Esto explica el nepotismo reinante y el autoritarismo personalista. En ese sentido, lo que en estos momentos se presenta en Estados Unidos no es un enfrentamiento entre un autoritario fascista (MAGA y republicanos) y los defensores de la democracia (el Partido Demócrata), sino entre la familia de Trump y sus negocios frente a quienes defienden el Estado burocrático con su lógica administrativa, con entidades nacionales e internacionales, que han sido desmanteladas por Trump, como La Secretaria de Trabajo o la USAID.

En esa dirección, algunos autores catalogan al régimen de Trump como bonapartista, entendiéndolo como producto de una polarización social, en la cual emerge un personaje carismático que va a concentrar el poder, superando los modos tradicionales de representación. Trump representa una “tercera fuerza”, externa, un outsider, que concentra el poder y apela directamente al “pueblo estadounidense”. En ese sentido, se explica que lo que predomine en Estados Unidos sea el culto al “americanismo” y a partir de allí se expulse a los que contaminan ese espíritu, en el caso actual a los migrantes pobres, a los que se culpa por la crisis material y de valores del americanismo.  En este sentido, el neobonapartismo trumpista se caracteriza por la “estigmatización de los migrantes y el afán de presentarse como el verdadero representante, defensor e intérprete del ‘americanismo’, que vela por su integridad y está dispuesto a expulsar a todos los que lo amenazan, desde los migrantes hasta los −imaginarios− ‘marxistas’ y ‘comunistas’”[7].

Y en este contexto del bonapartismo, antes que la del fascismo, se entienden varias de las posturas de Donald Trump: cuando se compara con McKinley al imponer aranceles fuertes para revivir la “prosperidad americana”, desenterrar el viejo “Destino Manifiesto” con respecto a todo el continente para hacer “grande a América”, sus promesas de regresar a una edad de oro del “pueblo americano” (Estados Unidos). Un elemento novedoso, que podría llamarse “capitalismo político” radica en que los negocios y beneficios para los capitalistas no son resultado de su productividad sino de sus conexiones políticas con Trump, como lo ejemplifica el caso de Elon Musk e igualmente sus nexos nepotistas, en los que sus familiares y amigotes se lucran de negocios dentro y fuera del país, como acontece ahora con la anunciada reconstrucción inmobiliaria de Gaza, donde él mismo va a ser el principal ganador, junto con algunos empresarios de la industria inmobiliaria que son los encargados de gestionar el resort que se pretende construir sobre los cadáveres de 700 mil palestinos.

Para concluir, podemos decir que Estados Unidos tiene una tradición propia de persecución, discriminación, tortura a vasta escala que nutre el autoritarismo de Donald Trump, sin necesidad de buscar modelos extranjeros. Eso, desde luego, no significa que no pueda replicarse el fascismo en nuestro tiempo, teniendo en cuenta que, como dice Carl Amery, un nuevo Hitler puede llegar con otro ropaje y otros modales a partir del mismo dilema del pintor austriaco de brocha gorda: el agotamiento de recursos y de energía[8].

En realidad, estamos ante la emergencia de algo distinto al fascismo histórico, un movimiento reaccionario de extrema derecha nuevo y diferente. En tales circunstancias, como anotaba Eric Hobsbawm, «cuando las personas se enfrentan a lo que nada en su pasado les ha preparado, buscan palabras para nombrar lo desconocido, incluso cuando no pueden ni definirlo ni entenderlo.»

Pero, en últimas, no es un asunto puramente conceptual o de precisión analítica, porque lo que se trata es de comprender el fenómeno del trumpismo y la forma cómo opera dentro y fuera de los Estados Unidos, porque de ahí se deriva una determinada estrategia política, que supone abandonar de entrada la ilusión del imperialismo benévolo, del imperialismo blando, y de la pretendida excepcionalidad de la democracia americana, que nunca habría conocido la violencia ni dentro ni fuera de su país.

NOTAS


[1]. La Jornada: El despojo a México, inicio del dominio de EU, presume Trump

[2]. Ver: Roxane Dumbar-Ortiz, La historia indígena de Estados Unidos, Capitán Swing, Madrid, 2018, p. 51.

[3]. Los documentos están disponibles en castellano. Ver: Estrategia de seguridad nacional estadounidense: el plan de la Casa Blanca contra Europa (texto íntegro) – El Grand Continent y en Estrategia de defensa nacional de Estados Unidos: texto íntegro – El Grand Continent

[4]. Stephen Miller ofrece una visión del mundo donde reina la fuerza – The New York Times

[5]. Matthew Desmond, Pobreza Made in USA, Capitán Swing, Madrid, 2024

[6]. Maciek Wisniewski, Extrema derecha, trumpismo y su visión del “futuro”, abril 13 de 2025.

[7]. Maciek Wisniewski, La Jornada: Trump y el neobonapartismo, febrero 15 de 2025.

[8]. Carl Amery, Auschwitz, ¿Comienza el siglo XXI?: Hitler como precursor, Turner, Madrid, 2002.

Publicado en Revista Izquierda (Bogotá), No. 126, febrero de 2026

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