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Octavo día del pueblo tunecino

¿Cae o no cae?

Fuentes: Rebelión

Fotos de Ainara Makalilo

Comenzamos el día con una prueba inquietante de que la revolución no lo puede todo y de que fuerzas irracionales siguen operando al margen de la lógica dominante de las cosas. Nuestro amigo Amín ha cogido la gripe.

Y sin embargo, la revolución puede con la tristeza, la melancolía, el mal humor, las tendencias suicidas. Mohammed cita el caso de un amigo al que su psiquiatra ha dado de alta después del 14 de enero, fecha de la caída del dictador. Inventamos un nuevo término, la «zauraterapia», la revolución (zaura ) como terapia psicológica. Las movilizaciones, que se repiten un día más en el centro de la ciudad, están salvando cuerpos y almas.

Antes de dirigirnos de nuevo a la avenida Bourguiba nos reunimos en un hotel con Hamami Jilani, sindicalista en el sector de las telecomunicaciones y miembro dirigente del Partido Comunista Obrero de Túnez. Hamami, que es también sociólogo, no tiene la menor duda de que la presión popular va acabar por derribar el gobierno. ¿El recambio? Desde hace días, dice, hay diversas tentativas para formar coaliciones amplias que eviten el vacío de poder. Aunque el ejército es débil y Ben Alí lo mantuvo al margen de los entresijos palaciegos, como un cuerpo de técnicos muy despolitizado, su prestigio ha aumentado en los últimos días mientras que los partidos políticos, prohibidos y reprimidos, no han tenido ocasión de hacer llegar sus ideas a la población. Por eso es necesario actuar deprisa. Se espera que mañana mismo se anuncie la constitución del Frente 14 de Enero, que reunirá a un amplio espectro de fuerzas izquierdistas y nacionalistas hasta ahora divididas: el PCOT, los Patriotas Democráticos, el Partido del Trabajo Patriótico y Democrático, nasseristas, baazistas, trotskystas y pequeños grupúsculos de inspiración marxista. Ha sido imposible incorporar al Congreso de la República, de Moncef Marzouki, que estaría negociando por su parte algún tipo de alianza con el Nahda, el partido islamista de Rachid Ghanouchi, aún en el exilio. La fuerza decisiva, en todo caso, será la UGTT, el sindicato tunecino, al que el propio Jilani pertenece, que cuenta con 500.000 afiliados y cuyas bases han estado desde el principio movilizadas.

– Siempre ha habido dos «velocidades» dentro de la UGTT -dice Jilani. – La dirección no sólo ha colaborado con el régimen sino que se ha mostrado pasivo, cuando no cómplice, en la detención de muchos de sus afiliados más de izquierdas. Pero ahora la presión popular le ha obligado a seguir las directrices de las bases. La UGTT no convocó a la manifestación del 14 de enero; el día antes había acudido a la llamada de palacio y el día después aceptó formar parte del gobierno de coalición. Ha sido la presión desde abajo la que le ha hecho rectificar.

El programa del Frente 14 de Enero incluiría, como medidas inmediatas, el establecimiento de un gobierno provisional del que sólo se excluiría al RCD y la convocatoria de elecciones para una asamblea constituyente encargada de redactar una nueva constitución. Este gobierno se mantendría durante un año. Para alcanzar este propósito -añade- hay que continuar la presión popular.

– La presión implica dos elementos simultáneos: las manifestaciones en la calle y la organización de la vida cotidiana. Se han formado ya las llamadas «comisiones populares» o «consejos de defensa de la revolución» en todos los rincones de Túnez. Su misión inicial, la de proteger los barrios de las milicias benalistas, debe extenderse a la gestión de los servicios municipales para construir un nuevo modelo de gestión democrática popular. También en los puestos de trabajo. Muchos dirigentes de empresas, tanto estatales como privadas, han sido expulsados estos días por los trabajadores

Sobre la amenaza de las milicias, Jilani piensa que el peligro aún no conjurado procede de la Guarda Presidencial, un cuerpo enteramente opaco creado por Ben Alí, muy bien armado y compuesto de un número ignorado de elementos. Anoche volvieron a disparar en el Mourouj y siempre con el propósito de dañar el abastecimiento de la ciudad. Por lo demás, tampoco se conoce el número exacto de prisioneros políticos, algunos en cárceles secretas; ni está claro que se haya liberado a todos los que fueron detenidos la noche del 14 de enero y encerrados en el ministerio del interior.

– La mayor parte de los prisioneros políticos bajo el régimen de Ben Alí pertenecían a nuestro partido, el PCOT, o a los islamistas del Nahda, las únicas dos fuerzas de oposición real a la dictadura dentro del país y las que más sacrificios hicieron. No obstante nuestras diferencias irreconciliables, hay que reconocer el alto coste que han pagado los partidarios del Nahda durante estas dos décadas. También que desde 1987 su discurso se ha moderado muchísimo: aceptan la separación entre Estado y religión y el código de familia progresista de Bourguiba. ¿Lo hacen por pragmatismo, conscientes de su debilidad, o están realmente convencidos? Esta es la pregunta para la que no tenemos respuesta.

La perspicacia de Jilani en su análisis de la situación revolucionaria vigente contrasta con la ingenuidad a la hora de juzgar el papel de EEUU y la UE en todo el proceso.

– Les cogió realmente desprevenidos y por eso no han intervenido directamente. Ahora no tienen más remedio que operar a remolque de las fuerzas populares.

Por último, le preguntamos por las razones que explican, a su juicio, la potencia de una revolución popular que no esperaba nadie.

– Al contrario de lo que se dice, el movimiento no ha sido espontáneo o al menos mucho menos de lo que se cree. Las primeras manifestaciones en Sidi Bousid tras la inmolación de Mohammed Bouazizi demostraban ya su fuerte carga política: «El empleo es un derecho», repetían las consignas, o «empleo, libertad, dignidad nacional». Detrás estaba el trabajo sindical, puesto a prueba sobre todo durante las revueltas populares de la cuenca minera de Gafsa, entre enero y agosto de 2008. También se exagera -dice en respuesta a una pregunta nuestra- el papel de internet. En ausencia de libertad de expresión, facebook y el teléfono móvil han jugado un papel esencial, pero no son ellos los que han tumbado al gobierno.

(El tanque e Ibn Khaldun)

Antes de sumergirnos en la «zauraterapia», hablamos también con Fabio Marchelli, abogado italiano vinculado a la organización Juristas Demócratas y que forma parte de la Delegación Euromediterránea de DDHH encargada de informar a la UE de las violaciones cometidas por el régimen de Ben Alí.

– Se debe crear una comisión de investigación -dice- que se ocupe de todas las violaciones cometidas desde 1957, con arreglo al modelo seguido en algunos países latinoamericanos.

Se ha reunido en estos días con organizaciones de DDHH, con el comité de apoyo a Gafsa y con asociaciones de mujeres. También con los representantes de los abogados, muy combativos en el último período (y que ayer expulsaron del palacio del Tribunal a un juez particularmente corrupto). La delegación fue recibida también por el ministro del interior, Ahmed Friaa, uno de los blancos de la ira popular.

– El ministro -dice Marchelli- se refirió a las protestas populares como una «revolución» y reconoció que su puesto es provisional.

Respecto a la posición de la UE durante la crisis, cree que su imagen ha quedado claramente lastimada por el sostén a Ben Alí de los gobiernos francés, español e italiano y que las instituciones europeas deberían apoyar ahora todos los cambios en favor de un movimiento democrático fuerte y organizado y con objetivos claros para el futuro inmediato.

Debería, sí, pero debería entonces -digo yo- negar su apoyo a Israel, a Argelia, a Egipto, a Jordania, a Arabia Saudí y a un largo etcétera de bribones y criminales. Y parece más probable que siga siendo incoherente con sus discursos que incoherente con sus intereses.

(Los libros prohibidos)

El centro de la ciudad sigue en revolución. Todos los días se renuevan las protestas y todos los días se producen pequeños cambios. Hoy las concentraciones comienzan de nuevo en la Avenida Bourguiba, donde a las 10 de la mañana, frente al ministerio del interior, hay ya en torno a dos mil personas. El gobierno, entre otras medidas tomadas a modo de placebo, ha decretado tres días de luto por los «mártires» que el propio gobierno mató y las banderas ondean en los edificios a media asta. Un cartel enarbolado por los manifestantes dice: «Ningún luto antes de que el gobierno caiga». Se grita, se canta, se reclama la disolución del gabinete. La policía entra desde la plaza 7 de Noviembre y tiende un nutrido cordón de escudos y cascos para cortar la calzada en dirección a Mohamed V. Un grupo de manifestantes que irrumpe con gritos y cánticos desde el extremo opuesto empuja sin saberlo y por un momento el choque parece inevitable. Pero la disciplina por ambas partes es muy grande y, tras apoyarse un instante sobre el muro de uniformes negros, la multitud se gira y comienza a caminar hacia la Medina, sin dejar de gritar y cantar el himno nacional.

(Gloria a la revolución del 14 de enero)

En el boulevard quedan, como el día anterior, pequeños corros asamblearios y muchos signos desperdigados de cambio. Las pintadas, por ejemplo, en árabe y francés, que invocan la libertad desde las paredes o denuncian los crímenes del régimen. O la gente que se agolpa en el escaparate de la librería El-Kitab, que ha puesto a la venta La regenta de Carthago , el libro prohibido sobre la mujer de Ben Alí y su familia, y las obras del periodista opositor Ben Brik. O el extraordinario consumo -o exhibición supersticiosa- de periódicos en un país que despreciaba la prensa. O esa ocupación de los cafés de la avenida por parte de periodistas, intelectuales, artistas que se toman un café, se intercambian información, hablan sin bridas, antes de sumarse de nuevo a las movilizaciones. O esa señora de sesenta años, con aspecto de matrona de barrio, que se me acerca con naturalidad y me pregunta por la manifestación como si me estuviera preguntando por la parada del autobús. Frente a la catedral, la estatua del gran historiador tunecino Ibn Khaldun comparte tiernamente el espacio con un tanque en flor. La avenida Bourguiba, que siempre tuvo un aire sombrío -un aire retenido- tiene hoy la ligereza soleada de un día de campo. La atmósfera de esos sueños freudianos en los que uno se agacha a coger una moneda y ve otra al lado y luego otra y de pronto todo alrededor se ha llenado de monedas brillantes que no caben en las manos.

Así esta extraña dinámica de concentraciones volátiles. De pronto se vuelven a oír gritos y llegan los médicos, con sus batas blancas, insistiendo a voz en grito: «El dictador en Arabia Saudí y el mismo gobierno aquí». Y se van. Y luego se oyen carreras y pasan a ritmo casi militar los trabajadores del transporte, que han abandonado sus vehículos y se dirigen coreando consignas hacia la Puerta de Francia. Y desaparecen.

La manifestación -se nos dice- se ha desplazado a la Qasba, a la plaza delante de la sede del Primer Ministro, y hacia allí nos dirigimos atravesando La Medina, extrañamente relajada sin la presencia de turistas. Es lógico ir a la Qasba: es ahí donde hay que hacer ahora la presión. En ese gran cajón formado por el ministerio de Finanzas, el Ayuntamiento, el Palacio de Justicia y el Primer Ministerio, algunos miles de personas hacen hervir sus carteles y sus banderas. Son ya las 14 h. y la multitud insiste, resiste, no se cansa: «Seguiremos luchando hasta derribar el gobierno». Cuando el griterío o la espesura parecen aflojar, un nuevo grupo se incorpora desde detrás del hospital, con nuevas consignas y nuevos refuerzos; y luego otro desde el corazón de La Medina. Racimos de jóvenes cuelgan de las ventanas del primer ministro.

(Delante del Primer Ministerio en la Qasba)

Hacia las 14.30 ocurre una cosa increíble. Una mujer de cuarenta años se me acerca muy excitada, tira de mi manga con obstinación y me pide que la siga. Se ríe, se ríe a carcajadas. Yo al principio no entiendo nada o lo que entiendo me parece un delirio absurdo: «¡Un ministro sin coche! !Un ministro a pie!». Y no puede dejar de reírse; se parte literalmente de risa mientras hace señas a uno y a otro, se excita, señala con el dedo. Allí está: es un hombre ligeramente panzón, calvo, de patillas blancas, vestido con chaqueta gris. Es Ahmed Brami, el ministro de Enseñanza Superior, líder de uno de los partidos de oposición ( Tajdid , Renovación) que aceptó tareas de gobierno y no ha dimitido. Está esperando el automóvil y trata de pasar desapercibido. La mujer está patidifusa; no se lo acaba de creer y se ríe como una niña: «¡A pie en la calle! ¡Un ministro y no tiene coche!». Pero a los que reparan en él finalmente no les hace ninguna gracia. Veinte o treinta personas se le echan encima; forman un corro a su alrededor y se va estrechando amenazadoramente. Levantan los puños, le increpan: «Colaboracionista», «traidor», «dimite si no quieres ser cómplice», «estás vendiendo a nuestro mártires». Por un momento me temo lo peor. En una situación parecida, en cualquier otro lugar, habría sido atrozmente normal un linchamiento o, por lo menos, una agresión vengativa. Pero no en Túnez después de la revolución. El ministro intenta dar explicaciones, luego se acalora, intenta abrirse paso en el follaje. Algunos le empujan; otros, los más, piden calma. Y después de algunos forcejeos e insultos, el ministro se desprende de la tenaza, monta en un coche y escapa indemne.

(La policía se une al pueblo)

Pero lo más increíble ocurre hacia las 15 h.. De pronto desde la calle Bab Bnat, donde se encuentran los tribunales, sube un nutrido grupo de manifestantes en un coro de voces. Van vestidos de negro. Exhiben un carnet en la mano. Son, sí, policías que vienen a sumarse a las protestas. Cuando llegan a los aledaños de la plaza, donde se encuentran frente a frente los camiones militares y las furgonetas policiales, los recién llegados se mezclan con los ciudadanos, se estrechan las manos, se abrazan. Algunos de ellos se suben al techo de dos de los furgones y gritan: «Viva el pueblo, nosotros también somos hijos suyos». Los enfervorizados espectadores aplauden y vitorean. Todos juntos cantan una vez más el himno nacional: namutu namutu wa yahi el-watan.

A mi lado, Amira llora.

Ahora sí parece el final. El régimen se desmorona. No queda nadie para defender al gobierno.

Pero no. Cuando llego a casa empiezo a pensar que lo he soñado. Busco en los periódicos y no hay nada; nada en los españoles, pero nada tampoco en Liberation o Le Monde, que estos días atrás han actualizado la información minuto a minuto. Seguramente lo han hecho por miedo o por un cálculo astuto, pero, ¿no es importante que una parte de la policía se una a los manifestantes declarando su ruptura con el régimen? Y me doy cuenta de que, al igual que una parte de la pequeña burguesía tunecina, cansada de tantas fatigas, los medios de comunicación occidentales se dan por contentos con los cambios producidos y buscan más bien frenar cualquier ulterior evolución. Hablan de las medidas tomadas por Ghanouchi en favor de la libertad, pero nada, o muy poco, de las manifestaciones contra él. No es que lo que no salga en las televisiones o los periódicos no exista; es que no produce efectos. Se puede fingir que no ha ocurrido. Los gobiernos no se sienten concernidos por las presiones sino por la atención que se les presta. Facebook -hormigueo de intercambios privados- tiene mucho menos poder que El País o The New York Times, que pueden convertir en un hormigueo de intercambios privados una sublevación policial a favor del pueblo enfrente del Primer Ministerio, en una plaza pública bajo el sol.

Yo creí haber vivido un momento «histórico», como les gusta decir a los coleccionistas de sobresaltos, y sólo había entrevisto el descarte de un periódico.

¿Hamami Jilani se equivoca? ¿No habrá ruptura? ¿No caerá el gobierno?

Como todo es todo el rato sorprendente, no hay que sacar conclusiones. La gripe existe, es verdad, pero el pueblo tunecino es sólo un bebé de apenas ocho días.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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