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Libia

Cómo nace un pueblo fantasma

Fuentes: IPS

Embarka Omar se desmorona ante las fotos de esta ciudad libia, donde nació y vivió hasta hace dos meses. «Algún día volveré», se dice a sí misma esta joven de 25 años. Pero sabe que las terribles imágenes ante ella le dicen lo contrario. Tawargha fue el cuartel general de las fuerzas del ahora fallecido […]

Embarka Omar se desmorona ante las fotos de esta ciudad libia, donde nació y vivió hasta hace dos meses. «Algún día volveré», se dice a sí misma esta joven de 25 años. Pero sabe que las terribles imágenes ante ella le dicen lo contrario.

Tawargha fue el cuartel general de las fuerzas del ahora fallecido líder libio Muammar Gadafi para el terrible asedio que el enclave rebelde de Misurata, 187 kilómetros al este de Trípoli, sufrió durante casi dos meses.

La que fue una vibrante localidad de 30.000 habitantes, la inmensa mayoría de raza negra, hoy no es más que un enorme «supermercado» en el que las familias de Misurata llenan sus vehículos con el botín de los saqueos.

Muchas de las casas han sido incendiadas, probablemente para evitar que sean reocupadas algún día por sus antiguos habitantes. Tawargha («isla verde», en lengua amazig) ya no es más que una ciudad fantasma en mitad del desierto libio.

Los tawarghíes que han sobrevivido a la guerra se hacinan hoy en campos de refugiados como el de Fallah, al sur de Trípoli. Embarka Omar pertenece a una de las 100 familias que han encontrado refugio en los antiguos barracones de los obreros de una empresa de construcción turca.

Las voces quebradas retumbando contra las paredes de uralita nos ayudan a reconstruir las piezas que faltan en el rompecabezas de la guerra de Libia.

«Cuando empezó la guerra, en febrero, muchos tawarghíes residentes en Misurata se volvieron a casa», recordó Omar.

«Gadafi convirtió nuestra ciudad en un bastión desde el que dirigió el asalto contra Misurata y, de un día para otro, había casi tantos soldados como habitantes», añadió.

Todavía estudiante de medicina, Omar se había ofrecido como voluntaria en el hospital de Tawargha para atender aquella emergencia.

«A principios de verano empezaron a faltar los suministros; la comida, las medicinas… ni siquiera había anestesia para las amputaciones. Los bombardeos eran incesantes, y en julio se fueron los últimos médicos que teníamos en el hospital; eran cinco coreanos», recordó la joven, que sigue ayudando desde el botiquín en este campamento de refugiados.

Youssef Bashir recuerda muy bien la falta de asistencia médica. Habría sido padre en julio de haber podido llevar a su mujer embarazada al hospital Hisha, a 80 kilómetros al sur de Tawargha.

«Los soldados de Gadafi bloquearon los accesos y no nos dejaban salir. Decían que era para protegernos», contó este extaxista, hoy sin vehículo ni ciudad por la que conducirlo. Durante toda la guerra se ha especulado mucho sobre el uso de civiles como escudos humanos en el lado gadafista. Sea como fuere, la situación en Tawargha se acabó volviendo insostenible para todos.

Huir del infierno

El asalto definitivo sobre Tawargha comenzó «oficialmente» el 10 de agosto, con un bombardeo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en el que la coalición aseguraba haber «golpeado tres centros de control militar y dos arsenales de armas en las afueras de la ciudad».

Sin embargo, testimonios recogidos tanto en este campamento como en el de Tarik Matar -a cinco kilómetros al sur de Trípoli- apuntan a que el acoso aéreo también golpeó el centro de la ciudad.

Dos días más tarde, Tawargha pasó del caos a un infierno que una marea humana luchaba por abandonar.

«La gente se nos cruzaba por la carretera suplicándonos que los sacáramos de allí. Ibamos ocho en el coche y no podíamos llevar a nadie más», recordó Ahmed Farthini.

Aparentemente, muchos de aquellos que se quedaron huyeron a pie. Mohammed Jibril caminó durante dos días a través del desierto para llegar hasta Hisha, una travesía que este joven de 28 años no olvidará nunca.

«Calculo que éramos más de trescientos. Muchos caían exhaustos pero no podíamos hacer nada por ellos. Era una cuestión de pura supervivencia», recordó Jibril. Aseguró que no deja de preguntarse si los familiares de aquellos que murieron en el desierto habrán recuperado sus cuerpos.

Hisha se convirtió en escondite para muchos de los refugiados, hasta que esta localidad a medio camino entre Misurata y Sirte fue también atacada. La terrible odisea continuaría luego hacia el este, hasta la localidad natal de Gadafi. E incluso más allá.

«Yo tenia familia en Sirte y pude quedarme –explica Wail Ahmad–, pero a muchos de otros les dijeron que alojarían a sus mujeres y a sus hijos en el colegio a condición de que se subieran a un camión para ir a luchar a Brega», a 125 kilómetros al sureste de Bengasi, la capital rebelde.

Pero Brega tampoco tardaría en caer, por lo que la huída se produciría esta vez hacia el oeste, hacia la después aniquilada Sirte y la capital Trípoli, bajo control rebelde desde el 20 de agosto.

En Trípoli

«Cuando llegamos a Trípoli, vivíamos 60 personas en un piso durante un mes. Los hombres salían lo menos posible y las mujeres no lo hacíamos nunca. Muchos se quedaron en la playa porque Trípoli es un lugar muy peligroso para nosotros», contó Embarka, refiriéndose al terrible acoso que ha sufrido la población negra en la capital libia en los últimos meses.

Ya el pasado 4 de septiembre, Human Rights Watch alertaba que «los arrestos arbitrarios generalizados y los abusos creaban un grave sentimiento de inseguridad en la población negra de la ciudad».

Asimismo, Amnistía Internacional publicó varios informes a este respecto, muchos de los cuales señalaban inquietantes casos como el de un paciente de Tawargha que fue sacado del Hospital Central de Trípoli para ser «interrogado en Misurata».

El Consejo Nacional de Transición (CNT) insistió en que «cualquier abuso, venga del lado que venga», sería «investigado concienzudamente».

No obstante, las declaraciones de Mahmud Jibril –el hasta hace poco primer ministro del CNT– en una comparecencia en el ayuntamiento de Misrata no invitaban al optimismo: «Respecto de Tawargha, mi punto de vista es que nadie tiene derecho a intervenir en este asunto excepto la gente de Misurata».

En el campamento de Tarik Matar, Mabrouk Mohammed mostró a IPS con su computadora portátil un vídeo tomado el 1 de este mes, en el que un grupo de milicianos se llevaba a siete jóvenes del lugar.

Abdullah Tarhuni, comandante de Musa Binuser –una de las seis milicias presuntamente implicadas en el caso– se negó a hacer declaraciones al respecto, pero respondió sin vacilar cuando se le preguntó por un hipotético regreso de los refugiados a Tawargha.

«Tawargha ya no existe, en adelante se llamará «Nueva Misurata».

Fuente: http://www.ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=99684