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Gadafi, retrato completo (3/3)

De enterrador de la causa nacional árabe a enterrador de su propio pueblo

Fuentes: Renenaba.com

Traducido para Rebelión por Caty R.

El enterrador de su pueblo o la Revolución como coartada.

Objeto de un intento de reflotación por parte de los países occidentales, debido al fabuloso mercado que representa su país y al posible papel de gendarme que está destinado a desempeñar a las puertas de Europa contra la emigración clandestina africana, el «Guía de la Revolución», visto desde la orilla sur del Mediterráneo, es un hombre que no inspira buenos sentimientos ni bellos recuerdos.

País desconocido, durante mucho tiempo al margen de la comunidad internacional, dirigido por un hombre que desde hace mucho tiempo cargó el inconsciente colectivo debido a sus extravagancias, Libia hizo su gran retorno si no en el escenario internacional por lo menos en el escenario mediático con la permanencia de las contorsiones que le dieron su reputación y dañaron al mundo árabe. Hasta el punto de acusarle de utilizar «la coartada como revolución», los oficiales libios se han convertido en maestros en el arte de machacar la realidad, de tergiversar la realidad con el único objetivo de exonerarse de todo este lío.

A. La rendición al orden israelí-estadounidense

Seis años después del ataque estadounidense a Trípoli y Bengasi, la ONU impuso un embargo a Libia, en abril de 1992, por exigencia de Estados Unidos que esperó al final de la guerra contra Irak (1990-1991) para activar la maquinaria diplomática internacional con el fin de volver a la carga contra el Coronel Muammar Gadafi, considerado entonces como un líder revolucionario en el Tercer Mundo y patrocinador de atentados de tipo terrorista. Durante siete años (del 12 de abril de 1992 al 11 de diciembre de 1999), la Jamahiriya vivió en una autarquía económica y una reclusión mediática, como se puede comprobar en las grabaciones de la época de todo el mundo. El gran alborotador ya no hacía caja por falta de recursos y fórmulas mágicas para divertir a la galería. Agobiado y descolorido, Gadafi erraba de campamento en campamento en su gran desierto libio súbitamente abandonado por la cohorte de sátrapas que ya no podían conseguir prebendas.

No era fácil llegar a Libia. Se había convertido en un acceso difícil. Las doce horas de carretera desde Djerba, Túnez, aunque fuese en una limusina climatizada, e incluso por una carretera asfaltada, podían disuadir a los viajeros más resistentes. Trípoli es una de las ciudades menos atractivas de todo el Mediterráneo y el discurso libio de una pobreza soporífera. Y además Libia no era el Imperio del Medio ni Gadafi el ombligo del mundo, cuyo centro de gravedad se había desplazado, desde principios de la década de los 80 hacia el Asia occidental, la zona de Afganistán-Irak, el otro punto de resistencia del campo antioccidental.

Irak, fortalecido por su hazaña de la década de 1980 de contener a la revolución chií de Jomeini durante diez años (1979-1989) en el campo de batalla iraquí-iraní en la guerra convencional más larga de la historia moderna, codiciaba Kuwait como botín de guerra para reflotar su debilitada tesorería. Una «tormenta del desierto» enviada por Estados Unidos pulverizó sus sueños y sus proyectos devolviendo a Irak casi al Neolítico, al margen de la historia, y a Sadam Husein, el Nabucodonosor de los tiempos modernos, lo redujo a la categoría de simple mercenario de las petromonarquías del Golfo. Una constatación tanto más amarga en cuanto que la tormenta destructora arrasó todo a su paso rompiendo la lógica de los bloques y cementó en una misma alianza a antiguos enemigos irreductibles (Norte-Sur, productores y consumidores de petróleo, árabes e israelíes), una convulsión estratégica que prefiguró las alianzas de siglo XXI y que se reproduciría durante la invasión estadounidense de Irak en 2003 y una tercera vez en 2007-2008 contra el Irán en fase de «nuclearización».

Afganistán, el otro punto de la estrategia estadounidense también mantuvo clavado en el suelo durante diez años (1980-1990) al glorioso «Ejército Rojo», acelerando la descomposición del imperio soviético, pero los talibanes wahabíes, retoños de la copulación estadounidense-saudí, una vez desheredados del poder, procedieron a asesinar simbólicamente a sus respectivos patrocinadores con una serie de acciones explosivas políticas y militares contra el reino saudí y Estados Unidos. Mientras el exagente de contacto entre los estadounidenses y los combatientes islamistas Osama Bin Laden, antiguo ciudadano saudí, reivindicaba la creación de una «República Islámica del Hedjaz» en el perímetro de los Lugares Santos del Islam para castigar a la dinastía «impía» de los wahabíes por su connivencia con Estados Unidos durante la guerra contra Irak, en 1995 sus discípulos se dedicaban a atentar contra objetivos estadounidenses en África: atentados contra las embajadas de EE.UU. de Dar es-Salaam (Tanzania) y Nairobi (Kenia), así como contra el cuartel general de la guardia nacional saudí, que preludiaron el gran ejercicio de pirotecnia aérea del 11 de septiembre de 2001.

Libia estaba ausente de la lista de los importantes, en realidad era la menor de las preocupaciones de los estadounidenses. Alineándose como ellos con la oposición islamista, Gadafi recuperó su atractivo tanto más rápidamente en cuanto que había proporcionado importantes servicios a los occidentales durante su época de esplendor con la persecución de los comunistas sudaneses, la decapitación del movimiento chií libanés Amal y apareciendo, por añadidura, como un útil contrapunto de Argelia y Rusia, dos países fuera de la esfera occidental abastecedores exclusivos de gas al conteniente europeo. El bloqueo de Libia duró siete años (del 12 de abril de 1992 al 11 de diciembre de 1999), el bloqueo más corto de la historia contemporánea. En comparación, Cuba resiste desde hace cincuenta años el bloqueo estadounidense. A pesar de todas las privaciones, el régimen castrista continúa enfrentándose a la primera potencia militar el mundo que además está situada a pocas millas de la Isla. Fidel Castro asumió la transición del poder tras haberse asegurado del relevo revolucionario en América Latina, Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia.

Sadam Husein, por su parte, resistió 13 años la presión estadounidense y cayó con dignidad convirtiendo su martirio un ejemplo de valentía en la adversidad y superando su pasado dictatorial hasta el punto de aparecer como un «mártir» ante una gran parte de la opinión pública árabe y musulmana. Gadafi sacrificó a dos de sus subordinados como saldo de todas las cuentas por los atentados aéreos, el de Lockerbie (Escocia) y el de Ténéré (desierto africano), cuya financiación se le imputaba. En la misma línea sacrificó su programa nuclear y desveló de un golpe todo un sector de la cooperación atómica con los países árabes y musulmanes para preservar su régimen.

B. El rescate occidental

El primer viaje oficial desde hacía un cuarto de siglo, la visita de Muammar Gadafi a Francia el 10 de diciembre de 2007, pretendía ser un solemne acto de rehabilitación del dirigente libio por parte de la comunidad occidental, debido a su alineamiento a la estrategia de Occidente, tanto en lo que concernía a su desarme como a la lucha contra el fundamentalismo islámico, la emigración clandestina africana o la política energética mundial. Pero ese proceso de «respetabilización» parece que se volvió contra sus creadores, ya que los objetivos divergían en cuanto al sentido y el alcance del viaje, las respectivas concepciones de la hospitalidad, la seriedad del país anfitrión y la brillantez del huésped.

Sin embargo todo se había calculado meticulosamente para que la estancia del dirigente libio en Francia se viviera como una apoteosis, la justificación a posteriori de sus sucesivas deserciones y su sometimiento a las normas occidentales. Todo, incluida la fecha de la visita, que no fue casual. El perfeccionista protocolo francés hizo coincidir la visita con la fecha conmemorativa del octavo aniversario del levantamiento de las sanciones de la ONU el 11 de diciembre de 1999. ¿Falta de oportunidad o de perspicacia? Esa fecha también coincidía con la celebración anual del Día Internacional de los Derechos Humanos. Una infeliz casualidad de fechas que dio la oportunidad a antiguos comensales de Gadafi de desmarcarse fácilmente en un puro ejercicio de demagogia y oportunismo político. Fue el caso, en particular, de Rama Yade, una participante en los ágapes de julio en Trípoli con el Coronel Gadafi, que sin embargo no dudó en indignarse oportunamente por la visita del dirigente libio a París. Así se forjan las leyendas, con el juego de las indignaciones selectivas.

Como jefe de un Estado de riquezas codiciadas, Gadafi apareció en París de igual a igual, como un negociante principal de la escena internacional, no como un marginal. Su visita al castillo de Versalles con el gorro de piel de conejo y botas no tenía otro sentido. Ahí donde sus numerosos detractores ven excentricidades, Gadafi afirma si no su autenticidad al menos su originalidad: La instalación de una jaima en el jardín del Palacio Marigny, la residencia oficial de los huéspedes de Francia, sólo podía acentuar la imagen caricaturesca de los árabes, ya bastante degradada en un país en pleno fervor xenófobo. Y muchos se burlaron de ese campamento diseñado por Dior que acentuó en la opinión pública la idea de un rey de opereta que actúa de vez en cuando -a menudo- alocadamente incluso ante su corte de aduladores.

La cena bajo mínimos en el Elíseo de la que se excusaron personalidades de primera fila como Bernard Kouchner, jefe de la diplomacia y por lo mismo excomensal de Gadafi en el mes de julio en Trípoli, acabaría de convencer al libio de que su viaje aparecía como un engañabobos. Allí donde Sarkozy tentaba con centrales nucleares, aviones de combate rafale invendibles, el beduino del desierto libio contabilizaba los desaires recibidos. España, segunda etapa de la gira europea del dirigente libio, recogió una abundante cosecha de 11.000 millones de dólares en contratos. Francia dos duros. La mala química entre un dirigente libio errático y un presidente francés impulsivo y compulsivo convirtió ese viaje en la broma de mal gusto más grande del mundo de la historia de la diplomacia reciente. Una mascarada, cuyo origen está en la expresión árabe «Maskhara», un hazmerreír universal.

C. La Revolución como coartada

Liberado del embargo que le estrangulaba, el poder libio se lanzó de nuevo a sus costumbres abusivamente corrosivas tanto para Libia como para la imagen de los árabes en la opinión internacional. A semejanza de los príncipes del petróleo a quienes denigra, pero es igual que ellos.

Semejante comportamiento aparece como un engaño multiplicado por una calamidad, en tanto que ese revolucionario de pacotilla no muestra la menor consideración por la austeridad que soporta el pueblo libio debido a la política errática de su líder, ni por los sufrimientos del pueblo palestino, ni por las privaciones de los pueblos libaneses e iraquíes, la precariedad del mundo árabe y su sometimiento al orden israelí-estadounidense.

Sin embargo el Guía de la Revolución había afirmado últimamente que había cometido errores y que había cambiado. Obviamente no fue el caso en vista de la brevedad del arrepentimiento y la ausencia de remordimientos. Ni una palabra de pesar por todas sus fechorías anteriores, hasta el punto de que la justicia libanesa acaba de administrarle una dolorosa picadura al enviarle una citación de comparecencia para refrescarle la memoria sobre su implicación en la desaparición del dignatario religioso libanés. Para justificar su viraje y sus múltiples deserciones, el Coronel Gadafi ha confesado últimamente, a manera de excusa absolutoria, que se equivocó en la primera etapa de su reinado. Se murmura en Trípoli, Bengasi, Sebha y Sirte que una pesadilla atormenta a los libios, la de despertarse un día con un Gadafi confesando una vez más que se ha vuelto a equivocar en los treinta años siguientes de su reinado.

Entronizado sobre una capa de petróleo (1), el decano de los dirigentes árabes contemporáneos, con la tesorería desbordante de fuertes divisas, ha carecido especialmente de crédito. No engañó a nadie. La Fundación Gadafi para los Derechos Humanos, la estructura ad hoc encargada de reciclar al dirigente libio en la honorabilidad valorando a un alto coste el precio de sus fechorías pasadas, especialmente la indemnización de las 288 víctimas de Lockerbie o la liberación de los rehenes occidentales de Mindanao (Filipinas), ha mostrado claramente el arte del remiendo. Por sus caprichos y sus desaires, este militar de pompas y vanidades, este teórico revolucionario de «la tercera vía universal» se convirtió en el bufón de las cumbres árabes a las regularmente amenazaba con abandonar, el hazmerreír universal de la opinión internacional, la desesperación de los pueblos árabes cansados de sus repetidos desmanes.

El detonador libio se activó a raíz de la defensa de Gadafi de su compadre tunecino Zine el Abidine Ben Alí, derrocado después de 23 años de dictadura. Una defensa pro domo sin justificación por parte de aquél, que le designó «el mejor dirigente que podría tener Túnez», una provocación que incitó a los libios a destinar a Gadafi la misma suerte de su compadre de negocios. Durante mucho tiempo Gadafi ha sido un superviviente político, por lo que no ha tenido la garantía de la permanencia histórica. Un ejemplo perfecto del naufragio político. Un perfecto contraejemplo de la ética de los dirigentes ilustrado por el comportamiento del heredero del clan, el presunto liberal Seif Al Islam que amenaza con el país mientras bombardea a su pueblo.

D. De «el Estado de las masa populares» al «Estado de las masacres populares.

La desmesura de su respuesta suscitó una oposición del ejército, el armazón del régimen, y la defección de algunas de las figuras más emblemáticas del grupo histórico de los «oficiales libres», artífice en 1969 del derrocamiento de la monarquía: el coronel Abdel Moneim Al-Houni, el coronel Al Khoueildy al Houeidy, el general Abu Bakr Jaber Younes, inamovible comandante en jefe del ejército desde hace 30 años, el general Abdel Salam Awad Al-Hassy, jefe operativo de las fuerzas especiales y el último, pero no el menos importante, su propio primo Ahmad-Kadhaf-Ad Dam, el antiguo jefe de los servicios de inteligencia y enviado en Francia durante el conflicto entre El Chad y Libia.

Dos de los antiguos miembros del grupo incluso se pusieron al frente de la protesta popular, uno en Trípoli, el coronel Abdel Moneim Al-Houni y el segundo, el capitán Al Khoueildy al Houeidy, en Misratah, al oeste de la capital, mientras que el comandante en jefe del ejército fue puesto en arresto domiciliario.

Uno de los escasos supervivientes del grupo revolucionario, el coronel Abdel Moneim Al-Houni, abandonó su puesto en El Cairo de representante de Libia en la Liga Árabe en un gesto de desafío contra los abusos de su excompañero de armas. Uniendo el hecho a la palabra se puso a la cabeza de la manifestación anti-Gadafi en Trípoli, el centro neurálgico del país para «unirse a la Revolución», la auténtica, la revolución del pueblo, no la de los charlatanes.

La defección del propio primo de Gadafi Ahmad Kadhaf ad-Dam, en desprecio de las reglas de la solidaridad de clan, hecho insólito en los anales tribales, añadida a la cascada de dimisiones del cuerpo diplomático libio en el extranjero, así como el distanciamiento de su exsecretario particular, Abdel Rahman Chalgham, delegado de Libia en las Naciones Unidas, acentuaron el aislamiento del régimen libio e hicieron que se tambalearan sus cimientos.

Exministro de Asuntos Exteriores y exembajador en Roma, Chalgham fue uno de los artífices del acercamiento entre Libia y los países occidentales, el negociador del acuerdo de concesión de 5.000 millones de dólares de la Unión Europea a Libia para la lucha contra la emigración clandestina africana con destino a Europa.

Después de dos semanas de protestas, la situación de los lugares de la configuración tribal presentaba un paisaje totalmente cambiado, con varias provincias en estado de secesión abierta (2), especialmente la zona oriental alrededor de Bengasi y el Fezzan. Sólo la zona de Sirte, región natal de Gadafi y zona de despliegue de la tribu de los Kazzafa, así como Sebha, que aloja a una gran parte de los miembros de la tribu de Gadafi, en el sur del país, no se habían unido al campo de los adversarios del Coronel.

Jugando a la duplicidad a lo largo de todo su reinado, el hombre que saturó las ondas del planeta con discursos en tono panafricanista y panárabe, atizando el tribalismo en el plano interno y fundamentando su poder sobre el antagonismo tribal, ha caído en su propia trampa. Casi todas las tribus del país se unieron al nuevo poder transitorio sin controversias ni vacilaciones debido a la profundidad de la fobia que inspira el Guía.

En este pulso con sus opositores el Coronel Gadafi, por añadidura, tendrá el hándicap del cambio de la estrategia regional con la caída de sus dos aliados naturales, Hosni Mubarak en Egipto y Zine El Abidine Ben Alí en Túnez, así como la ausencia de un claro y firme apoyo de cualquier país árabe. La secesión de los tuareg, el grupo tribal de implantación más sólida en el sur de Libia, próximo a las fronteras de cuatro países africanos (Malí, Níger, Chad y Sudán), debería reducir el margen de maniobra de la rama africana de al-Qaida, la AQMI, y sus eventuales interferencias en el escenario libio. Autores de varios secuestros en la zona del Sahel, el bloqueo de la zona fronteriza podría relanzar, a medio plazo, la cacería de sus combatientes para un mejor control de ese sector del Sahara conocido por su porosidad sahariana.

Durante la primavera de los pueblos árabes, el invierno de 2011, abandonado por casi todos sus antiguos compañeros viaje y apuntalado por su núcleo familiar, Gadafi, ebrio de furia y rabia, mostrará toda la dimensión de su ferocidad, paradójicamente en Bengasi, el punto de partida de su golpe de Estado contra la dinastía Senussi y cuna del héroe de la independencia de Libia, Omar Al-Mokhtar, así como Al Bayda (1), sede de Al Zaouiya Al Bayda, la Hermandad Blanca que debe su nombre a la sede de la Hermandad Senussi.

Apuntalado sobre su presa y respaldado por la guardia pretoriana del régimen, una milicia de 30.000 hombres dirigida por sus cuatro hijos Seif Al-Islam, Moutassem Billah (Aníbal), Saadi y Khamis, secundados por un dúo de ardientes colaboradores, el jefe de los servicios secretos Abdalá Senussi, implicado en el atentado contra la compañía francesa UTA sobre Ténéré, y el ministro de Asuntos Exteriores Moussa Koussa, el Coronel Muammar Gadafi sufre los estertores de su largo mandato.

Atrincherado en el cuartel militar de Azizya, en Trípoli, convertido en residencia, abandonado por sus antiguos hermanos de armas, incluidos el comandante el jefe del ejército, el comandante operacional de las fuerzas especiales y su ministro del Interior, el Coronel Muammar Gadafi se debilita bajo el asalto de su pueblo en una auténtica guerra de liberación popular contra su dictadura.

Con la ayuda de mercenarios reclutados en los confines de África, principalmente de Kenia, de ataques aéreos incesantes llevados a cabo por mercenarios de Europa del Este (Bielorrusia, Ucrania, Serbia), Gadafi ahogará en un baño de sangre su revolución y a sus compatriotas que han desafiado su autoridad después de haber babeado tanto durante 42 años. Casi 6.000 muertos en dos semanas de protestas, según la Liga Libia de los Derechos Humanos, infinitamente más que el número de chadianos muertos durante los diez años de la guerra entre El Chad y Libia en la década de 1980.

A lo largo del fin de semana del 26 al 27 de febrero de 2011, un espectáculo surrealista se ofreció a los observadores árabes: en directo, en la cadena transfronteriza Al-Yazira, jefes de unidades combatientes de las fuerzas especiales, de la policía, de la administración central, de las ciudades, de los pueblos y de las aldeas, anunciaban su alineamiento a la revolución del 17 de febrero, en una extraordinaria demostración de rechazo al clan Gadafi, unida, paradójicamente, por el jeque de Al Azhar, la autoridad suprema musulmana de Egipto, más tímido durante la caída del presidente egipcio Hosni Mubarak, que invitaba a los libios a rebelarse contra la autoridad de su Guía.

El anuncio el sábado 25 de febrero de 2011 del exministro de Justicia de Libia Mustafá Abdel Jalil, de la formación en Bengasi de un comité nacional, especie de Alto Comité de Salud Pública, representativo de todas las provincias del país y de sus capas sociopolíticas para pilotar la transición a la era post-Gadafi dio el golpe de gracia a la legitimidad y a la representatividad del Guía de la Jamahiriya.

Gadafi intentará conjurar su suerte funesta el 2 de marzo. Con el pretexto del trigésimo cuarto aniversario de la instauración de su Jamahiriya, la populocracia, retomó su vieja cantinela de un país gobernado por el pueblo, al cual sin embargo consideró prudente gratificar excepcionalmente con 500 euros a título de bonus para comprar su neutralidad en el conflicto. De un Guía sin poder ni atributos mientras que sus desplazamientos al extranjero se estiman en casi 130.000 millones de dólares. Intentará un farol recuperando temporalmente una localidad próxima a Bengasi, el terminal petrolero de Al-Braiga, en el golfo de Sirte, el feudo de su tribu, antes de que lo volvieran a desalojar. Practicando la denegación, en su fuero interno el Coronel apuesta sobre una intervención estadounidense de la cual esperaría que uniese a la población en torno a su persona y le daría la imagen de un mártir. Incendiario impenitente, Gadafi juega a la ruleta rusa la suerte de su país.

Revancha póstuma de todas las víctimas inocentes de la patología del príncipe, la caída del tirano, sin duda, va a ser acogida con una particular satisfacción por los chiíes árabes e Irán, donde encantó a su jefe carismático cuando despegó en los albores de la década de 1980.

Bajo Gadafi, durante 42 años, Libia ha sido la Albania de la década de 1950, la Corea del Norte de la década del 2000. Arma de destrucción masiva contra su propio pueblo y contra los intereses generales del mundo árabe, ninguna lágrima se ha derramado, ni se derramará por ese enterrador de la causa nacional árabe, el gran carcelero de Europa, el enterrador de su pueblo en la única guerra que realmente ha llevado a cabo. Contra su pueblo, el pueblo de la Jamahiriya, literalmente «el Estado de las masas populares», que él ha transformado, a manera de epílogo en «el Estado de las masacres populares».

Notas

(1) Cuarto productor de petróleo en África, con casi 1,8 millones de barriles diarios, Libia posee reservas evaluadas en 42.000 millones de barriles. El petróleo libio representa más del 20% de las importaciones de oro negro de Irlanda, Italia y Austria, y partes significativas del aprovisionamiento de Suiza, Grecia o España, según la Agencia Internacional de la Energía. Sobre los 1,8 millones de barriles diarios (MBD) de petróleo bruto producido, Libia exporta 1,49 MBD, la mayoría (85%) a Europa. Éstos son los países que más dependen del petróleo libio: Irlanda 23,3%, Italia 22%, Austria 21,2%, Suiza 18,7%, Francia 15,7%, Grecia 14,6%, España 12,1%, Portugal 11,1%, Reino Unido 8,5%, Alemania 7,7%, China 3%, Australia 2,3%, Holanda 2,3%, Estados Unidos 0,5%. Gracias a sus reservas de petróleo y gas natural, Libia tiene una balanza comercial en activo de 27.000 millones de dólares anuales y una renta media-alta por habitante de 12.000 dólares, seis veces mayor que la de Egipto. Alrededor de 1,5 millones de inmigrantes, la mayoría del norte de África, trabajan en Libia.

Una intervención humanitaria o militar estadounidense, combinada o no con la OTAN, con o sin acuerdo de la ONU, permitiría a Estados Unidos apoderarse de grifo que suministra la economía europea, en un contexto marcado por la exacerbación entre los occidentales y China por la repartición de los recursos africanos. China, segunda potencia económica mundial, ya está presente en Sudán, vecino de Libia.

Con unos 5 millones de empresarios y trabajadores en África, China ya ha sustituido a Francia y el Reino Unido como segunda inversora en el continente africano. Para contrarrestar la influencia china, los países occidentales han sellado una asociación militar con la Unión Africana, cuyo cuartel general se instalará en Addis Abeba. Estados Unidos se apoya en el Commandement Africa (AFRICOM) para utilizarlo como principal instrumento de penetración en África.

(2) La zona oriental del país, bajo influencia cultural egipcia, (Bengasi y Al-Bayda) ha sido la primera que se ha escindido. Nunca conseguida realmente por Gadafi, la zona rebelde de Bengasi, la gran ciudad portuaria del este del país, incluso ha recuperado la antigua enseña nacional vigente en tiempos de la monarquía. El Emirato de Barka, que se extiende de la frontera egipcia al golfo de Sirte permanece fiel a las tradiciones de la dinastía Senussi, particularmente Al-Bayda, La Blanca, ciudad de 250.000 habitantes, en el corazón del Djebel El Akhdar, La Montaña Verde, está a la misma distancia a vuelo de pájaro (800) kilómetros de Trípoli y de Alejandría, pero por carretera está más cerca de la metrópoli egipcia que de la capital libia. Su nombre es al Zaouiya Al Bayda, la Hermandad Blanca, que toma su nombre de la sede de la Hermandad Senussi, cuya sede domina la ciudad. También debe su nombre a las abundantes nevadas que la cubre en invierno. El viernes 18 de febrero Al Bayda habría sido liberada del régimen de Gadafi y la población, apoyada por la policía local, habría tomado el poder tras los enfrentamientos que habrían causado casi 200 muertos del lado de los manifestantes.

(3) la zona leal: el centro del país, alrededor de Sirte, que acoge las dos grandes tribus que se repartían el poder en la era postmonárquica: Al kazazafa (la tribu de Gadafi) y al Moukarfa (la tribu de origen del comandante Abdel Salam Jalloud, retirado del poder en 1993 y de Abdalá Senussi, el colaborador más próximo del Coronel Gadafi y uno de los inculpados por el atentado de Lockerbie, Al Moukreif. Provincia mimada y objetivo de una expedición punitiva de la aviación estadounidense en la década de 1980 para castigar a Gadafi por su apoyo al terrorismo, la zona central se dividió entre partidarios y adversarios de Gadafi. La configuración tribal de la zona, que comprende 12 tribus, aparece repartida entre leales y opositores. La tribu Al Moukarfa del comandante Jalloud se unió a los opositores tras la intervención de la aviación contra la población civil, así como las tribus Wazen, Kaba, al Badr y Tiji.

La región capital que va de Trípoli a Ghadames, en la zona fronteriza meridional. Acoge las tribus de Zentane y Ourfala, unidas a la revolución popular.

La zona de Fezzan desde el principio de los motines se decantó a favor de la protesta. Los tuareg, durante mucho tiempo objetos de vejaciones y burlas, privados de pasaporte para asegurarse su apoyo, se unieron rápidamente a la rebelión popular. Zona fronteriza de Malí, El Chad y Níger, el tráfico con destino a esos países está cerrado. Con la ciudad de Sebha, base de retaguardia de la guerra del Chad en la década de 1980, la zona ha sufrido mucho las hostilidades y variaciones de humor del coronel Gadafi en su política con respecto a la mano de obra africana.

(4) La hermandad «Al Sannussia» es una hermandad religiosa musulmana fundada en La meca en 1837 por el Gran Senussi Mohamad Ben Alí Al-Senussi (1791-1859) que se implantó en Libia y los países limítrofes (Argelia, Egipto, Sudán, Níger y El Chad). Combatió la presencia italiana y francesa y su jefe de entonces, Sidi Mohamad Idriss Al-Mahdi Al Senussi (1916-1969) accedió al trono con el nombre de Rey Idriss I. Fue derrocado en 1969 por el golpe de Estado del Coronel Muammar Gadafi. Refugiado en El Cairo, murió en 1983. Desde 1992, su descendiente Sidi Mohamad Ben Al Hassan Al-Senussi es el pretendiente al trono.

Sobre el plano religioso, la hermandad se proponer operar un retorno a las fuentes del Corán y a la unidad del Islam, por una parte, y resistir a la ocupación europea del mundo árabe y más particularmente del norte de África. Su fundador Mohammad Ben Alí Al-Senussi nació en Argelia en 1780. Después de sus estudios en Fez, que profundizó en La meca y en Medina, este asceta reunió a sus primeros discípulos predicando en los países por los que pasaba. En 1843, al no poder regresar a Argelia, ocupada por los franceses, se estableció en Cirenaica, la actual Libia, donde fundó Zaouia Al-Beida (el Monasterio Blanco), la primera célula religiosa de la hermandad. Poco antes de morir el 18 de junio de 1992, el pretendiente al trono, Hassan Al Rida nombró heredero a su segundo hijo, Sayed Mohammed (nacido el 20 de octubre de 1962). El príncipe vive en Londres. Heredero de una situación política incómoda. La oposición libia sólo tiene unas pocas voces fuera de su país y ninguna dentro. Creada en 1981 en Londres por Mohamed Ben Ghalbon, la Unión Constitucional Libia lucha abiertamente por el restablecimiento de la monarquía a favor de los senussi.

Omar Al Mokhtar: Héroe de la independencia libia (1862-1931), apodado «Jeque de los militantes» nació en Libia, en Zawia Janzour, de la tribu árabe Al Abaidi de Mnifa. Omar El Mokhtar es el hijo de Mokhtar Ben Omar y de Aicha Bent Mohareb. A los 16 años, huérfano de padre, fue en peregrinación a La Meca y creció en las mezquitas de los senussi. Sus estudios serían coronados por su nominación como jeque de la mezquita Al-Okour. A la partida de Idriss Al-Senussi hacia Egipto en 1922, Omar Al-Mokhthar tomó el relevo del jefe de la Hermandad y encabezó durante veinte años la guerrilla contra Italia, que intentaba reconquistar Libia con el pretexto de que el país constituía una provincia del imperio romano y debía regresar a Italia en virtud de sus derechos históricos derivados de la sucesión de Estados.

Primera parte: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=123784

Segunda parte: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=123939

 

Fuente: http://www.renenaba.com/kadhafi-portrait-3/