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De la diplomacia de las cañoneras al asesinato con los bombarderos

Fuentes: Revista Izquierda - Rebelión

La crisis de hegemonía de los Estados Unidos en el plano mundial viene acompañada de un reforzamiento de su acción criminal, con la finalidad de intentar detener su caída irreversible como primera potencia del orbe. En estos momentos ese comportamiento criminal lo soportamos los latinoamericanos de diversas maneras: con la “actualización” de la guerra contra las drogas a nombre de la lucha contra el “narcoterrorismo”, cuyo epicentro supuestamente se encontraría en nuestros países (Venezuela, México, Colombia…) y no en el principal consumidor mundial, que no es otro que Estados Unidos; con la militarización de la cuenca del Caribe, mediante el despliegue invasivo de dos portaaviones, un submarino equipado con armas nucleares, 12 buques de guerra, aviones, helicópteros,  drones y la presencia de 15 mil militares de los Estados Unidos en sus bases de Puerto Rico, República Dominicana, Trinidad y Tobago y otros países de la región y el bloqueo aéreo unilateral e ilegal contra Venezuela; con la promulgación del “Corolario Trump”  a la Doctrina Monroe que sin ambigüedades sostiene: “Tras años de abandono, EEUU reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restablecer la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental y proteger nuestro territorio nacional pero también para tener acceso a zonas geográficas clave en toda la región. Negaremos a los competidores no-hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio. Este ‘Corolario Trump’ de la Doctrina Monroe es la potente y lógica restauración de nuestro poder y nuestras prioridades en función de nuestros intereses de seguridad”; con las amenazas abiertas de propiciar un “cambio de régimen” en Venezuela, cuya finalidad es la de imponer a títeres incondicionales que regalen los recursos naturales de este país a los capitales corporativos de Estados Unidos; con la brutal persecución de los migrantes pobres bajo el pretexto de que representan un peligro para la “seguridad nacional” de los Estados Unidos y a los que se debe torturar, encarcelar, matar y deportar sin demora; con el asesinato de lo que, en el lenguaje imperialista, se denominan los narcoterroristas que transitan en “narcolanchas” y han sido declarados objetivos militares porque contra ellos se ha declarado una guerra, como la de  George Bush Jr. en 2001, al considerarlos terroristas, un sinónimo de “combatientes enemigos” el nombre que se les atribuyó a aquellos que fueron capturados, torturados y encarcelados en las prisiones de Estados Unidos regadas por el mundo, y en la que sobresale por sus niveles de infamia la de Guantánamo…

Todos estos elementos ameritan un análisis detallado, pero en este artículo nos concentraremos solamente en los asesinatos Made in USA, que marcan una nueva fase en la historia diplomática de Estados Unidos con relación a nuestro continente.  

EL MÉTODO ISRAEL

El despliegue asesino de Estados Unidos no es ninguna novedad porque una característica de la cultura yanqui es la de matar a sangre fría, como lo vienen haciendo desde los tiempos en que eran una colonia inglesa y lo han seguido haciendo en forma recurrente durante más de 200 años desde comienzos del siglo XIX. La principal justificación ha sido que Estados Unidos encarna los intereses del Destino Manifiesto y está encargado de irradiar civilización y eso supone eliminar a todos aquellos pueblos barbaros y atrasados que son obstáculo al progreso.

Pese a ese carácter sanguinario ‒uno de cuyos mitos emblemáticos fue el de la conquista del Lejano Oeste, que llevó al exterminio de milenarios pueblos indígenas‒ después de la II Guerra Mundial Estados Unidos, de dientes para afuera, intentó disimular ese carácter asesino e impulso un supuesto derecho internacional basado en sus normas y aunque seguía matando y asesinando a granel en los cinco continentes, siempre lo justificaba a nombre de un principio superior que guiaba su accionar (lucha contra el comunismo, contra los narcotraficantes, contra los terroristas…) y por su pretendido apoyo a  la democracia liberal, a la libertad y los derechos humanos. En los casos de agresión a otros países se esgrimían mentiras y se borraban las huellas y destruían las fuentes que dieran cuenta de los crímenes imperiales y de la actuación encubierta de la CIA y otras agencias de los Estados Unidos.

Ahora, las cosas se hacen a la luz del día y con premeditación, alevosía y descaro, y se siguen inventando mentiras (la del Cartel de los Soles, por ejemplo y de situar a Venezuela como el principal productor de narcóticos del mundo) pero ya no se ocultan los crímenes, sino que de ellos se presume en público, se escupe sobre los cadáveres de quienes son asesinados e incluso, en el colmo del cinismo, se hacen chistes sobre las personas asesinadas, tal y como lo proclama el Secretario de Guerra (o de Muerte) del gobierno de Donald Trump, Pete Hegseth. Este, para justificar los asesinatos de los tripulantes de lo que él denomina “narcolanchas”, ha dado a conocer en redes sociales la réplica de un comic, en donde emplea el personaje de la tortuga Franlin (protagonista de una serie canadiense de dibujos para niños de educación prescolar) para ilustrar en una forma cínica los asesinatos que realizan las tropas de los Estados Unidos en los océanos de América Latina.

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Esta banalización del asesinato, hecho directamente por un sicópata que se encuentra al frente de la Secretaria de Guerra de Estados Unidos, indica el grado de decadencia moral del imperialismo estadounidense, pero no debe sorprender porque es la puesta en marcha de lo que puede denominarse el Método Israel, que el estado sionista ha implementado para perpetuar un genocidio y realizar todos sus crímenes de lesa humanidad, rubricados con más de medio millón de niños, mujeres, ancianos y varones adultos masacrados desde el 7 de octubre de 2023.

Lo que hace Israel con los palestinos, los árabes y los persas es un efecto de demostración de las características que hoy adquiere el capitalismo realmente existente y sus pretensiones de huir hacia adelante, para superar la crisis de la dominación occidental después de cinco siglos, mediante el retorno del colonialismo puro y duro y sus procedimientos de terror, limpieza étnica, genocidio y ecocidio. Así, cuando Israel bombardea escuelas, universidades, hospitales, masacra niños y mujeres en estado de gestación, viola y tortura a los prisioneros en sus mazmorras, destruye edificios y barrios enteros para masacrar a sus habitantes so pretexto de que son terroristas, cuando en forma unilateral agrede y bombardea países (Líbano, Siria, Irán, Qatar, Yemen…) todos los días, matando a centenares de personas… lo que está dando es un ejemplo práctico y anticipatorio de lo que espera a los parias del planeta en el capitalismo de nuestro tiempo.

Matarlos sin contemplación, a la vista de todo el mundo, con impunidad absoluta, sin vergüenza alguna y con la justificación de estar eliminado a aquellos que considera subhumanos que no merecen vivir, porque así lo proclaman los asesinos sionistas. Este es el Método Israel, un anticipo en tiempo real de lo que viene para el mundo entero, máxime cuando ha sido aceptado y legitimado por el occidente imperial, incluyendo a gran parte de sus “intelectuales” (empezando por Jürgen Habermas).

Si Israel ha podido realizar un genocidio, que ha sido trasmitido en vivo y en directo al resto del mundo, y eso incluso ha sido legitimado por la inane ONU, ya no queda nada que ocultar y hasta se puede presumir de ese carácter asesino, que hoy goza de bastante popularidad entre la masa de votantes de la extrema derecha mundial, donde quiera que sea.

En ese sentido, el Método Israel es el retorno a los tiempos en que la pena de muerte se ejecutaba a la luz del día, se obligaba a los habitantes locales a congregarse alrededor de la picota pública donde se ahorcaba a los condenados y donde se permitía que se escupiera y ultrajara a los cadáveres de los ejecutados e incluso se dejaban sus cuerpos a la intemperie para que sirvieran de ejemplo terrorífico de la forma cómo pagaban quienes se atrevieran a desafiar el orden existente. Era la escenificación pública de la crueldad para generar pánico, miedo y resignación y eso lo ha vuelto a implantar Israel con sus métodos genocidas. Estados Unidos, con su propia tradición de culto a la violencia y a la muerte, lleva el Método Israel a todo el mundo, y por supuesto ha llegado a nuestro continente.

Ya ni siquiera estamos retornando a la Diplomacia de las Cañoneras, sino que hemos llegado al Asesinato de los Bombarderos. En tiempos de la Diplomacia de las Cañoneras sucedía que una potencia imperial utilizaba su poder marítimo ‒en el que eran cruciales los cañones de sus embarcaciones militares‒ para cobrar una deuda, obligar a un país a someterse a determinadas condiciones oprobiosas a cambio de no ser cañoneado, exigir la liberación de un extranjero condenado por la justicia nacional y regresarlo al suelo imperial por considerar que había sido injustamente juzgado y era inocente por el solo  hecho de ser un blanco europeo o estadounidense, imponer autoridades coloniales de ocupación, obligar a un país a consumir mercancías, estupefacientes o productos que generaban ganancias a capitalistas del país agresor (como hacia Inglaterra en las Guerras del Opio contra China)… Eran los tiempos en que los barcos cañoneros eran el artefacto bélico más letal que destruía y arrasaba con los puertos y sus habitantes (un ejemplo fue el de la ocupación de Veracruz, México, por los Estados Unidos en 1914, bombardeado en forma cobarde para exigir a las autoridades mexicanas que saludaran la bandera del vecino imperial y que masacró a unos 300 mexicanos).

En todos estos casos, se buscaban “soluciones diplomáticas”, es decir, se usaba la fuerza para imponer ciertos intereses imperiales y coloniales o se esgrimían como amenaza para conseguirlos y, cuando esto se lograba, no se cañoneaba a los países, sino que las cañoneras eran usadas como mecanismo disuasorio… Ahora, las cosas son peores, porque las armas son más variadas, tecnológicamente muy sofisticadas y más mortíferas. Ya no se usan solamente los cañones de los barcos, incluso son lo que menos se emplean, ahora se utilizan los aviones con bombas, los misiles, los drones, las “bombas inteligentes”, todas las cuales matan a decenas o centenares de personas en cada acción. Por eso, estamos en otra fase, que bien podemos denominar el Asesinato de los Bombarderos, en la que ya no existe diplomacia de ninguna clase, sino es el uso de la fuerza bruta a diestra y siniestra, donde sobresale el asesinato como marca registrada, para generar pánico y terror entre los habitantes de nuestros países.

Así como Israel masacra sin compasión alguna a los palestinos, a los cuales acusa de ser terroristas islamistas, Estados Unidos está masacrando a pescadores y tripulantes de lanchas y embarcaciones que surcan las aguas de los mares de Nuestra América. Y eso lo hace con toda la impunidad del caso, la misma de Israel, y ya no lo oculta su lógica asesina, sino que se regocija de hacerlo, porque Estados Unidos juzga, condena y mata sin prueba de ninguna clase, atribuyéndose el derecho a decidir quién debe morir en aras de defender su “seguridad nacional”. Y para que además quede claro que hasta la muerte tiene sello de clase y de origen nacional, un habitante pobre de las costas de nuestros países no vale nada, es tan insignificantes para la dominación imperialista que ni siquiera se saben sus nombres, puesto que simplemente se les cataloga de “narcoterroristas” y con ese calificativo se justifica su asesinato, arguyendo que con su muerte se ha evitado la de miles de estadounidenses que son afectados por la droga que supuestamente portaba el individuo bombardeado a miles de kilómetros del territorio de los Estados Unidos.

EL DEVENIR GAZATIE DEL MUNDO

La afirmación de que gran parte de la humanidad hoy es Palestina no es una consigna retorica, sino que expresa en forma sintética lo que está ocurriendo en gran parte del mundo. Gaza es el espejo donde se refleja la realidad actual y el futuro inmediato de gran parte del mundo y de la humanidad. Un territorio devastado por los bombardeos, sus pueblos y ciudades destruidas (urbanicidio), con sus ecosistemas agrícolas arrasados y su infraestructura fundamental fuera de servicio por los ataques indiscriminados (ecocidio), con niños y mujeres asesinados (infanticidio y feminicidio), con sus escuelas, universidades, estudiantes y profesores masacrados (escolasticidio), con millones de personas aprisionadas en campos de concentración donde se les bombardea y mata de hambre y se implementa una limpieza étnica sin reparo alguno (genocidio y etnocidio) En fin, una naturaleza destrozada y una humanidad reducida a ser una especie de ganado al que se puede “gestionar” y asesinar según el antojo de los ocupantes sionistas. Ese cuadro dantesco es el preludio de lo que se avecina a vasta escala y de lo que ya se da en parte del planeta, y lo ejemplifican Haití, Somalia, Irak, Afganistán, Sudán… y dentro de cada país reductos geográficos que soportan un colapso socioambiental, con millones de enfermos y muertos.

El responsable principal a escala internacional de esa devastación sin fronteras es el imperialismo estadounidense, seguido de la Unión Europea y de los globalizadores dentro de cada país, que muestra una realidad distópica, en la cual grandes mayorías sufren y mueren en manos de los nuevos colonizadores (con la legitimación de la ONU, por si hubiera dudas), mientras minorías opulentas (para el caso gran parte de la población de Israel) viven en un mundo paralelo de consumo suntuario, playas paradisiacas y sofisticación tecnológica, y son coparticipes, conscientes e inconscientes, del genocidio y ecocidio en marcha.

Y, por eso, se anuncia en el nuevo plan de colonización de Palestina, agenciada directamente por la ONU, que una parte de los territorios devastados va a ser reconstruido para beneficio del capital inmobiliario y financiero (ligado a la familia de Donald Trump), mientras que los millones de palestinos que sobreviven van a seguir en las cárceles a cielo abierto en que malviven desde hace décadas, con el agravante de que todo lo que constituye el soporte vital de una sociedad (infraestructura, hospitales, escuelas, universidades, campos deportivos, bibliotecas, teatros…) ha sido destruido y sigue siendo bombardeado en medio de un pretendido acuerdo de paz, el que Israel por supuesto nunca cumple.

Todo esto quiere decir que los métodos de sometimiento de los palestinos se están implementando en el mundo entero y a la cabeza de ellos se encuentran los Estados Unidos, que asesinan y matan con sadismo e impunidad. En estos momentos en Washington opera un régimen del capital en el que están asociados delincuentes de cuello blanco, grandes capitalistas y corporaciones, que configuran una sociedad criminal, para la cual no existen ni leyes, ni fronteras, ni límites, salvo la resistencia y rebelión organizada de los pueblos, como lo demuestra la pertinaz lucha del pueblo palestino, en los territorios ocupados y fuera de ellos.

Estados Unidos revive su política del Lejano Oeste y proclama a los cuatro vientos que va a matar a todos sus enemigos, para mantener en funcionamiento el “libre mercado”. Y lo ha dicho sin aspavientos un senador estadounidense cuando proclamó que el objetivo de Estados Unidos era “matar a los malos y reducir los impuestos”.

Estados Unidos, y en eso es similar a Israel, para vivir necesita de la guerra perpetúa, del terrorismo y generar miedo entre sus propios habitantes y para ello requiere de enemigos, y ahora proclama que el nuevo enemigo es el “narcoterrorismo”, lo cual no es nada original porque allí se funde lo que se ha hecho en los últimos 35 años, tras la desaparición de la URSS, cuando se proclamó en la década de 1990 que los enemigos de Estados Unidos eran los capos del narcotráfico y luego de 2001 se consideró que el enemigo eran los terroristas. Ahora, un cuarto de siglo después, se fusionan estos dos enemigos en uno nuevo, los narcoterroristas, contra el que el régimen de Donald Trump ha declarado una guerra abierta y ha proclamado que los matara donde quiera que se encuentren, algo que no opera en casa porque se acaba de indultar al expresidente de Honduras Orlando Contreras, quien estaba condenado a 45 años por narcotráfico y por haber participado en el envío de 500 toneladas de cocaína a Estados Unidos.

Es el mismo doble rasero del indignómetro imperialista, que se aplica en la supuesta “guerra contra las drogas”, y es parte consustancial del devenir gazatíe del mundo, en la medida en que la lógica de clase está presente de principio a fin, porque los ricos y poderosos tienen derecho a delinquir, traficar, matar y hacer aspavientos de sus niveles de criminalidad (empezando por esos criminales de guerra en funciones gubernamentales que son Donald Trump y Benjamin Netanyahu) y nunca serán juzgados y si lo fueran, como el expresidente hondureño, pronto serán perdonados y recibidos nuevamente con los brazos abiertos en el seno de la comunidad internacional de delincuentes del capital y del imperio.

Mientras eso se hace por arriba y Donald Trump entrega premios en función de gala a los ideólogos y artistas del imperio (entre ellos a Rambo, Silver Stallone, del que dijo que era “una de las verdaderas y grandes estrellas de cine” y “una de las grandes leyendas”.). Allí mismo, Donald Trump, ataviado como presentador de televisión, sostiene que ahora va a realizar ataques por tierra para matar a los narcoterroristas en Venezuela, Colombia, México… que están envenenando la sociedad estadounidense, como si está no estuviera envenenada por personajes como Rambo. Por abajo, entonces, se mata en forma indiscriminada en el Caribe y en el Pacífico de nuestra América, eso sí con la participación de vasallos incondicionales de Estados Unidos, en donde se encuentran algunas de sus bases militares, y entre esos países vale mencionar a la colonia de Puerto Rico, República Dominicana, Granada, Trinidad Tobago (Ver Mapa).

Se está asesinado a personas que van en lanchas cerca de nuestras costas y en nuestros océanos, sin importar quiénes son ni qué hacen. Incluso, en el caso de que esas personas participasen en el negocio multinacional del tráfico de “drogas prohibidas” estamos hablando de habitantes pobres que se constituyen el eslabón más débil de la cadena de la industria de los narcóticos, que llevan pequeños cargamentos y cuyo destino no es necesariamente Estados Unidos, pues se encuentran a miles de kilómetros de ese país y que recurren a esa actividad ante la destrucción de sus medios de vida y subsistencia, como producto de las políticas neoliberales aplicadas según el Consenso de Washington desde hace varias décadas.

Esas personas nunca fueron juzgadas en derecho, encarceladas según procedimientos judiciales, ni vencidas en juicio y luego condenadas. No, Estados Unidos en su propio estilo y el de Israel, decreta quién es culpable y declara su muerte física y luego presenta los videos de los asesinatos como grandes hazañas para demostrar su poder, que en el fondo es más bien una muestra de su debilidad hegemónica.   

Así como los palestinos son masacrados en Gaza y Cisjordania con bombas “inteligentes” que son lanzados desde aviones de combate, misiles o drones teledirigidos, humildes habitantes de nuestros países (porque han sido masacrados venezolanos, ecuatorianos, colombianos, trinitenses) sufren el mismo destino al otro lado del planeta. Esa es una clara manifestación del devenir gazatie del mundo, del que formamos parte los latinoamericanos y caribeños, considerados en forma genérica por Donald Trump, como prostitutas y narcotraficantes que le hacemos daño a los bondadosos estadounidenses, que tanto le sirven al mundo y a la humanidad.

EL CAPITALISMO DEL ASESINATO TRANSPARENTE

El devenir gazatíe del mundo forma parte de una nueva fase del capitalismo realmente existente, que puede denominarse la del asesinato transparente. Es decir, que ahora se mata a la luz pública, sin ocultar ni disimular, sin mostrar ninguna compasión por el ser que es asesinado, resaltando con sadismo los métodos criminales que se utilizan, al mismo tiempo los asesinos presumen de su crueldad y, en términos de la estúpida opinión pública, entre más sanguinario sea un individuo (presidente, primer ministro, gobernante a diversos niveles, director de una multinacional, presentador mediático, pastor protestante, sionista confeso…) mayor es su apoyo y popularidad.

Hablar del capitalismo del asesinato transparente supone ir al corazón del funcionamiento del orden del capital y del imperialismo en el mundo de hoy, porque estamos regresando a momentos que se creían superados en tiempos en que tanto se habla de Democracia, Libertad, Derechos Humanos y cosas por el estilo, que Israel y Estados Unidos han convertido en papel higiénico. Al mismo tiempo, predomina cierta literatura y propaganda mediática de una filosofía banal y superficial para la lectura y el consumo de acrisolados miembros de la burguesía o la pequeña burguesía, mientras toman el té o se arreglan en los salones de belleza o viajan en sus aviones privados, entre la que predomina la del surcoreano-alemán Byung-Chul Han y sus pretensiones eurocéntricas de “la sociedad del cansancio”, la “sociedad del rendimiento”, la “sociedad paliativa” y calificativos por el estilo, que pretenden ser críticos, pero que en realidad son profundamente apologéticos del capitalismo, porque no se hurga en sus verdaderos mecanismos de funcionamiento, ni se habla jamás de la explotación, de la desigualdad real, de la estructura de clases, ni de los mecanismos criminales que el capital y el imperio usan para preservar sus intereses. Es una literatura de consuelo para que algunos posen de críticos de cafetín, pero sin ir a la raíz de los problemas que genera el funcionamiento real, y profundamente violento, del capitalismo y del imperialismo, que ya ha abandonado los métodos del “poder blando”, que es el centro del análisis del citado autor surcoreano.

Estados Unidos, como abanderado del asesinato transparente, ahora lo hace sin cortapisas legales (nunca las tuvo en verdad), sin respetar ningún derecho y su lógica se basa en la máxima de matar, rematar y contramatar, como acaba de constatarse con lo sucedido con una pequeña embarcación que fue bombardeada en forma cobarde por un artefacto Made in USA en aguas del Caribe el 2 de septiembre de este año. En esa ocasión fueron masacrados 11 personas que iban en una lancha y dos de ellas quedaron con vida después del aleve ataque y en lugar de ser socorridas como ordena el DIH fueron rematadas por orden directa del Secretario de Guerra, Pete Hegseth, quien dio la orden de matarlos a todos, concretando otro crimen de guerra, que incluso es condenado por la propia legislación vigente en los Estados Unidos.

Imaginémonos por un momento la situación. Luego de un criminal bombardeo a una frágil lancha en el océano, dos sobrevivientes se aferran a los restos humeantes de la pequeña embarcación y en lugar de recibir ayuda o socorro son bombardeados nuevamente, y la orden provino en forma directa de los Estados Unidos, donde Hegseth estaba viendo en directo lo que sucedía. Y luego, para completar la infamia, ese mismo asesinó salió a pavonearse por lo realizado, porque según él está bien matar a los que Estados Unidos declara enemigos donde quiera que estén y sin importar los métodos empleados. Esto ya ni siquiera es la diplomacia de las cañoneras, es una nueva fase del crimen imperial y de su impunidad correlativa.

Lo que hace Estados Unidos desde luego no se reduce a la muerte directa que ocasiona con sus bombardeos, en los cuales ha masacrado hasta la primera semana de diciembre a cerca de un centenar de personas, luego de más de 20 ataques. También debe considerarse, por ejemplo, el impacto que tienen los bloqueos que realiza a varios países del mundo, los cuales según un estudio del Center for Economic and Policy Research, ocasiona 564 mil muertes por año, correspondiendo el 51% de esas muertes a menores de cinco años. Claro, algunos dirán que las razones de esas muertes no son tan transparentes, porque son un resultado normal del funcionamiento real del capitalismo.

La lógica del asesinato transparente se explica, además, como parte del intento de los más ricos y poderosos del mundo por mantener sus niveles de acumulación y por esa razón, en sentido literal, el capitalismo es cada vez más mortal, con sus fábricas de la muerte, su brutalidad laboral, sus tóxicas cadenas de producción y suministro y la destrucción de las dos fuentes de la riqueza que ello genera: la tierra y los trabajadores. Es el capitalismo en su fase de “destrucción inteligente” donde quiera que opere, en los sitios de trabajo, en la vida cotidiana, en el caos social que genera, que siempre se mantiene oculto, pero que, como capitalismo político, ha dado origen a unos personajes de instintos asesinos, profundamente ignorantes, con un acendrado culto a la muerte y a la crueldad, un odio a los pobres y parias del planeta, que defienden sin discusión el saqueo de los recursos materiales y energéticos que posibilitan el funcionamiento del capitalismo, como son los bienes naturales, agrícolas y mineros.

Y eso opera tanto en Gaza como en Venezuela, porque en el primero tras la destrucción del paisaje físico y humano se encuentran la explotación de importantes yacimientos de gas y la construcción de complejos turísticos para multimillonarios y en el segundo subyace el apetito voraz de las multinacionales de Estados Unidos por el petróleo, el gas, el oro y otras riquezas que se encuentran en el suelo y subsuelo de ese país.

En este caso, queda claro que el capitalismo del asesinato transparente nada tiene que ver con valores de justicia, libertad, democracia, derechos humanos, sino con bienes comunes de origen natural, sometimiento, saqueo, expoliación, destrucción de la naturaleza y si para conseguirlos es necesario matar a vasta escala el poder imperial no se va a detener y lo va a realizar de forma “inteligente”, esto es, con la crueldad y el sadismo con que Israel asesina en el occidente de Asia.

De tal manera que la «diplomacia de las cañoneras» parece ser una fase geopolítica de otra época y ahora hemos entrado en la geopolítica del odio, de la muerte, de la destrucción y los asesinos operan directamente desde la Casa Blanca, el Capitolio, la Knéset de Israel, el Parlamento y la Comisión Europea… Pero esta vez no ocultan nada, como se hacía antes, cuando los asesinos de cuello blanco se presentaban como pacíficos y prósperos hombres de Estado o de negocios y nunca quería que se supiera su participación en crimen alguno, porque trataban de mantener una apariencia impoluta en la que nunca se viera que sus manos estaban untadas con la sangre de otros seres humanos.

Esos tiempos ya no son los del capitalismo del asesinato transparente, en donde los criminales ganan elecciones por su prontuario y su brutalidad, como se ejemplifica en Ecuador, Salvador, Israel, Estados Unidos… y gozan de popularidad porque exhiben con orgullo sus procedimientos criminales, sus cárceles, sus centros de tortura, presumen de los métodos de muerte empleados y, además, dicen que eso lo hacen a nombre de Dios, sí un Dios que necesita de sangre, dolor y sufrimiento de los pobres del mundo. Y por eso Donald Trump y su entorno de la MAGA son profundamente religiosos y están poseídos por el espíritu asesino del sionismo cristiano que proclama la muerte y destrucción de los “malvados” y de los enemigos de los Estados Unidos y de Israel donde quiera que se encuentren, incluyendo a los tripulantes de las pequeñas embarcaciones que navegan en nuestros océanos.

Publicado en Izquierda No. 125, diciembre de 2025

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.