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Un reportaje actual y una importante entrevista de hemeroteca

Desde la dictadura tunecina

Fuentes: Fortress Europe

Traducido por Gorka Larrabeiti y Juan Vivanco

Sindicalistas detenidos y torturados. Manifestantes asesinados por la policía. Periodistas encarcelados y una potente máquina de censura para evitar que la protesta se extienda. No es una clase de historia sobre el fascismo, sino la crónica de los últimos diez meses en Túnez. Una crónica que no deja lugar a dudas sobre la naturaleza del régimen de Zayn al Abidin Ben Ali -en el gobierno desde 1987-. Una crónica que revela el lado oscuro de un país que recibe millones de turistas todos los años y del que escapan miles de emigrantes también todos los años.

Para escribir este reportaje tuve que alcanzar clandestinamente la ciudad de Redeyef, corazón de la revuelta, en el suroeste del país, y entrevistarme con los testigos clave de lo que en los círculos democráticos de Túnez ya se define como el movimiento social más importante y duradero de los últimos 20 años en Túnez. Cuando la policía me descubrió ya era demasiado tarde. Desde ese día me vigilaron agentes de paisano, día y noche. Mi teléfono estaba pinchado. Trataron de asustarme. Sin embargo, en el aeropuerto de Túnez, al revisar mi equipaje, no dieron con lo que estaban buscando. Las entrevistas habían llegado a Italia antes que yo gracias a un sistema de correo clandestino y una buena conexión de Internet.

Redeyef es una ciudad de 37.000 habitantes en la región de Gafsa, 400 km al sur de Túnez. Estamos en la frontera con Argelia, en el corazón de uno de los mayores yacimientos de fosfato del mundo. Las minas se extienden desde Moulares hasta Redeyef, desde Mdhilla hasta Metlaoui. La línea del horizonte es una cadena de montañas grises rocosas tras las cuales se vislumbra un cielo menos azul de lo normal, opaco por el polvo que sale de las excavaciones y el lavado del fosfato. Los yacimientos los descubrió Phillipe Thomas en 1897 durante la época colonial. La Compañía de fosfatos de Gafsa (CPG) fue nacionalizada en 1956, justo después de la independencia. En el año 2007 se extrajeron 8 millones de toneladas de fosfato, lo que significa que hoy Túnez es el quinto productor mundial de este mineral que se destina a la producción de fertilizantes. Los primeros clientes son China e India, cuya demanda está dopando el mercado. El precio de una tonelada de fosfato bruto ha saltado de 40 dólares en 2007 a los actuales 130, mientras que el fosfato biamónico ha traspasado los 1.000 dólares. Los negocios de la CPG van viento en popa, pero en Redeyef se diría lo contrario.

Gracias a la modernización de las instalaciones y las excavaciones a cielo abierto, en los últimos 25 años la CPG ha recortado en un 75% el número de empleados a la vez que doblaba la producción. Hoy los empleados de la compañía son 5.000. En la ciudad de los mineros el índice de desempleo ha llegado al 40%. La CPG es el único motor de economía en esta región. La agricultura y la ganadería están completamente sometidas debido a la contaminación de los acuíferos causada por las instalaciones de lavado del fosfato. Así las cosas, todos los años cientos de jóvenes «queman la frontera» -como se dice en árabe- camino de Libia primero, y de la isla de Lampedusa (Italia) después. Y pensar que hasta los años sesenta Redeyef acogía a inmigrantes libios, argelinos, marroquíes, malteses y hasta italianos, que se aventuraban hasta allí en busca de trabajo en las minas. Esa fuerte concentración de trabajadores fue la que dio vida a principios del s. XX a las primeras experiencias sindicales del país, y la que generó esa tradición sindical que constituye la base del movimiento que -desde enero de 2008- pide al gobierno que vuelva a invertir en la región la riqueza que produce la CPG y que se asuman los desastres ambientales.

Todo comienza el 5 de enero de 2008, cuando la Compañía de Fosfatos de Gafsa (CPG) publica los resultados de un concurso público para 80 puestos de trabajo al que se presentan más de 10.000 personas. La lista se considera amañada. Los jóvenes desempleados se rebelan y ocupan la sede regional del sindicato (UGTT) en Redeyef porque sostienen que está implicado en la estafa. Poco después se suman 11 viudas que piden que se respeten las cuotas asignadas a sus hijos fallecidos en accidentes laborales. Se bloquean trenes de mercancías cargados de fosfato: arrecia la protesta. Las autoridades locales encargan a un grupo de sindicalistas -en su mayoría profesores de instituto, por tanto, ajenos a la CPG- que negocien con los manifestantes. Mientras tanto, los periódicos de oposición informan de las manifestaciones. Ya desde marzo en Túnez va tomando cuerpo un comité nacional de apoyo a la protesta minera. El 4 de abril algunos sindicalistas de Redeyef participan en una jornada de solidaridad convocada en la capital. Pero el día 7 de abril por la mañana, a su regreso a Redeyef, son detenidos junto con otras decenas de activistas. Entre ellos figura también Adnan Hajji, secretario del sindicato de maestros en Redeyef y figura carismática del movimiento. El mismo día los maestros de la ciudad suspenden las clases y poco después se convoca una huelga general que dura tres días. El 9 de abril unas treinta mujeres salen a la calle para pedir que liberen a sus maridos. La ciudad se une a la manifestación, que llega hasta las puertas de la prefectura. El día siguiente liberan a los sindicalistas. Al entrar en la ciudad, reciben un baño de masas. Más de 20.000 personas aclaman a su nuevo líder, Adnan Hajji.

Mientras tanto, en Francia se multiplican las iniciativas de solidaridad organizadas por emigrantes tunecinos, sobre todo en Nantes, donde vive una nutrida comunidad procedente de Redeyef: fundan un comité de solidaridad y salen a manifestarse. En la cuenca minera las protestas no cejan. El 6 de mayo de 2008 un grupo de jóvenes parados ocupa el generador eléctrico de Tabeddit y deja sin corriente las instalaciones de la CPG. La policía acude al lugar y un funcionario de la prefectura invita a los chicos a marcharse. Para evitar que vuelva la corriente, a Hicham Ben Jeddou sólo le queda oponerse interponiendo su propio cuerpo: se agarra a los cables de alta tensión y amenaza con suicidarse. Pero alguien pulsa el interruptor. Pocos segundos después, el cuerpo del chico yace carbonizado. Es el comienzo de la línea dura.

Envían refuerzos desde Túnez. Policía y ejército controlan todas las vías de acceso a Redeyef. Agentes de paisano vigilan a los principales protagonistas de la protesta. El clima entre vecinos y policía degenera. Bares y tiendas se niegan a atender a los policías. El joven Haytham Smadah cae en coma como consecuencia de los porrazos que le propinan en la cabeza. El 2 de junio, otro muerto: Nabil Chagra, atropellado por un coche de la policía que persigue a otros manifestantes. La noche del 5 de junio la Policía saquea y causa daños a varias tiendas. Al día siguiente la ciudad se reúne en una gran manifestación. Esta vez la policía tiene orden de disparar para dispersar a los manifestantes. Hafnaoui Magzaoui muere en el acto, tras recibir un disparo en el pecho. Otros 27 jóvenes ingresan en el hospital de Gafsa con heridas de arma de fuego. Tres meses después, el 14 de diciembre, uno de ellos, Abdeljaleq Aamidi morirá en el hospital por lesiones en la médula causadas por disparos a la altura de la cadera. Lo hirieron en la espalda, probablemente mientras huía. La última vez que la policía tunecina había abierto fuego contra una manifestación fue en enero de 1984 durante la crisis del pan, siendo presidente Habib Bourguiba, y Ben Alí, director de la seguridad nacional.

En pocos meses detienen a más de 200 personas. Sindicalistas y gente corriente. Muchos se escapan. Todas las noches decenas de ellos se refugian en las montañas de los alrededores. Pero las irrupciones de la policía en las casas y la violencia que sufren los familiares les convencen para entregarse. Según los testimonios de testigos informados, en la madrugada entre el 21 y el 22 de junio, agentes de la policía tunecina apalean al hijo del sindicalista Bechir Laabidi, Ghassen para sonsacarle información sobre su padre. También maltratan a la madre anciana del sindicalista Tarek Hlaimi así como a su hermano. Esa misma noche arrestan por segunda vez al líder de la revuelta: Adnan Hajji.

Decapitan el movimiento, pero no detienen a ninguna mujer. Serán ellas, las mujeres de los sindicalistas y de los militantes detenidos, quienes vuelvan a salir a la calle el 27 de julio para pedir la liberación de los detenidos. Entre ellas figura Zakiya Dhifaui. Nacida en 1966, periodista, poetisa y profesora de Historia y Geografía en el Instituto Rue de Fez en Kairouan. Escribe en el periódico Muatinun, del partido de oposición «Foro democrático por el trabajo y la libertad», al que está afiliada. Había conseguido esquivar los controles de la policía y alcanzar Redeyef para escribir un reportaje. En cuanto termina la manifestación, la policía irrumpe en la casa de Jomaa, la mujer de Adnan Hajji, donde se encuentra la periodista. Su detención es simbólica. Un mensaje para que ningún periodista acuda a Redeyef y menos aún escriba sobre la revuelta. Es otra cara de la represión: el control total de la información.

El 10 de septiembre de 2008 Zakiya Dhifaui es condenada en firme a cuatro meses y medio de cárcel, pero no es la única periodista encarcelada. Lo que se juzga es la propia libertad de expresión. Durante las protestas, la información sobre Redeyef se difunde de dos maneras: a través de los periódicos de oposición y a través de la cadena televisiva El Hiwar. Entre los periódicos de oposición hay uno, el del viejo partido comunista tunecino, Teriq Al Jedid que cuenta con un corresponsal en Redeyef, Amor Gondher, a quien, debido a sus denuncias, primero amenazan y luego dan una paliza dos agentes de policía el día 26 de junio por la tarde cerca de su casa en Nefta. Lo mismo le había ocurrido un mes antes a Masoud Romdhani, miembro de la «Liga tunecina por los derechos humanos» y portavoz del «Movimiento nacional de apoyo al pueblo de las minas», a quien agentes de paisano dejan maltrecho en la estación de Túnez. Desde entonces, lo someten a una estrecha vigilancia.

El vídeo de las manifestaciones y la violencia policial en Redeyef lo grabó un fotógrafo local aficionado, Mahmud Raddadi y lo emitió por satélite la televisión italiana Arcoiris en la franja entre las 20:00 y las 22:00 en un programa realizado por un equipo de la televisión tunecina El Hiwar. Se trata de los mismos vídeos-denuncia distribuidos clandestinamente por toda Túnez en DVD masterizados, y que luego ha difundido Al Jazeera y se han colgado en You Tube y Dailymotion.

Internet ha resultado fundamental para romper el velo de silencio. Se pueden ver en línea imágenes de heridos por arma de fuego en las manifestaciones y mitines de Hajji. Sin embargo, You Tube y Dailymotion están censurados desde noviembre de 2007 debido precisamente a los vídeos que denuncian las torturas e insultan a Ben Alí. Arcoiris se sigue viendo, pero el programa de El Hiwar ha desaparecido. El fotógrafo Raddadi está en la cárcel, y Fahim Bouqaddous que se ocupaba del montaje, huyó de casa el 5 de julio escapando de la orden de detención. Ambos han sido acusados de difundir información destinada a desestabilizar el orden público. Les pueden caer hasta 12 años de cárcel. Los juzgarán dentro de poco junto a otros 38 imputados, entre ellos 14 sindicalistas. La vista comenzará a finales de noviembre. La acusación es de asociación para delinquir. Se trata de uno de los mayores procesos políticos de la era Ben Alí. Muchos detenidos han denunciado torturas y que les obligaron a firmar declaraciones que jamás hicieron. Adnan Hajji, Bechir Laabidi y Tayeb Ben Outhman, los tres líderes sindicales de la protesta, siguen detenidos en las cárceles de Kasserine y Sidi Buzid, a 150 km de Redeyef. El resto está en Gafsa, donde se celebra el proceso.

Fuera del tribunal, Ben Alí sonríe en uno de los carteles omnipresentes que recubren todas las ciudades tunecinas. El 7 de noviembre se ha festejado el vigésimo primer aniversario de su presidencia. En noviembre de 2009 se volverá a votar. Los muertos de Redeyef no bastarán para acabar con el consenso que goza el Partido Democrático Constitucional (RDC) gracias a una red basada en el clientelismo. Los abogados defensores saben bien que el juicio está ya visto para sentencia, pero uno de ellos, que prefiere guardar el anonimato, dice que en la historia se va produciendo una acumulación…

Lo escribía ya hace un siglo el joven poeta de Tozeur, Abu el Kacem Chebbi:
«Cuando el pueblo elija la vida, el destino deberá responder, se iluminará la noche y se romperán las cadenas».

Fuente: http://fortresseurope.blogspot.com/2006/01/tunisia-la-dittatura-sud-di-lampedusa.html

Ben Ali, criatura de los servicios secretos italianos

Túnez, el golpe italiano


Por Vincenzo Nigro

«No fue un brutal golpe de estado sino una operación de política exterior, urdida con inteligencia, prudencia pero también determinación, por los hombres que gobernaban Italia en aquellos años. Sí, es verdad, Italia sustituyó a Burguiba por Ben Ali». Son las diez de la mañana. Buscando el calor entre las mesas del bar de la avenida Parioli, el hombre del ministerio de Asuntos Exteriores escoge un espacio de sol entre las sombras de los plátanos. «Fue Italia la que, a lo largo de dos años, preparó la transición indolora entre Burguiba y Ben Ali. Fueron Craxi, Andreotti, el jefe del SISMI [servicios secretos] Martini, el jefe del ENI [Ente Nazionale Idrocarburi, empresa energética] Reviglio, quienes garantizaron una red de seguridad al «golpe institucional» que dio Ben Ali la noche del 6 al 7 de noviembre de 1987. La historia es larga, mucho más complicada y mucho menos sórdida de lo que parece. Craxi visitó Argelia y los argelinos le dijeron que estaban dispuestos a invadir Túnez si Burguiba no garantizaba la estabilidad del país. Los argelinos querían hacer algo para proteger el gasoducto Argelia-Italia, que en su tramo final atraviesa Túnez. Italia no podía tolerar una guerra entre Argelia y Túnez, pero tampoco podía permitir que el régimen de Burguiba se deteriorase hasta el extremo de desestabilizar el país. Pero quien lo sabe todo es el almirante Martini…».

Ayer a las once de la mañana. En el cuarto de estar de su pisito de la calle Balduina, el almirante Martini se arrellana en una butaca con una agilidad insospechada para sus 75 años. Rodeado de reliquias, recuerdos de sus dos vidas al servicio de la república, la de oficial de marina y la de hombre de los servicios secretos. «Es una vieja historia, la verdad es que no entiendo por qué ahora se interesan de repente por ella. Ya lo había explicado todo claramente en mi libro Ulisse…».

Almirante, es que ayer, en la Comisión de Terrorismo, usted pronunció la palabra mágica, «golpe», y después fue más explícito: «Organizamos una especie de golpe de estado en Túnez». ¿Qué es una especie de golpe de estado?

«Veamos. A principios de 1985 me llama Bettino Craxi, presidente del gobierno. Poco antes había estado en Argelia, donde se había entrevistado con Chadli Benyedid y el primer ministro, no recuerdo cómo se llamaba…» (El primer ministro era a la sazón Abdel Hamid Brahimi).

«Craxi me dice: Almirante, tiene que ir a Argelia para hablar con el jefe de sus servicios secretos. Yo le contesto: Presidente, a Argelia no voy. Los servicios secretos argelinos son de los más activos a la hora de armar y organizar a los terroristas palestinos. En aquellos años el SISMI no mantenía contactos con Argelia, ni con los libios, ni con Siria. No manteníamos contactos con los servicios que apoyaban la galaxia de las organizaciones terroristas palestinas. Craxi me ordenó: Tiene que ir a Argelia. Tome precauciones, pero vaya».

La visita de Craxi había sido la primera de un jefe de gobierno italiano a Argelia, que en 1962 se había independizado de Francia. El corresponsal de la agencia Ansa en Argel mandó este despacho en aquella ocasión (26 de noviembre de 1984): «La visita de Craxi se produce en un momento especial para Argelia, que está ampliando sus contactos con otros países de Europa después de los problemas que ha tenido con Francia y España. El recelo de Argel hacia París se debe también a los acuerdos alcanzados recientemente por Mitterrand, el rey de Marruecos, Hasán II, y el dirigente libio Gadafi, sobre Chad. Además Argelia se ha visto rodeada por un bloque militar hostil a raíz de la unión de Libia y Marruecos, sin que Francia se opusiera abiertamente».

Craxi llega a Argel el 28 de noviembre de 1984. El almirante Martini recuerda: «El presidente argelino le expuso al presidente Craxi una eventualidad que para nosotros habría sido muy peligrosa. Los argelinos ―dijo― estaban dispuestos a invadir la porción del territorio tunecino que atraviesa el gasoducto. Craxi le dijo a Chadli: «Esperen, no se muevan», y empezó a moverse él con Giulio Andreotti».

Al final usted decide viajar a Argel.

«Naturalmente yo ejecuto las directrices del gobierno: no teníamos relaciones directas con los servicios secretos argelinos, un servicio único controlado por los militares. Así que llamé a la embajada de Roma y a los pocos días aterricé en Argel. Me hicieron aparcar al final de la pista, lejos de las miradas. Me quedé hasta muy tarde hablando con el jefe de los servicios secretos suyos, y desde entonces entablamos un diálogo que tenía un gran objetivo: evitar que la desestabilización creciente en Túnez condujera a los argelinos a actuar por cuenta propia. Italia ofrecía ayuda a Argelia y a cambio les pedía ayuda para controlar el terrorismo en Italia».

¿Ayuda italiana en la «estabilización» de Túnez?

«Sí. Desde ese momento comenzó una larga operación de política exterior en la que los servicios desempeñaron un papel importantísimo. Al final señalamos al general Ben Ali como hombre capaz de garantizar mejor que Burguiba la estabilidad en Túnez. En cuanto jefe de los servicios secretos primero, y luego como ministro del Interior, Ben Alí se opuso a la justicia sumaria que Burguiba tenía intención de aplicar a los primeros fundamentalistas que se infiltraban en los países islámicos. Tras la condena a muerte de siete fundamentalistas, Burguiba quería más cabezas. Nosotros les propusimos la solución a los servicios argelinos, los cuales les transmitieron el asunto también a los libios. Yo fui personalmente a hablar con los franceses…».

¿Tuvo algún problema con su colega francés, jefe de la DGSE?

«Era el general René Imbot, antiguo Jefe de Estado Mayor del Ejército. Me presenté ante él, le expliqué la situación, le dije que Italia quería resolver las cosas de la manera más cauta posible, pero que fuera como fuera no quería esperar a que Túnez saltara por los aires. Él cometió un error imperdonable: me trató con arrogancia, me dijo que los italianos no teníamos que acercarnos siquiera a Túnez, que era imperio francés. Aún hoy pienso que para defender un imperio hacían falta medios, la capacidad pero también la solidaridad de quien no es el último en el Mediterráneo. Imbot sirvió en la Legión Extranjera durante veinte años, había dirigido a los paracaidistas que participaron en la represión en la casbah en la batalla de Argel. Era un soldado, no entendía de política y tuvo ciertos problemas con su primer ministro Jacques Chirac».

¿Siguieron ustedes con su plan siempre con el consentimiento de Craxi y Andreotti? ¿Advirtieron ustedes a los estadounidenses?

«No se implicó a los estadounidenses. Obviamente yo me movía de acuerdo con las pautas marcadas por el gobierno, informándoles paso a paso. El SISMI no intervino directamente en Túnez, pero sí que colaboramos en una acción política italiana que, en cuanto Ben Alí alcanzó el poder, logró respaldar su gobierno política y económicamente, y ayudó a Túnez a evitar la pesadilla islámica que ha atormentado a países como Argelia».

La noche del 6 de noviembre de 1987 el presidente del Consejo de Ministros italiano era Giovanni Goria, ministro de Exteriores, Giulio Andreotti, líder del PSI, Bettino Craxi. Siete médicos firmaron un informe que certificaba la incapacidad de Habib Burguiba. El primer ministro-general Zin el Abidin Ben Alí se convirtió en presidente de Túnez.

Martini anoche no quiso comentar las declaraciones de Pellegrino, Craxi y Andreotti sobre esto que ha definido como «una especie de golpe». Los periodistas que transmitieron desde Túnez el 7 de noviembre de 1987 sus artículos lo calificaron como «golpe constitucional». Llámenlo como quieran: la historia es ésta.

Texto tomado de La Repubblica, 11 de octubre de 1999

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