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La vida en la ciudad de Tlemcen

Días tranquilos en Argelia

Fuentes: Le Monde Diplomatique

La vida social renace en Argelia, un país convaleciente. En Tlemcen, a 500 kilómetros de Argel, el boom inmobiliario y las grandes infraestructuras conviven con el desempleo y el mercado negro. El éxodo rural modificó profundamente el rostro tradicional de la vieja capital del Magreb central, haciendo renacer la nostalgia de un pasado glorioso.

«¿La crisis? ¿Qué crisis? -exclama Djamel Bendimered, ex maquis y dueño de la fábrica de ladrillos más grande del oeste argelino-. ¡Hay trabajo y dinero para mucho tiempo!». Ante él, el gran Tlemcen (250.000 habitantes) se extiende por más de 20 kilómetros. De este a oeste, el gris del hormigón va royendo la verde llanura de más abajo, que hasta principios de los años setenta estaba cubierta de vergeles y olivares. Empresas constructoras o particulares, cada cual edifica a su modo y de acuerdo a sus posibilidades. Tlemcen sigue coleccionando complejos habitacionales, barrios polvorientos y suburbios satelitales: Kiffane alberga a cuadros y funcionarios desde los años ochenta; Imama, el nuevo «centro», concentra sobre todo las oficinas.

Con la llegada de los años 2000, todo se acelera. Oulidja ya tiene 35.000 habitantes; Boulidja, que la enfrenta en otra colina, alberga a 25.000. Allí es fácil reconocer si los edificios que levanta un constructor público -la Agencia Argelina de Desarrollo de la Vivienda (AADL)-, con cuatro o cinco pisos de altura, muy coquetos con sus jardincitos prolijos pertenecen a inquilinos-propietarios inscritos en una fórmula de acceso a la propiedad particularmente barata (el Estado se hace cargo de la mitad del precio de adquisición). La vivienda social locativa no luce tan bien, aun cuando haya que ser un privilegiado -es decir, tener buenas relaciones- para gozar de alguno de sus bajísimos alquileres.

El particular, por su parte, construye primero un garaje en planta baja que servirá de local, con la esperanza de levantar luego uno o dos pisos, o incluso más si se trata de un buen año. Montañas de chatarra superan por todas partes la altura de las paredes de ladrillo y piedra, nunca revocadas, siempre sin terminar.

El boom inmobiliario se autoalimenta. La gente viene de los 48 wilayas (departamentos) de Argelia para trabajar en las obras de Tlemcen, donde se construye sobre todo para albergar a los recién llegados. A pesar de los esfuerzos de los poderes públicos, las villas miseria -rebautizadas «lugares de vivienda espontánea» en la jerga oficial- no han desaparecido. La más importante, Boudghane, acurrucada al pie de la meseta de Lalla-Seti que domina la ciudad, albergaría a 25.000 habitantes, contra apenas 3.000 al momento de la independencia, en 1962. El éxodo rural primero y luego la inseguridad que duró diez años, a fines del siglo pasado, aumentaron su tamaño más allá de las medidas imaginadas. Se ha renunciado a destruirla, se ha intentado mejorarla. Ahora está construida en material y tiene antenas de televisión, terrazas, cuatro mezquitas que ha levantado la gente del barrio, fachadas que la municipalidad pintó con cal y callejuelas angostas y serpenteantes. Con todo ello, atrae a los artesanos y prestadores de servicios de todo tipo que quieren ser olvidados por la administración… 

Mejoras palpables  

A partir de 2001, y sobre todo de 2005, gracias a la estampida de los precios del petróleo y el gas -que Argelia exporta en grandes cantidades-, se invirtieron importantes recursos para embellecer Tlemcen y su wilaya que, luego de la «década negra», lo necesitaban bastante.

Faltaba agua potable, los establecimientos sanitarios estaban subequipados, las aulas desbordaban, muchos edificios públicos estaban casi en ruinas. En 2004 el presidente Abdelaziz Buteflika, originario de la región, mandó a un wali (prefecto) de choque, Abdelwahab Nury. Durante cuatro años, Nury había retenido la muy expuesta prefectura de Ain-Defla en el centro del país, feudo de los maquis islamistas rebeldes durante muchos años. Misión: devolverle a Tlemcen una apariencia digna de su pasado.

El resultado es espectacular. Desde la salida del aeropuerto de Zenata, a 30 kilómetros del centro de la ciudad, una avenida de dos carriles, iluminada durante toda la noche, conduce a una entrada monumental, a un bulevar periférico, a los chorros de agua de sus fuentes multicolores y a las veredas cuidadosamente embaldosadas con sus bordes pintados alternativamente de rojo y blanco, al estilo británico. Un teleférico une los barrios del oeste con la meseta de Lalla-Seti -a más de 1.200 metros de altura- recientemente acondicionada y muy frecuentada por las familias durante los fines de semana. Se están construyendo dos enormes plantas de desalinización de agua de mar, unas zanjas abren las calles para hacer pasar las redes de agua, electricidad, gas natural, saneamiento. La cuasi totalidad de los hogares recibirán estos servicios.

«¡Tiran una línea eléctrica de kilómetros incluso para una sola familia!», se entusiasma el wali, visiblemente indiferente a la difícil situación financiera de la Sociedad Nacional de Electricidad y Gas (Sonelgaz), la empresa pública argelina que, a falta de un aumento de tarifas aplazado año tras año, se endeuda más allá de lo razonable para satisfacer a sus clientes. Por primera vez desde hace treinta años la población de Tlemcen goza a la vez de tranquilidad y, a pesar de una inflación que sigue siendo fuerte, de un principio de bienestar.

Las grandes obras no han terminado. Después de Alejandría, Alep, Lahore y Fez, Tlemcen será la capital de la Cultura Islámica en 2011. Su candidatura fue aceptada por la Organización Islámica de Ciencias, Eduación y Cultura (Isesco, por su sigla en inglés), fundada en 1979 por los saudíes e instalada en Djeddah. Se dispuso un ambicioso programa de equipamiento y se lanzaron quince proyectos, entre ellos un gran hotel en Lalla-Seti construido por una empresa china cuyos empleados (chinos) trabajan 24 horas por día para gran asombro de los tlemceninos, poco habituados a semejante ritmo. Si bien el programa «hormigón» se detuvo, el envión sigue en el contenido religioso. Cada uno de los 49 países miembro de la Isesco dispondrá de una semana para presentar «su» cultura islámica. ¿Qué dirá Argelia? Por ahora no se sabe casi nada.

Sari-Ali Hikmet, Doctor en Medicina y Letras y miembro fundador de la Unión Nacional de Zauias de Argelia (UNZA) (1), tiene la firme intención de aprovechar las circunstancias para volver a lanzar los ideales seculares del islam magrebí. «A diferencia de la doctrina wahabbí, llegada de Arabia Saudita, nosotros siempre pregonamos la separación del poder temporal del poder espiritual. Sidi Boumediène, el santo patrono de la ciudad, planteó ya en el siglo XII que había que respetar al Rey», explica Hikmet, cuyo abuelo fue el primer médico musulmán de la ciudad. Las zauias, en conjunto, se negaron a apoyar al Frente Islámico de Salvación (FIS) entre 1989 y 1992, y muchos de sus dirigentes lo pagaron con sus vidas. El régimen se ha mostrado agradecido y el Estado los ayuda en sus múltiples actividades filantrópicas, desde los canastos de Ramadán (2) hasta los comedores populares. ¿Los dejará por ello inmiscuirse en la enseñanza oficial, como pide la UNZA, que dice representar a 8.900 zauias afiliadas a nueve grandes cofradías, en las que se encontraría la mayoría de la población argelina?

La desconfianza no desapareció. «Son oportunistas -se preocupa un importante productor agrícola de la meseta de Terni-. Su islam pretendidamente moderado no es más que un desvío para llegar a sus fines: un régimen islámico. No queremos que Tlemcen se convierta en una ciudad islámica». Mientras tanto, durante el último año se cerraron 15 de las 16 expendedoras de bebidas que servían alcohol en esta ciudad austera donde no hay cine ni teatro y apenas un restaurant digno de ese nombre…

La religión sigue siendo el centro de la vida social de esta polis devota, donde la mezquita impone el ritmo cotidiano, ocupa los espíritus y domina las conversaciones. Los jóvenes se disputan el honor de llamar a oración desde el minarete de su barrio, la población reclama altoparlantes suplementarios para oír mejor la palabra sagrada, y mala suerte para los insomnes despertados antes del alba por el primer llamado a oración. «Más allá de mi oficio, yo me consagro al islam», exclama, extático, un plomero barbudo y tímido.  

Mezquitas controladas  

La vigilancia de las 34 mezquitas de Tlemcen que lleva a cabo la prefectura es muy estricta. «Recuperamos el control. El imam es un empleado del Estado: se le comunica en grandes líneas el contenido de su prédica del viernes, que no debe superar los veinte minutos. Antes, cualquiera llegaba y tomaba su lugar; él los dejaba porque no estaba apoyado por las autoridades», explica pausadamente un funcionario de la wilaya. Guarda en su bolsillo las llaves de la Gran Mezquita, cuyos horarios de apertura son fijados por la administración: una hora antes del almuerzo para la oración del Dhuhry y luego, de 16 a 22, para la última oración. «Antes, demasiada gente pasaba la noche ahí y degradaba el lugar», continúa.

En realidad, el régimen está convencido de que una vigilancia insuficiente de los lugares de oración por parte del Ministerio de Asuntos Religiosos facilitó el ascenso del FIS hace veinte años. Los «frérots» (sobrenombre que circula en la calle para llamar a los militantes islámicos radicales) no desaparecieron, pero son menos los que se muestran en sus túnicas blancas y no buscan llamar la atención. El velo integral pasó de moda entre las mujeres jóvenes en beneficio de una pañoleta más liviana. En esta ciudad estudiantil, muchas alumnas secundarias y universitarias van orgullosamente con sus cabezas destapadas. «¿Cómo voy a encontrar un marido si oculto la cara?», se preocupa una de ellas.

La creación de mezquitas está cuidadosamente regulada. El terreno sólo puede ser cedido por el Estado, la asociación que la construye debe ser aprobada por la administración, y el dinero de la colecta de los viernes en las principales mezquitas, que en principio les es devuelto, es repartido discrecionalmente por el wali.

Las mezquitas no constituyen una excepción. En todos los ámbitos, el wali es el hombre fuerte de la ciudad y del departamento. No se hace nada sin su anuencia, y ningún cuerpo intermedio limita su poder. Su omnipotencia se debe a que todo el dinero proviene de Argel, ciudad rica gracias a los ingresos de los hidrocarburos (3). Los legisladores locales no tienen recursos ni legitimidad, los notables tradicionales están ausentes de las instancias oficiales. Muchos de ellos tienen la vaga sensación de haber sido estafados desde 1962.

Tlemcen era una de las tres ciudades de la Argelia francesa que tenían un liceo franco-musulmán, una institución original que reunía una sólida formación en árabe y un curso secundario francés. De allí salieron pléyades de jóvenes y brillantes profesionales que desempeñaron papeles importantes, en la lucha por la Independencia primero y en el joven Estado después. Ministros, jefes de empresas públicas, directores de la administración pública, los originarios de Tlemcen que pasaron por el liceo franco-musulmán y por el colegio Slane -otra institución-, ocuparon durante largo tiempo los puestos clave, más allá del ejército y los servicios de seguridad.

La conversión caótica del «socialismo a la argelina» a la economía de mercado en los años noventa desvitalizó a las empresas públicas. Las fábricas de dicho sector fueron cerradas o puestas en hibernación y sus dirigentes se vieron eclipsados por el ascenso del sector privado y los «hombres de negocios», una nueva categoría social que tiene el dinero e incluso los medios para manejarse. Sólo los médicos escaparon a cierto desclasamiento, pues si bien Argelia dispone de un sistema de salud gratuito implementado a partir de 1974, en la práctica hay que apelar a menudo al propio bolsillo para recibir atención. La ciudad tiene una decena de clínicas y algunas aprovechan la vetustez del viejo hospital colonial construido en 1947 para atraer a los enfermos con fortuna. En su momento, un nuevo Centro Hospitalario Universitario (CHU) debería completar el monumental campus de 140 hectáreas de la Universidad Abou Bekr Belkaid de Tlemcen, que está a punto de ser terminado y que ya recibe a 35.000 estudiantes, de los cuales 58% son mujeres. «Ellas quieren triunfar; trabajan más que los muchachos y sus familias ya no son reticentes a que terminen sus estudios antes de casarse con un hombre que acepte que ellas trabajen», se entusiasma el rector de la Universidad Nourredine Ghouali, matemático y nativo de Tlemcen.

Sin embargo, la llegada en masa de poblaciones venidas de otras partes, y a menudo de origen rural, dan a los tlemceninos de cuna -que tan orgullosos están de su linaje- el sentimiento de ahogarse en su propia ciudad. Los neocitadinos son por lo menos cinco veces más numerosos y sus negocios, más que sus clientes, sobrecargan las veredas del centro, donde compran casas viejas para demolerlas y construir allí bloques de hormigón herméticos, pesados y sin gracia. Símbolo de esta división de la ciudad: los matrimonios. «No es cuestión de que mi hija se case con uno de ellos», exclama una ama de casa antes de contar la historia de la hija de unos amigos que desposó a un muchacho de Ain-Sefra, a 300 kilómetros de aquí, contra el consejo de sus padres. «¡Su padre la repudió!». Más diplomático, el marido explica: «Si el matrimonio termina mal, entre las familias viejas de Tlemcen, que a menudo están emparentadas, la cosa se arregla sin mucho ruido, se sabe cómo actuar. Con los otros, no sabríamos qué hacer…»

La base económica de los padres se vio mermada por los sucesivos decretos llegados de Argel: la comercialización de los productos agrícolas fue estatizada por el presidente Ahmed Ben Bella en los años sesenta, las tierras fueron colectivizadas por Houari Boumediène en los setenta. Una burocracia puntillosa y a menudo imprevisible desalentó a tejedores, labradores, zapateros y orfebres cuyos talleres, de a cientos, representaban una riqueza de la ciudad que no ha tenido remplazo. «Apenas quedan unas cuarenta pymes, de las cuales menos de diez tienen algún nivel», confirma Chekib Mered, un joven y dinámico fabricante de medicamentos. Los dos grupos industriales más grandes tienen un millar de empleados cada uno y trabajan sobre todo para el Estado. «Sin embargo, el retorno a la inversión aquí es considerable», señala el director de la filial local de Natexis, un banco de negocios francés. Pero las inversiones industriales son poco frecuentes. «Faltan capitales, administradores y personal calificado», se enoja Abdelhak Boublenza, que exporta la totalidad de su producción de algarrobas (4) y lidera una asociación de jóvenes emprendedores para crear una escuela de negocios en Tlemcen. «La culpa es del sector informal, que nos hace una competencia desleal», opina Sid-Ahmed Habri, al frente de Mega Papiers, un negocio de papelería.  

Tráfico en la frontera  

Como causa o consecuencia de esta trágica falta de empresas, de actividades y empleos (5), el mercado negro estalló. Sin cargas sociales, impuestos, tasas aduaneras ni reglamentos, el sector informal no produce nada pero importa todo y prospera en la impunidad. Este cáncer, activo en todo el país, adquiere aquí un aspecto particular. La frontera argelina-marroquí, muy cercana, permanece cerrada desde hace más de quince años. ¡Cerrada pero permeable! (6) En la ruta que bordea la frontera, de Lalla-Marnia al Mediterráneo, reina un tránsito intenso; una flota de viejos Mercedes, Renault 21 o camiones fuera de estado ejecutan un ballet ininterrumpido. ¿Su carga? Fueloil disimulado en tanques suplementarios, arreglados por los innumerables mecánicos instalados desde Soudani hasta Boukanoun.

Gracias a la obstinación de los parlamentarios, los precios de los combustibles no se movieron en los últimos diez años, mientras que en Marruecos fueron alineándose progresivamente con los de Europa. Por eso, la diferencia es de 1 a 10 y el tráfico aporta jugosos beneficios. A pocos metros de la frontera se cavaron cisternas grandes como playas de estacionamiento subterráneas, donde los «comerciantes» entregan su precioso líquido, que a la noche se encaminará al otro lado mediante una canalización de irrigación convertida en oleoducto, a menos que sea transportado por asnos que no necesitan de nadie para encontrar el camino hacia el cliente.

Las casernas de gendarmes, guardias fronterizos y aduaneros, los fortines -blancos del lado argelino, rojos en Marruecos- pueden multiplicarse, la calesita de vehículos no se detiene. El «comerciante» que compra su fueloil en una de las 17 estaciones de servicio fronterizas de Naftal, empresa pública, gana como mínimo cuatro veces el salario mínimo argelino (120 euros). «Algunos hacen hasta 14 idas y vueltas en un día», se indigna un viejo funcionario aduanero jubilado.

Los marroquíes, en contrapartida, venden droga. La región de Rif, gran productor de kif, está a dos pasos. La mercadería se calibra cuidadosamente: las plaquetas marcadas con la estrella de Mercedes se destinan a Europa: las que tienen una abeja van a África del este y a Medio Oriente y el resto vuelve a Argelia, sobre todo a las grandes ciudades, donde parece haber cada vez más consumidores.

Los frutos del tráfico son visibles en toda la zona fronteriza, empezando por Marnia que, lejos de sufrir el cierre de la frontera, aprovecha el lavado: proliferan los edificios de alquiler y los hoteles de lujo. Su población se multiplicó por trece desde la independencia, el boom inmobiliario es aun más espectacular que en el Gran Tlemcen, con el que ahora parece rivalizar. Los traficantes más ricos construyeron mansiones de cuatro o cinco pisos coronadas con pequeños campanarios y cúpulas pintadas de colores vivos, casas que también se encuentran en otras localidades fronterizas.

En agosto pasado, un camión cargado con nafta de contrabando explotó en Ghazaouet, matando a casi veinte personas. Ante la conmoción popular, Argel aplicó sanciones… y pocos días después el tráfico retomó su curso normal. Estalló un principio de motín: «Dennos trabajo», protestaban los trasportadores del fueloil. «Apenas se hace un poco de presión la cosa va mal; entonces se hace la vista gorda para tener paz social», gruñe un suboficial de Aduana. Allí se juega sin duda el futuro de Tlemcen, y quizá de toda Argelia. ¿Cómo ofrecer verdaderos oficios a esos miles de jóvenes que sobreviven a fuerza de tráfico en pequeña escala y «changas»? ¿Cómo normalizar el sector informal, hoy dominante, para ponerlo al servicio del desarrollo local, para que entre en caja, para que respete la ley y genere las empresas y los empleos que tanta falta hacen? La respuesta está en Argel, a 500 kilómetros de allí…

Notas:  

1 Las zauias son estructuras religiosas tradicionales vinculadas con la vida social local, organizadas bajo un modo cooperativo en torno a un lugar de oración, de enseñanza y de albergue.

2 Operación de distribución de una canasta caritativa que contiene productos de primera necesidad.

3 Los hidrocarburos constituyen el 98% de las exportaciones argelinas (80.000 millones de dólares en 2008; se calculan menos de 40.000 para 2009) y la mayoría de los ingresos fiscales. Las reservas de cambio son importantes (150.000 millones de dólares) y el endeudamiento exterior del país es menor. Ver «Où va l’argent des hydrocarbures», Le Monde diplomatique, París, abril de 2006.

4 La algarroba, producto de cosecha, se utiliza en la industria farmacéutica y en la agroalimentaria.

5 El desempleo sigue siendo alto (oficialmente, 10%) y el empleo es a menudo precario (construcción, tiendas) fuera de la Administración, que es el principal empleador de la wilaya. Los jóvenes profesionales difícilmente encuentren trabajo; paradójicamente, en Hennaya, a 20 kilómetros de Tlemcen, no se recogen las aceitunas por falta de mano de obra.

6 Véase Francis Ghilès, «El costo del no-Magreb», Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2010.


Fuente: Edición impresa de Le Monde Diplomatique (Francia). Febrero 2010, página 1, 18 y 19.

Traducido para Informe Dipló por Mariana Saúl