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EEUU, hacia el corazón del fundamentalismo

Fuentes:

La dimisión de Colin Powell al cargo de secretario de Estado y su probable remplazo por Condoleezza Rice, hasta ahora consejera de Seguridad Nacional del presidente George W. Bush, confirma los peores temores sobre la lectura que el grupo gobernante habría de dar al veredicto electoral del 2 de noviembre: en vez de trabajar por […]

La dimisión de Colin Powell al cargo de secretario de Estado y su probable remplazo por Condoleezza Rice, hasta ahora consejera de Seguridad Nacional del presidente George W. Bush, confirma los peores temores sobre la lectura que el grupo gobernante habría de dar al veredicto electoral del 2 de noviembre: en vez de trabajar por la superación de la fractura nacional que se manifestó en esa fecha -entre una sociedad moderna, tolerante y partidaria de la legalidad, la paz y los derechos humanos, y un país fóbico, primitivo, intolerante, moralista y más dirigido por las emociones que por las ideas, que ha encontrado en el actual ocupante de la Casa Blanca a su más perfecto representante-, profundiza ese rompimiento.

A pesar de su filiación republicana, el secretario de Estado saliente tiene fama de ser el hombre más abierto, razonable y moderado del equipo de Bush, en el cual adoptó la postura más diplomática y menos belicista. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y posteriormente, en el contexto de los preparativos de la destrucción, el arrasamiento y la ocupación colonial de Irak, Powell fue el único funcionario de Washington que mostró cierto interés por guardar las formas de la legalidad internacional y mantener algún nivel de consultas con los aliados históricos de Estados Unidos. Ante los designios de los halcones -el vicepresidente Dick Cheney; el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y la propia Condoleeza Rice, entre otros- de emprender una ofensiva mundial para restaurar y reforzar la hegemonía estadunidense, propósito que se esconde bajo el discurso de la «guerra contra el terrorismo», Powell intentó sal! vaguardar ciertos márgenes, si no de sentido ético, al menos de racionalidad, y fracasó: fueron frecuentes sus colisiones con Cheney y Rumsfeld, y posiblemente el momento más amargo de su carrera haya sido su comparecencia ante el Consejo de Seguridad Nacional de la ONU, adonde fue enviado para exponer y defender la mentira acerca de unas supuestas armas de destrucción masiva en poder de Irak, falacia que sirvió de pretexto principalísimo para la agresión bélica contra ese infortunado país. En esa ocasión la credibilidad de Powell entre los gobiernos amigos de Estados Unidos salió severa e irremediablemente dañada.

Por sus actitudes ante el poder, las ideas y el mundo, Rice, por su parte, es en buena medida antípoda del hombre al que presuntamente remplazará en el cargo: se le conoce por su inflexibilidad, su fanatismo, su profundo conservadurismo cristiano, tan próximo al del propio Bush, y por el fundamentalismo mesiánico con el que concibe el papel de Estados Unidos como guardián, profesor y, en última instancia, verdugo del mundo. Fue precisamente en el escritorio de Rice donde se cocinaron las justificaciones para lanzar «guerras preventivas» en nombre de la seguridad nacional estadunidense.

Con esos antecedentes es inevitable concluir que el cambio de titulares en el Departamento de Estado traerá aparejada una profundización de las posiciones militaristas y un reforzamiento del unilateralismo con que ha actuado Estados Unidos en la primera presidencia de Bush. El remplazo de un militar brillante y diplomático sagaz por una fanática de la salvación universal -sea a punta de oraciones o de misiles crucero y disparos de tanque- obliga a considerar que el mundo aún no ha visto la peor cara del gobierno republicano estadunidense. Por lo que puede colegirse, el ajuste político en la cúpula gubernamental de Washington implicará un reforzamiento de la tendencia de la Casa Blanca a suponer que le asiste el derecho -divino- de suprimir a quienes piensan, viven y actúan en formas distintas a como quiere la mafia empresarial que detenta el poder en el país vecino, y esa actitud desemboca, más temprano que tarde, en críme! nes de lesa humanidad como el que está siendo perpetrado en estos momentos contra la población de la ciudad iraquí de Fallujah.