Solo una minoría de los descendientes de quienes lucharon contra el fascismo en España ha pedido la nacionalidad, pero significa mucho para ellos.
Janine es una discreta pero tenaz “activista de la memoria” de la asociación Ay Carmela en Burdeos. Con sus compañeras y compañeros descendientes de refugiados españoles, republicanos o revolucionarios, muchos de ellos jubilados, organiza proyecciones de películas, exposiciones, conferencias y actos conmemorativos cuyo objetivo es dar a conocer la historia de la Segunda República, la revolución social, la guerra civil, la dictadura franquista y el exilio. Lo hacen para posicionarse contra los que provocan guerras hoy y siguen ganando la lucha de clases desde su poder económico. Lo hacen asimismo para manifestarse a favor de la acogida de aquellos que tienen que huir, en la actualidad, de conflictos y dictaduras. Conozco a Janine Molina Lagunas desde hace muchos años, pero descubrí su sobrecogedora historia personal al leer el Trabajo de Fin de Máster de un estudiante de Antropología, Warren Dehaine.
El padre de Janine nació en Moclín (Granada), donde aprendió a leer y escribir casi de milagro. Con el tiempo, se convirtió en un militante socialista que combatió por la libertad en la guerra civil. Como consecuencia, tuvo que huir a Francia donde lo encerraron en los campos de concentración de Argelès-sur-Mer y de Bram. Desde entonces, dedicó muchos esfuerzos a alfabetizar a los que no habían podido ir a la escuela a su alrededor. Murió por silicosis, una enfermedad que contrajo en el duro entorno laboral en el que trabajó. Durante la guerra y la posguerra, la madre de Janine se quedó sola en Granada con su hija mayor y tuvo que ir a servir en casa de una familia franquista. Del bebé que perdió su madre durante la guerra, la pequeña Emilia, Janine solo sabe que sigue yaciendo en una cuneta. En 1948, el padre consiguió hacerles pasar clandestinamente el Bidasoa. De este reencuentro feliz en Francia, nació Janine en 1949. Pero la felicidad no duró. La madre de Janine se suicidó con cuarenta años. Animada por su padre, la huérfana estudió filosofía y se formó en biblioteconomía, lo que le permitió vivir cómodamente y desclasarse (ser una “tránsfuga de clase”, como dice ella). Esta promoción social tenía un coste: el olvido de la lengua familiar. Pero, al contrario de lo que le reprochó su hermana mayor, afirma que nunca se olvidó de sus orígenes ni tuvo vergüenza de los suyos. Lo que pasó fue que, durante mucho tiempo, Janine fue una militante universalista y tardó en sentirse vinculada al exilio español. Al votarse la Ley de Memoria Democrática en 2022, se acogió a la disposición adicional llamada “Ley de nietos” (aunque ella sea “hija” de refugiados). El proceso fue complejo y duró tres largos años. Janine insiste: “Al final pude ‘recuperar’ la nacionalidad española, es lo que me dijo el cónsul, no es que se me haya concedido algo”. Así, cuando le pregunto qué representa para ella esta nacionalidad, una palabra se impone: reparación. “Se lo debo a mi padre, se lo debo a mi madre de la que, durante mucho tiempo, no valoré la fuerza y el valor, y se lo debo a mi hermana que nos sirvió de madre, tuvo que trabajar en la cadena de una fábrica y limpiando en casas ajenas, y nunca dejó de sentirse española”, explica. Se lo debe, por fin, a la “hermanita” mayor que no llegó a conocer y de cuyo cuerpo no conoce el paradero. Janine no tiene hijos; solamente una de sus sobrinas siguió sus pasos y pidió la nacionalidad española. En realidad, para la mayoría de los nietos –y muchos de los hijos– de los refugiados de la guerra de España en Francia, la “integración” y la aculturación han sido totales. Solo una pequeña minoría ha sentido la necesidad de acudir a la “ley de nietos”, y menos aún han sido los que han tenido el tiempo suficiente y la perseverancia como para superar los trámites burocráticos. Pero para quienes lo hicieron, herederas y herederos simbólicos de la lucha contra el fascismo y de las penalidades pasadas por sus antepasados, el significado es mayor. “Lo único que me molestaba cuando pedí la nacionalidad española”, concluye Janine, “era el rey”. “Pero, afortunadamente, no me pidieron que le jurara lealtad”, reconoce.

La semana pasada, le televisión francesa propuso una velada con tres documentales que no se podía perder Janine: los dos episodios de Franco, le dernier dictateur (2024) de Serge de Sampigny la indignaron por su equidistancia. Es cierto que, a pesar de haberse beneficiado de una asesoría histórica impecable, el director francés parece abordar desde fuera la historia española y la figura del dictador. Llama la atención, por ejemplo, que dedique mucho tiempo a entrevistar a algunos ancianos de la Fundación Francisco Franco que resultan casi folklóricos con su parafernalia y sus comentarios sobre la bondad de Hitler, y que arrincone a los descendientes de represaliados, obviando también la persistencia de cierta nostalgia del franquismo en un sector mucho más amplio de la sociedad. En cambio, a Janine, el último documental, La Retirada ou l’exode d’un peuple (2026), le gustó mucho. Su directora, la historiadora y documentalista Camille Ménager, ya se había acercado a la guerra de España con el documental Sur les traces de Gerda Taro (2020), que se cerraba con las fotografías de la Retirada de Robert Capa. “Tenía ganas de saber más, de ir a observar ese momento con una lupa, de ir a buscar imágenes precisas, relatos íntimos de los que estaban allí”, explica Ménager.
En La Retirada ou l’exode d’un peuple, la intimidad surge de la mirada de Agustí Centelles, la que se transparenta en las fotografías de la maleta llena de negativos que se llevó al exilio y no recuperó hasta la muerte del dictador, y la que emerge del relato de los diarios que su hijo Sergi encontró en un cajón, en 1985. Janine recuerda haber descubierto a Centelles en una extraordinaria exposición que vio en 2011, en la Base de Submarinos de Burdeos, fortaleza de hormigón construida por los nazis con mano de obra esclavizada constituida por “rotspanier” (los españoles rojos considerados como apátridas por Franco y los nazis). Esta mirada desde dentro entra en tensión con la de los medios de comunicación franceses (voces de radio, fragmentos de películas y titulares de prensa) sobre el “flujo humano que huyó de la barbarie del fascismo”, en palabras de Agustí Centelles, y la llegada en condiciones muy precarias de unos 500.000 españoles, combatientes y civiles, tras su paso por los Pirineos durante un invierno particularmente helado. Una parte del archivo que exhuma Ménager es inédito, integrado por fotografías y videos amateur, y dialoga con la obra testimonial de Centelles: muestran el “paisaje dantesco” del paso por la frontera, las condiciones tremendas en las que los hombres (separados de las mujeres y de los niños cuyo destino se evoca también) estuvieron encerrados en unas playas vacías, cercadas por alambradas, en las que iban a pasar frío, hambre y miedo, vigilados por soldados de los cuerpos coloniales a caballo, sometidos a una disciplina militar y degradante (“nos tratan peor que a perros”). Detrás de la propaganda realizada por una parte de la prensa francesa vinculada con el supuesto campo modelo de Bram está la realidad documentada por Centelles: literas muy exiguas en el suelo, hechas con un poco de paja, prohibiciones estrictas de comunicarse con alguien de fuera o salir del campo, disciplina propia de un campo de trabajo.
Al igual que el padre de Janine, Centelles dejó a su mujer y a su hijo de dos años en España, y tampoco lo soportó: en 1944, volvió a cruzar la frontera de manera clandestina y se reunió con ellos en Barcelona. El documental no explica cómo consiguió evitar las represalias –“entendí que se habían ido a vivir a un pueblo”, apunta someramente la directora. Ahora bien, desgraciadamente, este final feliz (“fue un padre extraordinario”, reconoce su hijo Sergi), no fue el de muchas de las trayectorias vitales que se forjaron en el éxodo: la de quienes no pudieron volver a España hasta la muerte del dictador, la de quienes, como la madre de Janine, sucumbieron a sus traumas, la de todos aquellos que pagaron su vuelta con años de cárcel.
El documental apunta a la responsabilidad del Gobierno francés de Édouard Daladier en las condiciones de (no) acogida de los refugiados: falta de planificación y marco jurídico a través del Decreto ley votado en abril de 1938 que preveía la posibilidad de internar a los “extranjeros indeseables” como medida para proteger el empleo de los franceses. Sin necesidad de que se subraye, el paralelismo con la actualidad y la norma que el Parlamento europeo adoptó en junio de 2026 para permitir la creación de “centros de retorno” salta a la vista. A Daladier le faltó tiempo para reconocer a Franco como jefe de Estado en febrero de 1939 y mandar a Philippe Pétain como embajador, cuando no habían cesado aún los combates en Madrid. Mientras la prensa francesa de izquierdas se indignaba de las condiciones en las que estaban encerrados los antifascistas españoles (“Ya no es el fuego enemigo lo que los mata, sino el hambre, la fiebre y el frío”), otros protestaban contra la llegada de la “chusma”, con titulares racistas y clasistas (“la escoria de la anarquía mundial”). A diferencia de la opción tomada por el documental Escuchar la sombra de Miguel G. Morales (2024), precioso poema visual sobre los voluntarios cubanos en las Brigadas Internacionales, en La Retirada… una voz en off despliega un precioso texto que asume a la vez su dimensión didáctica y literaria, por lo que se podría utilizar en ambos países como material pedagógico. Esperemos que alguna televisión en España se interese por él.
Isabelle Touton es hispanista, profesora titular en la Universidad Bordeaux Montaigne. Autora con Roberto Valencia de Todos somos autores y público. Conversaciones sobre creación contemporánea (Institución Fernando el Católico). Especialista en estudios culturales de la España actual (narrativa, cómic, humor gráfico).
Fuente: https://ctxt.es/es/20260701/Politica/54346/ley-de-nietos-exilio-guerra-civil-francia-memoria.htm


