Entre los numerosos conceptos acuñados por la Guerra Fría, el campismo sigue siendo asombrosamente relevante en el mundo cada vez más polarizado de hoy. Contempla la política mundial como una división entre dos campos: el Occidente imperialista, considerado la fuente primaria de la explotación e inestabilidad globales, y sus supuestos oponentes antimperialistas. El término describe la tendencia a apoyar a cualquier fuerza que se oponga al imperialismo occidental y sus aliados, independientemente de lo reaccionarias, explotadoras o incluso imperialistas que puedan ser dichas fuerzas.
En el caso de Rusia, el resurgimiento de esta mentalidad se hizo especialmente visible tras la invasión masiva de Ucrania en 2022. Mientras Moscú lanzaba su asalto a un país independiente y procedía a cometer sistemáticamente crímenes coloniales tanto en el frente como en los territorios ocupados, algunos observadores optaron por pasar por alto estas atrocidades y señalar en vez de ello que la expansión de la OTAN dejó al Kremlin sin ninguna alternativa.
A pesar de la creciente supresión por parte del Kremlin de los derechos de los pueblos indígenas en el interior de Rusia y la persecución cada vez más intensa de las voces de la oposición, incluidas las de izquierda, la lógica campista separa la geopolítica de las relaciones sociales internas. Esta divisoria resulta todavía más pronunciada en la Rusia contemporánea. Pese a su afirmación de que habla en nombre del Sur Global, Moscú extiende sus ambiciones imperiales mucho más allá de sus fronteras, llegando no solo a países independientes vecinos como Ucrania y Georgia, sino también a otros muy lejanos.
En su deseo de dotarse de una imagen antimperialista, Rusia apunta cada vez más a países africanos, que siguen siendo objeto de la competencia entre potencias globales y regionales. Una alianza con un Moscú antioccidental se presenta a menudo como un paso adelante en la resistencia frente a las ambiciones expansionistas de antiguas potencias coloniales, así como en la garantía de estabilidad y crecimiento económico. Sin embargo, la realidad de la implicación de Rusia en África muestra otra cosa: la retórica anticolonial por sí sola no basta para justificar el campismo… ni para asegurar una verdadera liberación.
Historias de la Guerra Fría
Durante la Guerra Fría, la Unión Soviética, impulsada por su rivalidad con el bloque capitalista, desempeñó un papel importante en las luchas de descolonización en numerosos países africanos. Suministró recursos clave para los movimientos de liberación: armas, apoyo económico e ideología. Al mismo tiempo, decenas de miles de estudiantes de toda África cursaron estudios en la URSS y otros países del Bloque del Este, reforzando todavía más el atractivo y la influencia del proyecto soviético.
Tras el colapso de la URSS, la presencia de Moscú en África se redujo drásticamente en un periodo en que el nuevo Estado ruso tuvo que afrontar toda clase de crisis internas. A partir de mediados de la década de 2000 y hasta la década de 2010, el Kremlin comenzó a reconstruir gradualmente los lazos con antiguos socios en el continente. No obstante, su retorno a África no pasó a ser una parte destacada del discurso público hasta 2019, cuando Rusia acogió el primer Foro Rusia-África en Sochi. Allí, el presidente Vladímir Putin declaró la apertura de una “página nueva” en las relaciones ruso-africanas. Medios occidentales captaron el momento con titulares de prensa como “Putin acaba de realizar la vuelta de honor en Oriente Medio y ahora se fija en África” y “La cumbre Rusia-África, la escenificación de la ambición de Moscú en la región”. Ante su creciente aislamiento en el Norte Global y el deseo de ser percibida como superpotencia real, el Kremlin se puso a promover activamente su influencia en el Sur Global, en particular en África.
Instrumentos convencionales de poder duro
Desde 2019, el alcance de la cooperación de Rusia con países africanos se ha ampliado notablemente: Moscú ha profundizado sus relaciones con socios históricos y extendido su red entre los nuevos regímenes que afrontan un aislamiento regional e internacional, así como con regímenes no alineados que buscan diversificar sus alianzas.
Desde el punto de vista económico, la presencia de Moscú en África no deja de ser limitada: Rusia carece simplemente el capital para competir con otros agentes regionales. Mientras que los medios rusos celebraron el máximo histórico del valor total del comercio entre Moscú y los países africanos, que alcanzó casi 28.000 millones de dólares en 2025, en los casos de China y la Unión Europea (UE) este índice superó los 300.000 millones, mientras que en los de EE UU, los Emiratos Árabes Unidos (UAE) e India se situó por encima de los 100.000 millones cada uno. No obstante, Rusia ha conseguido hacerse con un nicho económico: la exportación de proyectos de energía nuclear. En un periodo en que la demanda de energía crece paralelamente a la población de la región, Moscú ofrece su propia tecnología, la formación del futuro personal y el combustible nuclear para impulsar estos proyectos a largo plazo.
Otra dimensión de la influencia económica estratégica de Rusia en la región tiene que ver con la seguridad alimentaria. En 2025, Agroexport, la agencia rusa encargada de la exportación de productos agrarios, afirmó que Moscú se había convertido en el principal proveedor de grano de África, copando un tercio del mercado de trigo del continente. En total, Rusia exporta grano a unos 40 países africanos, con una demanda que ha crecido significativamente, en los últimos años, en Argelia, Libia, Kenia, Marruecos, Túnez y Tanzania. Sobre el telón de fondo de la disrupción de las cadenas de suministro y el aumento de los precios ‒en parte causados por la guerra de Rusia en Ucrania, así como por los choques climáticos y las secuelas de la pandemia‒, algunos gobiernos africanos han acusado al Kremlin de aprovechar esta dependencia para incrementar su influencia política.
De todos modos, la columna dorsal de la presencia de Rusia en la región está en la exportación de armas. En enero, Rosoboronexport ‒la agencia rusa de venta de material militar‒ informó de que sus exportaciones a países africanos habían alcanzado los niveles de la Guerra Fría, cuando la Unión Soviética aseguraba el 40 % de los suministros en el continente. No se sabe a ciencia cierta si esto refleja la realidad o es más bien un deseo del Kremlin, vistas las limitaciones de la capacidad rusa de exportación de material militar en plena guerra en Ucrania. No obstante, Moscú no deja de ser un agente crucial en el mercado de armas del continente. De acuerdo con el SIPRI, en 2020-2024, Rusia aseguró el 21 % de las importaciones africanas de armamento pesado, por delante de China (18 %) y EE UU (16 %).
“Presencia militar con rostro humano”
Además de las exportaciones de armas convencionales, durante años Rusia ha prestado a sus socios africanos los servicios de la empresa militar privada Wagner. El llamado Grupo Wagner ha sido absorbido formalmente por el Ministerio de Defensa ruso y rebautizado con el nombre de Africa Corps (tal vez en referencia al Afrikakorps alemán de la segunda guerra mundial), tras la muerte del fundador de la empresa, Evgeny Prigozhin, en 2023.
Un pacto con los instructores militares rusos ‒la vaga descripción del trabajo de mercenarios‒ incluye no solo los servicios de seguridad, sino también consultas políticas sobre asuntos como campañas de desinformación y montaje de protestas, así como la gestión de contratos lucrativos y extractivistas en una serie de industrias, desde la minería de oro y otros minerales hasta la madera.
Un caso paradigmático es la República Centroafricana (RCA): su presidente, Faustin-Archange Touadéra, fue el primer líder africano en dar la bienvenida a los mercenarios rusos en 2018. Formalmente, el líder de la RCA invitó a “instructores rusos” para que apoyaran al ejército nacional en su lucha contra rebeldes locales. En realidad se convirtieron en garantes del control del poder por parte de Touadéra. Así, respaldaron el referéndum constitucional de 2023, cuyos resultados permitieron al presidente conservar el cargo por tiempo indefinido. En estos momentos, los “asesores políticos” en la RCA promueven una ley de agentes extranjeros ‒el típico mecanismo represivo que utiliza el Kremlin contra sus propios oponentes desde hace 15 años y ha exportado a los regímenes autoritarios en declive que son sus amigos. Las organizaciones respaldadas por Rusia también orquestan compañas agresivas en redes sociales, intimidando a críticos del régimen. Fuentes de AFP insinúan que las fuerzas rusas incluso siguen a los oponentes del presidente con drones.
Según informes de otros países que han conocido la presencia de instructores militares rusos, personas civiles les han acusado de cometer asesinatos, practicar torturas y perpetrar actos de violencia sexual. Antiguos canales de Telegram de Wagner están llenos de pruebas de ejecuciones rutinarias y profanaciones de cadáveres, especialmente en Mali. Esto es lo que la propaganda rusa denomina “presencia militar con rostro humano”.
Además, recientes informes indican que jóvenes africanos que viajan a Rusia para estudiar o trabajar en lo que creen que son empleos civiles bien pagados son enviados al frente en Ucrania. Moscú ve en ellos una fuerza de trabajo barata, esencial para sostener su esfuerzo de guerra. Forzados a menudo a firmar contratos en una lengua que no conocen, miles de hombres de por lo menos 36 países africanos están sirviendo de carne de cañón en el frente. Una investigación de INPACT ha identificado a más de 1.400 africanos reclutados por Rusia, aunque otros informes citan números más elevados. Meses después de su llegada, se dice que más de 300 han muerto. Quienes sobreviven no reciben ninguna compensación económica, son objeto de ataques racistas de sus mandos y luchan por abandonar. A falta de un escrutinio internacional exhaustivo, el Kremlin ha construido efectivamente una red de tráfico internacional de seres humanos y un sistema de explotación aprovechando la vulnerabilidad económica de la misma gente que dice apoyar en su lucha anticolonial.
Lavado de cara anticolonial
Estas operaciones híbridas resultan ser un medio perfecto para las autocracias en liza entre los socios históricos de Moscú y los regímenes jóvenes que no tienen muchas opciones a la hora de elegir a sus socios. Por ejemplo, las juntas sahelianas ‒los regímenes de Mali, Burkina Faso y Níger‒ se apoyan en gran medida en sentimientos anticoloniales. Ni que decir tiene que estos sentimientos se derivan de los agravios reales de las poblaciones que sufrieron siglos de explotación en estos países, donde Francia ha venido realizando operaciones militares durante años hasta hace bien poco. Los regímenes jóvenes apelan a esta desigualdad e injusticia y se niegan a cooperar con las antiguas metrópolis. En general acaban asociándose con Rusia.
El Kremlin aprovecha antes que nada la oportunidad para promover una imagen adecuada. Según teorías de la conspiración difundidas por Moscú, EE UU opera laboratorios biológicos en toda la región y empresas occidentales producen vacunas mortales. El Kremlin atrae al Sur Global mediante la promoción del BRICS como proyecto enfrentado a la hegemonía estadounidense. Putin condena abiertamente la historia “vergonzosa” del colonialismo occidental y reclama sistemáticamente la creación del Estado palestino.
Varios servicios de propaganda ayudan al Kremlin a divulgar estas narrativas: Sputnik Africa, RT, TASS, así como la recién creada agencia de noticias African Initiative. Su contenido se traduce a todas las lenguas principales que se hablan en el continente. El personal incluye a miembros de la antigua red de Wagner PMC. African Initiative está encabezada por Artyom Kureyev, quien según ciertos informes es un agente de la Dirección n.º 5, que se ocupa de los asuntos exteriores de la agencia de inteligencia interior de Rusia (FSB).
En los países en que la influencia rusa ya es bastante sólida, las campañas de propaganda encaminadas a moldear la opinión pública sobre el terreno se encomiendan a organizaciones locales y líderes de opinión. En el 2º foro Rusia-África, el presidente de Burkina Faso, Ibrahim Traoré, ensalzó el apoyo de Moscú a la soberanía africana e incluso comparó la historia moderna de Rusia con la de los países africanos calificando a ambas partes de “los pueblos olvidados del mundo”. En un plano más modesto, una ONG marfileña afiliada a Rusia, llamada Apoyo Total a Vladímir Putin en África (SOTOVPOA) lanzó incluso un premio internacional en su nombre para honrar el “acto de liberación de África” que el fundador de la ONG atribuyó a Putin. Es más, la African Initiative organiza giras por los territorios ocupados de Ucrania para periodistas, en las que autores de blogs de los países sahelianos comentan las “reconstrucciones de nuevas regiones” y reciben formación en la gestión de campañas informativas.
Contra el campismo
Como se ha señalado anteriormente, la presencia de Rusia en África tiene poco que ver con la liberación de las poblaciones locales y se centra, en cambio, en el apoyo a regímenes afines. Los crímenes de guerra, el extractivismo y el refuerzo de los regímenes autocráticos ponen de manifiesto los motivos subyacentes del regreso del Kremlin al continente, motivos que no difieren tanto de los de otras potencias neocoloniales.
Quedan muchas preguntas por responder: ¿Convence a alguien ese falso anticolonialismo, respaldado por esfuerzos propagandísticos y campañas de desinformación? ¿Son las manifestaciones en que se ven multitudes con banderas rusas y de Wagner un montaje o existe un apoyo genuino a Rusia en África? ¿Reconoce la mayoría de la población la influencia que Rusia ejerce sobre sus propios gobiernos, elecciones y economías?
Los datos demoscópicos generales ofrecen información limitada: la última edición del estudio Afrobarometer muestra una diversidad significativa entre países. En Mali, uno de los socios más recientes y esenciales de Moscú, la percepción pública positiva de la influencia económica y política de Rusia aumentó del 56 % en 2019-2021 al 88 % en 2023-2025. Mientras tanto, en Guinea ‒país no ajeno a las actividades empresariales de Rusia‒ la opinión positiva sobre la influencia rusa descendió del 63 % al 49 % en los años respectivos. Al mismo tiempo, la percepción positiva media de Rusia en África (36 %) es inferior a la de China (62 %), EE UU. (52 %), la UE (50 %) o India (39 %).
Los resultados de la lucha del Kremlin por ganarse los corazones y las mentes sobre el terreno siguen siendo inconsistentes, aunque está claro que algunos grupos se benefician de su presencia. Al mismo tiempo, Moscú parece estar tomándose en serio la competencia entre las grandes potencias en la región. Esto salta a la luz con el creciente número de instituciones de poder blando del Kremlin (como las Casas Rusas), su presencia cada vez más amplia en materia de seguridad y las inversiones en proyectos de infraestructura a largo plazo.
En el contexto global, la cínica instrumentalización por parte del Kremlin de las narrativas anticoloniales ‒incluidos sus supuestos esfuerzos por “liberar” a las sociedades africanas‒ parece haber logrado una repercusión limitada, pero notable, entre algunos sectores de la izquierda. Más allá de los propagandistas afiliados al Kremlin, esta postura encuentra eco entre comentaristas antiintelectualistas e influencers en línea, así como en partidos políticos enteros (como el DKP alemán), que denuncian el imperialismo occidental mientras pasan por alto la naturaleza antidemocrática y reaccionaria de sus rivales geopolíticos. En este marco, las actividades de Rusia en África se invocan a menudo como prueba para respaldar tales puntos de vista.
Esta lógica no solo es profundamente occidentalista ‒dentro de un marco de bandos, solo se considera que Occidente posee la capacidad de cometer crímenes significativos‒, sino también bastante peligrosa. Socava las luchas progresistas contra regímenes que se presentan como oponentes de Occidente, ya sea en Rusia, Irán o Venezuela. Mientras tanto, a pesar de pertenecer ostensiblemente a bandos opuestos, las élites conservadoras tanto de Rusia como de Estados Unidos siguen persiguiendo intereses comunes, tramando su propia Internacional fascista y dándose la mano en Alaska. En el actual sistema global moldeado por el capital e impuesto por los Estados, solo los movimientos genuinamente internacionalistas y anticolonialistas, basados en la solidaridad con los pueblos de ambos bandos, ofrecen un camino viable hacia la liberación de la clase explotada.
Texto original: Rosa-Luxemburg-Stiftung
Traducción: viento sur
Sasha Fokina es periodista y analista especializada en luchas anticoloniales, guerras y autocracias en todo el Sur Global, así como en cuestiones de feminismo y migración.


