Desde el inicio del segundo mandato de Donald Trump la política de seguridad nacional de Estados Unidos ha reforzado una línea orientada al aseguramiento de aquellos recursos estratégicos indispensables para el desarrollo tecnológico, energético y militar. La Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) publicada en noviembre de 2025, junto con diversas iniciativas legislativas impulsadas por la administración republicana, colocó en el centro de la política exterior y económica estadounidense la necesidad de garantizar el acceso, control y almacenamiento de minerales críticos, que son aquellos minerales estratégicos de los cuales carecen o son de difícil acceso para ellos.
Más allá de representar exclusivamente una política económica o industrial, esta estrategia expresa una transformación sobre la forma en que se concibe la guerra y la confrontación internacional en el siglo XXI. La disputa actual entre potencias no se libra exclusivamente en campos de batalla convencionales, sino en la competencia por el dominio tecnológico, el control de cadenas globales de suministro y la capacidad de asegurar el “acceso ordenado” sobre aquellas materias primas esenciales para industrias estratégicas.
En este contexto, la acumulación de minerales críticos que está impulsando el gobierno estadounidense constituye una política de seguridad nacional vinculada tanto al fortalecimiento de la industria militar como a la contención de competidores geopolíticos, especialmente China, cuya posición dominante en el procesamiento y refinación de varios de estos minerales ha sido identificada por Washington como una amenaza de primer orden.
La hipótesis de este trabajo sostiene que la actual política de aseguramiento y acumulación de minerales críticos por parte de Estados Unidos impulsa el actual escenario de confrontación internacional, en tanto que forma parte de una lógica de competencia interestatal centrada en el dominio tecnológico global. En este sentido, la militarización contemporánea no puede entenderse únicamente desde el aumento del gasto en defensa o el despliegue militar directo, sino también desde la reorganización de cadenas de suministro crítico y la relocalización industrial que sostienen la superioridad material, tecnológica y militar estadounidense, haciendo de la acumulación de minerales críticos un elemento constitutivo de la política de seguridad nacional actual.
Construcción de la hegemonía y reproducción material del poder
Dentro del modo de producción capitalista existen leyes generales y tendencias estructurales que permiten comprender su funcionamiento histórico. Sin embargo, este nivel de abstracción resulta insuficiente para explicar las formas concretas mediante las cuales se organizan las relaciones de poder y competencia entre los distintos sujetos estatales en momentos históricos específicos. Para ello, es necesario situarse en el análisis de la hegemonía, entendida como la capacidad que tiene un sujeto histórico para dirigir y organizar el proceso de reproducción global de acuerdo con sus propios intereses.
En términos generales, la hegemonía remite a la capacidad de universalizar una determinada visión del mundo, presentándola como la única forma posible de organización económica, política y social. Esta universalización no sólo implica la imposición de valores, instituciones o formas culturales, sino también una manera específica de organizar la materialidad de la vida social: la relación con el territorio, la naturaleza, los recursos y los cuerpos.
En ese sentido, la reproducción hegemónica no descansa exclusivamente en mecanismos de coerción militar o dominación económica directa, sino también en la capacidad de construir consensos, organizar formas de vida y asegurar las condiciones materiales necesarias para sostener su reproducción ampliada.
Desde esta perspectiva, la hegemonía estadounidense ha estado históricamente ligada al aseguramiento de las bases materiales que sostienen su posición dominante dentro del sistema capitalista mundial. Particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos abandonó el relativo aislacionismo que había caracterizado parte de su política exterior durante las primeras décadas del siglo XX y consolidó una estrategia de proyección planetaria sustentada tanto en su capacidad industrial y su poder militar como en la expansión global del llamado american way of life que acompaña el modo de vida imperial que le es propio.
En el contexto de la Guerra Fría, esta estrategia permitió articular mecanismos políticos, económicos y militares destinados a contener cualquier amenaza que pusiera en riesgo la reproducción del orden hegemónico capitalista estadounidense. En este proceso, la seguridad nacional adquirió un papel central como mecanismo de articulación entre política exterior, expansión económica y fortalecimiento militar. Particularmente desde mediados del siglo XX, la noción estadounidense de seguridad nacional incorporó la necesidad de garantizar el acceso y control de aquellos recursos considerados estratégicos para la producción industrial y militar.
La experiencia de la Segunda Guerra Mundial y posteriormente la de la Guerra de Corea —en tanto que escenario constitutivo del fenómeno global de la Guerra Fría— evidenciaron que la superioridad militar dependía no sólo de la capacidad bélica inmediata, sino también del aseguramiento permanente de materias primas indispensables para sostener los procesos productivos. Fue en este contexto donde las políticas de acceso, administración y acumulación de materiales estratégicos se establecieron como un asunto prioritario para la seguridad nacional estadounidense, buscando contrarrestar cualquier período de escasez o de demanda acelerada con el que la industria estadounidense pudiera enfrentarse.
La Estrategia de Seguridad Nacional y la disputa tecnológica
La Estrategia de Seguridad Nacional constituye uno de los documentos más representativos del accionar estadounidense a nivel local, regional y planetario desde finales del siglo XX. Como documento oficial aprobado por el Congreso, la ESN tiene efectos prácticos en el establecimiento de políticas públicas, así como en el uso de instrumentos militares, económicos, diplomáticos y tecnológicos en relación con las principales “amenazas” que enfrenta Estados Unidos en torno a su papel hegemónico en el mundo. Su más reciente actualización, publicada en noviembre de 2025, plantea explícitamente la necesidad de asegurar durante las siguientes décadas la posición de Estados Unidos como la nación “más fuerte, rica y poderosa”, identificando como una de las principales amenazas de dicho objetivo el debilitamiento de la base industrial y tecnológica sobre la cual descansa su poder económico y militar.
Frente a este escenario, la estrategia propone una “reindustrialización” orientada al fortalecimiento de algunos sectores considerados prioritarios para la competencia global contemporánea, destacando los de inteligencia artificial, computación cuántica y biotecnología. Aunque estos sectores suelen presentarse como parte de la innovación civil y del desarrollo tecnológico, el documento deja claro que su importancia estratégica radica en su estrecha articulación con la industria militar y con las capacidades futuras de la defensa estadounidense.
Sin embargo, el desarrollo de estas tecnologías depende en gran medida de una base material específica de minerales estratégicos que permite la producción de semiconductores, sistemas de comunicación avanzados, armamento de precisión, plataformas autónomas y tecnologías emergentes de guerra basadas en inteligencia artificial.
Mecanismos paralelos y reconfiguración institucional
La ESN de 2025 no opera de manera aislada, sino como parte de un conjunto más amplio de transformaciones legislativas, presupuestarias e institucionales impulsadas durante el segundo mandato de Trump. Desde mediados del año pasado, la administración republicana promovió diversas iniciativas destinadas a preparar las condiciones materiales y políticas necesarias para la implementación de esta nueva orientación estratégica.
Dentro de las iniciativas más relevantes destaca la aprobación de la One Big Beautiful Bill Act (OBBBA), que representó uno de los paquetes fiscales más controvertidos de las últimas décadas. Uno de los aspectos más significativos de esta legislación fue la asignación de aproximadamente 13 mil mdd para proyectos relacionados con exploración, explotación y acumulación de minerales críticos, de los cuales 2 mil mdd se encuentran destinados a la Reserva Nacional de Defensa para el desarrollo de tecnologías vinculadas al sector militar (véase Tabla 1). Este elemento resulta particularmente importante debido a que, desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos había reducido considerablemente la prioridad otorgada al almacenamiento estratégico de minerales para fines de defensa.
Tabla 1

Fuente: Elaboración propia con información de la One Big Beautiful Bill Act (2025), la Congressional Budget Office y Earthjustice
En este mismo sentido y desde la aprobación de la OBBBA, el Departamento de Defensa (DoD) a través de la Defense Logistics Agency (DLA), ha solicitado una lista de minerales críticos que se obtienen casi en su totalidad del exterior y que son considerados esenciales y prioritarios para sostener los sectores vinculados a la defensa nacional (véase Tabla 2). La importancia otorgada a estos minerales evidencia que la disputa contemporánea por los mismos no responde únicamente a objetivos económicos o energéticos, sino a la necesidad de asegurar las bases materiales de las tecnologías militares emergentes.
Además, desde inicios de 2025, Estados Unidos ha establecido una red de acuerdos bilaterales, memorandos de entendimiento, así como reuniones internacionales para crear una arquitectura global que permita el aseguramiento de las cadenas de suministro de tales minerales. Destaca en ese sentido, la iniciativa Forum on Resource Geostrategic Engagement (FORGE) emanada del foro internacional Critical Minerals Ministerial, donde participaron más de cincuenta naciones con el objetivo de coordinar políticas e inversiones que permitan la consolidación de una red internacional de suministro de minerales críticos alternativa a China.
El hemisferio occidental y el aseguramiento de recursos estratégicos
El control territorial constituye uno de los pilares fundamentales de toda construcción hegemónica. Ninguna hegemonía puede sostenerse exclusivamente a partir de capacidades militares abstractas o de consensos ideológicos; requiere también garantizar el acceso estable a espacios, recursos y circuitos estratégicos de reproducción material. Mediante la noción del “hemisferio occidental” —término construido por el aparato de Estado estadounidense para delimitar un espacio regional subordinado a sus intereses estratégicos—, dicha dimensión territorial ha sido históricamente articulada con la pretensión de establecer una esfera privilegiada de influencia sobre América Latina y el Caribe.
Tabla 2

Fuente: Elaboración propia con información de U.S. Geological Survey, Mineral Commodity Summaries 2026; y Lora Steichen, Mining for War: Assessing the Pentagon’s Mineral Stockpile, Transition Security Project, 2025.
Esta lógica reaparece con claridad en la ESN de 2025. El documento no sólo dedica una atención prioritaria al hemisferio occidental, sino que lo presenta como un espacio indispensable para garantizar la autonomía industrial y tecnológica de Estados Unidos frente a sus competidores globales. A partir de ello, pueden identificarse al menos tres líneas centrales de acción hacia la región: primero, revertir la creciente presencia de actores externos no alineados; segundo, fortalecer el monitoreo y control de las cadenas de suministro críticas; y tercero, generar condiciones políticas, regulatorias y económicas favorables para la expansión de empresas extractivas estadounidenses en el continente.
Por esa razón, la ESN se enfoca en gran medida en el control territorial del llamado hemisferio occidental, lo que responde al asedio imperial actual sobre la región de América Latina y el Caribe, y particularmente sobre Cuba, Colombia, Venezuela y la región fronteriza con México, territorios potencialmente ricos en varios de los minerales críticos demandados por el DoD utilizados en la industria armamentista (véase Tabla 2).
Reportajes recientemente publicados por The Guardian evidencian el avance de la minería informal respaldada por grupos paramilitares y redes vinculadas al narcotráfico en la extracción de tierras raras y coltán —que es fuente de tantalio y niobio— en la zona fronteriza entre Venezuela y Colombia, particularmente en el denominado Arco Minero del Orinoco. Lo significativo de este fenómeno radica no sólo en la ausencia de mecanismos efectivos de regulación y de registros oficiales sobre los volúmenes extraídos, sino también en que gran parte de los compradores de estos minerales provienen de China. Desde Washington, este escenario se presenta como la justificación ideal para intervenir contra aquellas organizaciones que representan una amenaza para la seguridad del hemisferio occidental tales como el “narcoterrorismo”, al tiempo que favorece la creación de condiciones políticas adecuadas para el establecimiento de empresas mineras estadounidenses a través de gobiernos alineados a sus intereses.
El caso de Cuba no es menor, ya que, en un escenario de intensa disputa por los minerales críticos, el porcentaje de reservas de cobalto que se localiza en sus fronteras y que representa cerca del cinco por ciento a nivel global, supone un elemento vital para los objetivos que la ESN actualmente busca imponer. En esa medida, el trasfondo de una nueva avanzada contra el “narcoterrorismo” permite establecer las condiciones adecuadas para el funcionamiento de empresas mineras estadounidenses en territorio mexicano, así como garantizar el libre flujo transfronterizo en un contexto actual donde se discuten con un alto nivel de discreción los lineamientos del Plan de Acción entre Estados Unidos y México sobre Minerales Críticos.
En consecuencia, América Latina adquiere una nueva centralidad geopolítica dentro de la competencia global contemporánea. La región deja de aparecer únicamente como un espacio periférico de extracción de materias primas y pasa a constituirse como una pieza fundamental en la disputa por asegurar las bases materiales de la reproducción tecnológica y militar estadounidense.
Post scriptum
Mientras Washington reactiva el financiamiento de la Reserva Nacional de Defensa y vuelve a colocar el almacenamiento estratégico de minerales como un asunto de seguridad nacional, el gobierno chino ha destinado durante los últimos cinco años cerca de 60 mil millones de dólares para fortalecer sus propias reservas y capacidades de aseguramiento material. Esta dinámica revela que la disputa contemporánea no gira únicamente en torno al control tecnológico, sino también alrededor de la capacidad de garantizar el acceso estable a aquellos recursos indispensables para sustentar su materialidad.
En este contexto, si Estados Unidos busca consolidar una especie de Pax Silica —es decir, un orden global basado en el control de las cadenas tecnológicas y de los minerales críticos que las hacen posibles—, resulta pertinente preguntarse hasta qué punto la hegemonía estadounidense continúa siendo incuestionable. La reciente visita de Donald Trump a Pekín acompañado por los CEOs de las principales empresas tecnológicas estadounidenses parece sugerir una respuesta significativa: ninguna reorganización estable del orden tecnológico global actual puede construirse prescindiendo de China.
Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 561: https://www.alai.info/wp-content/uploads/2026/06/ALenMovimiento_561_junio_2026-2-25-30.pdf


