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En Estados Unidos Santa Claus te mata

Fuentes: Rebelión

“Una cosa era jugar a ser Dios y otra ‒más modesta y estadounidense‒ jugar al héroe del Oeste salvaje”. -John Dower, Culturas de guerra. Pearl Harbor, Hiroshima, 11S, Iraq, Pasado & Presente, Barcelona, 2012, p. 349.

Estados Unidos es el país de las armas, de la biblia y del dólar. Esas cosas están tan interconectadas que constituyen una forma de cultura, sí la cultura de la guerra y de la muerte.

Una manifestación cotidiana de esa cultura es la adoración de las armas, algo histórico que se remite a la misma formación de los Estados Unidos, puesto que en 1791 se aprobó la segunda enmienda que literalmente dice: “no se infringirá el derecho de las personas a mantener y portar armas”. 

Y desde su mismo origen, en los Estados Unidos se han usado las armas para matar indígenas, negros y pobres. Esa práctica comenzó dentro de su propio territorio o en lo que se iba a convertir en el territorio de Estados Unidos y luego se extendió al resto del mundo, con las múltiples guerras de agresión que ese país ha librado desde las primeras décadas del siglo XIX.

Como una muestra de esa cultura de las armas y de la muerte, no sorprenden las noticias sobre Santa Claus [Papá Noel] repartiendo armas. Algunas imágenes recientes son ilustrativas.

La primera involucra al Sheriff del Paso (Texas) que, disfrazado de Santa Claus, fue a renovar su licencia para portar armas. La fotografía que difundió por las redes el mismo Sheriff venía acompañada de este Twitter: “¿Adivinen quién entró hoy para recibir su permiso para portar pistola? ¿Sabías que oficina del alguacil del condado de El Paso ha emitido 49,750 permisos de armas con otros 2.560 esperando a ser emitidos?”.

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Este mal chiste se hizo solo unos cuantos días después de que en una escuela de Michigan un adolescente de 15 años matara a cuatro estudiantes e hiriera a otros siete. Que gran muestra de sensibilidad con los niños y adolescentes a los cuales se supone visita en esta época de fin de año Papa Noel. Lo que se está diciendo es que es el viejito bonachón necesita armas y regala armas, o sea, sangre y muerte, que tanto les gusta a los estadounidenses y, además, escupe sobre los adolescentes recién masacrados en una escuela. Para acabar de completar, lo que es bien revelador de la cultura de la muerte que está enquistada en el sentido común del habitante promedio de Estados Unidos, el Sheriff respondió a algunas críticas sobre su poca empatía con los estudiantes asesinados, con este otro Twitter: “Santa se correlaciona con el mes de diciembre y pensamos que ayudaría a reconocer a nuestro personal trabajador […] tenía la intención de destacar a nuestro personal en la oficina de permisos de armas, no para ser insensibles”. En diciembre, en época de regalos, este individuo reivindica a las personas que trabajan concediendo permisos para portar armas, para matar. Un buen reflejo de la cultura de la muerte, que exalta a quienes trabajan en hacer que la Parca sea más efectiva.

Se podría pensar que el incidente comentado es una excepcional ocurrencia, una simple anécdota y no hay que ponerle mucha atención. Pero resulta que al día siguiente el Congresista republicano Thomas Massie puso en circulación en sus redes sociales una fotografía en la que aparece en compañía de seis familiares, incluyendo niños y adolescentes, todos los cuales portan armas. La fotografía iba acompañada de este mensaje: “¡Feliz Navidad! P.D. Santa, por favor, traiga munición”.

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Massie fue elegido en 2012 a la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Es un férreo defensor de la segunda enmienda que autoriza el porte y uso de armas de fuego. Incluso, en abril de este año propuso un proyecto de ley para reducir la edad de porte de armas de fuego, de 21 a 18 años. Como puede apreciarse eso es lo que se llama un verdadero representante del pueblo de Estados Unidos, que promueve y defiende uno de los elementos distintivos de la identidad estadounidense: armarse y matar.

Estos angelicales mensajes dirigidos a toda la sociedad, pero especialmente a los niños, evidencian el respeto a la vida que se profesa en los Estados Unidos, en donde se les rinde un culto venerable a las armas. Esto pude comprobarse con algunas cifras elementales:

  • Hay más armas que habitantes: 120 armas por cada 100 estadounidenses.
  • Estados Unidos posee 393 millones del total de 857 millones de armas civiles que hay en el mundo, es decir, cuenta con el 46% del arsenal civil del planeta.
  • El 44% de los hogares de Estados Unidos poseen algún arma de fuego.
  • Un 35% de todos los adultos de Estados tiene un arma de fuego de su propiedad.
  • 220 millones de estadounidenses están armados, dos tercios de los cuales dicen que compraron un arma para sentirse protegidos. Un 44% conoce a alguien a quien le pegaron un tiro.
  • En Estados Unidos se han producido masacres continuadas en todos los años de lo que va del siglo XXI.
  • Con un 4% de la población mundial, en Estados Unidos se producen el 44% de los suicidios mundiales con armas de fuego.
  • 24 mil estadounidenses se suicidan cada año con armas de fuego.
  • En los dos primeros meses de este año se produjeron en los Estados Unidos, por el uso de armas de fuego, 3.045 muertes, 5.300 heridos, 73 tiroteos de masas, murieron 144 niños y 599 adolescentes y se suicidaron unas 4.000 personas.

La cultura de la muerte, del odio, de la guerra

Que las armas sean un objeto omnipresente en la vida cotidiana de los estadounidenses constituye una cultura, la de la muerte. Puede explicarse por diversas razones, asociadas al individualismo, a la competencia desenfrenada (resultado práctico del darwinismo social), el egoísmo, la lógica del sálvese quien pueda y el supuesto que, mediane la fuerza bruta, se puede aplastar al otro. Se supone que esta cultura de la muerte se sustenta en la libertad individual, que es irrenunciable, aunque la misma aplaste la libertad básica de un ser humano: la del derecho a vivir.

El individualismo ha generado en los Estados Unidos un sentimiento permanente de inseguridad y paranoia que los lleva a ver enemigos hasta en la sopa. Y esos enemigos, llámense indígenas, negros, migrantes, árabes, comunistas… solo pueden ser repelidos con las armas. Hay que defender la propiedad por todos los medios, aunque haya que matar a todos los que la pongan en peligro. Por eso, se organizan milicias de civiles armados para perseguir migrantes o impedir que entren a los Estados Unidos y también otros civiles, que actúan como Rambos salvadores, venden sus servicios como cazarrecompensas para matar en cualquier lugar del mundo.

El miedo es un componente emocional, incrustado en la psique del estadounidense promedio, relacionado con el individualismo, en el que se proclama que cada uno debe resolver sus propios problemas si quiere ser exitoso y no perdedor. Y una forma de resolver esos problemas es con las armas de fuego, para intimidar, hacerse respetar, aplastar a los débiles, es decir, la cultura del lejano oeste del siglo XIX traída al siglo XXI, pero ahora con armas más letales.

Esa cultura de la muerte, que se nutre con el miedo y genera odio, alimenta un poderoso nicho de mercado, en el que un pequeño grupo de empresarios producen y venden armas, que millones de estadounidenses compran. Ese negocio produce fabulosas ganancias en el mercado interno y externo. En 2018, la industria de armas de los Estados Unidos alcanzó unos ingresos de 28 mil millones de dólares, 11 mil millones provenientes de la venta de armas y 17 mil millones de la venta de municiones, sumando las ventas dentro y fuera de los Estados Unidos. Esto significa que la sola industria de armas tiene unos ingresos superiores al Producto Interno Bruto de muchos países del mundo.

Esa cultura de la muerte la exporta Estados Unidos al resto del mundo, empezando por el suministro de armas. Se calcula al respecto que unas 200 mil armas de fuego salen de Estados Unidos cada año hacia México y los países centroamericanos. No por casualidad, algunos de ellos tan violentos como los Estados Unidos. Como quien dice Estados Unidos también exporta su modelo de maldad y violencia, a nombre de la defensa del sacrosanto mercado y la propiedad privada. Aparte de las armas, exporta mercenarios y matones, tanto de las Fuerzas Armadas como de cuerpos paramilitares, que matan en otros países. Son los que se presentan como salvadores del mundo y masacran en Irak, Siria, Colombia, México… mediante el uso de armas de corto y largo alcance o armas más sofisticadas, tales como drones, aviones o misiles. Al fin y al cabo, no importa el arma que se utilice, lo que cuenta es el soporte cultural, de sangre y de muerte, que lo sustenta.

Esa cultura de la muerte ha sido impulsada por diversos medios en los Estados Unidos, la prensa, la televisión, el cine, el tipo de historia que se enseña donde a los niños y jóvenes se les inculca el culto a la violencia y a la brutalidad, con mentiras sobre el lejano oeste, las guerras de agresión (Corea, Vietnam, Irak, Afganistán…), en las cuales los Estados Unidos siempre aparecen como los buenos de la película y todos los otros son los malos, a los que está muy bien torturar y matar.

Esa cultura de la muerte ayuda a explicar porque el 2020, año de aislamiento y pandemia, fue extremadamente violento dentro de los Estados Unidos, a pesar de que por el confinamiento no hubo masacres, porque se redujeron los objetivos mortales: escuelas, universidades, centros comerciales, que estuvieron cerrados. Sencillamente, no había a quien matar en público. Mientras que esos tentadores objetivos de muerte estaban clausurados, las tiendas de armas nunca cerraron, porque se les calificó como negocios esenciales, y lo son para el estadounidense común y corriente, porque que más esencial para ellos que el dolor y la muerte. Por ello, en plena pandemia mientras la economía de Estados Unidos entraba en crisis y el desempleo alcanzaba cifras inusitadas, el sector de las armas nunca paró y siguió vendiendo y aumentando sus ganancias. En plena pandemia, en el 2020 se realizaron gun shops, ferias de armas, donde hombres, mujeres, niños, ancianos promocionaban armas de todos los calibres. En algunas de esas ferias se ofrecían las armas, junto con camuflados, mochilas, botas, cuchillos y con camisetas en las que se encontraba, para citar solo un ejemplo este aviso publicitario: “Dos cosas que todo americano debe aprender a usar. Ninguna te la enseñan en la escuela”, máxima sapientísima que aparecía ilustrada por una pistola y una biblia.

La industria de armas conjuga los principios puros del libre mercado en los Estados Unidos, en cuanto a maximizar satisfacción a los consumidores, quienes defienden a capa y espada esa industria de la muerte, hasta el punto de considerar a la venta de armas como un negocio esencial, de primera necesidad, sin el cual no se puede vivir ni morir. Así se hace realidad la soberanía del consumidor, en este caso, la soberanía de armarse para matar o morir, propia del ADN de los Estados Unidos desde la época en que se cazaban indígenas durante la colonización del Oeste.

No sorprende que Estados Unidos sea el país más armado del planeta, con más cantidad de masacres y muertos por arma de fuego (aunque no está en guerra convencional), donde se matan niños y adolescentes en las escuelas por otros adolescentes, donde cualquiera puede comprar armas en el mercado legal o el ilegal (que están íntimamente vinculados), en el que portar armas se exhibe como símbolo de libertad. Eso es parte de la idiosincrasia cultural de los Estados Unidos, puesto que en 44 de los 50 Estados de la Unión Americana poder comprar libremente armas es un derecho constitucional.

Cuando se presenta una masacre, algo que es pan diario en los Estados Unidos, se evidencia ante los ojos de millones de personas lo que implica el porte libre de armas. Sin embargo, el problema no se reduce a que se presenten masacres, el asunto es más profundo, en cuanto a la generación de violencia en diversos ámbitos. Todos los días son asesinadas personas en pueblos y ciudades de Estados Unidos, sin que eso sea noticia. En Estados Unidos se suicidan con armas de fuego miles de personas cada año. La violencia doméstica, en que las mujeres siempre llevan la peor parte, produce miles de muertos cada año por armas de fuego, en una clara muestra de violencia de género. Muchos de los hombres que agreden o matan con arma de fuego a sus parejas son protagonistas de tiroteos y masacres y de muchos de ellos también profesan odio racista y xenófobo contra negros, árabes o latinoamericanos.

Santa Claus, los niños y la muerte

El mensaje que Estados Unidos le ha dado a los niños de su país y del mundo entero es claro: recibe como regalo un arma hoy, y mañana serás un asesino y por eso te reconocerán y hasta serás famoso. Y, obvio, ese mensaje abstracto se materializa en los días de navidad, cuando Santa Claus llega con sus maletas a reventar de armas, municiones, sangre y muerte. Por ello, volviendo a nuestro punto de partida, la navidad y Santa Claus, las armas son uno de los regalos preferidos en fiestas de fin de año. Podría pensarse que no hay nada raro en ello, si en casi todo el mundo en esas fechas se regalan armas, pero con una diferencia esencial, mientras que las que se regalan fuera de los Estados Unidos son armas de juguete (en plástico y otros materiales), las que se obsequian en Estados Unidos son armas de verdad, que disparan proyectiles reales que pueden herir y matar. En efecto, los padres les regalan a los hijos pistolas, revólveres, rifles, ametralladoras como si de un preciado objeto se tratara, aunque mejor sería reconocer que para ellos es un inapreciable objeto. No sorprende, entonces, que cuando los niños abren sus regalos se encuentren con armas de fuego y cargadas de munición, debajo de su almohada, de su cama o en las mesas donde se colocan los regalos. Ojalá esto que decimos fuer una exageración y no la cruda realidad.

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Uno de los regalos preferidos que se conceden en diciembre en Estados Unidos, traídos por el bonachón de Santa Claus, son los rifles. Incluso, los fabricantes de armas los empacan, con la ternura propia de los mercachifles de la muerte, con un sello en la tapa que dice Mi primer RIFLE.

Con estas características la postal que identifica a la clásica familia estadounidense, con casa, carro y un televisor inmenso, debe completarse con las armas. De esta manera, en esa postal decembrina, padre, madre e hijos muestran su felicidad, junto al árbol de navidad, exhibiendo sus juguetes que no son para la diversión sino para la muerte; o algo así, como divertirse matando.

Si eso es así, si tales son los regalos que se les dan a los niños desde la tierna infancia, porque sorprenderse con el hecho de que sean niños y adolescentes los responsables de masacres en todos los Estados Unidos. Así, para mencionar un caso, en este 2021 en un pequeño poblado de Idaho (en el noroeste), una niña de unos 11 años de sexto grado extrajo una pistola de su bolso escolar y disparo a su alrededor, como resultado de lo cual resultaron heridos dos estudiantes y un empleado escolar.

Porque sorprenderse con 25 tiroteos escolares entre 2018 y 2019, que por la pandemia se redujeron a 9 en 2020, pero se volvieron a disparar, nunca fue tan literal el término, en este 2021, cuando hasta junio se habían presentado 150 tiroteos masivos en general.

Pero esta formación tan ejemplar de los niños, para que tengan un futuro asegurado como matones de primera, no se queda en los Estados Unidos, puesto que este país lo vende como uno de sus principales productos de exportación. Un solo ejemplo que adquiere relieve por lo que ha acontecido en Afganistán en los últimos meses, se refiere a la alfabetización que el ejército de Estados Unidos les proporcionó a los niños de ese país desde la década de 1980: “Los norteamericanos gastaron millones de dólares en la distribución entre los niños afganos de libros de texto repletos de contenidos violentos y fanáticamente pro-islámicos, destinados a amamantar ideológicamente a una nueva generación de mujadines. A los niños afganos se les enseñaba a contar con dibujos de tanques, misiles y minas antipersonas. Estos libros diseñados por personal de la Universidad de Nebraska-Omaha, tenían cómo propósito convertir a los niños afganos en feroces guerreros […]”. [Santiago Camacho, Las cloacas del imperio. Lo que Estados Unidos oculta al mundo, Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 2004, p. 33.].

Y, a la vez, a esos mismos niños afganos se les masacra impunemente por las tropas de los Estados Unidos, pues recordemos que el último acto de muerte de los marines en Afganistán, antes de huir como ratas, fue masacrar a siete niños, con “bombas inteligentes”. El hecho fue tan evidente, que Estados Unidos reconoció que por error habían matado a esos siete niños, y a un total de diez civiles, pero no iba a juzgar a nadie por ese crimen. Nada de raro tendría que estos militares que bombardearon a los niños hubieran recibido años antes unas armas de fuego como regalo de navidad por parte de Santa Claus, convertido por la mitología mercantil de los Estados Unidos en un enviado de los dioses de la muerte.

Y a propósito del amor que Estados Unidos les profesa a los niños, recordemos la ternura de Madelaine Albright, alta funcionaria del gobierno de los Estados Unidos en el gobierno de Bill Clinton, quien sin desparpajo sostuvo en una entrevista lo valioso que era matar niños:

“Pregunta: Tenemos entendido que ha muerto medio millón de niños, más de los que murieron en Hiroshima. Díganos: ¿Vale la pena pagar semejante precio?”.

Respuesta: La elección no ha sido nada sencilla, pero creemos que sí vale la pena”. [Citado en John Dower, Culturas de guerra. Pearl Harbor, Hiroshima, 11S, Iraq, Pasado & Presente, Barcelona, 2012, p. 143].

A los niños de Irak, como los de Afganistán y decenas de países más en el mundo entero, Santa Claus no les regala armas para que aprendan a matar y morir, sino que los masacra directamente, con fuego llovido del cielo, para alcanzar la dicha y la libertad en el más allá.

Los siete niños que Estados Unidos masacró en Afganistán el 30 de agosto. Un regalo del cielo, anticipado de Santa Claus.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.