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República Democrática del Congo

Guerra contra las mujeres

Fuentes: Revista Pueblos

Ahora mismo hay una guerra en el corazón de África, en la República Democrática del Congo, y hasta ahora han muerto allí más personas que en Irak, Afganistán y Darfur juntos. Probablemente no se sabe mucho de esto, pero como informa Anderson Cooper, es el conflicto con mayor número de muertos desde la segunda Guerra […]

Ahora mismo hay una guerra en el corazón de África, en la República Democrática del Congo, y hasta ahora han muerto allí más personas que en Irak, Afganistán y Darfur juntos. Probablemente no se sabe mucho de esto, pero como informa Anderson Cooper, es el conflicto con mayor número de muertos desde la segunda Guerra Mundial. En los últimos diez años, más de cuatro millones de personas han muerto y las cifras siguen aumentando. Como Cooper y el equipo de «60 minutos» comprobaron cuando estuvieron allí hace meses, los objetivos más frecuentes de esta guerra silenciada son las mujeres. De hecho, es una guerra contra ellas, y las armas que usan para destruirlas a ellas, sus familias y las comunidades enteras son las violaciones.


(El siguiente artículo hace referencia a un reportaje televisivo realizado por la cadena de televisión británica CBS titulado War Against Women. The Use Of Rape As A Weapon In Congo’s Civil War

El Doctor Denis Mukwege es el director de Hospital Panzi en Congo Oriental. En esta guerra, su hospital está en primera línea. Una de las últimas víctimas que ha atendido es Sifa M’Kitambala. Fue violada por los soldados que asaltaron su pueblo, dos días antes de que llegara el equipo de «60 minutos». «Ellos la cortaron por muchos sitios», explica el Doctor Mukwege. Sifa estaba embarazada, pero esto no les importó a sus violadores. Armados con un machete, la cortaron hasta en sus genitales. En los diez años últimos en Congo, cientos de los miles de mujeres han sido violadas. El Hospital Panzi está lleno de ellas.

«¿Todas estas mujeres han sido violadas?», preguntó Cooper al Doctor Mukwege, que está de pie cerca de un grupo grande de mujeres que esperan. El Dr. dice que todas han sido sus pacientes. Dentro de una semana este lugar estará lleno de nuevos rostros, víctimas nuevas, asegura. «Tienen un profundo dolor. Pero no es el dolor físico solamente. Es dolor psicológico el que se ve. Aquí en el hospital, hemos visto a mujeres que han dejado de vivir», explica el Doctor Mukwege. Y no toda la gente tratada es adulta. «Hay niños. Creo que la más joven tenía tres años», dice Mukwege, «y la mayor, 75.»

Para entender lo que pasa aquí hay que retroceder más de una década, cuando el genocidio que se llevó casi un millón de vidas en la vecina Ruanda se desbordó en el Congo. Desde entonces, el ejército congoleño, con apoyo extranjero, y milicias locales, han estado luchando unos contra otros por el poder y por esta tierra, que tiene algunas de las mayores reservas mundiales de oro, cobre, diamantes y estaño.

Pidieron que entraran las Naciones Unidas y hoy su misión aquí es la operación pacificadora más grande de la historia. Desde 2005, aproximadamente 17.000 tropas y personal de Naciones Unidas han improvisado juntos una frágil paz. El año pasado supervisaron las primeras elecciones democráticas de este país en 40 años. Pero ahora todo lo que han logrado está en peligro. La lucha ha estallado otra vez en Congo Oriental y la región amenaza con ir hacia la guerra.Cada nueva batalla es seguida de pillaje y violación; comunidades enteras son aterrorizadas. Forzada a escapar de sus casas, la gente se lleva lo que puede, y camina kilómetros con la esperanza de encontrar alimento y refugio. El año pasado, más de 500.000 personas fueron desarraigadas. Algunos llegan a campos de refugiados ya saturados, donde dependen de la ayuda de Naciones Unidas para sobrevivir. Un campo que visitó Cooper surgió hace sólo dos meses. Ya estaba atestado, pero siguieron llegando más personas. Llegaban a buscar refugio, un lugar seguro, pero la verdad es que en el Congo no existe algo así para las mujeres.

Hasta en estos campos supuestamente protegidos, hay mujeres que son violadas cada día. «¿La violación ha llegado a ser la norma aquí?», pregunta Cooper a Anneka Van Woudenberg, que es la investigadora más antigua en la observación de Derechos humanos del Congo. «Pienso que lo diferente en el Congo se debe a la extensión de la guerra, porque ha sido tanta la violencia, la violación es ahora diaria, la violación es la norma», responde Van Woudenberg. «Las mujeres son violadas siempre en las guerras. ¿Cuál es la diferencia aquí?», pregunta Cooper. «Creo que lo diferente en el Congo es por la magnitud y la naturaleza sistemática de la guerra y también, por supuesto, la brutalidad. No es violar porque los soldados se han aburrido y no tienen nada que hacer. Es un modo de asegurase que las comunidades aceptan el poder y la autoridad del grupo armado concreto. Es una demostración de terror. Es la utilización de este hecho como arma de guerra», explica.

Es duro imaginar que esta guerra tiene lugar en medio de una belleza natural y una abundancia tan impresionantes. Después de décadas de dictadura y corrupción, el país está roto. La mayor parte de la lucha y la violación ocurre en áreas remotas de difícil acceso. Cooper y su equipo se dirigen a Walungu, un pueblo aislado en las montañas del Congo Oriental. Durante años ha habido lucha de grupos armados en esta región; miles de hombres surgen del bosque para aterrorizar pueblos y robar mujeres. El gobierno del Congo parece ser incapaz o no tener ganas de pararles. Una semana antes de que ellos llegaran hubo tres ataques en los que las mujeres fueron violadas. La víctima más joven tenía solamente seis años.En algunos pueblos, no menos del 90 por ciento de las mujeres ha sufrido violación; los hombres en los pueblos por lo general están desarmados y no pueden responder a la agresión.

En Walungu el equipo encontró a Lucienne M’Maroyhi, de 24 años. Estaba en casa una noche con sus dos hijos y su hermano menor cuando seis soldados entraron por la fuerza. La ataron y comenzaron a violarla, uno por uno. «Yo estaba echada en el suelo y, y ellos le dieron una linterna a mi hermano para que les pudiera ver violándome», recuerda ella. «¿Le decían a su hermano que sostuviera la linterna?», pregunta Cooper. «Sí», dice ella. «Me violaron como animales, uno tras otro. Cuando el primero terminaba, me lavaban con agua y me levantaban para que el siguiente pudiera violarme». Estaba convencida de que la matarían, tal como los soldados habían asesinado a sus padres un año antes. Pero, ellos se volvieron a su hermano. «Quisieron que él me violara, pero lo rechazó, y les dijo, ‘no puedo hacerlo. No puedo violar a mi hermana’. Entonces sacaron sus cuchillos y lo apuñalaron hasta matarlo delante de mí», recuerda. Entonces arrastraron a Lucienne por el bosque hasta el campo de los soldados. La hicieron su esclava y fue violada cada día durante ocho meses. Todo ese tiempo, ella no tenía ni idea de dónde estarían sus hijas.

«¿Usted sabía si estaban vivas o muertas?», pregunta Cooper.»Yo creí que ellos las habrían matado. No creí que las encontraría vivas», responde. Finalmente, Lucienne se escapó. De regreso a su poblado, supo que sus dos hijitas estaban vivas y también que estaba embarazada. Llevaba el hijo de uno de sus violadores. El marido de Lucienne la abandonó. Es lo que les ocurre a las que sobreviven a las violaciones en el Congo. «Solía pensar que cuando los hombres escapaban, eran unos irresponsables, pero ahora entiendo las cosas de otra manera», dice el Doctor Mukwege a Cooper. «No escapan porque sus mujeres han sido violadas, sino porque sienten que también ellos han sido violados. Ellos han sido traumatizados… humillados… porque no han sido capaces de hacer algo para proteger a sus mujeres y sus hijos». «Cuando una mujer es violada, no es sólo ella la violada. La comunidad entera es destruida», dice Judithe Registre, de la organización Mujeres para Mujeres que mantiene grupos de apoyo para las supervivientes de violación. «Cuando ellos cogen a una mujer para violarla, colocan a la familia para que lo vean, hacen mirar a otros miembros de las comunidades para que sean testigos», dice Registre. «Les obligan a mirar. Y lo que esto significa para la mujer violada cuando todo termina, es la vergüenza total, por haber sido violada ante tanta gente.»

Muchas de las mujeres del hospital del Doctor Mukwege no sólo son culpadas por lo que les ha pasado, las evitan por el miedo de que hayan contraído el VIH y las porque sus violaciones fueron tan violentas que ya no pueden controlar sus funciones corporales. El Doctor Mukwege dice que está haciendo unas cinco operaciones al día. A menudo sus pacientes tenían hasta objetos en sus vaginas, como botellas rotas, bayonetas. Algunas mujeres habían recibido un tiro entre las piernas por sus violadores. ¿»Por qué hacen esto? ¿Por qué disparan dentro de una mujer?», pregunta Cooper. Al principio yo me hacía la misma pregunta. Es una muestra de fuerza, de poder, se hace para destruir a la persona», dice el Doctor Mukwege. «El sexo es usado para cometer el mal. La gente escapa. Se convierten en refugiados. No pueden conseguir ayuda, se desnutren y la enfermedad acaba con ellos. Para estas mujeres, el Doctor Mukwege es tanto curandero como consejero. Dunia Karani es huérfana. Tiene polio y no puede andar, pero esto no fue obstáculo para que los soldados la violaran. Ahora está embarazada y no tiene ni idea de cómo podrá salir adelante.

Cuando se le pregunta sobre lo que él le puede decir una chica joven sobre su futuro, el Doctor Mukwege dice, «lo más difícil es cuando no puedo hacer nada. Cuando veo a una bonita joven de 16 años, que tiene todo destruido, y le digo que tengo que darle una bolsa de colostomía… es difícil». A pesar de todas esas dificultades, la mayoría de las veces el Doctor Mukwege es capaz de reparar el daño hecho en los cuerpos de estas mujeres. Ellas le ven como milagrero, como uno de esos hombres únicos en los que pueden confiar.Mientras el Doctor Mukwege guía a Cooper por las salas del hospital, una de sus pacientes le muestra sus pulgares hacia arriba. «Y ahora ella es muy feliz», dice él, «muy feliz». Este gesto no sólo le da esperanza, sino también la fuerza para seguir adelante con su trabajo.

Fuerza es algo que falta a pocas mujeres en el Congo. Soportan las cargas, cultivan los campos y mantienen las familias unidas, mientras parece que nos se ha hecho nada para protegerlas. La guerra está tan extendida que cada vez con más frecuencia las violaciones son cometidas por civiles. Carteleras ya medio borradas recuerdan a los hombres que la violación es un error, pero hay muy escasa evidencia de que los funcionarios congoleños se tomen el problema en serio.

En la oficina del fiscal se amontonan las quejas. Nos dijeron que 10 dólares de soborno podrían conseguir que una acusación de violación se investigue, pero pocos casos llegan al tribunal. Pedimos al fiscal que nos enseñe la prisión para ver cuántos violadores estaban realmente entre rejas, pero cuando llegamos nos llevamos una sorpresa. La prisión no tenía vallas, y habían echado a los guardianes a patadas.»El sistema judicial está de rodillas en el Congo», dice Van Woudenberg, la investigadora en derechos humanos. «Puedo contar con los dedos de una mano el número de casos de los que sepamos que se han llevado a juicio. En la práctica, aquí la gente se libra de la violación y del asesinato. Las posibilidades de detención son nulas.»

Puede que no haya justicia en el Congo, pero hay tentativas de organizaciones que tratan de ayudar a las supervivientes de violaciones a ponerse en pie de nuevo. Las Mujeres para Mujeres enseñan a las supervivientes cómo hacer jabón, cómo cocinar, habilidades con las que pueden ganar dinero. También aprenden a leer y escribir. Para muchas de estas mujeres, es la primera vez que han estado en un aula. Es su oportunidad para una nueva vida.

¿Se acuerdan de Lucienne M’Maroyhi? Ha aprovechado esta oportunidad. Espera poner en marcha su propio negocio un día. Ahora es mamá de una bebé nacida hace un año. El padre es uno de sus violadores, uno de los hombres que mataron a su hermano. A la niña le ha puesto de nombre Suerte. «La llamé Suerte porque pasé por muchas dificultades», explica. «Pude haber sido asesinada en el bosque. Pero recuperé mi vida. Tengo esperanza». Esperanza no es algo que se esperaría que tengan las supervivientes de violación de Congo. Pero así es. Cada mañana en el hospital Panzi se reúnen para levantar su voz, cantando, en un servicio religioso. Nuestros sufrimientos en la tierra, cantan, serán aliviados en el cielo. Parece que alivio en el Congo es demasiado pedir.

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