“El nuevo imperialismo que aquí analizo es… financiero y monetario; un imperialismo aún más radical y feroz en su centralización del poder económico, político y militar que, como el imperialismo que le precedió, conducirá inevitablemente a la guerra. Al mismo tiempo, entonces, son muy diferentes y muy similares”. (Maurizio Lazzarato, El imperialismo del dólar. Crisis de la hegemonía estadounidense y estrategia revolucionaria, Tinta Limón Editores, Buenos Aires, 2023, p. 35.)
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Este libro lo hemos estado escribiendo desde hace unos años, con la elaboración de ensayos y artículos periodísticos, ha sido preparado en los últimos meses, en medio de las agresiones que Estados Unidos realiza contra el mundo y nuestra América. Originalmente, habíamos pensado en titularlo Un imperialismo agonizante, pero a raíz de los brutales acontecimientos del 3 de enero de 2026 en Venezuela, cuando fue bombardeado Caracas, fueron asesinados más de un centenar de latinoamericanos (entre ellos 32 cubanos) y fueron secuestrados Nicolás Maduro y su esposa Cilia Floréz, decidí modificarle el título y dejar el que ahora se publica: Estados Unidos, un imperialismo sanguinario y sin máscaras.
Hemos preferido este último no porque hayamos cambiado nuestra concepción sobre la agonía del imperialismo estadounidense, sino sencillamente queremos enfatizar en el carácter abiertamente agresivo e intervencionista que de nuevo asume Estados Unidos, en virtud de su propia crisis estructural y de hegemonía. Esto lo ha llevado a quitarse la máscara que ha usado durante el siglo XX en que se presentaba a sí mismo como un país benefactor y amigo de la humanidad. Hemos agregado el vocablo de sanguinario, que parece una tautología, porque todo imperialismo ha sido violento y ha producido dolor, sufrimiento y muerte a través de su historia. Y Estados Unidos no es la excepción a esa regla histórica, puesto que la confirma de manera fehaciente a lo largo de su violenta trayectoria, siendo de lejos, el imperialismo más sangriento y asesino que ha existido en toda la historia de la humanidad, aunque eso no es percibido de esa forma por la “opinión pública” de nuestro tiempo, embrutecida con propaganda emitida por los mismos Estados Unidos y sus lacayos ideológicos, mediáticos y académicos en las últimas décadas. Al punto que, después de 1991, con la desaparición de la Unión Soviética, se habló de “imperialismo humanitario” en la época de Bill Clinton para justificar el bombardeo de Yugoslavia y su disolución o de “imperialismo benévolo”, en los gobiernos de Barak Obama y Joe Biden para encubrir su política criminal en Libia, Afganistán, Ucrania, el asedio contra Venezuela y un interminable etcétera.
Hasta hace pocos meses, adicionalmente, funcionaba a las mil maravillas el “imperialismo blando”, a través de la USAID, multitud de ONG, proyectos de “cooperación internacional”, periodistas y académicos a sueldo (que pululan en Colombia para no ir tan lejos), que se encargaban de limpiar la imagen de Estados Unidos, eso sí remunerados en dólares, al que presentaban como el campeón de la democracia, los derechos humanos y la libertad.
El “imperialismo blando” no solo ocultaba al “imperialismo duro” (el de las guerras, agresiones, invasiones, bombardeos, masacre de millones de personas y de los bloqueos y sometimiento financiero) sino que negaba su existencia y eso lo hacía con la reproducción del discurso liberal de la globalización, los derechos humanos, la sociedad civil, la oenegización de la sociedad y la política. Eso era patrocinado por el propio imperialismo estadounidense para limpiar su imagen de terror y de muerte. Todo eso ha desaparecido en los últimos meses, aunque sus beneficiarios se nieguen a reconocerlo y digan que simplemente vivimos un cambio efímero, resultado del autoritarismo de Donald Trump, pero que pronto volverán personajes del Partido Demócrata que retomaran los ideales globalistas y reconstruirán el “imperialismo blando”.
Estas son quimeras, porque desde las entrañas de la bestia el bloque imperialista de Estados Unidos se quitó la careta de “niños buenos”, muy al estilo hollywoodense, y muestra, sin pudor, su verdadero rostro criminal y terrorista y no oculta que su interés fundamental radica en preservar el dominio del dólar, para seguir con el saqueo de bienes naturales (materia y energía) e imponer sus intereses a sangre y fuego.
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El más notorio cambio del orden mundial creado bajo la hegemonía de Estados Unidos en 1991, tras la desaparición de la URSS y la primera guerra del Golfo, radica en que esa potencia se ha quitado la máscara de ser el país más bondadoso del mundo y de la historia. No está cambiando una época, sino toda la historia de Estados Unidos con respecto al resto del planeta, porque desde su misma fundación como Estado independiente en 1776 (hace 250 años) ha tenido una doble cara: la real y la imaginaria. Su verdadero rostro esta atravesado por muerte, dolor, despojo, brutalidad, racismo, violencia, machismo tanto por su comportamiento interno con los habitantes originarios de lo que hoy son los Estados Unidos y los millones de negros traídos de África y esclavizados, como por su trato a los “extranjeros indeseables”, empezando por nosotros, los habitantes de Nuestra América y nuestro territorio, a quienes invade, masacra, tortura y mata para usurpar tierras, riquezas e impedir la autodeterminación de nuestros pueblos, siempre con la perspectiva de impedir cualquier proyecto de liberación, independencia e integración continental.
El listado de agresiones a los cinco continentes parece interminable, contando entre los hechos más criminales el uso de la bomba atómica contra dos ciudades japonesas en agosto de 1945, la guerra contra Vietnam (1954-1975), en la que se masacró e hirió a unos cinco millones de personas, la Guerra de Irak (1990-2011) que dejó más de un millón de muertos, el genocidio de Gaza que está en marcha desde hace décadas y se ha acelerado desde octubre de 2023.
Todas esas agresiones y crímenes de Estados Unidos se ocultaron siempre con pretextos y argucias ideológicas y políticas, aunque en el interior del “Estado profundo” se manejaba un lenguaje directo en el que los conductores del imperio siempre se felicitaban, como cuando, por ejemplo, en secreto Henry Kissinger y Richard Nixón señalaban que no podían permitir que el pueblo chileno se equivocara eligiendo a un peligroso líder marxista (Salvador Allende) y decidieron hacer lo posible porque Chile crujiera bajo la acción agresiva de Estados Unidos, como resultado de lo cual, y con la participación de las clases dominantes de Chile, se derrocó al presidente legítimo y en su lugar se impuso al carnicero Augusto Pinochet.
El discurso público del imperialismo, una parte sustancial de lo que sus voceros denominan “imperialismo blando”, que se vendía para consumo de incautos o de vasallos afirmó desde el siglo XIX que los objetivos de Estados Unidos eran loables y sus acciones se hacían en beneficio de los propios agredidos. Así, se habló, dependiendo los momentos históricos, de enfrentar el colonialismo europeo para impedir que volviera a conquistar el continente americano (Doctrina Monroe); de “civilizar a los bárbaros y salvajes” (los indígenas, los mexicanos, los latinoamericanos); de llevarle a los pueblos atrasados la luz y progreso de la raza blanca (Destino Manifiesto); de difundir la democracia, la libertad, la justicia, la paz, el derecho y la armonía a los pueblos atrasados del resto del continente y del mundo; de luchar contra el “comunismo” y defender e imponer los valores del “mundo libre”; de librar una guerra mundial contra las drogas para matar a los narcos que contaminan a los impolutos habitantes de Estados Unidos…
Los presidentes de Estados Unidos se regocijaban mostrando en público ese supuesto carácter benefactor de su país, con la finalidad de contener cualquier proyecto que intentara salirse de su órbita, y para satisfacer los intereses de las clases dominantes en cada país que, después de 1945, se hicieron incondicionalmente proyanquis. Hasta los asesinos y ladrones más connotados que han estado en la Casa Blanca intentaban guardar las formas diplomáticas, para no hablar nunca de sus intereses supremos de apoderarse de riquezas de otros países, de quitarles independencia y soberanía, de implantar los antivalores estadounidenses en todos los ámbitos. Algunos, como George Bush II, podían decir que ninguna ley internacional se aplicaba a ellos o declaraban guerras sin cumplir ni siquiera con la normatividad interna de Estados Unidos, pero todos ellos decían que lo habían hecho en beneficio de los países agredidos. Jamás sostenían en forma franca que su objetivo era el de robar, saquear, explotar para beneficio exclusivo de los capitalistas de Estados Unidos.
Todas esas máscaras de protector, de adalid de la democracia y la libertad, de promotor de los derechos humanos, son cosa del pasado, porque ahora hemos entrado a la fase del imperialismo sin máscara, algo así como cuando el Rey se desnuda, sin vergüenza ni arrepentimiento. Y eso queda consignado en la Estrategia de Seguridad y en la Estrategia de Defensa, donde se asegura que el Hemisferio Occidental (América toda) es su patio trasero, que les pertenece gracias a su fuerza y poder y van a hacer todo lo que sea necesario para que el continente siempre sea un suburbio pobre de Washington. Ese proyecto se aplica en forma brutal, con el bombardeo en lo que va del 2026 de varios países (Nigeria, Yemen, Siria, Somalia, Venezuela, Irán…), con el secuestro del presidente de Venezuela y de su esposa, con los proyectos de anexionarse a Groenlandia, a Canada, de ocupar el Canal de Panamá, de agredir a Colombia, Cuba y México…
El imperialismo estadounidense se ha quitado la máscara para mostrar la fuerza bruta que siempre lo ha caracterizado. En tiempos de crisis estructural, como la que afronta, huye hacia adelante con la intención de impedir un cambio histórico irreversible, y enterrar las mismas normas formales que ellos inventaron y nunca respetaron. La agenda ahora es matar y bombardear donde y cuando se les antoje. Se enorgullecen de ser matones, exaltan la crueldad y el uso de la violencia como símbolo de identificación. Es el regreso al Lejano Oeste, cuando dentro del territorio de los Estados Unidos los matones blancos imponía su ley de sangre y fuego, masacraban a los indígenas, presumían de sus crímenes y exhibían las cabezas cortadas de los nativos como expresión de poder y superioridad.
Este destape del imperialismo de Estados Unidos, que pretende ser invencible y todopoderoso, expresa una profunda debilidad estratégica (por su crisis interna y su pérdida de dominio a nivel mundial). Ser el matón del barrio, y no ocultarlo, indica que ya no convence a sus súbditos a través de su poder blando, que ese mismo imperio ha destruido, porque ya no lo necesita en su cruzada asesina por el mundo. Para decirlo en forma sintética, Estados Unidos ha perdido legitimidad y ahora recurre a la fuerza bruta, sin recato alguno.
“El imperialismo del dólar no sólo se caracteriza por la exportación de capitales, como el viejo imperialismo, sino también por la exportación de formas políticas del capitalismo estadounidense al resto del mundo”, (Mauricio Lazzarato, ¿Hacia una nueva guerra civil mundial?, Traficantes de sueños, Madrid, 2024, p. 133.)
La nueva realidad imperialista genera cambios significativos de diversa índole. Para empezar, agoniza un lenguaje que se había constituido en una vulgata planetaria desde comienzos de la década de 1990, y que dominó, y aún domina, el vocabulario de los medios de desinformación, de la academia universitaria, de los círculos medianamente ilustrados de las izquierdas, en fin, de todo tipo de ideólogos al servicio del orden imperial que se erigió tras la desaparición de la URSS. Entre algunos de los términos que entran en bancarrota encontramos los de globalización, globalismo, derecho internacional, ONG, gobernanza mundial, elecciones libres, sociedad civil, democracia liberal, Organización de Naciones Unidas… Esta retórica desplazó al lenguaje crítico del pensamiento anticapitalista que fue eclipsado por la falacia del Fin de la Historia, que anunciaba el acabose de todo aquello que había trasnochado al capitalismo durante todo el siglo XX, después de la Revolución Rusa de 1917. Era el fin de las clases, de la lucha de clases, de la revolución, del imperialismo, de la explotación, del ideal de igualdad… y luego de que todo eso hubiera terminado, o mejor se hubiera decretado su fin, el capitalismo realmente existente declaró que entraba a un ciclo interminable de crecimiento y prosperidad, lo cual era posible porque había desaparecido del horizonte el “oso comunista” que tanto lo atormentó durante el corto siglo XX.
Y eso fue posible, porque fue resultado de un proyecto imperialista, hegemonizado por los Estados Unidos, tras el colapso de la URSS, que consistió en imponer sus propias formas políticas y para hacerlo posible lo primero que hizo fue implantar una nueva lengua de la política y la sociedad, en la cual había desaparecido cualquier referencia de fondo con respecto a la desigualdad, la injusticia y la explotación. De ahora en adelante, y ese era el trasfondo del Fin de la Historia, quedaba relegado al olvido total el siglo XX, con su impronta de ser el período de las revoluciones anticapitalistas, y se imponía una nueva semántica seudodemocrática, unas instituciones coetáneas y una ideología liberal que pretendía ser mundial para legitimar el globalismo de cuño liberal.
Ahora no está muriendo solamente un tipo de lenguaje, sino la realidad que pretendía expresar, y que se consideraba irreversible. Para empezar, estalla aquella quimera que suponía que era posible un mercado mundial desregulado y sin ningún tipo de acción estatal (el actuar armonioso y autorregulado de las libres fuerzas de mercado según los designios de la inexorable mano invisible). Agoniza la quimera de suponer que era posible que los países capitalistas centrales, en primerísimo lugar los Estados Unidos, podían desindustrializarse, transferir la producción al exterior, convertirse en economías de renta, endeudarse sin pausa y eso siempre iba a funcionar favorablemente, lo que les permitiría vivir eternamente al debe del resto de la humanidad. Se llegó a creer, e intentaron hacérnoslo creer, que todo el mundo iba a aceptar por siempre que solo unos cuantos países (Estados Unidos, Israel, los miembros de la Unión Europea) seguirían siendo el centro del mundo y la mayor parte de los habitantes del planeta iban a seguir siendo sus esclavos que les iban a trabajar gratis y a transferir sin interrupción los bienes y servicios que les permiten tener un opulento nivel de vida y Estados Unidos podía seguir emitiendo dólares sin límite para seguir drenando por siempre la riqueza del resto del mundo y todo ello sin generar ahorro interno.
Se suponía que, adicionalmente, esto iba a ser aceptado de buena gana en todo el orbe y simplemente, para convencer a los remisos y desobedientes, bastaba con recurrir a las presiones, el chantaje, a los mecanismos del imperio del dólar (sanciones, bloqueos, impedimento de acceder a la divisa estadounidense devenida moneda mundial). Para aquellos que no se convencían de esa manera, se usó la fuerza bruta sin miramientos, como lo atestiguan las múltiples guerras y agresiones que el imperialismo efectuó desde 1989 (con la brutal agresión a Panamá), hasta la más reciente, que no es la última, contra Venezuela y la que se adelanta contra Irán.
Esa utopía reaccionaria del capital y del imperialismo está feneciendo ante nuestros ojos. Y eso está sucediendo porque la arrogancia triunfalista del capital de la década de 1990 en adelante se basó en el supuesto del Fin de la Historia (creído de verdad por los mismos que se inventaron ese cuento frívolo) de que no iba a surgir ningún país que pudiera competir con los Estados Unidos, como hegemón capitalista, único y super poderoso tras la desaparición de la URSS. Tremendo error, porque entre bambalinas, resurgió un país con una civilización milenaria, la República Popular China, el nuevo taller del mundo, que hoy produce gran parte de lo que consume el resto del planeta, en lugar destacado Estados Unidos y la Unión Europea.
Este desplazamiento marca el fin del dominio económico de los Estados Unidos, como ya se empieza a ver en diferentes ámbitos: el tecnológico, el militar, la IA, la manufactura. Y eso, más temprano que tarde, iba a poner en cuestión la omnipotencia de los Estados Unidos, que se resquebraja por todos los poros, tanto dentro de sus fronteras, como en el mundo exterior.
Estos son los cambios que impulsan a Estados Unidos a huir hacia adelante con la esperanza vana de revertir lo ya existente y retornar a la época de la marca Made in USA, o de Estados Unidos primero. Esa nostalgia reaccionaria de volver a un pasado glorioso, en que nada alteraba el dominio económico de los Estados Unidos, es una de las razones que explica que ese país se haya quitado la máscara y se haya cercenado a sí mismo el brazo blando de la dominación mundial. Ya no necesita esa careta de benefactor de la humanidad (que nunca ha tenido en verdad) que tanto le sirvió para engañar a propios y extraños, con el cuento de ser el campeón de la democracia, la libertad, la justicia, los derechos humanos… Entre otras cosas, esto desaparece no solamente porque el ala trumpista lo considere irrelevante, sino porque además le resulta muy costoso. Ahora, no hay que guardar apariencias, sino actuar brutalmente contra el mundo y nuestra América, que Estados Unidos sigue considerando como su “natural” “patio trasero”. Por eso, se destina la mayor cantidad de recursos al sector militar, alcanzado cifras nunca vistas (en 2026 es de 901 mil millones de dólares y en 2027 se propone llegar a 1,5 billones de dólares), porque la guerra reactiva la economía interna y fortalece el complejo militar-industrial-financiero-tecnológico, que es un elemento central en la nueva política de agresión. Estados Unidos busca que la guerra perpetúa les garantice una primacía artificial y brutal que su economía ya no genera.
Otro cambio tiene que ver con la forma que adopta la sumisión de los vasallos, porque debe recordarse que ningún imperialismo actúa en el vacío, basándose única y exclusivamente en sus propias fuerzas, sino que acude a la subordinación de un sector minoritario de los habitantes de los territorios dominados. Lo que estamos contemplando es un esfuerzo de múltiples dimensiones por parte del debilitado imperialismo estadounidense. Por un lado, apoyar sin cortapisas ni disimulo a la derecha mundial, como se constata en gran parte de Europa y de nuestra América. Allí se establecen gobiernos incondicionales a los dictados de Estados Unidos que reproducen sin disimulo todas sus políticas antipopulares, antiderechos y racistas, culpando a los migrantes de sus problemas e imponiendo regímenes autoritarios. Estos vasallos están representados por las clases dominantes dentro de cada país, las cuales, desde la Segunda Guerra Mundial, fueron incondicionales a los Estados Unidos, sin importar si allí gobernaban los Republicanos o los Demócratas y si se imponía el libre comercio, la globalización, el neoliberalismo o el neoproteccionismo y la guerra arancelaria. Nada de lo que pase dentro del imperialismo estadounidense los afecta, porque son autistas que saben que arrodillarse ante Washington les va a permitir mantener su dominio interno en sus respectivos países, sin importar que Estados Unidos los trate como miserables sirvientes, de los que puede prescindir en cualquier momento.
El ejemplo más vergonzoso lo ha dado María Guarimba Machado, quien, en una muestra de abyección difícil de emular por su nivel de postración, le dio la medalla del Nobel de la Paz (sic) a Donald Trump quien la trató como una sirvienta de ocasión y la despreció en público sin ningún tipo de mesura. Pero ese es el nivel de “patriotismo” de las oligarquías locales en nuestra América, que siempre han sido sumisas a los Estados Unidos, sin importar quien sea el patrón que dicte las ordenes en la Casa Blanca.
En otros lugares, en aquellos en donde en teoría existen gobiernos alternativos o progresistas, aplican la política del garrote abierto, con sanciones, bloqueos, invasiones, agresiones militares, con el fin de plegar a esos gobiernos y regresar el poder a las viejas oligarquías que sueñan con convertir a nuestros países en unas Miamis periféricas.
Y es aquí donde opera al más brutal nivel el imperialismo sin máscaras, que amenaza y presiona para subordinar a los gobiernos progresistas, y lo consigue sin mucho esfuerzo, como lo ejemplifica en Colombia el gobierno del Pacto Histórico que ha adoptado en forma complaciente todo lo que dictamina Estados Unidos: política contrainsurgente, bombardeos a campamentos guerrilleros, uso del glifosato para fumigar a los campesinos, la lógica discursiva y práctica de la guerra contra las drogas de los Estados Unidos, mantener incólume la presencia militar del imperio en nuestro territorio, incluso con nuevas bases…
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El regreso del imperialismo puro y duro, sin máscaras, obliga a recuperar la teoría crítica y revolucionaria que se ha construido durante décadas sobre el imperialismo, partiendo de los libros clásicos de principios del siglo XX, hasta los más recientes desarrollos, que contra viento y marea y contra las corrientes globalistas dominantes, no renunciaron a seguir usando el filón crítico de la teoría del imperialismo, como sustento del estudio de las transformaciones experimentadas por el capitalismo en su proceso de expansión mundial después de la Segunda Guerra Mundial, de una parte, y tras los cambios geopolíticos de 1989-1991, de otra parte.
Cuando se habla de imperialismo se precisan una serie de rasgos analíticos, referidos a la comprensión del funcionamiento real del capitalismo en su proceso de expansión mundial y a la manera cómo domina y subordina al mundo entero. Entre esos rasgos vale recordar, en forma sucinta, los más importantes. En primer lugar, el dominio de los grandes monopolios, algo que hoy es evidente en todo el mundo, cuando se observa que grandes conglomerados y corporaciones dominan la economía mundial en los más diversos ámbitos (militar, tecnológico, energético, sistema de transporte, industria petroquímica, alimentación, cultura y entretenimiento…). Ese proceso de monopolización se amplificó en los últimos 35 años, tras la desaparición de la URSS, reforzando la realidad ya existente e interviniendo en todas las cadenas de valor y de suministro que se han erigido en el mundo actual.
En segundo lugar, se mantiene la lógica espacial y productiva de centro y periferia e incluso se profundiza. Hay, sin embargo, una novedad digna de destacar, en ciertos sectores periféricos ha despegado una nueva industrialización y, lo que es más notable, se genera una colonización de los propios centros imperialistas, como en Estados Unidos, con una clara pauperización del trabajo, superexplotación de los migrantes, y expansión de la pobreza. En este sentido, “la línea de color que separaba metrópolis y periferias se ha fracturado. Atraviesa y se infiltra en el Norte, trazando nuevas fronteras, nuevos territorios ‘salvajizados’ y nuevas exclusiones/inclusiones”[1].
Mientras tanto, en los países emergentes (China, India, Sudáfrica, Brasil) una parte de la población está empleada en empresas subcontratistas y gran parte está desempleada y en la miseria y sobrevive en las economías informales, siempre atenta a ser absorbida por el sistema asalariado con unos sueldos muy bajos. En esos países emergentes se reproduce la lógica de centro y periferia que ha estructurado la división internacional del trabajo desde la emergencia del capitalismo mercantil en el siglo XVI, pero con una característica nueva: China, de ser un país periférico, se ha convertido en la primera potencia económica mundial y en forma significativa ha reducido la pobreza de su población.
Un tercer rasgo está referido a la importancia que adquiere el capital financiero, que está entrelazado con el capital industrial y productivo y vive de este. Su expansión ha sido posible desde finales del siglo XIX por el dominio político y militar, que a veces se le antepone, y viene acompañada por la depredación y la guerra. En este ámbito financiero se sustenta la hegemonía de los Estados Unidos, puesto que el imperialismo del dólar soporta una arquitectura financiera mundial que exprime riqueza del resto del mundo y la traslada a los Estados Unidos, para mantener su opulento y despilfarrador sistema de vida y consumo. El mecanismo que ha utilizado es la deuda externa que contraen los países y, mediante planes de ajuste estructural, implementados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, drena las riquezas internas y las transfiere al mercando mundial. Es la financiarización de todo lo que se impone para que los países y las personas vivan eternamente endeudadas y paguen sus compromisos en forma multiplicada para satisfacer el apetito voraz de unos cuantos tiburones financieros. Algunos autores enfatizan que la financiarización es el aspecto central del imperialismo, más específicamente, se habla del “imperialismo del dólar”, que no solo es un asunto monetario sino militar, si se tiene en cuenta que la guerra es un componente central de la acumulación de capital a escala ampliada. “El imperialismo es, en pocas palabras, moneda y guerra”[2].
En esa perspectiva, Estados Unidos, mediante el bloqueo financiero y las sanciones económicas, pretende mantener el dólar y el sistema monetario y financiero que de allí se deriva. Por eso, cualquier intento de liberarse del dólar es una declaración de guerra a los Estados Unidos, porque debilita el mecanismo que garantiza su hegemonía y pone en peligro el ‘estilo de vida’ norteamericano, cuyo despilfarro colosal paga el resto del mundo. A través del dólar y las finanzas, Estados Unidos opera una nueva forma de colonización a la que también se ven sometidos sus aliados (Europa, Japón, Inglaterra, etc.)[3].
Salvaguardar el dólar es lo que permite apropiarse de bienes y materiales y de la fuerza de trabajo barata. Por ello, los dispositivos abstractos de tipo financiero y monetario vienen acompañados de la guerra, con la finalidad de asegurar la materia y la energía que permitan mantener el tren de vida y consumo en el corazón de la bestia, en los propios Estados Unidos.
Un cuarto rasgo del imperialismo actual supone un cambio en la lógica de exportación de capital y mercancías, porque, en el imperialismo clásico, los centros imperiales exportaban ambos a las periferias, pero hoy, en el caso de Estados Unidos, la torta se ha volteado. Así tenemos que, a la par que Estados Unidos sigue exportando capital y en menor medida mercancías, por su estructural crisis productiva en los más importantes ámbitos de la vida económica, es desbordado por la importación hacia su territorio de capital y mercancías, la mayor parte producidas en China, al extremo de que no existe ni un solo día en que Estados Unidos no necesite consumir alguna mercancía que viene de China y que inunda sus supermercados como Wall Mart. Eso genera un déficit presupuestario permanente y en alza acelerada y atrae más capital del que exporta. “Este nuevo fenómeno no era observable en el imperialismo clásico, pues es solo con la supremacía del dólar que su funcionamiento ocurre a partir de una balanza de pagos deficitaria que inaugura otra novedad que caracteriza nuestro presente desde hace cincuenta años: la economía de la deuda”[4].
Un quinto rasgo, que adquiere un papel crucial en nuestra época ante el agotamiento acelerado de bienes materiales y energía, es la profundización en el despojo de las materias primas del sur y del este del mundo, proceso en el cual Estados Unidos lleva la iniciativa, aunque actué en muchos casos con la intermediación de empresas de otros países, como Canada o la Unión Europea. En contra de las falacias sobre la desmaterialización de la economía y la sociedad, el desarrollo tecnológico, científico y productivo en los centros imperialistas no sería posible sin contar con una reserva de petróleo, gas, carbón, minerales… que permitan mantener el tren productivo que sustenta el dominio capitalista e imperialista. Y como en ese terreno el mundo es muy desigual, porque gran parte de las riquezas minerales y energéticas se encuentran fuera del círculo imperialista (Estados Unidos y la Unión Europea), entonces se torna prioritario asegurar su abastecimiento y control.
Este hecho explica, en gran medida, un sexto rasgo del imperialismo actual, y de siempre, el militarismo y las guerras. Estas no son accidentales ni buscan implantar democracia y libertad, sino como ya lo dicen sin ambages los documentos oficiales de los Estados Unidos (Estrategia de Defensa y Estrategia de seguridad) a ellos les interesan nuestros bienes naturales y van a recurrir a todos a la militarización y la guerra para conseguirlos. De ahí las loas panegíricas de Donald Trump, Narco Rubio, Pete Hegseth del Ejército de Estados Unidos como una fuerza asesina, la más letal de toda lahistoria, que van a usar cuando lo consideren necesario, lo que indica la importancia que adquiere la guerra para el imperialismo. Eso se dice sin eufemismos en tiempos del Imperialismo sin máscaras, hasta el punto de que hoy en Estados Unidos la Secretaria de Defensa ahora se denomina Secretaria de Guerra. Este es un nombre absolutamente preciso para esa inmensa máquina de muerte que son las fuerzas armadas de Estados Unidos, con sus 1000 bases distribuidas por los cinco continentes, sus once portaviones, su poder naval, marítimo, aéreo y terrestre, que pretende apabullar a todos sus adversarios, lo cual aumenta la temperatura del planeta porque, recordemos, que El Pentágono es un devorador insaciable de petróleo, en tal cantidad que en 2019 consumía 320 mil barriles de petróleo por día, cuando la cifra promedio de consumo en el mundo es de 100 mil barriles diarios.
Otro rasgo del imperialismo de hoy es el de la dominación de espectro completo, para usar una metáfora militar. Esto quiere decir que opera un control pleno de las subjetividades y de las mentes de los explotados y oprimidos, en los países centrales y en el mundo periférico, con la clara finalidad de supervisar todas las acciones de los individuos para que no se conviertan precisamente en sujetos políticos, sino en entes pasivos, alienados y dominados, que adoren a sus explotadores, los idolatren y los defiendan. Eso se ve claramente en Estados Unidos con el caso de Donald Trump, un ricachón atrabiliario e ignorante, lo cual se proyecta en el mundo occidental a gran escala. En el control de subjetividades el dispositivo más efectivo es el tecnológico, en el cual los medios electrónicos son vitales en la guerra cognitiva y sicológica que se libra contra el mundo subalterno. En este plano el dominio de Estados Unidos es abrumador porque allí se encuentran las empresas monopólicas que gobiernan la información, el entretenimiento y la circulación de datos. En este terreno nos encontramos con un nuevo ámbito de la guerra cultural por parte del imperialismo y, por eso mismo, se explica en gran medida que Estados Unidos haya renunciado a mantener sus instituciones de imperialismo blando, porque cuando se habla de cultura estamos refiriéndonos al consumo de información, símbolos, noticias, que ahora son creadas y propagadas por Silicon Valley y compañía vía algoritmos, con la clara finalidad de imponer una visión del mundo individualista, consumista, cultora de los ricos y poderosos, admiradora de los Estados Unidos, como si en verdad fuera un país que beneficiara a la humanidad.
En suma, Lenin y los teóricos del imperialismo adquieren una inusitada actualidad, por supuesto para quienes pensamos que la lucha se mantiene y se renueva en las nuevas condiciones que genera el imperialismo sin máscaras. Aunque
Los pobres de espíritu (¡y hay muchos!) consideran a Lenin un ‘perro muerto’. Nosotros en cambio lo consideramos no sólo un teórico de la revolución sino también del capitalismo, porque con el concepto de imperialismo -a pesar de todas las debilidades teóricas que en este puedan encontrarse- enuncia con certeza política cuatro características que hoy también se pueden hallar en el sofisticado imperialismo del dólar: 1 Hegemonía del capital financiero […], 2 Colonización […], 3 Centralización (monopolización) […] y 4. La guerra[5].
Así como en todos los momentos de historia del colonialismo y del imperialismo existieron luchas, rebeliones, insurrecciones, revoluciones, en estos momentos y ante la crisis permanente de la hegemonía de Estados Unidos, que lo convierte en una especie de bestia acorralada y lo hace más peligroso, existen condiciones para que nuevos procesos de lucha se gesten, y máxime en nuestra América, en donde existe una larga tradición antiimperialista, porque en ello nos jugamos el preservar nuestro ser latinoamericano, nuestra soberanía e independencia. No creemos que sea un destino fatal que debamos convertirnos, ahora que Estados Unidos se ha quitado su máscara de supuesto benefactor de la humanidad, en una colonia pobre de Miami, pero eso supone enfrentar al tiempo al capitalismo, porque el verdadero antiimperialismo para que sea efectivo tiene que plantear la necesidad de superar el capitalismo realmente existente.
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Otro aspecto que debemos mencionar está referido a la quiebra moral del imperialismo estadounidense, como lo ponen de presente las escabrozas revelaciones de los Archivos Epsterin. Es horrorosa la cloaca que se trasluce en las informaciones que revelan los millones de documentos allí encontrados, es como imaginarse el guíon de una pelicula terrorifica de ciencia ficción. Es la historia de Jeffrey Epstein, un supermillonario sionista al servicio de varios servicios de inteligencia de Estados poderosos (el Mosad de Israel, la CIA de Estados Unidos, el M-16 de Gran Bretaña), un negociante de éxito, que tiene actividades en las finanzas, el sector inmobiliario y acumulaba al final de su vida un patrimonio avaluado en miles de millones de dólares. Ese personaje es, además, un depredador sexual, que tiene predilección sádica por niñas y jovenes. Para realizar sus orgias y bacanales cuenta con propiedades suntuosas que ha adaptado para tal propósito: una isla privada, que está en territorio de los Estados Unidos (en Islas Virgenes, y el nombre no parece casual por lo de virgenes), varias mansiones en ciudades de Estados Unidos (Miami, Nueva York) y de otros países (Paris), un “rancho de los horrores” en Nuevo México, aislado y acondicionado para torturar, violar y matar mujeres jovenes… Para trasladarse libremente, sin las restricciones, demoras y cortapisas de arepuertos y vuelos comerciales, tiene su propio avión, al que denomina Lolita Spress, por el nombre de la joven protagonista de la niña de la novela Lolita de Vladimir Nebokov. En esos Archivos aparecen los nombres de centenares de niñas y jovenes abusadas, asesinadas y desaparecidas, se ven desgarradoras escenas de torturas y conversión de las mujeres en vulgares mercancias y objetos sexuales intercabiables y desechables. Entre los rumores y versiones publicados en redes sociales se hace referencia a cultos satánicos en los que hombres multimillonarios habrían sacrificado a niños, mutilando sus cuerpos y consumiendo su sangre y algunos de sus órganos.
Epstein no era un sicópata solitario, sino que forma parte de un engranaje global en el que opera de intermediario de una red transnacional de tráfico sexual, negocios diversos, violencia y sadismo, tecnología, academia e investigación científica. De ese engranaje forman parte presidentes activos (Donald Trump) y expresidentes (Bill Clinton) de varios países (incluyendo a Andrés Pastrana de Colombia), miembros de monarquías de Europa (de Gran Bretaña y Noruega), científicos expertos en biología, genética con tendencias eugenésicas y racistas, multimillonarios dueños o accionistas principales de grandes empresas tecnológicas del mundo informático y de la Inteligencia Artificial. Del círculo de pedófilos de élite forma parte cantantes, actores, gentes del jet set y de la farándula, que cuentan con millones de dólares en sus arcas, entre los cuales puede nombrarse a Michael Jakson, conocido pedófilo de los Estados Unidos.
Como Epstein formaba parte de tenebrosos servicios secretos tenía la misión, que asumió con una impresionante meticulosidad, rigor y disciplina, de registrar cualquier movimiento de los miles de multimillonarios y hombres de éxito que participaban en sus fiestas y orgías y vuelan periodicamente en el Lolita Spress. Registraba cualquier charla, por informal que fuese, con investigadores o científicos que no participaban en esas fiestas de sexo y sangre, pero recibían sus favores, porque el agente del Mosad era un filantropo que patrocinaba proyectos, aparentemente desinteresados, en el campo de la genética, la biología, la IA y el transhumanismo. Impulsaba investigaciones en esos terrenos de la genética y biologia porque a Epstein lo poseía una mania esquizofrénica de alcanzar la eternidad. Como resultado de su culto a la información sobre sus tropelias y, sobre todo, la de “sus invitados”, archivó millones de correos electrónicos, miles de llamadas telefónicas, toma miles de fotografías y grabó cientos de horas de videos, en los que aparecen escenas horripilantes de vejación de mujeres jovenes.
Epstein pretendía que, por su potencia sexual y por la inteligencia que decía poseer, se conservaran su pene y su cabeza para la eternidad, como una contribución personal al mundo de lo que fue su imaginario eugenésico y darwnista social en el cual solo tenían derecho a existir los supermillonarios, egoistas y brutales, eso sí asistidos por unos cuantos miles de esclavos que sean sometidos por sofisticadas tecnologías. Epstein, Bill Gates, quien participa en orgias en las que se contagia con una enfermedad venerea, y todos los personajes de la alta burguesia transnacional del occidente imperialista se creen de una raza superior. Por esa razon, Epstein pretendía inocular con su semen a decenas de mujeres, con el fin de dar comienzo a una nueva raza de superdotados.
Epstein se movía en un mundo de supermillonarios y poderosos, profundamente racistas, machistas, depredadores sexuales, que desprecian a los pobres y humildes. Ellos no tienen límites morales que les impidan bestializar a mujeres jovenes conseguir todo tipo de placer corporal. Las mujeres pobres son simples objetos sexuales, para violar, torturar o matar si fuera necesario.
Estos vicios paganos se realizan en forma reservada, aunque no secreta, porque periodistas, autoridades, senadores y presidentes saben de su existencia, pero como son protagonistas de los crimenes del connotado pedofilo, guardan un silencio absoluto y aparecen en el escenario público como honestos hombres de la política y el espectaculo que cuentan con un amigo especial, al que idolatran por su audacia y capaciad de agenciar emprendimientos sexuales. En público presumen de su honestidad y transperencia, en privado llevan a cabo todas sus perversiones y causan un tremendo daño a jovenes mujeres, sin piedad ni arrepentimiento.
Todo es posible en estos “islotes de fantasía” porque quienes dictan e imponen el derecho son los poderosos, los mismos que participan en los crimenes y violanciones. Por eso, nadie los puede tocar, ya que gozan de inmunidad e impunidad absolutas. E incluso, esos mismos superpoderosos, haciendo gala de una decarada doble moral, son los que dicen escandalizarse porque en el mundo periférico, según ellos, solo hay narcotraficantes, putas y escorias. Y esa desvalorización de los migrantes y habitantes del mundo periférico tiene la pretensión de que seamos subditos pasivos que nos resignemos al dominio de los sádicos supermillonarios de Estados Unidos y el occidente imperialista.
Estados Unidos, que dice que todo lo puede, ha logrado hacer realidad las peores pesadillas de ficción de peliculas tipo Saló, o los 120 días de Sodoma de Pierre Paolo Pasolini o la de Stanley Kubrick Ojos bien cerrados. Por obra y gracia del capitalismo en su fase de putrefacción total la ficción cinematográfica es desbordada por la tenebrosa realidad del capitalismo e imperialismo brutal, en donde los supermillonarios de la política, la economía, la farandula, los negocios, los servicios secretos de varios países realizan prácticas asesinas, con el fin de mostrar su poder e indicar que no existe ningún obstáculo moral a su búsqueda insaciable, y nunca saciada, de alcanzar siempre más y más placer, aunque sea a costa del cuerpo y la vida de miles de mujeres jovenes y pobres, porque esa es la condición de clase que pone de presente el objetivo de someter y poseer.
Los Archivos Epstein exhiben la quiebra moral del capitalismo y del imperialismo en su fase terminal. Es como si se reviviera la decadencia del imperio romano, en donde reinaba Caligula (por eso a Donald Trump podría calificarsele de neoCaligula). No es la quiebra moral de un individuo,de Jefrey Epstein, sino de la occidental y cristiana, que naufraga en su propia podredumbre de mercantilización, consumo, lujo, derroche, sevicia, violencia, tráfico sexual y sangre.
Un indicador de esa podredumbre tiene nombro propio, como personificación individual del capitalismo e imperialismo, Donald Trump, empresario inmobiliario, violador sexual, pedofilo redomado, evasor de la justicia y en la actualidad presidente de los Estados Unidos, con tanto poder que su vanidad y su espritu de maldad congénita ponen en peligro al mundo. Y quien, además, para salvaguardar su putrefacta imagen de violador de niñas de 13 años, es capaz de llevar a cabo una guerra de agresión contra Irán, con el fin de desviar la atención de los habitantes de Estados Unidos y unificarlos en torno a la pretensión de hacer grande a América a través de la guerra. Por ello, a la guerra de agresión en el Golfo Pérsico bien puede llamarse la Guerra de Epstein. Y eso no es algo tampoco novedoso en la historia de Estados Unidos, pues está establecido que la mejor manera que tienen los presidentes de Estados Unidos de ocultar sus líos personales y desviar la atención del público interno de su país es agrediendo, bombardeando, masacrando en el exterior. Baste recordad que para desviar la atención de su escándalo sexual con su asistente Monica Lewinky, Bill Clinton (que aparece centenares de veces en los archivos de su amigo el pedofilo Jeffrey Epstein) bombardeo a Afganistán y a Sudan, donde destruyó una fabrica de medicamentos y mató a decenas de personas.
En estos momentos, siguiendo esa trayectoria escapista de sus antecesores, Donal Trump ataca a Irán, genera destrucción, miles de muertos y con eso pretende que se olvide su carácter de socio de Epstein, las denuncias sobre violación a niñas de 13 años, en un caso típico de pedofilia, y se borren sus miles de menciones en esos archivos de la brutalidad sexual contra niñas pobres en los Estados Unidos.
6
El carácter sanguinario del imperialismo estadounidense se evidencia claramente con la agresión militar abierta contra Irán que comenzó el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel bombardearon a Teherán y otras ciudades de aquel país, asesinaron a su alta dirigencia y, como para que no queden dudas de su sed asesina, masacraron a 180 niñas en una escuela.
Este ataque se realizó conjuntamente entre el Estados Unidos e Israel con dos pretensiones fundamentales: una, destruir a Irán y subordinarlo a los Estados Unidos para pulverizar a los BRICS y golpear a China (el objetivo supremo y el rival principal para los ideólogos de Estados Unidos, tanto de los trumpistas como los globalistas); y dos, generar las condiciones para crear el “Gran Israel”, el sueño húmedo de los genocidas del sionismo que encabeza ese asesino químicamente puro que es Benjamín Netanyahu.
Con la arrogancia triunfalista de pretendida superioridad en todos los órdenes (militar, científico, tecnológico, económico, político, cultural y hasta racial), Estados Unidos e Israel suponían en forma optimista que se iba a replicar el guion de Venezuela, cuando Estados Unidos obtuvo de manera rápida todos sus objetivos, con el secuestro de Nicolás Maduro y la imposición de un gobierno obediente y subordinado. Pensaban que en Irán iban a repetir la historia, que consistía en proceder a destruir a sangre y fuego, generando pavor y conmoción, a través de la “Furia épica” (como Estados Unidos denomina a su guerra contra Irán), descabezarían al Estado, impondrían un títere de turno y al cabo de pocas horas (un máximo de 72 se dijo en las primeras de cambio) todo estaría resuelto favorablemente para Trump y Netanyahu. Ellos imaginaban que iban a ver en vivo y en directo (como sucedió el 3 de enero con el bombardeo de Caracas) la entrada triunfal de sus vasallos.
Esa arrogancia evidencia una profunda ignorancia y subestimación de Irán, porque, en contra de la propaganda occidental, la guerra no fue relámpago, el régimen no se derrumbó y respondió de manera efectiva desde las primeras horas del ataque aleve del imperialismo estadounidense-sionista.
En contra de lo vaticinado, en los 40 días que lleva la guerra (en el momento en que escribimos estas líneas) Irán ha demostrado tener más fortaleza de la que se le atribuía, porque ha plantado cara a los agresores y, por primera vez, desde la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos se ha encontrado con un rival de peso que lo está atacando como nunca había sucedido desde la década de 1940, con un gran poder de fuego directo.
Estamos viviendo una forma de guerra, completamente distinta a las que ha enfrentado Estados Unidos y que a la larga siempre han perdido (Corea, Vietnan, Irak, Afganistán), cuya característica esencial radicaba en que Estados Unidos destruía todo lo que encontraba a su paso, tomaba el control del terreno y luego la resistencia interna en el país agredido se organizaba y, al cabo de una lucha prolongada, eran derrotados y expulsados los estadounidenses. Lo que hoy está sucediendo es completamente distinto (aunque, desde luego, si se llegase a producir una invasión terrestre de Estados Unidos, nuevamente enfrentarán una eficaz guerra de guerrillas), porque a Estados Unidos y a Israel se les está atacando directamente e Irán está minando el poder duro de Estados Unidos en el Golfo Pérsico, sobre todo sus bases militares, desde las cuales coordinó los ataques contra Irak en 1990 y 2003, y en forma directa al territorio del régimen sionista.
Eso no había sucedido nunca, y menos con la intensidad, precisión y efectividad que ha desplegado Irán. Aunque la propaganda sionista e imperialista, junto con una descarada censura, oculta la magnitud de los daños infringidos a los agresores, están claramente establecidos algunos hechos: destrucción de, por lo menos, 13 bases militares en los países del Golfo, de radares, de aeropuertos militares, de aviones de diverso tipo (entre ellos aviones cisterna, los F-15 y hasta los que se consideraban indetectables e indestructibles F-35), de infraestructura militar, energética e hídrica y ataques directos a los intocables portaviones de Estados Unidos. Y esto lo hace Irán como respuesta a los ataques criminales de Israel y Estados Unidos, que han destruido escuelas, hospitales, centrales eléctricas, plantas desalinizadoras de agua y, en forma bestial, las plantas de energía nuclear de Irán. Este ha respondido y ya atacó a Dimona en Israel, la sede del programa atómico sionista y donde se almacenan centenares de ojivas nucleares.
Irán se estuvo preparando durante décadas para esta guerra, sabía que tarde o temprano iba a venir y, actúa con resolución y con el presupuesto de que la soberanía es innegociable. Ha asumido esta guerra asimétrica, con la convicción de que, en términos militares, económicos y tecnológicos, con respecto al poder de fuego y destrucción de Estados Unidos e Israel está en inferioridad de condiciones, pero que, siendo una guerra larga y de desgaste, cada día que resista representa una derrota para el eje sionista-imperialista. Por eso, ha asumido una guerra con su propia tecnología (barata y fácil de confeccionar), que está demostrando que la engrandecida y supuestamente todopoderosa tecnología bélica del imperialismo se puede enfrentar y derrotar. Por esta razón, por primera vez estamos viendo una derrota en tiempo real de Estados Unidos e Israel, algo inimaginable hasta hace unas semanas.
Esta guerra tiene un significado que va más allá de lo militar, porque acelera la crisis del petrodólar, cuestiona la alianza entre grandes corporaciones tecnológicas y el aparato militar (con el ataque a sedes de Amazon, Google y otras empresas en Israel, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos), muestra las fisuras de la alianza interimperialista, porque parte de Europa se ha demarcado de la guerra y no porque hayan dejado de apoyar al eje agresor, sino porque, por primera vez, ven factible que los misiles de Irán lleguen a su territorio.
Esta guerra de agresión reafirma el verdadero rostro de sangre, muerte y destrucción de Israel y Estados Unidos. Con independencia del resultado final, la guerra del Golfo Pérsico deja algunas lecciones que deberían ser examinadas en nuestros países del Sur Global. Al respecto se destacan estos elementos: al imperialismo se le puede enfrentar y derrotar; para conseguirlo hay que prepararse adecuadamente y construir su propia arquitectura tecnológica militar para contar con independencia operativa y estratégica; la soberanía no se negocia de ninguna manera con los poderes imperialistas; y, desgraciadamente, se confirma que para no ser atacados es preciso tener armas nucleares. Esto último va a conducir en el futuro inmediato a la proliferación nuclear, justo lo contrario de uno de los objetivos demagógicos mencionados para justificar esta guerra de agresión (que Irán no tuviera armas nucleares, porque si las hubiera tenido no habría sido atacado como lo está siendo en estos momentos).
Otras lecciones de esta guerra en una perspectiva antiimperialista y anticapitalista son dignas de destacar: las bases de Estados Unidos no son ninguna garantía de seguridad ni defensa, porque es desde allí donde se agrede a países vecinos y en Nuestra América y en Colombia se debería tomar nota de este hecho para expulsar las bases gringas que se encuentran en nuestros territorios; los países que prestan su territorio para alojar bases de Estados Unidos o que permiten el paso de aviones de Israel en su espacio aéreo no son neutrales, son una parte esencial de la guerra imperialista y por eso deben ser atacados y golpeados como lo hace Irán; la lucha transforma la realidad en forma dramática y acelerada, al punto que el mundo en general y Asia Occidental en particular ya no volverán a ser el mismo, porque la presencia imperialista y sionista está seriamente cuestionada y su dominio muestra fisuras irreparables, que indican el fin de la hegemonía occidental de cinco siglos en todo el mundo; un país, Irán en este caso, puede aprovechar sus ventajas geográficas (el Estrecho de Ormuz) para cobrarle a los barcos extranjeros un peaje y determinar quiénes pueden transitar y quiénes no, al tiempo que plantea la sustitución del petrodólar por el yuan dólar, como prueba de que el fin del dominio estadounidense no es una quimera lejana, sino que se está realizando ante nuestros ojos.
Y, por último, este cambio demuestra que Israel [el Rabo] puede existir gracias a Estados Unidos [el Perro], porque ha sido su punta de lanza en Oriente Medio. Han sido una simbiosis imperialista y colonialista, eficaz para el dominio en Asia Occidental, que a veces no se sabe si es el rabo el que mueve al perro o lo contrario[6]. Al debilitarse Estados Unidos, que lo más seguro es que sea expulsado de la región y no vuelva a poner un pie allí por mucho tiempo o en forma definitiva, Israel queda huérfano y también debilitado por los golpes que le ha asestado Irán, Hezbolá y los Huties.
Claro, también puede suceder que, ante su derrota estratégica, los sionistas e imperialistas opten por la Opción Sansón, esto es, detonar bombas nucleares en territorio iraní, con lo cual estaríamos entrando a una apocalíptica Tercera Guera Mundial. Y esta opción es posible, porque sencillamente Estados Unidos e Israel lo único que saben es matar, destruir y bombardear, valiéndose de su poderío aéreo, y por eso amenazan con hacer retroceder a Irán a la edad de piedra. Pero, a pesar de eso, lo que Irán está realizando es una gesta antiimperialista que debe ser apreciada en su verdadera dimensión, como un quiebre histórico de la dominación imperialista y colonialista de Occidente de cinco siglos. Y en el resto del Sur Global, empezando por Nuestra América se debería tomar nota de todo lo interesante y novedoso que está aconteciendo en el Golfo Pérsico, que se está convirtiendo en la tumba del sangriento y moribundo imperialismo estadounidense.
7
Este libro está dividido en cinco partes, en cada una de las cuales se encuentran ensayos de fondo y artículos periodísticos. La primera parte traza una perspectiva histórica de algunos momentos de la trayectoria de Estados Unidos como país imperialista desde el siglo XIX, y su proyección hasta el momento actual. La segunda parte considera diversas expresiones del imperialismo (imperialismo lingüístico, sexual, demográfico), con la pretensión de subrayar algunos tópicos que no suelen concitar la atención del análisis social, pero que a mi entender son fundamentales para comprender las múltiples ramificaciones del imperialismo estadounidense.
La tercera parte examina en forma panorámica, a través del estudio de casos concretos y de hechos puntuales, lo que podría llamarse el ADN estadounidense de la brutalidad y la violencia, que se configura históricamente desde el mismo momento de la colonización inglesa y que tiene dos parámetros principales: el exterminio de las comunidades indígenas y la esclavización de población negra traída de África. En esa perspectiva, las Guerras Indias constituyen la piedra fundadora de la violencia estructural que caracteriza a los Estados Unidos y que se ejerce tanto internamente como en el plano mundial.
La cuarta parte pretende mostrar a partir de acontecimientos particulares (Covid 19, espionaje, educación, construcción de un muro en la frontera…) algunos elementos que nos indican cómo son las entrañas del monstruo, para evocar la célebre afirmación de José Martí. Con estos elementos se busca acercar a los lectores al examen de las razones estructurales e internas que explican la crisis de hegemonía de Estados Unidos.
En la Quinta Parte nos concentramos en la descripción y análisis de la trayectoria criminal de terroristas de Estado y asesinos de cuello blanco que han ocupado altos cargos en los Estados Unidos, presidentes y Secretarios de Estado, para corroborar que la violencia, el militarismo y la guerra, con la que Estados Unidos tanto daño le ha hecho al mundo es un proyecto imperialista en el que participan y encarnan, indistintamente, los dos partidos y las personas que escogen para dirigir el gobierno en un determinado momento. Todos ellos tienen el gen de la violencia y la criminalidad que distingue a los Estados Unidos desde el mismo momento de su fundación, hace 250 años.
Por último, agradezco a Fabián Mahecha por la lectura juiciosa y sus sugerencias, así como por el diseño de la caratula. A Lucas Mateo Vargas, quién, desde Brasil, elaboró el prólogo y me recomendó en su momento lecturas y textos de José María Vargas Vila y tuvo la gentileza de recibirme en su casa de Brasilia durante un mes, cuando sorteaba una dolorosa crisis emocional. A Teoría & Praxis que diagramó y publicó este libro y ha hecho posible difundir en los últimos años mis puntos de vista sobre la traumática realidad del mundo en que nos ha tocado vivir.
Una versión preliminar de este escrito fue publicada por Izquierda, abril de 2026.
Notas:
[1]. Maurizio Lazzarato, ¿Te acuerdas de la revolución? Minorías y clases, Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires, 2022, p. 35.
[2]. Maurizio Lazzarato, El imperialismo del dólar. Crisis de la hegemonía estadounidense y estrategia revolucionaria, Tinta Limón, Buenos Aires, 2023, p. 16.
[3]. Ibid., p. 21.
[4]. Ibid., p. 44.
[5]. Ibid., pp. 99-102.
[6]. Martín Alonso Zarza, El rabo mueve al perro. Israel y Estados Unidos en el devenir de Oriente Próximo, El Viejo Topo, Barcelona, 2025.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


