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Túnez

La fuerza de la desobediencia

Fuentes: Rebelión

Traducido para Rebelión por Caty R.

Leo desde hace muchos años. Leo todo lo que se escribe sobre la situación política en Túnez. Casi todo, para ser sincero.

He leído análisis sobre la economía tunecina, que avanza o que no avanza, que «funciona, pero» o «pero que no funciona».

He leído artículos sobre la omnipotencia de la policía, sobre los ataques a las libertades, la represión, la prisión, la tortura y la actuación de los defensores de los derechos humanos.

He leído artículos sobre la corrupción en las altas esferas del Estado, informaciones rigurosas, rumores o simples habladurías sobre el nepotismo mafioso de las «familias».

He leído artículos sobre la influencia estadounidense, el apoyo francés, el apoyo europeo, las conexiones con Israel.

He leído sesudos estudios sobre la naturaleza del Estado y el sistema político tunecino, sobre la existencia o la ausencia de una «sociedad civil», sobre la existencia o la ausencia de una «opinión pública».

He leído ensayos antropológicos sobre la autoridad, ensayos que desmantelan los mecanismos más microscópicos del poder, análisis del discurso, investigaciones culturales exploradoras del espíritu tunecino desde hace uno o dos siglos, con el fin de desvelar las razones de Ben Alí.

¿Qué es lo que falta?

El pueblo.

El pueblo que desobedece. El pueblo que resiste en la oscuridad de la vida cotidiana. El pueblo que cuando se le olvida durante mucho tiempo lanza un recordatorio al mundo e irrumpe en la historia sin avisar.

Si he aprendido algo de la lucha de los esclavos negros estadounidenses, sobre la cual he trabajado un poco, es que no existe la servidumbre voluntaria. Sólo la espera impaciente a que se erosione el mecanismo de la opresión. No hay más que la tensión diaria, minuto tras minuto, para empujar al opresor. Se ven de lejos compromisos insoportables que están ahí, sin duda, porque hay que sobrevivir. Pero siempre mezclados con la indisciplina, la rebelión, las resistencias moleculares que se condensan y explotan a la vista de todos cuando llega el momento. A la opacidad del poder despótico responde la opacidad de las resistencias. Las vergonzosas lealtades y clientelismos van en paralelo con la construcción de las solidaridades populares; las tecnologías de control y disciplina se duplican en métodos para esquivar, de camuflaje, evasión y transgresión que perturban el orden establecido.

No hay opresión sin resistencia. Sólo el tiempo que se estira más o menos lentamente antes del surgimiento inesperado -u olvidado- del heroísmo colectivo de un pueblo.

¡Y consigue que el déspota se quiebre!

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.