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Duodécimo día del pueblo tunecino

La lucha de clases

Fuentes: Rebelión

Fotos de Ainara Makalilo

Tras una semana de unanimidad festiva y libertaria, una linea de clase comienza a dividir la sociedad tunecina. Se trata de una división territorial -que comienza a separar la avenida Bourguiba de la Qasba- y es también una división cibernética, en la que los mismos que utilizaban facebook para atizar la revolución hoy llaman a la calma y al restablecimiento del orden contra el proletariado insurgente. Se percibe una contracción inquietante. Hamida Ben Romdhane, director de La Press, que el día 13 elogiaba sumisamente las últimas medidas de Ben Alí, el día 20 exhibía en portada las presuntas joyas confiscadas a la familia Trabelsi y ensalzaba la revolución del digno pueblo tunecino. Hoy, día 25, La Press recula de nuevo y en distintos artículos condena las huelgas sectoriales convocadas por la UGTT y se pregunta si no se está yendo demasiado lejos. Al mismo tiempo llegan noticias de asaltos a los locales del sindicato en Gafsa, en el Kef y en Mahdia. En los teléfonos móviles se reciben mensajes invitando a apoyar a Mohamed Ghanoushi y a oponerse a las protestas. Y una primera manifestación progubernamental, portando consignas contra las huelgas y a favor de un proceso tutelado, se enfrenta en la avenida Bourguiba, a las 5 de la tarde, con un nutrido grupo que reclama la disolución del gobierno provisional. El inesperado discurso de ayer en la Qasba de Rachid Ammar, el héroe militar que se negó a aceptar las órdenes del dictador y al que se vincula con los EEUU, da toda la medida de una rápida involución que se refleja en ese espacio de libertad abierto o consentido por el gabinete en funciones. Se vuelve a hablar de censura, de opacidad, de discreto control sobre jóvenes y opositores.

El conflicto es palmariamente ya un conflicto de clases.

Un tipo viscoso, con bigotito recedista, argumenta dulzón en la avenida Bourguiba, al paso de la manifestación conservadora:

– Sólo este gobierno puede conducirnos a la democracia. Hay que dejarles trabajar y ponernos también nosotros a trabajar. Se está obstaculizando el desarrollo del país y eso sólo puede conducir a la catástrofe.

Dice llamarse Mohamed -¡Mohamed!- y es ingeniero, trabaja para una empresa privada y lleva a sus hijos a una escuela también privada, ahora sin actividad a causa de la huelga de enseñanza.

En la Qasba, entre tanto, Hayder Allagui, joven parado de 22 años que vio morir a tres de sus mejores amigos en Qasserin bajo las balas de los francotiradores, se queja con rabia mal contenida:

– ¿Por qué los tunisois (los habitantes de la capital) están tomando café y no se unen a nosotros?

– No digas eso -responde una mujer de mediana edad. – No es verdad. ¿No has visto que se solidarizan y nos traen comida?

– Pero son sólo las mujeres. Los hombres están en los cafés sentados. Nos desprecian, nos han despreciado siempre. No existimos.

– Y sin embargo Qasserine, Thala, Sidi Bousid son ya lugares míticos, la cuna de la revolución -intervenimos.

– Hemos tenido que sacrificar a cientos de los nuestros para que sepan dónde están nuestras ciudades y enseguida nos olvidarán de nuevo.

Insisto en mi imagen de ayer. Las miles de personas asentadas desde hace dos días en la Qasba, y la mayor parte de los que les acompañan durante la jornada, son los bárbaros de Ibn Khaldun. Islamistas del Nahda, sindicalistas de izquierdas, jóvenes desamparados sin filiación política, hijos de pueblos y barrios sin aurora, están unidos por una común conciencia de clase, por lazos de ‘asabiya o solidaridad orgánica que se reflejan en una obstinación alegre y orgullosa y en una disciplina insólita. Están unidos, sí, por una enmienda a la totalidad a los que quieren seguir gobernando sin ellos. En apenas 72 horas han levantado ya un pequeño campo de refugiados con visos de estabilidad. Las jaimas se multiplican en el espacio de la plaza. Un pequeño recinto vallado ha sido reservado para la cuisine, donde se reciben barras de pan, cartones de leche, platos cubiertos con servilletas a cuadros que luego se distribuyen entre los allí reunidos. En el pórtico del ministerio de Finanzas, con el suelo cubierto de colchones y mantas, un grupo de madres robustas hace bocadillos. En otra jaima, en el borde de la plaza, un hombre dotado de feliz caligrafía escribe sobre folios de papel las consignas que le dictan los que quieren dejar su impulso de libertad sobre los muros. La Qasba es probablemente el lugar más limpio de Túnez, o quizás el único verdaderamente limpio: piquetes de jóvenes pasan barriendo y recogiendo los desperdicios en bolsas de plástico. «Somos libres y responsables», dice una pintada en la pared. Todos los días se acumulan nuevas pintadas en las fachadas de los edificios. Hay una muy hermosa que dice en árabe: «Pueblo, la historia nace bajo tus pies sólo si sigues caminando». Y otra que no estaba ayer grita en correctísimo español: «Hasta la victoria». Sobre la puerta del Primer Ministro han colgado un gran cartel: «Ministerio del pueblo». Y los de Sidi Bousid anuncian en una pancarta: «No se negocia con la sangre de los mártires». La gente de Tataouine, por su parte, ha escrito en una lona: «No hay más shar’ia que el pueblo».

¿Qué gobierno puede soportar tener durante días y días ocupados dos ministerios en la explanada donde se encuentra la mayor parte de las instituciones del Estado, en el arranque de la zona más turística de la ciudad? ¿Cuánto tiempo más aguantará a esta tozuda patulea de paletos luminosos que no da la menor muestra de cansancio?

– Nos han dejado estar aquí porque creían que íbamos a cansarnos en dos días -dice Selim. – Y fíjate: se me ha curado incluso la gripe. Si quieren que nos vayamos, es muy fácil. Basta con que se marchen ellos antes.

Es extraordinaria la claridad común que se respira en la plaza. Un racimo de jóvenes de Metlaoui, todos en paro, se rebelan de nuevo contra nuestra pretensión de convertirlos en títeres de su penuria económica:

– Primero libertad y democracia, luego trabajo.

– Para vivir se necesita poco, podemos compartir – dice Sadok Meki, agricultor de 47 años que ha venido de Nabeul. – Queremos un poco de pan y toda la libertad.

Es impresionante, en todo caso, el Túnez que aparece al descubierto cuando -como nos dice el propio Sadok Meki- «se levanta la tapa». Munyid Allagui, herido de bala en el vientre el 10 de enero en Qasserine, 51 años, padre de 9 hijos, parado. Nabil, casado con una diseñadora que remienda zapatos, los dos en paro. Nasri Yousef, diplomado, 12 años ya sin trabajo. Y corrupción, cárcel, tortura, acoso, persecución, delación, vigilancia, control, humillación, desprecio. Alí Manzouri, joven abogado de 32 años que, junto a sesenta y nueve colegas, ha acudido desde Qasserine para apoyar al pueblo y que luce orgulloso su toga en medio de la multitud, dice que hay todavía centenares de prisioneros de los que no se sabe si están vivos o muertos. Están aún por descubrirse las cárceles secretas del régimen.

«No nos dejaban ni rezar ni beber», decía ayer el impresionante Fahim. «Durante 55 años la cólera ha hervido en nuestro interior».

Por eso no es extraña esta explosión de júbilo político que tanto recuerda, una vez más, a Venezuela.

– Soy feliz -dice Nabil. – Por primera vez en mi vida me siento un ciudadano.

Los peligros, en todo caso, son enormes, y así lo ve Sadok: «Se nos vigila de nuevo. Hay muchas fuerzas interesadas en abortar la revolución: los estadounidenses, los mukhabarat (servicios secretos), los recedistas que aún nos gobiernan. Si perdemos esta ocasión, la represión será terrible».

La sensibilidad es extrema y la rapidez de reflejos sorprendente. Numerosos jóvenes se pasean junto a los camiones militares portando carteles en los que se condena la visita de Jeffrey Feltman, el responsable de la diplomacia de EEUU para el Próximo Oriente, el cual ha puesto como ejemplo de «reformas» a Túnez. «No a la intervención extranjera», exigen.

Bernard Henri-Levy ha escrito un artículo en Il Corriere della sera hablando de una revolución postmoderna hecha «no por proletarios sino por blogueros y cibernautas». Que se dé una vuelta por aquí. Es la lucha de clases. Y lo que es extraordinario, lo que haría recular espantado a Henri-Levy, lo que desnuda la hipocresía criminal de EEUU, de la UE e Israel, lo que tiene pocos precedentes en la historia -y en ese sentido es, sí, postnormal- es que los «condenados de la tierra» en Túnez piden a gritos «democracia». ¡Democracia! Lo único que el imperialismo no se puede permitir.

Pero que tengan cuidado los tunisois que se conforman con el poquito que a ellos les basta o que, como los artistas reunidos hoy en un teatro de la ciudad, quieren excluir al Nahda, que se identifica con el moderadísimo AKP turco, de las nuevas instituciones. Si a estos bárbaros luminosos no se les da democracia, cuando vuelvan querrán venganza. Sabemos desgraciadamente que entre democracia y venganza, las potencias capitalistas no han tenido nunca la menor duda.

Los bárbaros de la caravana de la libertad

   Paredes que hablan: no hay otra soberanía que la del pueblo

   La cuisine

   La puerta del ministerio del Pueblo

   Ministerio del pueblo

Manifestación nocturna

   No quiero ir a Italia en patera

   En el ministerio de Finanzas

   Solidaridad

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR