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Abril de 1902, Primer Congreso Obrero de Extremadura

La luz de los obreros

Fuentes: Rebelión

Allí empezó todo. La historia del movimiento obrero en Extremadura hunde sus raíces en Torre de Miguel Sesmero, en sus calles estrechas y blanquísimas. «En la cocina de la resistencia, con sus fogones pobres, en la fraternidad del pan escaso, hallé por fin la fundación perdida, la remota ciudad de la ternura». Pablo Neruda encontró […]

Allí empezó todo. La historia del movimiento obrero en Extremadura hunde sus raíces en Torre de Miguel Sesmero, en sus calles estrechas y blanquísimas. «En la cocina de la resistencia, con sus fogones pobres, en la fraternidad del pan escaso, hallé por fin la fundación perdida, la remota ciudad de la ternura». Pablo Neruda encontró en las primeras huelgas de los trabajadores chilenos la ciudad de la ternura. En Extremadura, el fogonazo originario habremos de buscarlo en el Primer Congreso Obrero, celebrado a finales de abril de 1902 en este pequeño pueblo de la comarca de Olivenza.

La Luz de los Obreros, que es el nombre de la sociedad agrícola de Torre de Miguel Sesmero, será la organización anfitriona de la asamblea, a la que asistirán delegados de veintiún pueblos de la provincia de Badajoz, representando a unos catorce mil asociados. Las sociedades de resistencia son comunidades de socorro mutuo, los enjambres donde se ha refugiado el movimiento obrero aprovechando los estrechos márgenes de la ley. En su corazón y en sus nombres anida un mundo nuevo. La Luz de los Obreros, con su denominación de ecos francmasónicos, alude a «la iluminación necesaria para entender los grandes secretos» (Díaz Ordóñez-Milán Agudo). Hasta aquí, a las tierras de Extremadura, ha llegado el rastro de la utopía, el ansia de la ciudad del sol, el sueño dorado de una sociedad donde no exista la explotación del hombre por el hombre. Zapateros, lavanderas, albañiles, mozas de servir, carpinteros, panaderos pero, sobre todo, campesinos y campesinas se encargan de mantener encendida la promesa de emancipación. En los nombres de las sociedades late con brío el augurio de otro tiempo, aún inédito: La Nueva Aurora (Olivenza), El Despertar del Siglo XX (Almendral), El Alba del Nuevo Día (Alconchel), La Redentora (Valverde de Leganés), La Esperanza (Mérida). Y vibra también el orgullo proletario de quienes habrán de cambiar el mundo de base: los Hijos del Trabajo (Ribera del Fresno), La Hormiga (San Vicente de Alcántara), Fraternidad Obrera (Bienvenida)…

El hambre, la explotación y el caciquismo son el humus del jornalero, la vida cotidiana donde prenderá el movimiento. «Llevan hambre y frío, y como todas las cosas y todos los hombres de Extremadura, los niños llevan también una tristeza profunda y vieja que no se sabe de dónde viene, pero sí de qué viene: es la tristeza de una miseria común, dilatada, desesperada, de siglos y siglos pesando sobre las gentes de muchas generaciones» (César Arconada). El hambre, como nos enseñara Miguel Hernández, es el primer aprendizaje, el gran maestro de la sumisión, el lugar donde el hombre «regresa a la pezuña y retrocede al dominio del colmillo». Pero será también ahí donde nazca la fraternidad y la rebeldía: compañeros son los que se comen juntos el pan, los que comparten el pan. El campesino extremeño, «el indio de la nación», aprenderá el arte de la resistencia en la plaza del pueblo y en el barbecho, en la lonja servil de contratación y en la extenuación de las cosechas.

En la Torre nació y se crió Juan Barjola, uno de los grandes pintores del siglo XX. Aquí trazaría sus primeros dibujos, perros hambrientos «disputándoles la tajada de algún burro muerto a los gavilanes» que sobrevolaban en las afueras del pueblo. El poeta José Hierro le rendiría un estremecedor homenaje, en los años ochenta: «Esta cabeza ha visto los niños de la anemia, los cardos, las espinas, los alacranes de septiembre en Torre de Miguel Sesmero, los galeones de la trilla, los vareadores del aceite, los serones del vino, las cabras del erial».

El caciquismo será el mecanismo que blinde el dominio del latifundio y garantice la opresión de los campesinos, un entramado organizado desde abajo que se encarga de asegurar la alternancia tramposa de los partidos políticos de la Restauración y de someter a las clases trabajadoras. «La oligarquía como sistema, y el caciquismo como instrumento», en palabras de Manuel Azaña; la «Constitución real del país», según Tuñón de Lara. El caciquismo funcionará durante décadas como un régimen que degrada la justicia en favor y que se vale de la arbitrariedad para someter a los rebeldes. En Extremadura encontrará una de sus moradas más consumadas. «Un casinillo donde los ricachos parlan de barraganas y escopetas y se juegan los dineros heredados; un abogadillo, que desde el Juzgado Municipal, administra justicia conforme a sus pasioncejas y ruindades»: Francisco Valdés describe el caciquismo como «un fango social» que conlleva emigración, infanticidios y hambre. Y Felipe Trigo, completa el devastador retrato: alcaldes ladrones de los pósitos, curas y jueces corruptos, y, por encima, el «facedor de diputados, senadores y gobernadores», la siniestra sombra de un murciélago brutal, el Jarrapellejos de turno.

Conspirar es respirar juntos

¡Pan! ¡Pan! ¡Abajo los ricos miserables! ¡Abajo las limosnas! ¡Que nos entreguen el pósito!

Jarrapellejos, Felipe Trigo

Los grandes movimientos populares no surgen nunca por generación espontánea. Son siempre el resultado de una sementera tenaz, de la hibridación de experiencias de lucha, de la reflexión y de la praxis colectiva. Como recuerda Isidoro Bohoyo, el movimiento obrero extremeño de principios del siglo XX «es el legítimo heredero de aquel que alcanzó la plenitud durante el sexenio revolucionario». La Revolución de 1868 arraigó profundamente en las clases populares y plantó las bases que cuajarían treinta años más tarde. El proletariado militante, fundamentalmente de orientación anarquista, se extenderá por bastantes localidades en las siguientes décadas. En su informe de 1876, Anselmo Lorenzo da cuenta de 10 federaciones locales adscritas a la «federación comarcal de Extremadura», entre ellas las de Badajoz, Fuente del Maestre, Trujillo, Aceuchal, Villalba de los Barros o Plasencia.

Las luchas en defensa de las dehesas comunales, las ocupaciones de fincas o la reorganización de sociedades obreras son expresiones del dinamismo que caracteriza al incipiente movimiento obrero. Y, al tiempo, la conflictividad social latente se manifiesta también de otros modos. «La primera arma que descubren los jornaleros para vengarse de los amos es el incendio», nos recuerda Víctor Chamorro. Y el motín -a consecuencia del encarecimiento de los productos básicos- será la otra gran herramienta que se utilizará en este período, con especial intensidad durante 1898. En la primavera de este año se producirán incidentes en muchas localidades (apedreamiento de autoridades y de acaparadores, ruptura de registros, arrojamiento de las básculas al río Guadiana…). Como consecuencia, el 7 de mayo es declarado el estado de guerra en toda la provincia, prohibiéndose las reuniones y manifestaciones.

Tras esa fase insurreccional las organizaciones campesinas se fortalecen. Las sociedades de apoyo mutuo van mutando en sindicatos y se pasa del motín a la huelga como instrumento fundamental. Aunque, como subraya Martin Baumeister en «Campesinos sin tierra», no se produce un desarrollo lineal desde la protesta callejera a la huelga. Los tres tipos de conflictos más presentes en los años de la crisis de fin de siglo -la protesta de consumos, las batallas contra la privatización de los antiguos derechos de aprovechamiento comunal y el rebusco masivo como autoayuda en tiempos de necesidad- se solapan con las formas más modernas de lucha, como la huelga. Lo viejo y lo nuevo se combinarán en el primer tercio del siglo XX. El avance de las ideas republicanas, socialistas y anarquistas contribuirá en gran medida a esa renovación del repertorio de lucha. La irrupción de La Germinal, la extensión del Primero de Mayo a un buen número de poblaciones extremeñas y el Congreso Obrero serán las mejores muestras del proceso de maduración que vivirá el movimiento obrero.

El Primero de Mayo y La Germinal de Badajoz

Nada de lo que tuvo lugar alguna vez debe darse por perdido para la historia.

Walter Benjamin

En 1898 el Centro Obrero de Badajoz acoge la que quizás sea la primera celebración organizada del 1º de Mayo en Extremadura. Y en 1901, convocada por La Germinal, tendrá lugar la primera manifestación conmemorativa del día internacional de los trabajadores, en la que participan más de mil personas. Pero será al año siguiente cuando se generalice el acontecimiento y se extienda a poblaciones como Alconchel, Montijo o Puebla de la Calzada. «En todas aparecen las mismas peticiones: Paz universal, ocho horas de trabajo, ocho de instrucción y ocho de descanso», señala Fermín Rey. En 1905 comenzará a festejarse en Cáceres.

La Germinal nacerá en 1899, arraigada en la experiencia acumulada del Centro Obrero de Badajoz. La nueva sociedad, como indica el historiador Luis Miguel García, inaugura «la etapa que representa la ruptura con la protesta espontánea y con el movimiento obrero débil y esporádico de épocas anteriores», constituye un salto extraordinario en la fortaleza y combatividad de la clase obrera extremeña.

Con el nacimiento de La Germinal termina la prehistoria del movimiento obrero en la región y comienza una fase de ofensiva del mismo. La propia elección del nombre elegido, que alude al calendario revolucionario francés y al título de la novela de Zola, «denota una perfecta imbricación de los componentes de la sociedad en la realidad societaria y cultural de la época».

La sociedad obrera pacense ha marcado claramente su línea de independencia respecto de los partidos políticos, manteniendo una orientación difusa que podía moverse entre el republicanismo y el anarquismo: «Las sociedades obreras han de estar compuestas de obreros que militan en diferentes partidos y en ellas no puede hablarse en nombre de un ideal particular, sino en el del que une a todos los asociados: la mejora de la clase proletaria«. Sin embargo, La Germinal está en contacto con las asociaciones anarquistas del país y del extranjero. La propia documentación del Ministerio de la Gobernación en 1903 da cuenta tanto del vigor de la sociedad como de su filiación ideológica: «la organización anarquista en Badajoz alcanzó alarmante preponderancia hace dos años, al extremo de ser donde la crisis agraria se manifestó con mayor intensidad, provocando sucesos luctuosos».

La Germinal, junto a una intensa labor reivindicativa, va a desarrollar una extraordinaria actividad cultural. La creación de una escuela laica o la organización de eventos con intelectuales de primer orden, como Belén Sárraga, son sólo dos signos de «la búsqueda de una identidad, basada en la emancipación del obrero a través de la educación».

Las huelgas de 1901-1902 y el Congreso Obrero: organizar las soledades

«Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan»

 Rodolfo Walsh

En la primavera de 1901, aprovechando el comienzo de la cosecha del cereal, la Germinal anuncia una huelga general de obreros agrícolas, ganaderos y mozas de servir, si no se atienden sus reivindicaciones. Las demandas son muy sencillas y concretas: trabajar «sólo» de sol a sol, en lugar de luz a luz, durante las épocas de sementera y recolección; poder descansar lo suficiente durante la jornada, garantizando cinco paradas al tabaco, que en todos los trabajos se fuma…; que los patronos no puedan imponer el destajo; que las cargas de los sacos no sean descomunales y que todo bracero sepa «lo que va ganando al salir de la población». Reivindicaciones cristalinas, elementales, que ya lo dijera Kropotkin, «el pueblo nunca ha pedido tener la luna dentro de un cubo de agua».

El 21 de mayo se hace público el comunicado y días después comienza la huelga. Los obreros demuestran una disciplina que sorprende a los patronos y al gobierno, organizando piquetes y extendiendo la protesta a los pueblos. A la semana el gobernador civil prohíbe los piquetes y la participación de las mujeres en las asambleas de la Germinal, para evitar la expansión del conflicto. Pero ya es tarde. Los jornaleros han logrado que muchos patronos acepten ya las condiciones. El propio gobernador civil, en Badajoz, y el comandante de la Guardia Civil, en la Torre, intervienen como mediadores. La huelga ha sido un completo éxito en seis pueblos. Por primera vez los braceros han comprobado su poder para negociar colectivamente las condiciones de trabajo, rebasando incluso el marco local.

Al año siguiente, en abril se convoca el Primer Congreso Obrero, para hacer frente a «la situación por la que atraviesan los que viven sólo del esfuerzo de sus brazos». La conciencia obrera se propaga por las tierras extremeñas. «Una epidemia de naturaleza poco conocida había empezado a extenderse lentamente por los campos del sur, hasta que a principios de abril dio la cara en Torre de Miguel Sesmero. Lo hizo en forma de un congreso agrícola que reunió a representantes de veintiún pueblos de la provincia» (Justo Vila, en Siempre algún día). Allí se aquilatan las reivindicaciones y se prepara la nueva ofensiva, pero ahora el poder económico y político ha fortificado sus posiciones. La Germinal sobrevalora su capacidad para imponerse: los patronos traen esquiroles de Portugal, el gobierno reprime implacablemente los piquetes y detiene a jornaleros en Badajoz, Montijo, Torre de Miguel Sesmero -e incluso a doce albañiles de Los Santos de Maimona. El 1 de junio se libra una batalla campal, los guardias detienen a 130 huelguistas, hieren de gravedad a varios de ellos y matan a Julio Ardila, jornalero de Badajoz. La Germinal y la Unión Femenil, ligada a ella, son clausuradas y sus dirigentes encarcelados. Esa misma tarde se declara el estado de guerra en Badajoz. La huelga ha sido ahogada en sangre y cárcel. Pero no se detienen los procesos sociales ni con la fuerza ni con el crimen…

Encender en el pasado la chispa de la esperanza

¡Qué habría sido de nosotros sin las revoluciones pasadas, sin los que dejaron sus vidas en la lucha! Las revoluciones, ganadas o perdidas, ponen freno a este correr caótico y sin futuro que es el capitalismo!

Isabel Alba Rico

Los jornaleros no dejan de luchar. Entre 1903 y 1915 se producen seis nuevas huelgas de obreros agrícolas. Y entre 1918 y 1920 otra oleada hace temblar el campo extremeño. Para esa última fecha ya son 184 las sociedades obreras existentes en la región y agrupan a 33.000 trabajadores.

El caciquismo sigue haciendo estragos, comprando votos y produciendo sufrimiento. «La extinción del caciquismo ha de ser el primer rayo de la alborada que ilumine la campiña extremeña y dé luz al cerebro ignaro del proletario», escribe por entonces Ramón Tristancho, el carpintero-periodista de la Torre. Y, a pesar de todo, el caciquismo morderá el polvo. En 1915, es elegido como alcalde torreño Manuel Boza, uno de los impulsores de la Luz de los Obreros. Y en 1931, vuelve la República y con ella, cuando todos lo creían enterrado, retorna el sueño de la Reforma Agraria. El 25 de marzo de 1936, tras siglos de rumia, germina en Extremadura una pacífica revolución campesina. El pan no ha muerto, gritan jubilosos los yunteros.

Pero vuelven otra vez los amos a ahogar la dignidad en sangre. Fue, cómo no, en la plaza de toros de Badajoz, donde había brotado la esperanza jornalera. Barjola pintó el crimen, «la cabeza estoqueada en la plaza de toros, en la plaza mayor, plaza de pana, de pan, tomate, navaja, agonía y esparto» (José Hierro). Y Gamoneda le puso nombre a la ciénaga mortal: «Ah, país del dolor, Extremadura».

Después regresó el feudalismo, el señorito Iván, el abuso hecho paisaje. Comed república, le chillaron a nuestros padres, mientras apretaban el dogal. O largaros de esta tierra, les espetaron. 800.000 extremeños emigraron en poco más de veinte años. Juan Barjola fue uno de ellos. «Él se tuvo que ir de la Torre. En Madrid la mujer tenía su buchetita y con el dinero de la bucheta compraba los marcos y los cuadros y luego los vendía», contaba la hermana. Décadas después se abriría el Museo Barjola… en Gijón.

El primero de mayo de 1981, unas semanas antes de irme a la mili, fui a Torre de Miguel Sesmero. Estaba en las Juventudes Comunistas y José María Coronas me planteó que participara en los actos del pueblo. En la manifestación, calle por calle, se implicó prácticamente todo el pueblo. En las abuelas enlutadas con el puño en alto vibraba todavía el eco de las luchas de principios de siglo. La manifestación terminó justamente en el Centro Obrero, en el mismo lugar donde se celebrara el primer Congreso Obrero de Extremadura.

Han pasado muchos años desde entonces, ya casi nadie se acuerda de aquello. Paseas los pueblos de Extremadura y en sus callejeros no hay rastro de Julio Ardila ni de La Germinal ni del Congreso Obrero de la Torre. Los muertos no estarán a salvo del enemigo si este vence, escribió Walter Benjamin. Y el enemigo no ha dejado de vencer. Avenida Antonio Masa, calle General Mola, parque de La Legión… No, el enemigo no ha dejado de organizar la historia, el olvido y el silencio. La historia como propiedad privada de los dueños de todas las otras cosas.

Y sin embargo, en estas huellas campesinas se sigue leyendo el futuro. Contra los caciques de hoy, contra los amos de hoy, contra la opresión de hoy. Por el derecho a vivir dignamente. Contra la nueva emigración, contra la precariedad y la represión. El desafío a los poderosos continúa. La ciudad del sol nos espera.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.