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Sudán del Sur en el abismo (4)

La niña que amaba la pizza

Fuentes: La Vanguardia

Este texto empieza por el final y ha perdido el nombre de una niña. Debía de tener unos ocho años, el pelo sucio lleno de trenzas cortas y cargaba en la mano derecha un bidón amarillo con agua. Ella llegaba; yo me iba. Cinco minutos antes, una madre, Rose, protestaba porque no tenía suficiente comida […]

Este texto empieza por el final y ha perdido el nombre de una niña. Debía de tener unos ocho años, el pelo sucio lleno de trenzas cortas y cargaba en la mano derecha un bidón amarillo con agua. Ella llegaba; yo me iba. Cinco minutos antes, una madre, Rose, protestaba porque no tenía suficiente comida para su bebé de año y medio, William. Nadie tenía. En el terreno de una comunidad salesiana de Gumbo, un recinto con colegio e iglesia al sur de Yuba, se amontonaban 8.000 personas desplazadas, sin protección. Vivían en cabañas de ramas y plásticos en la mayor de las igualdades sociales: todos lo habían perdido todo menos el hambre. Hacia ahí caminaba la niña. Iba descalza, llevaba una falda negra y una camiseta tan sucia y hecha jirones que quizás no era marrón. La niña también tenía hambre, así que alzó la vista y se posó la palma abierta en la barriga. Entonces lo leí. Con un corazón rojo, el mismo con el que las gorras, tazas o camisetas juran amor eterno a Nueva York, la camiseta llevaba escrito un mensaje en letras mayúsculas negras: «I love pizza».

La nueva fase de la guerra en Sudán del Sur ha puesto al país al borde de la catástrofe. Unos 2,7 millones, casi uno de cada cuatro sursudaneses, han perdido su hogar a causa de la violencia de los últimos años. De ellos, 920.000 son refugiados en Etiopía, Sudán y sobre todo Uganda. Pero esas cifras no significan nada. Quizás sí muestran el alma rota del acuerdo de paz del 2005, cuando el ejército absorbió gradualmente decenas de milicias -aunque las dejó intactas- comprando la lealtad de sus comandantes con puestos y dinero. O reflejan cómo aquella fidelidad se esfumó cuando en el 2014 los precios del petróleo bajaron a la mitad y el grifo del oro negro se cerró. Pero los números del éxodo en el país más joven del mundo no muestran los intangibles: Sudán del Sur es un país que ha dejado de creer en sí mismo.

Puede parecer evidente, porque tras sólo dos años de independencia, el país ya estaba otra vez en guerra; y desde fuera quizás no parezca el mejor escenario para creer en el futuro. Pero Harriet Selna sí se lo creyó. Por eso el pasado mes de mayo, tras siete años estudiando y conseguir sacarse una diplomatura en agricultura en la vecina Uganda, volvió a casa. «Esto no es lo que esperaba». Baja la voz al decirlo, como si le diera vergüenza que la oyeran, y sienta sus 21 años recién cumplidos a la entrada de su choza-refugio de Gumbo. Ha colgado una sábana blanca con flores bordadas entre dos palos para que le tapen el sol -«Es lo único que me pude llevar»- y se nota a una legua que no está acostumbrada a verse pobre. «Mi madre trabajaba en el Gobierno, pero la han echado porque es nuer, esto es algo nuevo para mí».

La casa que abandonaron el 10 de julio, cuando empezaron los disparos, tenía camas, televisor, agua corriente y electricidad. Hace un mes Harriet podría haberle agregado perfectamente a usted, lector, como amigo en Facebook. Ella arriesgó todo eso al regresar, y perdió porque aún tenía esperanza en su tierra. Ahora Harriet ha cambiado de sueños: «Lo hemos perdido todo, así que me gustaría ir a un campo de refugiados al norte de Uganda, allí no te vienen a matar».

La explosión económica tras la independencia despertó una ilusión casi suicida en Sudán del Sur. A los miles de millones por los beneficios del petróleo, además de la ayuda internacional e inversiones, especialmente de China, Estados Unidos y Reino Unido, se añadió la apertura de nuevas líneas de autobús y avión hacia el exterior. El aislamiento económico se resquebrajó y, por primera vez en la vida de millones de sursudaneses, su país era una noticia de esperanza. De aquella alegría se ha pasado a la desilusión. Por eso Harriet mira al suelo cuando habla.

Luego, a los mosquitos de la malaria los intangibles se las traen al pairo. Están haciendo estragos entre los desplazados de Gumbo. El italiano Fabrizio Loddo, enfermero pediatra de Médicos sin Fronteras, no deja de tomar la temperatura a niños mientras contesta las preguntas. Si algún chaval tiene la fiebre alta, le cuela en una fila larguísima. «La malaria está disparada. Esta gente se tuvo que esconder en el bosque y lo dejó todo atrás, así que les picaron mucho».

A mediodía, en el campamento de desplazados casi todos están sentados a la sombra de un árbol. El sol aprieta y los niños juegan con piedras o construyen grúas con barro, trozos de caña y un cordel. Unas mujeres charlan entre ellas y un hombre clava la mirada en la nada y piensa. Cuando me alejo un poco, un chico de unos 15 años me estira de la manga. Me lleva hasta una tienda refugio y me señala el interior. Dentro hay un hombre anciano con los ojos muy abiertos y clavados en el techo. Tiene la cara surcada de chorretones y la camiseta verde empapada en sudor. Le alargo la mano, pero no la ve: es ciego.

Cuando nota la presencia de alguien, el chico le dice quién soy. De un brinco, el anciano se sienta en cuclillas, agarra mi mano con fuerza y se pone a hablar en un inglés muy precario, casi un delirio sostenido, que aumenta de volumen hasta convertirse en un grito.

¡Ardió mi casa!

¡Ardió!

¡Estoy ciego!

¡Ardió mi casa!

Es todo lo que logro entender.

Fuente: http://www.lavanguardia.com/internacional/20160810/403813712633/sudan-del-sur-guerra-exodo-poblacion-campos-de-desplazados.html

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