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La triderecha y lo común

Fuentes: Publico.es

Circula por internet una viñeta del ilustrador Ferran Martín en la que puede verse a Albert Rivera sosteniendo una bandera rojigualda mientras afirma: «¡Esta bandera es la bandera de la libertad! Esta es la bandera que nos une, esta es la bandera de nuestros padres. ¡La de nuestros abuelos!». Enfrente, un interlocutor de edad avanzada […]

Circula por internet una viñeta del ilustrador Ferran Martín en la que puede verse a Albert Rivera sosteniendo una bandera rojigualda mientras afirma: «¡Esta bandera es la bandera de la libertad! Esta es la bandera que nos une, esta es la bandera de nuestros padres. ¡La de nuestros abuelos!». Enfrente, un interlocutor de edad avanzada que lleva en las manos la bandera republicana tricolor le corrige: «Disculpe Sr. Rivera, la bandera de mi abuelo era esta. Esa será la de su abuelo».

La viñeta ilustra el intento de las derechas y la extrema derecha españolas de fortalecer un proyecto único que instrumentaliza en beneficio propio señas de identidad consideradas comunes a partir de la sacralización de conceptos como la patria, la religión católica y la familia tradicional. Somos, así, llamados a defender el supremacismo blanco, la familia cristiana «natural» en la que se escuda el discurso homófobo y la indisoluble unidad de la nación española. Quien no comulgue con los principios de este discurso derechista disfrazado de «sentido común» es calificado de extremista y antipatriota. Diecinueve fueron, nada más y nada menos, las descalificaciones (entre ellas «mentiroso compulsivo», «traidor», «ridículo», «felón», «ególatra», «incompetente», «okupa», «mediocre», «adalid de la ruptura de España» o «chovinista del poder») que Pablo Casado dedicó a Pedro Sánchez cuando el Gobierno anunció que iba a aceptar la figura de un relator para Cataluña. Está fraguándose la construcción de un nuevo bloque pactista reaccionario que apela a elementos comunitarios como estrategia para reforzar su proyecto de nación y sociedad neoliberal-conservador. Andalucía se ha convertido en el primer campo de experimentación de esta nueva ofensiva conservadora.

En boca de las derechas y la extrema derecha, el lenguaje de lo común funciona como un significante vacío a merced de una potente lógica excluyente y homogeneizadora. Como explica Boaventura de Sousa, el objetivo es producir «comunidades-fortaleza», agrupamientos defensivos, replegados sobre sí mismos y construidos en torno a una identidad política y cultural dominante que establece jerarquías de inferioridad: la inferioridad de las personas LGTBI, de los negros, de las mujeres, de los gitanos, de los inmigrantes, de los pobres, etc. Quien es clasificado como superior considera una obligación moral civilizar, dominar y, en definitiva, colonizar al inferior. ¿Por qué Vox explota retóricamente el concepto de reconquista? Para legitimar la islamofobia a través de un discurso racializado y excluyente sobre la nación española que mitifica la ocupación cristiana de los territorios peninsulares bajo dominio musulmán.

Para la triderecha en fase de convergencia, lo común constituye un espacio de poder para reproducir la hegemonía del hombre blanco, occidental, heterosexual, cristiano y de clase media y alta. Un espacio de exclusión identitaria que, a lo sumo, concederá algunos privilegios a los grupos clasificados como inferiores que han sido domesticados por el sistema: gais blancos, consumistas y racistas o mujeres antifeministas defensoras del patriarcado, por ejemplo. Lo común funciona, de este modo, como un dispositivo desde el que ejecutar políticas de desigualdad, de odio y miedo a la diferencia. No en vano Marx denunció la falsa idea de lo común que se escondía tras el sistema británico de la common law, el derecho común no escrito que basa la ley en la tradición y la costumbre. Marx se esforzó en diferenciar las leyes y las costumbres de los privilegiados de las costumbres de los pobres. Así, el derecho consuetudinario de los privilegiados, al servicio de los intereses de los grandes propietarios, criminalizaba a los recolectores de madera caída al suelo de los bosques. Ha sido precisamente la limitación del derecho de los privilegiados lo que le ha valido una querella al alcalde de Palma, Antoni Noguera, al que la Federación Española de Asociaciones de Viviendas y Apartamentos Turísticos (Fevitur) acusa de restringir de manera irregular el impacto del alquiler turístico en las viviendas plurifamiliares de la ciudad.

Si logra formar gobierno tras las elecciones generales de abril, la triderecha emergente intentará aplicar una suerte de common law punitivo-represiva, españolista, heteronormativa, patriarcal, clasista y racista. Lo hará con la complicidad de los sectores conservadores de la judicatura y la Iglesia católica, así como con la de los medios de comunicación afines.

Frente a ello, las izquierdas tienen la responsabilidad de descolonizar el imaginario de lo común, de construir un común producido y compartido entre todos. La eclosión de luchas mundiales contra la austeridad y el neoliberalismo, como el 15M, generó en el campo progresista el surgimiento de espacios de pensamiento y plataformas de acción en torno a lo común y los bienes comunes. Las luchas por una «democracia real», contra la gentrificación de los centros urbanos, las luchas antidesahucios, los huertos urbanos, los centros sociales autogestionados, el reclamo del espacio y los servicios públicos o los movimientos por la justicia ambiental, entre otros, pueden considerarse luchas que reclaman lo común. De hecho, muchas de estas luchas entraron en las instituciones municipales bajo diversas formas y organizaciones políticas con la denominación «en común».

Sin embargo, una de las limitaciones de estas luchas es que en ocasiones son prisioneras de marcos eurocéntricos de pensamiento, incluso si se esfuerzan por promover procesos de emancipación y tomar decisiones audaces. La cuestión racial, por ejemplo, apenas tuvo eco en el 15M, que se centró en el concepto de ciudadanía, y hay un sector de la izquierda que comparte con la derecha un sentido común españolista alérgico a cualquier proyecto de nación española descolonizada.

Si entendemos el colonialismo como una práctica que incluye el robo o la supresión de patrimonios materiales e inmateriales, entre los que se encuentran memorias, culturas, historias e identidades, obtendremos una imagen más clara de cómo y cuándo fuimos colonizados, de quiénes nos colonizaron y de cómo descolonizarnos. Si el objetivo es crear un bien común descolonizado, debemos comprometernos a desmantelar el capitalismo, el racismo, el heteropatriarcado y el resto de las lógicas coloniales que atraviesan lo común. Es por eso por lo que la bandera de Rivera, de Casado y de Abascal no puede ser la bandera de lo común.

Antoni Aguiló. Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

Fuente: https://blogs.publico.es/dominiopublico/28023/la-triderecha-y-lo-comun/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.