Concluidos los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 y el boom especulativo asociado al gran evento internacional, brotó y se desarrolló en la ciudad un movimiento a favor de la okupación de grandes edificios abandonados, como cines, fábricas o antiguas bodegas, que se transformaron en centros sociales; jóvenes okupas que a menudo tenían menos de 20 años rechazaban un modelo de ciudad convertida en escaparate turístico global; dos ejemplos significativos fueron -en marzo de 1996- las okupaciones del cine Princesa y la Fábrica Hamsa; los activistas sociales hicieron frente a la represión policial y, con la reforma del Código Penal de 1995, a la tipificación como delito de la okupación pacífica de inmuebles.
Son elementos que figuran en la novela de 200 páginas No deixis que el foc s’apagui, del periodista Joan Canela, publicada en febrero por Sembra Llibres; Joan Canela trabaja actualmente en el diario La Veu, y antes lo hizo en medios como La Directa, Público o El Periódico de Catalunya; es autor del libro Insubmissió! Quan joves desarmats van derrotar un exèrcit y, junto a Jordi Colonques, de las novelas Napalm, Monumental y Aitana i les feres.
P: Barcelona era conocida a principios del siglo XX como La Rosa de Fuego por la relevancia de las luchas obreras y el movimiento anarquista; ¿qué importancia otorgas al fuego, elemento que aparece en el título de la novela?
-J.C.: El fuego funciona aquí como una metáfora de la lucha social, que a veces es una gran llama que quema de manera descontrolada y en otras ocasiones -cuando prácticamente no hay lucha y cuesta tirar hacia adelante- se convierte en una pequeña brasa; pero precisamente estos son los momentos que hace falta también reivindicar, y puede que incluso más, porque es importante que el fuego no se apague del todo.
Además, los luchadores sociales dependemos de las generaciones anteriores; si se rompe el relevo generacional de lucha y el aprendizaje colectivo, empezar de nuevo resulta mucho más difícil; en los años 90 en Barcelona nos tocó mantener las brasas en un momento que el fuego estaba muy apagado.
-P: ¿Qué enfoque y punto de vista adoptas en la obra? ¿Es la traducción exacta de una experiencia personal y de los hechos tal como sucedieron en la época?
-J.C.: Se trata de una novela, ficcionada en base a la realidad; me han preguntado si son mis memorias, y no lo son; la ventaja de una novela respecto a unas memorias o un texto periodístico -lo que yo hago habitualmente- es que con la novela tienes mucha más libertad; en este caso, intento llevar al lector a un ambiente muy concreto: la Barcelona de la década de los 90 y la explosión del movimiento okupa en la ciudad.
Los hechos que se relatan en la novela normalmente ocurrieron todos; aunque puede haber algún detalle literario para que la trama tenga más sentido, o alguna cosa metaforizada porque no quiero explicar lo que pasó, ya que afecta a gente muy concreta y tampoco quiero vincularla; en cuanto a los personajes, aunque estén basados en personas reales, aparecen distorsionados.
-P: ¿Cómo resumirías, a grandes rasgos, la trama de No deixis que el foc s’apagui?
-J.C.: La novela trata de una persona que ha estado en Brasil y vuelve a Barcelona después de 18 años de exilio; va reencontrando la ciudad, llega los días previos al Referéndum de Independencia del 1 de octubre de 2017 y recuerda los hechos que le llevaron a tener que marcharse; él comienza su militancia cuando asesinan a Guillem Agulló, en 1993; participa en la manifestación antifascista que se organiza en Barcelona y después empieza con la okupación; de hecho, okupan un centro social en su barrio, pero los desalojan; después okupan uno más grande y a continuación más centros sociales y el cine Princesa; también se organizan movilizaciones.
El movimiento crece, se desarrolla y llega a un tope; después no puede continuar creciendo y llega la caída; todo esto se explica en primera persona, lo que hace que la gente me haya preguntado si el protagonista soy yo, o si es un libro de memorias; el personaje se parece mucho a mí en las cosas que le pasan, aunque no tanto en las cosas que hace o piensa.
-P: Entre el 25 de julio y el 9 de agosto de 1992 se celebraron los Juegos Olímpicos de Barcelona, pero la novela se sitúa en la Barcelona postolímpica; además en noviembre de 1989 se había producido la caída del Muro de Berlín. ¿Cómo se combinan estos elementos en el desarrollo del movimiento okupa?
-J.C.: En los años 90, a escala mundial, la izquierda radical y la izquierda en general se halla dividida; en efecto, ha caído el Muro de Berlín y los neoliberales hablan del fin de la historia; en Barcelona este fenómeno es mucho más brutal por las Olimpiadas, que son un mecanismo de disciplinamiento social muy eficiente por la vía de la euforia; si estabas en los años 90 en Barcelona y decías que rechazabas las Olimpiadas, no te tenían por un radical sino por un loco.
Tuvo lugar la represión, la Garzonada y a ello se sumó todo el boom especulativo que generaron los juegos olímpicos… Entonces la izquierda radical en Cataluña, pero sobre todo en Barcelona, queda deshecha; los independentistas fueron destruidos por la Operación Garzón; los partidos más comunistas están deprimidos por el derrumbe del Muro de Berlín y se van disolviendo; y los anarquistas se hallan muy tocados.
(La Operación Garzón o Garzonada fue una operación policial iniciada un mes antes de las Olimpiadas por orden del juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, que se saldó con la detención de 45 personas vinculadas al movimiento independentista catalán. Nota del entrevistador).
-P: Ante el panorama que describes, ¿de qué modo germina, crece y se consolida el movimiento por la okupación en Barcelona?
-J.C.: A la gente joven que veníamos sobre todo de la insumisión, las personas mayores de las asociaciones nos dicen: “Bueno, nosotros nos retiramos, la izquierda radical soy vosotros, haced lo que queráis”; yo okupo con 21 años y era de los mayores del colectivo; éramos de 21-22 años hacia abajo, no contábamos entonces con gente mayor; había una ruptura generacional y de traspaso de información y experiencias. ¿Qué hacer? La insumisión había salido bien, la desobediencia civil nos parecía una buena herramienta; y dijimos, pues a okupar.
-P: ¿Por qué esta opción? ¿Qué ventajas tenía en los años 90?
-J.C.: Una de las ventajas era que lográbamos locales cuando no teníamos otra manera de conseguirlos; fue un movimiento muy precario: no podíamos pagar un alquiler ni pedir cuotas a la gente; asimismo, el hecho de conseguir un local era ya una manera de enfrentarse al Estado y el sistema; nos decidimos por la okupación en un momento que -en cuanto a movimientos de ruptura- no había nada más; y esto hizo que la okupación se convirtiera en un símbolo: cualquier persona que quisiera algo de rebelión o que no le gustara el sistema, veía en los okupas a la única gente que plantábamos cara.
-P: Pero de la lectura de la novela se desprende que el activismo también implicaba costes personales…
-J.C.: La militancia okupa, tal como la entendíamos nosotros, se daba 24 horas diarias durante los siete días de la semana; por el hecho de vivir en una casa okupada, ya estabas constantemente en primera línea; porque okupabas una casa que estaba en ruinas y tenías que arreglarla por entero; muchas veces no tenías agua ni luz; también podía venir la policía y desalojarte en cualquier momento, o podían venir los nazis.
-P: ¿Aparece la represión policial en la novela?
-J.C.: Sí, en aquellos años ocurrió por ejemplo el caso de Bolan, un chaval del municipio de Cornellà -uno de los puntos calientes del mundo okupa en la época-, que en la novela tiene el nombre cambiado; okuparon la sede de la patronal en el Baix Llobregat, una acción light dentro de lo que se hacía en la época; la policía los detuvo a todos, y al día siguiente los dejó marchar; sin embargo, detuvo nuevamente al Bolan, quien tras salir de la comisaría se tiró a las vías del tren.
Yo no sé exactamente qué ocurrió en esta segunda detención, pero es fácilmente imaginable lo que le hicieron; afrontamos una represión muy dura, no fue ninguna broma.
-P: ¿Qué centros sociales de la época teníais como referente en el estado español?
-J.C.: Tras el asesinato de Guillem Agulló, se produjo la primera okupación de una casa en el barrio de Sants en Barcelona, pero se nos quedó pequeña; la obsesión era hacer conciertos; entonces nuestra imagen era el Kasal Popular de la calle Flora de Valencia, una casa grande donde podía vivir gente, hacer conciertos y espacio para organizar muchos colectivos; también era un referente desde 1988 el Centro Social Minuesa de Madrid, los gaztetxe en Euskadi y desde 1987 la Casa de la Paz en Zaragoza; pero en Barcelona todo esto no existía.
(El joven independentista y antifascista valenciano Guillem Agulló fue asesinado el 11 de abril de 1993 en el municipio castellonense de Montanejos por una banda de neonazis. Tenía entonces 18 años. Nota del entrevistador).
-P: En 1995 se constituyó la Asamblea de Okupas de Barcelona. ¿Qué iniciativas destacarías? ¿Cómo se desarrolló el proceso?
-J.C.: Queríamos okupar algo más grande que la casa de Sants y miramos la Fábrica Hamsa, también en el distrito de Sants; se preparó la okupación, que tuvo lugar en marzo de 1996, y 15 días antes la gente del barrio de Gràcia okupó el Princesa; era un antiguo cine situado a medio camino entre los juzgados, la Comisaría de Via Laietana y la plaça de Sant Jaume, donde se hallan el Ayuntamiento y el Palau de la Generalitat.
La okupación del Princesa se planteó como una acción de visualización; la gente no pensaba que pudiera aguantar más de 24 horas y duraron siete meses; así, en 15 días pasamos de no tener ninguna casa grande a contar con dos; en siete meses el Princesa se convirtió en un espacio central, de muy fácil acceso y en el que se desarrollaron muchas actividades y participaron numerosos colectivos.
Cuando se produjo el desalojo del Cine Princesa en octubre de 1996, éste fue supermediático; hubo una batalla campal y ciertamente fue muy indignante la manera en que actuó la policía: de noche, con escaleras, como si se tratara de un asalto medieval; pero la gente estaba muy bien preparada… En este punto, con el desalojo del Princesa, es cuando se genera el boom de la okupación en la ciudad; la Hamsa se queda como referente; cada semana nos venía un grupo de chavales diciendo: “queremos okupar, ayudadnos”.
-P: Pasados los años, a modo de balance, ¿observas con distancia el movimiento que se desarrolló hace tres décadas o te reafirmas en el valor de aquella experiencia? ¿Han variado tus planteamientos?
-J.C.: Decir que no he cambiado sería mentir; obviamente he modificado muchos puntos de vista respecto a la época; pero no creo que sea más moderado, soy igualmente radical y pienso también que he desarrollado un pensamiento más estratégico; uno de los problemas que tenía el mundo okupa era la falta de estrategia; no se planificaba nada, cada acción se llevaba a cabo por la acción en sí; es decir, no había un plan a largo plazo.
Pero algo muy positivo del mundo okupa en Barcelona en aquella época es que era muy diverso, tenía mucha pluralidad; y también una gran solidaridad interna: nos ayudábamos mucho entre nosotros; el intercambio era constante y no sólo ante los casos de represión.
-P: Por último, ¿consideras que estas formas de lucha son trasladables al presente?
-J.C.: La okupación como herramienta sigue siendo una opción muy válida y necesaria; se ve ahora mismo que hay más okupaciones que nunca; cuando okupábamos, el problema de la vivienda no era igual que hoy; si en los años 90 nos hubieran dicho cómo está la situación ahora, no nos lo habríamos creído; lo de hoy es una distopía absoluta; en los 90 nuestra necesidad eran los centros sociales y los espacios de intervención política, además de una red de contracultura y socialización en espacios antagonistas; de hecho, los centros sociales okupados fueron una escuela de formación política; de allí salieron personas como David Fernández, Ada Colau y mucha otra gente.
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