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Las otras víctimas de la guerra

Fuentes: IPS

Suleyman y Rasul han quedado de reunirse en la Universidad de Beni Walid, en el oeste de Libia. Con un poco de suerte, encontrarán unos apuntes de química y, quizás, un computador que funcione. No es fácil dar con ambos desde que la OTAN redujo el campus a escombros en octubre. Bani Walid, una localidad […]

Suleyman y Rasul han quedado de reunirse en la Universidad de Beni Walid, en el oeste de Libia. Con un poco de suerte, encontrarán unos apuntes de química y, quizás, un computador que funcione. No es fácil dar con ambos desde que la OTAN redujo el campus a escombros en octubre. Bani Walid, una localidad de 80.000 habitantes 150 kilómetros al sureste de Trípoli, fue el último refugio del hijo y delfín de Muammar Gadafi, Saif al Islam. Junto con Sirte, fue también el último bastión de un régimen que estaba tocado de muerte hacía meses.

«¿Qué buscaba aquí la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte)?», se pregunta Suleyman en mitad de una pesadilla de hierros retorcidos, cascotes y papeles que reclama el viento.

No hay ni rastro de armamento, uniformes o cualquier otro objeto que invite a pensar que se trataba de un asentamiento militar. Ni siquiera los casquillos de bala -desperdigados en todos sus calibres por las calles de Bani Walid- son visibles entre este desastre.

«Corría el rumor de que Musa Ibrahim (el portavoz del gobierno de Gadafi) se escondía aquí mismo, por eso lo bombardearon», apunta Rasul junto a uno de los cráteres dejados por los cohetes de la OTAN.

Entre lo poco que se ha podido salvar, están las butacas rojas del aula magna. Un grupo de rebeldes las va cargando de ocho en ocho en las cajas de sus camionetas.

«Nos las llevamos para que nadie las robe», indica Omar Rahman, uno de los conductores.

Desgraciadamente, ya es demasiado tarde para el aula de informática. Dos hileras de mesas de computador intactas pero vacías anuncian la probable apertura de un Internet café en algún lugar de Libia.

El panorama es igualmente desolador por la avenida del bazar. Tan solo una tienda ha levantado la persiana. El tendero Rafiq no quiere hablar. Los maniquíes carbonizados que retira uno a uno del interior son suficientemente elocuentes.

«Brigada de Zawiya»; «Jóvenes de Misurata»; «Geryan siempre libre», se lee en las paredes rotas de la ciudad. Se trata de eslóganes escritos por los más de 40 batallones de rebeldes que, junto con la cobertura aérea de la OTAN, «liberaron» Bani Walid el 17 de octubre.

Los grafitis son parecidos, pero hay uno que se repite insistentemente por toda la localidad: «Los warfala son perros». No en vano estamos en la única ciudad de una sola tribu del país. Todos aquí pertenecen a la tribu de los warfala, el mayor clan de Libia: más de un millón de individuos en un total de seis millones. Junto con la tribu gadafa, los warfala fueron los más leales al depuesto régimen.

«Casa por casa»

Encontrar una casa intacta en Bani Walid es casi misión imposible. En el barrio de Bahra, un proyectil abrió un boquete del tamaño de una ventana en el apartamento de Shaman Bubajar. Las auténticas perdieron los cristales por la explosión, y sus persianas han desaparecido junto con las cortinas, la televisión y los radiadores.

«Saquearon casa por casa», denuncia este mecánico de aviones desde el patio interior del bloque de edificios donde residía. De entre una montaña de ropa y objetos que nadie ha querido llevarse todavía, Bubajar recoge a un pequeño joyero abierto, vacío, por supuesto. «Me pregunto quién llevará esos anillos y pendientes ahora».

Entrar en la casa de Jaled Abdulah es todavía más fácil. Estaba a punto de casarse y ya había acondicionado la primera planta de la vivienda familiar, cuando sus sueños se esfumaron por el boquete abierto en el muro a pie de calle.

«Me fui de Bani Walid el 14 de octubre, tres días antes de que entraran los rebeldes. Mi casa estaba intacta», asegura este camionero de 24 años, hoy desempleado y viviendo de alquiler.

Las historias son dolorosamente similares por toda la localidad. A Athila Abdulah Athman, de 65 años, le quemaron los dos camiones que había intentado proteger llevándolos a tres kilómetros de la ciudad. A pesar de todo, Athman ha podido esbozar hoy una sonrisa, por primera vez en mucho tiempo, cuando su hijo volvió con el coche que les habían robado.

«Estaba en Geryan, suroeste de Trípoli. Nos habían dicho que lo habían visto, y fuimos a buscarlo», explica Athman desde el umbral de su casa.

«Alá u akbar» (Dios es grande) pintaron en su pared antes o después de que alguien entrase a tiros y se llevase sus cortinas y sus lámparas.

Athman dice que se quedará, pero muchos se han ido. Según apuntan fuentes locales, más de 100.000 civiles escaparon de los antiguos bastiones gadafistas como Sirte y Bani Walid, aunque la cifra de quienes buscan refugio en campos de desplazados podría ser mucho mayor.

Oro para las víctimas En el aeropuerto de Bani Walid se encuentra el cuartel general del jeque Omar Mujtar, el principal responsable de coordinar a las 45 milicias que tienen hoy el control de la ciudad.

«Gadafi tenía muchos seguidores aquí, y había que registrar cada casa para asegurarnos de que nadie escondía armas», explica este comandante y líder tribal que comparte nombre con el que fue símbolo de la lucha contra la ocupación italiana en las primeras décadas del siglo XX.

Mujtar desconoce el paradero real de Saif al Islam Gadafi, pero está convencido de que el que estaba destinado a suceder a su padre tuvo que escapar a pie.

«Oímos el cohete que alcanzó su convoy, pero cuando llegamos al lugar de la explosión solo encontramos los cadáveres de los que acompañaban a Saif», afirma el mando militar.

Antes de despedirnos, Mujtar admite que hubo saqueos, pero asegura que está preparando «una compensación económica de tres millones de dinares libios (1,5 millones de euros) en oro para los afectados».

Por el momento, Abdul Hamid Saleh, otro residente, está elaborando un censo detallado de todas las víctimas. Los 52 agujeros de bala en la puerta de su casa atestiguan que, si bien no debió de resultar tarea fácil, los asaltantes acabaron por entrar sin llamar.

«Todos estos crímenes han de ser llevados a las autoridades. Nadie en Bani Walid estará dispuesto a colaborar con ninguna administración que ignore esta barbaridad», explica este ingeniero mecánico.

De las pérdidas materiales, hay una que lamenta sobremanera: «Han roto el diploma de estudios que le dieron a mi hijo en el colegio, probablemente porque se trataba de la Escuela Verde de Bani Walid», el color verde era el símbolo del antiguo gobierno, explica este hombre que está considerando retomar su antiguo empleo como profesor en la Universidad de Manchester.

«Nuestra ciudad ha sido bombardeada por la OTAN y asaltada por milicias llegadas de todas partes», se lamenta Saleh. «¿A esto le llaman «liberación»? Para mí no es más que una ocupación en toda regla».

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