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Los artilugios de la metafísica en el discurso antirracista blanco

Fuentes: Rebelión

El escritor y periodista Carlos Manuel Álvarez fue invitado a participar en la cumbre Afro 2024, junto a otros colegas del gremio intelectual y periodístico.

El escritor y periodista Carlos Manuel Álvarez fue invitado a participar en la cumbre Afro 2024, junto a otros colegas del gremio intelectual y periodístico. Cuando observé la promoción del panel, lo primero que hice fue preguntarme el sentido de la representación por color de piel de sus asistentes, marcado por la presencia protagónica de personas blancas, quienes de manera orgullosa promocionan su voz en defensa de los afrodescendientes, al tomar parte en uno de los eventos anuales más importantes en el contexto internacional para las personas negras del mundo.

El cuestionamiento que me asaltó, no fue principalmente por la condición blanca en su pigmentación de los miembros que tomaron parte en el espacio político; sino sobre mi desconocimiento del pasado de estas personas en su trayectoria reivindicativa en defensa del legado movilizativo por la emancipación y la justicia desde el campo antirracista —puesto que no se puede defender lo que se desconoce—, cuya representatividad negra no es un asunto despreciable en ese tipo de espacios. En el intento de exorcizar todo sesgo con aire de prejuicio, me asesoré en busca de respuesta con otros colegas que llevan varias décadas en la lucha contra la discriminación racial en Cuba; cuya sorpresa ante el hecho, no escapó del asombro frente al vacío político e intelectual de quien defiende su derecho en asumir el rol intrusivo que desempeña, a pesar de la consabida pose negacionista de su accionar.

¿Quiero decir con ello que las personas blancas no están capacitadas para pensar sobre el tema negro y asumirse como defensores de sus reivindicaciones históricas? Por supuesto que la respuesta es negativa ante tal dilema, menos aún luego de comprobado los orígenes de la humanidad en el continente africano, lo que nos convierte a todos los miembros de la especie en afrodescendientes.

Sin embargo, Carlos Manuel Álvarez sostiene de forma pública que en el momento de la exposición, fue abordado por una persona negra que se cuestionó la legitimidad de su presencia, una postura nada ajena a los debates que se producen en ese tipo de contextos; que además en nuestro país cuenta con una larga tradición historizada, que rememora las polémicas por la equidad racial desde el siglo XIX, dada la tensa relación entre colonialismo, independencia y nacionalismo republicano, de modo que no resulta un asunto novedoso para muchos especialistas de la temática.

El asunto traído a colación, apunta precisamente a la usurpación que académicos e intelectuales blancos desempeñan en el circuito letrado del saber-poder, cuyas miradas o abordajes no están exentos de reproducir el episteme colonial, clasificatorio y jerarquizante frente a la otredad del sujeto/a racializado/a. La señalización de la persona en la figura corpórea del periodista, apunta también al cuestionamiento de la autoridad otorgada por los organizadores de la Cumbre Afro 2024 a las/os invitadas/os, quienes validan acercamientos reactivos desde la incomprensión victimista, y acuden al demérito del sentipensamiento raigal que tienen las comunidades negras en el uso de la representación factual como recurso reivindicatorio consciente; tanto en el despliegue expositivo de sus postulados civilizatorios, como de sus saberes vernáculos, siempre menospreciados por la tradición racionalista occidental, cuyo legado semiótico posee un significante insustituible, en tanto manifestaciones de conocimiento experiencial por colectivos humanos que no pueden ser reemplazados por ninguna personalidad ajena a su composición, lo cual de producirse, no haría más que actuar como agente exógeno de proyección política intrusiva.

Tal es el caso de los panelistas que reaccionan de forma incriminatoria ante los reclamos del interpelador, al tiempo que resultan incapaces de pensar(se) ante el corpus de la sociedad toda, fuera de la fragilidad blanqueada que le atañe a su condición; apartados a su vez de cualquier recurso empático con la voz desautorizada y ridiculizada del asistente, puesta una vez más la subalternidad de su «racialismo», en posiciones de inferiorización caricaturesca. De igual forma, su figura resulta vulnerable ante el desmentido autocrático de la validación cognoscente, amparadas/os en el poder de influencia mediática que tienen sus contra-atacantes, quienes actúan desde la arrogancia con que despotrican a través de las redes sociodigitales lo acontecido en la tribuna universitaria, cuyos argumentos encuentran feliz término en la terminal de apoyos y afectos leales de sus simpatizantes.

Carlos Manuel Álvarez, da rienda suelta de forma iracunda al discurso de trinchera, desde una posición de quien desautoriza y asume el rol ventrílocuo de origen moderno/colonial, sobre lo entendido como otredad intelectualizable desde el prisma blanco-hegemónico-letrado, al sostener que se le «discrimina» por su color de piel. El acto acusatorio de por sí no cancela, ni excluye por el simple hecho de cuestionarse su presencia; más bien es parte de una cultura de enfrentamiento desde abajo, ante prácticas y patrones entendidos como injerencistas, muy alejados incluso del risible argumento posmoderno de «apropiación cultural», pero cuya resistencia es asumida de manera tácita por numerosas comunidades racializadas, empobrecidas y subalternizadas, ante la tradición anglo-eurocéntrica que desde circuitos de «alta cultura» se arrogan el derecho de investigar, «traducir» e incorporar valores, prácticas y costumbres de esos pueblos, en muchas ocasiones con fines mercantiles y de lucro, apoyados en la fundación expresa de ciencias o disciplinas para tales propósitos, como son los casos de la antropología y la etnografía, por solo citar unos ejemplos.

De tal forma, se incurre desde la validación académica en el terrible pecado gnoseológico de discursar a nombre de una población o comunidad invisibilizada, con el objetivo de escribir e intelectualizar el maremágnum de su complejidad social, no sin antes caer en inextricable reduccionismo, basado en una falsa sabiduría erudita distanciada de la praxis real de su composición, como demuestra la cargada frase de insolencia emitida por el periodista, al referenciar, aludiendo a quien lo aborda: «Cuando dijo que mi colega negra no era muy negra porque tenía el pelo bueno, recordé, era fácil hacerlo, a Aimé Césaire cuando dice que el alma negra es una construcción del hombre blanco. O a Fanon: piel negra, máscaras blancas. No hay que ir muy lejos, los maestros están ahí. Los simposios se llenan la boca hablando de ellos, pero para traicionarlos».

Por un lado, el joven periodista muestra su perfil aleccionador e intolerante hacia quien lo increpa desde una condición negra (asumida e incorporada), que en su intervención alude; tal vez de forma irónica, al «pelo bueno» de la ponente. Sin embargo, esa referencia, conserva también en otros contextos, una carga subversiva incapaz de ser identificada por Carlos Manuel, pues adopta un significado que simboliza el blanqueamiento de la mentalidad, elemento que va más allá del color de piel o apariencia física de una persona y refleja en los matices del pelo, el valor de la negritud como identidad en resistencia.

En tal sentido, el lisado o rizamiento constituye un indicador evidente en la adopción de patrones estéticos y sociales del opresor por los miembros de esta colectividad (mulatocracia), definido así desde una larga tradición que se opone a tales principios, que tuvo en Marcus Garvey (1887-1940) a uno de los máximos defensores de la belleza negra en el siglo XX. Más allá del contexto específico, —sesgado o irónico— en que se produjeron las declaraciones del interpelador, las palabras del periodista ratifican el carácter correccional y disciplinario ante el señalamiento de la persona (negra), la misma que identificó como una falta de correspondencia el discurso de los presentes con la tradición radical del antirracismo, desde el que se manejan tales elementos como pautas anti-hegemónicas, para cuya defensa los ponentes adoptaron un lenguaje defensivo, declaradamente segregacionista y victimizador para con el blanco.

Además, resulta llamativo que a Carlos Manuel le venga a la cabeza la frase de Césaire: «el alma negra es una construcción del hombre blanco», lo cual, a juicio de quien escribe, es indicativo de dos elementos fundamentales, primero: la utilización del «recurso racional-enciclopedista e ilustrado» como arma epistémica para la descalificación de la experiencia vivencial de personas negras; y segundo: el carácter comunicacional de la idea citada, que se emplea como elemento para desvirtuar el argumento del ciudadano que replica, el cual es reducido al manejo de la noción asimilacionista como hipótesis de su conducta, acusada de pretenciosa, pues anhela ocupar el lugar del hombre blanco, en este caso representado en la figura del propio Carlos Manuel Álvarez. ¡Sorprendente atrevimiento¡

Por otra parte, su arremetida descalificatoria lo conduce al empleo de narrativas de bestialización, al calificar como «criatura» a quien lo aborda desde el espacio público. La peligrosidad de semejante discurso que requiere ser desnaturalizado por nuestra sociedad, radica en su lamentable inscripción como práctica enmarcada en las normas conductuales típicas del colonizador a través del lenguaje; dado que para el acometimiento efectivo de su proyecto dominante, necesitaba el sostenimiento justificativo a nivel ideológico del crimen genocida, desde una praxis deshumanizante del subalterno, acorde a los preceptos de otredad occidental (entiéndase negro, mujer, indígena, etc.) ¿No es acaso el uso expansivo en el tiempo de tales recursos lingüísticos una continuación extendida en las nociones tóxicas sobre la identidad negra, acorde al prisma inferiorizante de la blanquitud? Ese elemento, guarda estrecha relación con otra de las frases emitidas por Carlos Manuel; pues si bien este es consciente de las lógicas mercantiles que determinan los intereses de ciertos activismos, intelectuales y académicos en los circuitos del saber letrado; al mismo tiempo no se cuestiona, como tampoco los organizadores que conformaron el panel, la importancia presencial de sujetos negros desde un rol protagónico mayor en tales ámbitos, de forma que potencien el conocimiento divulgativo en torno a las ideas que puede adquirir un periodista como Carlos Manuel Álvarez leyendo a los clásicos de la negritud y la emancipación afrodescendiente, —que no le son ajenas a casi ningún luchador social de este campo—; al tiempo que también, tributen al recurso portador del sentipensamiento como praxis de vida experiencial, encarnado en la razón política de la existencia negra insustituible y las propias luchas cotidianas en el contexto macropolítico por la igualdad, dada la huella indeleble sobre los cuerpos que ocasiona el flagelo del racismo, insufrible para una persona de tez blanca.

Sin embargo, lejos de resultar comprensivo o partidario de tales propósitos que sustentan un elaborado pensamiento con tradición política, el laureado periodista sostiene que: «Hay en las instituciones académicas y circuitos intelectuales de Occidente todo un entramado de subalternidades aparentemente anticapitalistas que andan a la búsqueda constante de un opresor, indagan alrededor, identifican aquello que más se parece a lo que necesitan y con ese dispositivo articulan su discurso de reivindicación. No intento usurpar o travestirme con la identidad de nadie para obtener un poco de misericordiosa comida o un puesto en la mesa del amo. De hecho, entrego gustoso mi propia identidad al despedazamiento y al mejunje con el otro».

Si esto último fuera cierto, no existieran razones para sentirse ofendido ante los reclamos de su interpelador, que tienen una profunda justificación histórica en el pasado de extractivismo, rapacidad y colonialismo empobrecedor hacia las poblaciones marginalizadas, —fundamentalmente negras—, de cuyo accionar tampoco escapan «las instituciones académicas y circuitos intelectuales» a los que hace referencia Carlos Manuel Álvarez.

Por cierto, dada su condición de literato, periodista e intelectual, no necesita ocupar un espacio en la mesa del amo, puesto que para los ojos de este, ya forma parte de esa configuración; hoy negada a otras personas y grupos que carecen de similares privilegios, pero cuyos reclamos no resultan enteramente cumplimentados, dada la persistencia en sus condiciones de preterición e invisibilidad social, que no deben ser ocupadas o usurpadas jamás por ningún agente externo; puesto que esa ha sido la tónica durante siglos de colonialismo, dado el intento por parte de las élites de poder y clases dominantes, de interpretar a su antojo cómo ejercer y cuáles deben ser sus derechos e intereses políticos.

Las ideas contenidas detrás de tales argumentos esgrimidos por el periodista, parecen ignorar la importancia que en materia reparativa y restauradora debieran cumplir no solamente los activismos dedicados a la emancipación; sino también, las academias descolonizadas que tributen hacia principios de igualdad. De lo contrario, no tendría sentido cualquier relación por mínima que sea, con aquellas cátedras de altos estudios que contribuyen a perpetuar la pobreza, el neocolonialismo y la dominación, de forma que aporten de manera comprometida a la transformación de los espacios signados por la marginalidad, el silencio y la exclusión.

En tal sentido, velar por la representación balanceada es un deber de toda persona consciente de las diferencias que establece entre los seres humanos el sistema-mundo capitalista, sin negar la incorporación de todos los que anhelan la conformación de ese proyecto de igualdad, sin atender a la condición «racial», de género, origen étnico, clase social, situación geográfica, orientación sexual u otra; pero siendo respetuosos en la singularidad de los espacios y liderazgos particulares entre los distintos sectores, sin que ello conduzca a compartimentar las luchas, pero conscientes de las asimetrías ocasionadas por la estructura dominante, lo cual da forma a las dinámicas propias generadas en las diferentes tradiciones de liberación.

La última frase de su post, enuncia lo siguiente: «Recién me propusieron formar parte de una antología de cronistas latinoamericanos donde cada uno tiene que escribir de otro país, no el suyo. Exactamente eso es lo que me gusta a mí». Esta idea, aplicada al contexto de las luchas subalternas dentro de los procesos de liberación en cada territorio, demuestra no solo los peligros que encarna la literaturización de causas políticas históricamente invisibilizadas; expresa además, el deseo de manifestar sobre ellas una incursión experimental, nada ajena a la visión que sobre las identidades no hegemónicas sostuvieron durante siglos los centros de poder, con la prevalencia de hombres blancos en la más alta magistratura de la jerarquía clasista.

Por último, apunto que este trabajo se aparta de toda intencionalidad personalista, dado que a las claras constituye un asunto de interés político, pues considero que personas como Carlos Manuel Álvarez, de las que existen por exceso en nuestra sociedad, —con o sin fines instrumentales—, debieran ser más reflexivos y empáticos sobre las causas políticas e ideas provenientes de sectores marginalizados; a los que durante siglos se les negó voz en los sitios encumbrados del saber y cuyo moderado ascenso en la actualidad, materializado en figuras que lograron subvertir el destino que le reserva el proyecto de modernidad capitalista, se enfrentan una y otra vez a la usurpación de su discurso, por quienes siempre ocuparon el lugar privilegiado de pensar para, sobre y por otros.

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