En el sur de Minneapolis, Matías y su esposa Laura* parecen llevar una vida normal y corriente. Trabajan en una tienda de alimentación, a ratos en la caja, a ratos reponiendo género en los estantes. Este martes, 27 de enero, el local no está muy concurrido, pero su teléfono suena a ocupado. En este momento, tienen no pocos pedidos realizados por teléfono. Junto a la recepción, una pila de recibos indica que hay una serie de pedidos preparados para el reparto.
Solo que los pedidos que gestiona la pareja no son anodinos. Las y los clientes que llaman no salen prácticamente de sus casas, pues el ICE, la policía de inmigración, los busca activamente y temen que los detenga. Si al principio el gobierno federal pretendía luchar contra “el fraude” en Minneapolis, al menos oficialmente, la operación contra la inmigración que comenzó en diciembre ha adquirido estas últimas semanas otra dimensión. En la ciudad ya nadie está a salvo: ni de que le detengan (por el ICE), ni de resultar herida o incluso de morir entre las manos de los agentes.
Todos los días, a través del escaparate de su tienda, Matías y Laura asisten a lo que ha pasado a ser en este país “la mayor operación de la historia” de la policía de inmigración. En total, 3.000 agentes han invadido la ciudad por orden de la Casa Blanca. Recorren las calles a bordo de grandes SUV, algunos armados hasta los dientes, otros de paisano. Todos están enmascarados. Desde hace dos meses, su presencia aterroriza a una parte de la población, la más vulnerable, a la vista de sus vecinos indignados, decididos a actuar.
Brigadas de solidaridad
Sucede que los agentes del ICE no pueden acudir a ningún lugar de Minneapolis sin ser recibidos con pitidos y gritos. “¡ICE! ¡ICE! ¡ICE !”, avisa la gente del vecindario, organizada en brigadas. Nadie sabe cuántas hay, ni siquiera las personas que están organizadas en ellas. No todas se conocen personalmente. Algunas utilizan algún seudónimo. Bear (oso), se lee por ejemplo en los grupos de WhatsApp o Signal en que la gente se comunica. Dicen que son más de 10.000 personas las que están inscritas en Minneapolis para participar en estos grupos de acción inmediata. En esta cadena de solidaridad, cada miembro desempeña una tarea concreta.
Los cazadores siguen de cerca los vehículos del ICE. Los operadores comunican las matrículas de los SUV a los vigilantes/silbadores en las calles. Los financieros, a su vez, recogen donativos. Los repartidores se encargan de entregar los pedidos a las familias encerradas en sus casas. Los conductores, finalmente, los trasladan en coche. La gran mayoría de estos vecinos y vecinas, llamados genéricamente ayudantes, han nacido en EE UU o han adquirido la nacionalidad.
Son estas personas las que aparecen en las imágenes de televisión, las que forman literalmente un cordón de seguridad en torno a los y las inmigrantes, utilizando sus propios cuerpos y arriesgando su vida, a semejanza de Renee Good y de Alex Pretti, una poeta y un enfermero de 37 años, asesinado a tiros este mes en Minneapolis por los federales. La primera por haber bloqueado la calle a los agentes del ICE, el segundo por tratar de proteger a una manifestante empujada por un agente. En Minnesota, el gobierno Trump parece estar probando sus límites.
Así, en estas brigadas hay personas vivas, muertas y también invisibles: los mismos inmigrantes, como Matías y Laura. Estos se califican de “autónomos”. La pareja (residentes legales) “no trabaja para nadie”, explican a Mediapart, salvo para los repartidores. Prefieren mantenerse discretos y han desarrollado paralelamente su propia red, mediante la cual intercambian, en castellano, una cadena de comunicación diferenciada, similar a la aparecida en junio en Los Ángeles en el seno de la comunidad hispánica cuando se produjeron las primeras grandes operaciones contra la inmigración.
En Minneapolis, la alianza tejida entre personas inmigrantes y ayudantes aparece hoy como un laboratorio de tamaño natural. ¿Por qué ha enviado la Casa Blanca a tantos policías del ICE a este bastión de la izquierda enquistado en el Medio Oeste? Después de todo, en la ciudad, y en general en todo el Estado de Minnesota, no hay más que 130.000 sinpapeles, muchos menos que en Nueva York, por ejemplo. En este caso, el interés está en otra cuestión: el gobierno parece querer probar aquí sus límites.
Entregas a domicilio
Para Matías y Laura, todo comenzó en otoño pasado, cuando una fuente bien informada en la comunidad hispana les dijo que “se prepararan”. El gobierno “trama algo”, advierte entonces la fuente. Alrededor del Día de Acción de Gracias, la amenaza se concreta. “Nos dimos cuenta de que la clientela ya no se desplazaba”, explica Laura a Mediapart. En ese momento los agentes del ICE todavía no se habían desplegado masivamente en la ciudad, pero Laura comprendió de inmediato.
Junto con su marido, reparte pequeños folletos en castellano con un código QR: “¿Necesitas algo? Entregamos a domicilio. Es fácil, rápido y te lo llevamos. Llámanos o escríbenos al número XXX.” Para las primeras entregas, Laura se apoya en una vecina. Una antigua educadora de sus hijos, maestra de primaria. “Después, la maestra habló de las entregas con otro enseñante y más tarde a otros.” Hoy, Laura y su marido ayudan a una veintena de familias inmigrantes escondidas. Llevan a cabo varias entregas al día.
Este martes, unos minutos antes de que lleguen los repartidores a la tienda, una patrulla del ICE pasa justamente por la esquina. Los silbadores delatan de inmediato su presencia, alertados por los operadores. En Signal, estos últimos han indicado a los primeros el modelo de vehículo, un enorme Jeep Wagoneer blanco. “¡ICE! ¡ICE! ¡ICE!”, se oye entonces entre los silbidos, los cláxons y los móviles que filman la escena. A través del escaparate, Laura y Matías oyen todo. En la entrada, los pedidos están listos.
Por todo el barrio, pancartas y pintadas exigen la retirada de la ICE. Una mujer rubia, de complexión fuerte y ojos azules, enfermera a punto de jubilarse, se dispone a repartir los pedidos. Se ha cruzado con la patrulla en la calle y la ha recibido con un corte de manga. “¡Sed hombres”, ha gritado, “dejad de esconderos tras vuestras máscaras, ¿acaso tenéis miedo de una vieja blanca?!” En la recepción de la tienda, la enfermera recoge también una hoja de papel con los números de cada pedido, los teléfonos y las direcciones.
“¿Y si el ICE te detiene durante la entrega?”, preguntamos. “Me han dicho que me coma la hoja de papel, creo que el papel es comestible”, expresa la enfermera con mímica y sonríe. Su primera parada tiene lugar delante de una casa modesta, cuya gran ventana de la planta baja está tapada por una cortina estampada con flores. La enfermera llama por teléfono a los inquilinos, una familia con tres hijos que han dejado de ir a la escuela. Ella no habla castellano, pero consigue confirmar con la familia el número de pedido. La entrega no dura más que unos segundos. En la calle, la enfermera vigila que no la siguan.
En el camino de vuelta, las casas y los carteles en los escaparates desfilan ante sus ojos. Por todo el barrio, las pancartas y las pintadas exigen la retirada del ICE. “Fuera ICE”, “Fuck ICE”, pone. La enfermera se movilizó hace unas semanas, tras el asesinato de Renee Good. “Aquello me puso enferma. Utilizan armas contra nosotras”, declara a Mediapart, “pero nosotras no hacemos otra cosa que ayudar.” “Doy de comer a quienes me piden comida”, remacha Laura.
Desconfianza frente al poder federal
En Minneapolis, las redes que se habían movilizado a raíz del asesinato de George Floyd, víctima de la violencia policial hace cinco años, se han reactivado. Emplean los métodos practicados por los y las activistas en Los Angeles, y después en Chicago, en particular los silbatos. No necesariamente son personas implicadas tradicionalmente en la vida política. Su movimiento es no violento y ahora acuden a ayudar a sus vecinos y vecinas, sus clientes o sus compañeras de trabajo. Minneapolis es una ciudad pequeña, de un poco más de 400.000 habitantes (Nueva York tiene ocho millones). Para esta gente hay algo personal en todo esto.
A escala nacional, la ciudad aparece así de nuevo como un punto de inflexión en la política de EE UU. Después de haber acusado falsamente a Renee Good y Alex Pretti de ser terroristas, el gobierno Trump ha dado un paso atrás. El presidente llama ahora a una “pequeña desescalada” y ha sustituido a Gregory Bovino, quien hasta ahora comandaba las operaciones del ICE, también en Minneapolis. Incluso el vicepresidente, J. D. Vance, ya no habla más de “inmunidad absoluta” concedida al ICE.
Sin embargo, en Minneapolis el cambio de retórica de las más altas esferas del Estado no convence a nadie. No se ha abierto ninguna investigación criminal contra los agentes implicados en los asesinatos de Good o de Pretti. Los federales han apartado a los instructores de Minnesota de los dos asuntos. Kristi Noem, la secretaria de seguridad interior de Donald Trump, sigue en su puesto y Tom Homan, sucesor de Bovino en el mando de las operaciones sobre el terreno, ha prometido en una conferencia de prensa, este miércoles, que “pronto se hará justicia” con quienes se han movilizado en los grupos de Signal y Whatsapp para “atacar”, según él, a los agentes del ICE.
“¿Acaso todo esto es peligroso? No lo sé”, responde la enfermera que reparte pedidos. “Ahora ya tengo mis años, mis hijos ya han crecido. Tengo menos que perder. Además no podemos pensar en eso (en la muerte). Compartimentamos.” Este martes, la temperatura en Minneapolis ronda los 15 grados bajo cero. Fuera hace tanto frío que hasta se congela la tinta de los bolígrafos. En una tienda de la esquina, Antonio*, un inmigrante mexicano, ha preparado café para que la enfermera y todas las demás entren en calor.
“Hacen tanto por nosotros que también hemos de ayudarles.” Antonio es uno de los invisibles. “Quiero participar”, declara a Mediapart en castellano. “Cuando puedo, busco información. O coordino ciertas entregas. También recupero alimentos.” Su hermano fue detenido por el ICE en diciembre en la ciudad. Durante tres semanas, Antonio no recibió noticias de él. Él mismo tampoco tiene papeles. El gobierno le dice que es un criminal, pero “por primera vez en la vida”, gracias a la enfermera y a todos los demás, “comprende que eso significa que la gente estadounidense le quiere”.
* Nombres cambiados por razones obvias.
Patricia Neves es periodista.
Traducción de viento sur: https://vientosur.info/los-latinos-de-minneapolis-protagonistas-invisibles-de-la-lucha-contra-el-ice/


