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Mister Bush y la táctica del avestruz por eduardo

Fuentes: Cádiz Rebelde

Sin saberlo, la pobre Terry Schiavo tendió una mano lánguida, más bien mórbida, al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Sí, porque el escándalo surgido alrededor de la enferma en coma a la cual, a contrapelo de los padres, le desconectaron el tubo que la alimentaba desde hacía unos 15 años fue uno de […]

Sin saberlo, la pobre Terry Schiavo tendió una mano lánguida, más bien mórbida, al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Sí, porque el escándalo surgido alrededor de la enferma en coma a la cual, a contrapelo de los padres, le desconectaron el tubo que la alimentaba desde hacía unos 15 años fue uno de los «salvavidas» mediáticos de un George Walker Bush remiso a hablar larga y hondamente sobre una cuestión que lo precisaba: los dos años de guerra contra Iraq, cumplidos el 20 de marzo.

Y ello despierta suspicacia en cualquier analista que haya escuchado el sonsonete de que allá en las ardientes planicies mesopotámicas la cosa no anda tan mal para los gringos y comparsa, pues «la resistencia se ha aplacado considerablemente». Si fuera verdaderamente así, si la llamada insurgencia no contara con vigor suficiente para seguir convirtiendo en infierno la estancia iraquí de los más de 150 mil soldados coligados, ¿por qué la administración de Bush imprime un tono tan bajo al segundo aniversario de la invasión? ¿Por qué el hombre se refugia, una vez más, en su rancho de Crawford, Texas, y se contenta con el sempiterno mensaje radiofónico, enlatado, de los sábados por la mañana, algo tan sin repercusión entre sus conciudadanos, como lo juzga un colega avisado? ¿Sería simple recogimiento por el Domingo de Ramos, cuando se recuerda la aclamada entrada del Mesías en Jerusalén?

Conociendo el paño, no lo creemos. George junior acostumbra a hurtar el cuerpo a cuanto evento engorroso se avecina, o se cumple cual rito, y en esta oportunidad los grandes medios, si bien no dedicaron gran despliegue al balance de la guerra, sí pusieron (ponen) énfasis en el desgaste económico y militar de EE.UU. «Para las arcas del Estado, la aventura militar en Mesopotamia ha supuesto un fuerte desembolso de 250 mil millones de dólares».

Algunos aguafiestas, tal The Washington Post, llegaron a recordar que «dos años después de que Estados Unidos desencadenase la guerra de Iraq, con un impresionante despliegue de poder, un conflicto guerrillero está minando los recursos de las fuerzas armadas estadounidenses y proyecta incertidumbre sobre la capacidad de un ejército enteramente de voluntarios» (la cita es del colega español Eusebio Val). La falta de efectivos en la eventualidad de que estallase un grave conflicto -entiéndase Corea del Norte u otro de los 60 ó más «oscuros rincones del mundo»- constituye una de las causas de la gran cefalea que pudo haber encerrado a Bush en su agreste recodo y que quizás estremezca a buena parte de los halcones gringos, que los del Pentágono tienen su cabecita. Como también tienen corazoncito: dicen sufrir por la suerte de esos más de mil 500 «combatientes por la libertad» caídos la mayoría en acciones de «esos terroristas» que más desapasionados u honrados observadores llaman miembros de la resistencia.

Les debe de doler el corazón a estrategas que no se conforman con el infortunio. Porque infortunio grande es cargar con el espectro de la derrota, a pesar de los más de cuatro mil 500 millones de dólares que se gastan al mes en esa «guerrita» los contribuyentes norteamericanos. Claro, en esa lista de motivos para el dolor no figurarán «menudencias» como los más de 100 mil iraquíes muertos desde que comenzó la arremetida, hace veinticuatro meses, que no son poca cosa, por supuesto.

De pretextos está empedrado el camino

Así que si no hace el recuento Él, lo intentaremos nosotros, que, sin ser peritos en el tema, nos percatamos junto con los lectores de algunas incongruencias en el discurso de los neoconservadores gringos. Estos, en voz del presidente, defendían la guerra como vía para reforzar la seguridad de los Estados Unidos y para generar un «movimiento reformador y democrático en todo el Oriente Medio», como nos recuerda el editorial de un influyente diario catalán. Pero la realidad suele mostrarse sumamente dura ante vaticinios y aproximaciones teóricas. Roto el dique laico que resultaba el régimen de Saddam Hussein, feroz enemigo de la ubicua red fundamentalista Al Qaeda, ahora al llamado avispero iraquí, antiyanqui por más señas, se ha incorporado, además, el elemento integrista adicto al coche-bomba como medio de lucha. Y lo otro, lo de la «democratización», que pasa por el proceso de paz entre israelíes y palestinos, se remite a cierto ánimo propicio entre sionistas y sus socios de Washington tras la pérdida de esa bandera de intransigencia ante cualquier desviación que coartase el destino histórico de su pueblo que fue Yasser Arafat.

Por otra parte, los cerca de 150 mil soldados norteamericanos atrapados en Iraq no logran acabar con la violencia, reducir a los insurgentes, que realizan atentados casi a diario, y estabilizar el país. Por eso las plañideras del Pentágono no se esconden para la queja que atenúe, pues no salvará, sus responsabilidades: «Teníamos que haber entregado el país a los iraquíes inmediatamente… Hubiéramos adelantado un año, que ahora hemos perdido.»

Más que eso perderán, a no dudarlo. No valen recursos como las pasadas elecciones iraquíes, las cuales registraron notable participación… del lado chiita (60 por ciento de la población) y kurdo, pues los árabes sunnitas (20 por ciento) se dieron el lujo de boicotearlas. Y ahora, en una sociedad caracterizada por la unión nacional más allá de las diferencias confesionales, aparece el fantasma de la guerra civil. Fantasma que amedrenta sobre todo a aquellos que aspiran a controlar férreamente las segundas reservas de petróleo del orbe, «ejercer presión para la democratización de los países del área, hacer de cuña para evitar una hipotética alianza entre el chiísmo iraquí y el iraní en el Oriente Medio -un efecto indirecto de la caída de Saddam- y proteger a Israel» a capa y espada.

Pero los cálculos, apuntábamos, suelen fallar. La coalición de «salvadores» echada sobre Iraq comienza a desmembrarse. Incluso la fidelísima Italia de Berlusconi ha hablado de retirada -aunque luego se desdijera-, previsión que, de cristalizar, dejaría el peso del contingente multinacional no anglosajón -Anthony Blair, primer ministro de su majestad británica, sigue ahí enhiesto en su condición de falderillo… perdón, de aliado incondicional de Bush- en países como Corea del Sur (con tres mil 600 efectivos), Georgia (898), Rumania (730) y Japón (550)… lo cual obligará al mando yanqui a arreciar el adiestramiento del ejército y las fuerzas de seguridad formados con cipayos iraquíes.

Ejército y fuerzas no del todo confiables, por cierto. A ojos vista, en el interior de estos anidan miríadas de elementos desafectos a la ocupación, que se repliegan al menor choque con la resistencia y de los cuales se sospecha drenaje de valiosos datos para los ataques guerrilleros a los invasores y sus secuaces.

Tal vez en estos días la insurgencia no se haya mostrado tan pródiga en acciones como acostumbraba. Podría haber recibido recios golpes, sí, en Faluya, Mosul y otros sitios, pero también podría estar reorganizándose tras estos… o podría ser que el mando aliado no esté informando con objetividad elemental sobre las bajas propias, pues a muchos resulta inconcebible que se publicite una emboscada tendida por combatientes de la resistencia y se proclame la muerte de una aparatosa cantidad de estos, ante exiguas bajas, no mortales, de los emboscados. Todo sea por levantar la alicaída moral de los «libertadores».

Otra opinión

Diversos analistas hacen hincapié en que los insurgentes, «a pesar de la diversidad de las fuerzas que los componen, ganan cada día en coordinación y sofisticación para el sabotaje de las instalaciones de electricidad, de agua, de petróleo, de gasolina, etcétera. Militarmente, ninguna zona está totalmente controlada por los estadounidenses (que sufren pérdidas prácticamente cada día) y todavía menos por los soldados iraquíes, mal o poco formados y muy poco motivados, pues son objetivos privilegiados de los grupos armados. No se puede apreciar que se esté dibujando ningún escenario de salida en buen orden de las fuerzas de la coalición».

Así las cosas, el articulista Carlos Varela se muestra categórico al afirmar, en el sitio Rebelión, de Internet, que «el segundo aniversario de la invasión» está «marcado por la sensación de derrota de EEUU. Algo que el politólogo aprecia en: «a) la extensión y estabilización de la actividad armada contra los ocupantes, b) el ensayo por parte de EEUU de una internacionalización de la ocupación (internacionalización que se les viene abajo, acotamos nosotros), y c) el difícil equilibrio entre las figuras y formaciones asociadas a los ocupantes y el mantenimiento del carácter de perentoriedad de las nuevas instituciones iraquíes».

Instituciones, salidas de las elecciones del 30 de enero, que difícilmente podrán eludir la polarización confesional y sectaria de un país en efervescencia. Un país que, tarde o temprano, podría erguirse completo en contra de un abuso imposible de velar. Y que hace encerrarse en su rancho de escapadas recurrentes, y no precisamente para celebrar el Domingo de Ramos, al presidente del país dizque más victorioso del mundo. Presidente obligado a pasar por alto el necesario recuento de dos años de guerra. Y mire usted que dos años no son poca cosa, caramba.